10Jul/20

EL PODER DEL INFIERNO NO PREVALECERÁ

EL PODER DEL INFIERNO
NO PREVALECERÁ

En la oscuridad de este mundo, el brazo de Dios no nos abandonará, y no permitirá, que el mal triunfe.

P. Fernando Gioia, EP – Heraldos del Evangelio
www.reflexionando.org.

 

Cuando tomamos conocimiento de que en la Iglesia de Holanda se ha propuesto que 326 parroquias sean fusionadas en 48, que se demuelen templos o son transformados en bibliotecas, tiendas o restaurantes, y que los materiales religiosos son vendidos a países de América o África.

Cuando nos llegan informaciones que, en Alemania, en los últimos 20 años, fueron más de 3.000 parroquias que cerraron. Ahora, en la diócesis de Trier sugieren que, de 800 pasen a 35, proyecto frenado por la Congregación para el Clero.

La causa es, la continua disminución de fieles, no solo en estos países, sino también en otros de la vieja Europa. Hechos actuales que confirman palabras de San Juan Pablo II en el año 2003: “tenemos ante nosotros un mundo en el que, incluso en las regiones de antigua tradición cristiana, los signos del Evangelio se van atenuando” (Spiritus et sponsa, 11) y de Benedicto XVI: “en amplias zonas de la tierra la fe corre el peligro de apagarse como una llama que ya no encuentra alimento” (27-1-2012).

Por otro lado, llegan a nosotros noticias de los errores, de todo tipo, que se van diseminando en diversos ambientes del mundo católico. Calificados como “el veneno que paraliza a la Iglesia” por el Cardenal Müller, Prefecto Emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y que presionan para que nos adaptemos al “espíritu de la época, para relativizar los mandamientos de Dios y reinterpretar la doctrina de la fe”.

En sentido opuesto, en otros lugares del mundo, miles de heroicos misioneros son asesinados anualmente por predicar el Evangelio. Informes indican que, el número de países en donde los cristianos sufren persecución ya supera los 144. Nunca antes en la Historia, tantos cristianos, enfrentaron persecución.

La deserción de fieles produce en nosotros un gran pesar, el desmantelar los edificios sagrados nos desconsuela, la persecución religiosa nos deja estremecidos, la desfiguración de la verdadera fisonomía de la Santa Iglesia adentro de sus propios muros, nos deja acongojados e indignados. La vemos humillada, calumniada, despreciada y ridiculizada, por sus enemigos internos y externos; la vemos objeto de olvido y de respeto humano, de parte de sus hijos tibios.

Un tipo de “lepra” pareciera haber tomado cuenta de partes de su “cuerpo”, una aparente “parálisis” la inmoviliza. Estamos frente a una, como que, “pasión” del Cuerpo Místico de Cristo, la Santa Iglesia.

En cierta oportunidad, el Cardenal Ratzinger afirmaba, “quasi” profetizando: “la Iglesia podría empequeñecerse, de tal modo que, algún día, se convirtiera, en una Iglesia de minorías” (Sal de la tierra)

Triste panorama, agravado en este período de cuarentena mundial que ha dejado a la Iglesia – por las normas preventivas con sus puertas cerradas – en una especie de situación catacumbal; aunque, en bastantes países, están viendo la luz del día nuevamente.

No sabemos cómo será este resurgir, esta salida del encierro, en que los fieles apenas han tenido un acompañamiento virtual a través de los medios electrónicos; en que no han podido recibir los sacramentos del perdón, la sagrada Comunión, bautismos, casamientos, unción de los enfermos. Podemos afirmar que vemos a los miembros del Pueblo de Dios, “cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt, 9, 36).

Se explayaba Monseñor João Scognamiglio Clá Días, Fundador de los Heraldos del Evangelio, en uno de sus libros, al respecto de la situación del mundo contemporáneo, que podremos aplicarlo a lo que arriba relatamos: “Ante tan asustador panorama…¿dónde está esa voz?, ¿dónde está la voz que conducirá a la humanidad extraviada al redil de la fidelidad a la Santa Iglesia?, y se preguntaba más aún: ¿Dios nos habrá abandonado?, ¿quién podrá creer que el Redentor, que quiere salvar a todos y llevarlos al conocimiento de la Verdad, haya resuelto permanecer en silencio cuando los hombres necesitan de Él?”

La nave de la Iglesia está pasando por tempestades. Nos viene al recuerdo uno de los sueños que San Juan Bosco comentaba a sus jóvenes, verdaderas visiones del futuro.

Les decía. “Quiero contar un sueño. Un mar con incontables naves en orden de batalla, con cañones, material incendiario y libros. Se dirigen contra otra nave mayor – escoltada por navecillas que de ella reciben órdenes – para hacerle daño. El viento y la agitación del mar favorece a los enemigos.

En la inmensidad del mar se levantan dos robustas columnas. Sobre una la imagen de la Virgen Inmaculada. La otra, más grande, con una Hostia, el Santísimo Sacramento.

El comandante de la nave es el Romano Pontífice. Empuña el timón llevando la nave hacia las columnas, de las cuales penden cadenas. Las naves enemigas lanzan escritos, libros, materiales incendiarios, accionan cañones. La gigantesca nave prosigue su camino en medio de las blasfemias y maldiciones. El Pontífice es herido y muere. Otro ocupa el puesto vacante. El nuevo Pontífice guía la nave y la amarra a las columnas. Al momento, las naves enemigas huyen, se dispersan, se destruyen mutuamente. Las naves pequeñas que acompañaban la del Papa, permanecen tranquilas a su lado. En el mar reina una calma absoluta”. Don Bosco explicó después: “las naves enemigas son las persecuciones, se preparan días difíciles para la Iglesia”.

Realmente, profetizó. El Cardenal Ratzinger – 158 años después -, en la homilía de la misa previa a su elección como Pontífice, previendo los tiempos actuales de la vida de la Iglesia afirmaba: “¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento! La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro” (18-4-2005).

Ante esto, bien podemos decir, sin temor a ser desmentidos, para estimular la confianza – tanto en católicos como en aquellos que no lo son – que el brazo de Dios no nos abandonará y no permitirá que el mal triunfe, ni que los poderes infernales logren destruir la Iglesia. Nuestro Señor Jesucristo se lo afirmó a su primer Vicario en la tierra: “Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no prevalecerá contra ella” (Mt 16, 18).

Pidamos a Dios nuestro Señor, por intercesión de la siempre Virgen María que, en medio de la oscuridad de este mundo, permanezcamos manifiestamente católicos, viviendo y muriendo en la grandeza de la Verdad que nos enseña la Santa Iglesia. Poniendo nuestra esperanza en el esplendor anunciado por la Virgen en Fátima, al afirmar el triunfo del su Inmaculado Corazón, es decir, una nueva era histórica en la que refulgirá la presencia del Espíritu Santo y de María Santísima, el Reino de María.

16Jun/20

EXCELENCIA DEL ROSARIO EN LAS ORACIONES QUE LO COMPONEN PARTE II

Excelencia del Rosario en las oraciones que lo componen

San Luis María Grignion de Montfort

⦁ Parte II –


La Salutación angélica es un compendio de la mariología

Tan sublime, tan elevada, es la Salutación angélica que el Beato Alano de la Roche ha creído que ninguna criatura puede comprenderla; que sólo Jesucristo, nacido de la Virgen María, es quien puede explicarla. Su excelencia deriva: principalmente de la Santísima Virgen, a quien fue dirigida; de la Encarnación del Verbo, para la cual fue traída del Cielo; y del arcángel Gabriel, que fue el primero que la pronunció.

La Salutación angélica resume, en la más concisa síntesis, toda la teología cristiana sobre la Santísima Virgen. En ella encontramos una alabanza y una invocación. La alabanza encierra todo cuanto constituye la verdadera grandeza de María; la invocación contiene todo cuanto debemos pedirle y podemos esperar de su bondad.

La Santísima Trinidad reveló la primera parte; Santa Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, añadió la segunda; y la Iglesia —en el primer Concilio de Éfeso, realizado en el año 431—, puso la conclusión, tras condenar el error de Nestorio y definir que la Santísima Virgen es verdaderamente Madre de Dios. El Concilio ordenó que se invocase a la Santísima Virgen bajo esa gloriosa cualidad, con estas palabras: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

La Salutación angélica es el signo de la clemencia y de la gracia de Dios

La Flagelación de Jesús atado a la columna – Museo Episcopal, Vic (España)

La Santísima Virgen María ha sido Aquella a quien esta divina salutación fue dirigida para llevar a cabo el acontecimiento más grande e importante del mundo: la Encarnación del Verbo eterno, la paz entre Dios y los hombres y la Redención del género humano. El embajador de esta dichosa noticia fue el arcángel Gabriel, uno de los primeros príncipes de la corte celestial.

En la Salutación angélica están contenidas la fe y la esperanza de los patriarcas, de los profetas y de los Apóstoles. Es la constancia y la fuerza de los mártires, la ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la vida de los religiosos. Es el cántico nuevo de la ley de la gracia, la alegría de los ángeles y de los hombres, el terror y la confusión de los demonios.

Por la Salutación angélica, Dios se hizo hombre, la Virgen se convirtió en Madre de Dios, las almas de los justos fueron rescatadas del limbo, las ruinas del Cielo se repararon y los tronos vacíos fueron ocupados otra vez; el pecado ha sido perdonado, la gracia nos ha sido dada, los enfermos han sido curados, los muertos resucitados, los desterrados llamados de nuevo, se aplacó la Santísima Trinidad y los hombres obtuvieron la vida eterna. En fin, la Salutación angélica es el arco iris, el signo de la clemencia y de la gracia dadas al mundo por Dios.

Aunque no hay nada tan grande como la Majestad divina ni nada tan abyecto como el hombre —considerado en cuanto pecador—, esta suprema Majestad, sin embargo, no desdeña nuestros homenajes; se siente honrada cuando cantamos sus alabanzas. Y el saludo del ángel es uno de los cánticos más hermosos que podemos dirigir a la gloria del Altísimo. “Canticum novum cantabo tibi” (Sal 143 9), te cantaré un cántico nuevo. Este cántico nuevo que David predijo se cantaría en la venida del Mesías es el saludo del Arcángel.

Cántico de alabanza y gratitud a la Santísima Trinidad

Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario – Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona (España)

Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo. El antiguo es el que los israelitas cantaron en agradecimiento por la Creación, la conservación, la liberación de su cautiverio, el paso del mar Rojo, el maná y todos los otros favores recibidos del Cielo. El cántico nuevo es el que cantan los cristianos en acción de gracias por la Encarnación y por la Redención.

Como estos prodigios se realizaron por la Salutación angélica, repetimos este mismo saludo para agradecerle a la Santísima Trinidad tan inestimables beneficios. Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo hasta el punto de sacrificar a su Unigénito para salvarle. Bendecimos al Hijo porque bajó del Cielo a la tierra, se hizo hombre y nos ha rescatado. Glorificamos al Espíritu Santo porque formó en el seno de la Santísima Virgen ese cuerpo purísimo de Jesús ofrecido como víctima por nuestros pecados.

Con este espíritu de reconocimiento debemos rezar la Salutación angélica, haciendo actos de fe, de esperanza, de caridad y de acción de gracias por el beneficio de nuestra salvación.

Aunque este cántico nuevo está dirigido directamente a la Madre de Dios y contiene sus elogios, no obstante, es muy glorioso para la Santísima Trinidad, pues todo el honor que le rendimos a la Santísima Virgen vuelve a Dios como causa de todas sus perfecciones y virtudes: el Padre es glorificado porque honramos a la más perfecta de sus criaturas; el Hijo porque alabamos a su purísima Madre; el Espíritu Santo porque admiramos las gracias con las que fue colmada su Esposa. Al igual que la Santísima Virgen, con su hermoso cántico del Magníficat, dirigió a Dios las alabanzas y bendiciones que Santa Isabel le tributó por su eminente dignidad de Madre del Señor, del mismo modo Ella remite inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le hacemos mediante la Salutación angélica.

“Dios me llenó de sabiduría y de luz”

Si este saludo glorifica a la Santísima Trinidad, también constituye la alabanza más perfecta que podemos dirigirle a María. Santa Matilde, deseando saber por qué medio podría testimoniar mejor la ternura de su devoción a la Madre de Dios, fue arrebatada en espíritu y se le apareció la Santísima Virgen llevando sobre su pecho la Salutación angélica escrita en letras de oro, y le dijo:

“Sabe, hija mía, que nadie puede honrarme con un saludo más agradable que el que me ofreció la Trinidad adorabilísima y por el cual me elevó a la dignidad de Madre de Dios. Por la palabra ‘Ave’, que es el nombre de Eva, supe que Dios, por su omnipotencia, me había preservado de todo pecado y de las miserias a las que estuvo sujeta la primera mujer. El nombre de ‘María’, que significa señora de luces, indica que Dios me llenó de sabiduría y de luz, como astro brillante, para iluminar el cielo y la tierra. Las palabras: ‘llena de gracia’, simbolizan que el Espíritu Santo me ha colmado de tantas gracias que puedo repartirlas abundantemente a quienes las piden por mediación mía. Diciendo: ‘el Señor es contigo’, se renueva en mí el gozo inefable que sentí cuando el Verbo eterno se encarnó en mi seno. Cuando se me dice: ‘bendita tú eres entre todas las mujeres’, alabo a la divina misericordia, que me ha elevado a tan alto grado de felicidad. A las palabras: ‘bendito es el fruto de tu vientre, Jesús’, todo el Cielo se regocija conmigo al ver a mi Hijo adorado y glorificado como Salvador de los hombres”.

Señal de predestinación, pero también de condenación

Entre las cosas admirables que la Santísima Virgen le reveló al Beato Alano de la Roche —y sabemos que este gran devoto de María confirmó con juramento sus revelaciones—, hay tres más notables. La primera: que es un signo probable y próximo de eterna condenación el tener negligencia, tibieza y aversión hacia la Salutación angélica, la cual ha restaurado el mundo. La segunda: que quienes sienten devoción a esta salutación divina portan una grandísima señal de predestinación. La tercera: que los que han recibido del Cielo la gracia de amar a la Santísima Virgen y servirla por afecto deben ser extremadamente cuidadosos de continuar amándola y sirviéndola hasta que, por su intercesión, su Hijo los coloque en el Cielo en el grado de gloria que con viene a sus méritos.

La Crucifixión y Muerte de Jesús – Galería Nacional de Canadá, Ottawa

Todos los herejes —que son hijos del diablo y que llevan las marcas evidentes de la condenación— tienen horror al Avemaría; aprenden el Padrenuestro, pero no el Avemaría; y preferirían llevar sobre sí una serpiente antes que un rosario. Entre los católicos, los que llevan la marca de la condenación apenas se interesan por el Rosario, son negligentes en rezarlo o lo hacen con tibieza y precipitadamente.

Aun cuando no agregase una fe piadosa a lo que le ha sido revelado al Beato Alano de la Roche, mi experiencia me bastaría para estar persuadido de esta terrible y dulce verdad. No sé, e incluso ni veo con claridad, cómo puede una devoción aparentemente tan pequeña ser una señal infalible de eterna salvación, y su defecto, un signo de reprobación. Sin embargo, no hay nada más verdadero.

Nosotros mismos vemos cómo las personas que profesan las nuevas doctrinas de nuestros días, condenadas por la Iglesia, a pesar de su simulada piedad, descuidan mucho la devoción al Rosario y, a menudo, lo despojan de la mente y del corazón de los hombres y mujeres que les rodean, bajo los más bonitos pretextos del mundo. Se guardan muy bien de condenar abiertamente el Rosario o el escapulario, como hacen los calvinistas, pero su manera de proceder es tanto más perniciosa cuanto más sutil. […]

Un rocío celestial y una saeta inflamada

Mi Avemaría, mi Rosario o mi corona, son mi oración y mi piedra de toque más segura para distinguir a los que son conducidos por el espíritu de Dios de los que están bajo la ilusión del espíritu maligno. He conocido almas que parecían volar como águilas, hasta las nubes, por su sublime contemplación; y, no obstante, estaban desdichadamente engañadas por el demonio, y solamente pude descubrir sus ilusiones por el Avemaría y el Rosario, que rechazaban como algo de inferior nivel.

La Resurrección del Hijo de Dios – Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)

El Avemaría es un rocío celestial y divino que, cayendo en el alma de un predestinado, le comunica admirable fecundidad para producir toda clase de virtudes; y cuanto más regada está el alma por esta oración, más se vuelve iluminada en su espíritu, abrasada en su corazón y fortificada contra sus enemigos. El Avemaría es una saeta penetrante e inflamada, que, siendo unida por un predicador a la palabra de Dios que anuncia, le da fuerza para atravesar y convertir los corazones más empedernidos, aun cuando no tenga un extraordinario talento natural para la predicación.

Esa fue la saeta secreta que la Santísima Virgen enseñó a Santo Domingo y al Beato Alano para La Resurrección del Hijo de Dios – Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)
convertir a los herejes y a los pecadores. De aquí procede, según afirma San Antonino, la costumbre de que los predicadores recen un Avemaría al principio de sus predicaciones. […]

¿Quién no admirará la excelencia del Santo Rosario, compuesto por dos divinas partes: la Oración dominical y la Salutación angélica? ¿Hay oración más grata a Dios y a la Santísima Virgen, más fácil, más dulce y más saludable para los hombres? Tengámoslas siempre en el corazón y en la boca para honrar a la Santísima Trinidad, a Jesucristo nuestro Salvador y a su Santísima Madre

05Jun/20

EXCELENCIA DEL ROSARIO EN LAS ORACIONES QUE LO COMPONEN

EXCELENCIA DEL ROSARIO EN LAS ORACIONES QUE LO COMPONEN

San Luis María Grignion de Montfort

⦁ Parte I –

La práctica del Santo Rosario ha sido el Cielo quien nos la ha dado, para convertir a los pecadores más empedernidos y a los herejes más obstinados. Dios le ha vinculado la gracia en esta vida y la gloria en la otra.

Ministros del Altísimo, predicadores de la verdad, trompetas del Evangelio, permitidme presentaros la rosa blanca de este librito para poner en vuestro corazón y en vuestra boca las verdades que son expuestas en él sencillamente, sin gran aparato. En vuestro corazón, para que emprendáis vosotros mismos la santa práctica del Rosario y saboreéis sus frutos. En vuestra boca, para que prediquéis a los demás la excelencia de esta práctica y los convirtáis por este medio.

Divino compendio de la vida de Jesús y de María

 

La Anunciación del ángel y la Encarnación del Verbo – Catedral de Notre Dame, París.

Tened mucho cuidado, por favor, de considerar dicha práctica —como hace el vulgo, e incluso muchos orgullosos eruditos— como algo insignificante y de escasas consecuencias; ella es verdaderamente grande, sublime, divina. Es el Cielo quien nos la ha dado, y la ha dado para convertir a los pecadores más empedernidos y a los herejes más obstinados. Dios le ha vinculado la gracia en esta vida y la gloria en la otra. Los santos la han ejercitado y los Sumos Pontífices la han autorizado.

¡Oh! ¡Qué feliz es el sacerdote y director de almas, a quien el Espíritu Santo le ha revelado este secreto desconocido para la mayor parte de los hombres o conocido tan sólo superficialmente! Si de él recibe el conocimiento práctico, lo rezará todos los días y hará que los otros lo recen. Dios y su santa Madre derramarán en su alma gracias en abundancia para que sea un instrumento de su gloria; y en un solo mes dará más fruto con su palabra, aunque sencilla, que los demás predicadores en muchos años.

No nos contentemos, pues, mis queridos compañeros, con aconsejarlo a los demás; nosotros mismos hemos de practicarlo. Podremos estar convencidos en nuestra mente de la excelencia del Santo Rosario, pero si no lo practicamos, muy poco esfuerzo se pondrá en lo que aconsejamos, porque nadie da lo que no tiene: “Coepit Iesus facere et docere” (Hch 1, 1), Jesús hizo y enseñó desde el comienzo. Imitemos a Jesucristo, que empezó por hacer aquello que enseñaba. Imitemos al Apóstol, que no conocía ni predicaba más que a Cristo crucificado.

Eso es lo que haremos nosotros al predicar el Santo Rosario, el cual, como veréis más abajo, no solamente es una repetición de Padrenuestros y Avemarías, sino un divino compendio de los misterios de la vida, pasión, muerte y gloria de Jesús y de María. […]

El que se acerca a Dios, ha de comenzar por creer

El Credo o Símbolo de los Apóstoles, que se reza al inicio en la cruz del Rosario, al ser un sagrado resumen y compendio de las verdades cristianas, es una oración de un mérito enorme, porque la fe es la base, el fundamento y el principio de todas las virtudes cristianas, de todas las virtudes eternas y de todas las plegarias agradables a Dios. El que se acerca a Dios mediante la oración ha de comenzar por creer; y cuanta más fe tenga, su oración tendrá más fuerza y mérito y más gloria dará a Dios. […]

La Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel – Catedral de Notre Dame, París.

Como la fe es la única llave para entrar en todos los misterios de Jesús y de María contenidos en el Santo Rosario, conviene empezarlo rezando el Credo con gran atención y devoción, y cuanto más viva y fuerte sea nuestra fe, más meritorio será el Rosario.

Es preciso que esta fe sea viva y animada por la caridad, es decir, que para rezar bien el Santo Rosario hay que estar en gracia de Dios o en busca de esta gracia.

La fe tiene que ser fuerte y constante, o sea, que no hay que buscar en la práctica del Santo Rosario solamente el gusto sensible y la consolación espiritual. En otras palabras, no debemos desistir de rezarlo porque tengamos una multitud de distracciones involuntarias en la mente, un disgusto extraño en el alma, un tedio abrumador y un sopor casi continuo en el cuerpo. Para rezar bien el Rosario no son necesarios ni gusto, ni consuelo, ni suspiros, ni arrobos, ni lágrimas, ni aplicación continua de la imaginación. La fe pura y la buena intención son suficientes. […]

Quien no reza como el divino Maestro ha enseñado, no es discípulo suyo

El Padrenuestro u Oración dominical saca su primera excelencia de su autor, que no es un hombre ni un ángel, sino el Rey de los ángeles y de los hombres, Jesucristo. “Convenía —dice San Cipriano— que aquel que venía a darnos la vida de la gracia como Salvador, nos enseñara la manera de orar como celestial Maestro”. La sabiduría de este divino Maestro bien se muestra en el orden, la dulzura, la fuerza y la claridad de esta divina oración; es corta, pero rica en enseñanza, comprensible para los sencillos y llena de misterios para los sabios.

El Padrenuestro encierra todas nuestras obligaciones para con Dios, los actos de todas las virtudes y las súplicas de todos nuestras necesidades espirituales y corporales. Dice Tertuliano que contiene el compendio del Evangelio. Según Tomás de Kempis, aventaja a todos los deseos de los santos, compendia todas las dulces sentencias de los salmos y de los cánticos. Pide cuanto necesitamos, alaba a Dios de un modo excelente, eleva el alma de la tierra al Cielo y la une estrechamente con Dios.

San Juan Crisóstomo a segura que quien no reza como el divino Maestro ha rezado y enseñado a orar, no es discípulo suyo, y Dios Padre no escucha con agrado las oraciones que el espíritu humano ha elaborado, sino la que su Hijo nos ha enseñado.

Debemos rezar la Oración dominical con la certeza de que el Padre eterno la escuchará, por ser la oración de su Hijo, siempre atendida favorablemente, y nosotros sus miembros. ¿Acaso puede negarse tan buen Padre a una petición tan bien concebida y apoyada en los méritos e intercesión de tan digno Hijo?

San Agustín afirma que el Padrenuestro bien rezado borra los pecados veniales. El justo cae siete veces por día. La Oración dominical contiene siete peticiones por las cuales puede remediar esas caídas y fortificarse contra sus enemigos. Es corta y fácil para que nosotros, como somos frágiles y estamos sujetos a muchas miserias, recibamos un auxilio más rápido, al rezarla con más frecuencia y más devotamente.

Una peligrosa tentación

Desengañaros, pues, almas devotas que descuidáis la oración que el mismo Hijo de Dios ha compuesto y ha recomendado a todos los fieles; vosotros que sólo estimáis las oraciones que los hombres han compuesto, como si el hombre, aun el más esclarecido, supiera mejor que Jesucristo cómo debemos rezar.

Buscáis en los libros de los hombres la manera de alabar y orar a Dios, como si tuvierais vergüenza de la que su Hijo nos ha prescrito. Os persuadís de que las oraciones que están en los libros son para los sabios y para los ricos y que el Rosario sólo es para las mujeres, para los niños y para el pueblo, como si las alabanzas y oraciones que leéis fueran más hermosas y agradables a Dios que las contenidas en la Oración dominical. Es una peligrosa tentación rechazar la oración que Jesucristo nos ha recomendado para aficionarse a las oraciones compuestas por los hombres.

No es que desaprobemos las que los santos han compuesto para estimular a los fieles a alabar a Dios, sino que no podemos admitir que las prefieran a la oración que salió de la boca de la Sabiduría encarnada, que dejen la fuente para correr tras los arroyos, que desdeñen el agua cristalina para beber la turbia. Pues, al fin y al cabo, el Rosario, formado por la Oración dominical y la Salutación angélica, es esa agua clara y perpetua que brota del manantial de la gracia, mientras que las demás oraciones que las mencionadas personas buscan en los libros no son más que riachuelos que de ella derivan. […]

27May/20

EN PANDEMIA… CUIDADO, CON LAS OTRAS “EPIDEMIAS”

EN PANDEMIA…
CUIDADO, CON LAS OTRAS “EPIDEMIAS”

La casa es la mejor “vacuna”. Pero, la violencia familiar, el estrés, y la “esclavitud” a la tecnología son otras “epidemias”.

P. Fernando Gioia, EP

        Mientras nos prevenimos de esta silenciosa, penetrante y nefasta pandemia, corremos el riesgo – estando en casa por la cuarentena – de caer en otras “epidemias”.

Este encierro, que nos restringe el movimiento, ha surgido como cuidado indispensable ante el coronavirus. Si fuera un mosquito, el que trasmite el coronavirus, otra sería la situación. En este caso, el “mosquito” podemos ser nosotros mismos, los humanos, conviviendo, compartiendo, llevándolo en nuestros cuerpos y contagiando; o dejando el virus en alguna superficie u objeto, dando lugar a que se multiplique. Motivo que dio lugar a que fueran alterados nuestros ritmos de vida.

Dentro de esta contingencia – de futuro imprevisible -, van apareciendo otros efectos, no concretamente del propio virus, sino de la situación a que nos llevó el Covid-19: la cuarentena. Nuestros hábitos, afectos mutuos, entretenimientos, forma de trabajar, de estudiar o de movernos, mismo nuestros momentos de quietud, están siendo convulsionados. Una nueva forma de coexistir estamos experimentando.

Algunos dicen, y con razón, que esta enfermedad, y las muertes que está provocando, golpearon a nuestra especie humana. Hemos perdido nuestra privacidad, con una repercusión psicológica innegable. Por más que amemos a nuestra familia, estar y vernos las 24 horas del día… desgasta. Se necesitan momentos de intimidad, de estar con nosotros mismos. No es normal estar el 100 % del día juntos. Entramos a una situación diferente.

La casa es la mejor “vacuna”, hasta ahora, pero la nueva rutina, resulta fastidiosa. No dejan de surgir conflictos, especialmente en lugares más reducidos, con sus repercusiones en el ámbito emocional. El miedo del contagio, el distanciamiento de los vínculos humanos en general, la carencia de elementos básicos y no tan básicos, la posible crisis económica que se podrá sufrir; todo a consecuencia del estado de aislamiento impuesto o recomendado por las autoridades sanitarias, pueden llevar a la tristeza y a irritabilidades.

En mudanza tan radical se exigirá: paciencia, tolerancia, respetar el espacio de los otros, ser colaborador en las tareas domésticas nuevas que aparezcan. Mismo así, al estar confinados, se presentarán otras “epidemias”: violencia intrafamiliar, estrés, aburrimiento, adicción digital; para nombrar las más destacadas de las que podremos “contaminarnos”.

Uno de los factores que el encierro más puede producir – en familias con dificultad – es la violencia intrafamiliar, que se volverá más grave. Al estar más tiempo juntos, con impedimento de solicitar ayuda, las víctimas no podrán huir de esas peligrosas circunstancias. Arrinconadas en poco espacio, el maltrato psicológico, cuando no físico, aumenta. Es una triste realidad. Las denuncias por violencia doméstica, o “terrorismo íntimo” como la califican los expertos, han crecido, en casi todos los países.

Puede ocurrir que el aislamiento lleve al trastorno del estrés. No sabemos cuándo acabarán en el mundo las cuarentenas, que se van haciendo más estrictas, por la simple razón que su violación va acrecentándose. Dicen especialistas que, ya con más de 10 días, se puede producir un estrés postraumático.

Colapsó la forma de vivir que llevábamos. ¡Si hasta pareciera que todos los días son iguales! Ya no diferenciamos martes de viernes o domingo. Todo es más o menos igual. Salir o volver a casa ya no existe. Como que, dejamos de ser libres.
Un sentimiento de ansiedad, abandono, miedo de no conseguir para sí y su familia lo que necesita, engendra un nerviosismo que puede llevar a la tentación de violar los límites de la ley. El tiempo parece que no pasa. Aumentan la inquietud y los conflictos. Es como estar en una jaula, por más que sea nuestra casa, grande o pequeña; la persona se agobia.

Es preciso, antes que nada, mantener los hábitos más parecidos a los que habitualmente llevábamos. Y tener estímulos constantes para matar el tiempo: horarios, orden, ocuparse, comidas en conjunto. Principalmente no pueden faltar momentos de elevar nuestras mentes a Dios, como bien nos enseña San Pablo, “pensar en las cosas de arriba y no en las de la tierra” (Col, 3, 1-2). Oración, rezo del santo Rosario, ver la Misa que se transmita “on line”, lectura espiritual, reflexionar. Si no damos espacio a esto, pues, seremos atropellados por las circunstancias citadas arriba.

Ya vivíamos “sumergidos” en lo digital (Vivimos-sumergidos-en-las-redes-sociales-20180220). Entrando el aburrimiento en escena, nos puede llevar a un falso escape para enfrentarlo; en vez de aprovecharlo, para ser más creativos y productivos. El tener – algunos – el trabajo en casa, el que las tareas escolares se hagan en línea, aumentó de inmediato el tiempo diario frente a la pantalla. Si a esto le sumamos el espacio dedicado a comunicaciones más extensas con familiares y amigos, de llenar el tiempo con películas, los videojuegos y su casi adicción, podríamos decir que el aumento de estar ante las pantallas es más del 100 %.

Corremos el riesgo de caer en otra “epidemia”. En vez de aprovechar esa soledad, que nos puede llevar al pensamiento, quedamos “esclavizados” por la tecnología, caminamos a una enajenación ante ella.

Nadie niega las enormes ventajas que nos da para sobrellevar la cuarentena. Ahora, si nos pegamos a las pantallas…, podemos, en este período, pasar de usuarios normales a ser dominados por ella, transformándonos en adictos. Pasar del uso equilibrado, al abuso. Ante la nueva situación, se hace indispensable evitar caer en un ambiente “virtual” y que desaparezca el convivio “real” familiar.

Estas reflexiones no sugieren que la cuarentena no deba cumplirse, pues sería permitir que la enfermedad se propague. Se trata de estar vigilantes antes los efectos psicológicos que surgirán, si ya no surgieron, dentro de este confinamiento en que nos encontramos.

Que la Virgen Santísima nos proteja y que el Sagrado Corazón de Jesús detenga, la penetración de este mortal virus.

09May/20

LAGRIMAS, MILAGROSO AVISO – 6 de Agosto de 1972 –

Lágrimas, milagroso aviso
– 6 de agosto de 1972 –

Plinio Corrêa de Oliveira

 

En 1972, un hecho despertó el interés de los católicos del mundo entero: una imagen de Nuestra Señora de Fátima había vertido lágrimas en Nueva Orleans, Estados Unidos. Con el fin de atender a los anhelos de sus lectores a este respecto, el Dr. Plinio se sirvió de su tribuna semanal en la “Folha de São Paulo” para analizar el acontecimiento.

Bajo la dirección inmediata [de la Hermana Lucía], un artista esculpió dos imágenes, que corresponden tanto cuanto es posible a los trazos fisonómicos con los cuales apareció la Santísima Virgen en Fátima. Ambas imágenes, llamadas “peregrinas”, han recorrido el mundo, conducidas por sacerdotes y laicos. Una de ellas fue llevada recientemente a Nueva Orleans. Y allí vertió lágrimas.

El Padre Romagosa (1) había oído hablar de esas lacrimaciones al Padre Joseph Breault, M.A.P., a quien está confiado el cuidado de la imagen. Sin embargo, él sentía una profunda reluctancia a admitir el milagro. Por eso, le pidió a otro sacerdote que le avisase tan pronto el fenómeno se comenzase a producir.

El Padre Breault, notando alguna humedad en los ojos de la Virgen peregrina el día 17 de julio, llamó por teléfono al Padre Romagosa, quien acudió junto a la imagen a las 9:30 p.m, trayendo fotógrafos y periodistas. De hecho, todos notaron alguna humedad en los ojos de la imagen, a la cual inmediatamente le tomaron fotos. […]

A las 6:15 de la mañana siguiente, el Padre Breault llamó nuevamente por teléfono al Padre Romagosa, informándole que desde las 4 de la mañana la imagen lloraba. El Padre Romagosa llegó poco después al local, donde, dijo él, “vi una abundancia de líquido en la punta de la nariz de la misma”. Fue esa gota, tan graciosamente pendiente, que la fotografía divulgada por los periódicos le mostró a nuestro público.

El Padre Romagosa añade que había visto “un movimiento de líquido mientras surgía lentamente del párpado inferior”.

Pero él quería eliminar las dudas. […] Habiendo cesado el llanto, el Padre Romagosa retiró la corona de la cabeza de la imagen: el asta metálica estaba enteramente seca. Introdujo entonces, en el orificio respectivo, un alambre revestido de un papel especial, que absorbería forzosamente todo el líquido que allí estuviese. Pero el papel salió absolutamente seco.

No satisfecho todavía con tal experiencia, introdujo en el orificio una cierta cantidad de líquido. Sin embargo, los ojos se conservaron absolutamente secos. El Padre Romagosa giró entonces la imagen hacia el suelo: todo el líquido colocado en el orificio se escurrió normalmente. Estaba cabalmente probado que del orificio de la cabeza – único existente en la imagen – no sería posible ninguna filtración de líquido hacia los ojos.

El Padre Romagosa se arrodilló. Finalmente había creído.

_________

El misterioso llanto nos muestra a la Virgen de Fátima llorando sobre el mundo contemporáneo, como otrora Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén. Lágrimas de afecto tiernísimo, lágrimas de profundo dolor, en la previsión del castigo que vendrá para los hombres del siglo XX si no renuncian a la impiedad y a la corrupción.

¡Todavía hay tiempo, pues, de detener el castigo, lector, lectora! Si viene, me parece lógico que en él habrá por lo menos una misericordia especial para los que, en su vida personal, hayan tomado a serio el milagroso aviso de María.

Para que mis lectoras, mis lectores se beneficien de esa misericordia, les ofrezco el presente artículo…

        1 Padre Elmo Romagosa, autor del artículo “Las lágrimas de la imagen mojaron mi dedo”, publicado en el “Clarion Herald”, semanario de Nueva Orleans distribuido en once parroquias del Estado de Louisiana.

(Revista Dr. Plinio No. 173, p. 5, agosto de 2012, Editora Retornarei Ltda., São Paulo. Extractado del periódico Folha de São Paulo”, de 6.8.1972)

24Abr/20

MISAS PUBLICAS SUSPENDIDAS: El Gran Viernes Santo de la Iglesia

Misas Públicas Suspendidas:
el Gran Viernes Santo de la Iglesia

Por Luis Fernando Ribeiro Redacción Gaudium Press – 16-04-2020).
      El Triduo Pascual corona no apenas la Semana Santa, sino también todo el tiempo litúrgico. Es su auge. En este año, sin embargo, por primera vez en la historia reciente, la tristeza del Viernes Santo continúa… En efecto, la conmemoración de la Pasión del Señor es el único día del año en que, por antiquísima tradición, no hay celebración eucarística. Ahora, es precisamente eso lo que vivimos en estos días: las misas públicas continúan suspendidas por toda parte.

¿Qué Es Realmente Esencial?

        Como se sabe, diversos países prohibieron o desaconsejaron las actividades dichas “no-esenciales”, por causa de la pandemia. Claro, no se tardó en encuadrar los actos religiosos como “no-esenciales”, pues promoverían necesariamente “aglomeraciones”.
Curiosamente, no obstante, las iglesias ya casi siempre vacías por la bajísima asistencia a las misas en varias partes -en particular, en Europa-,1 se tornaron, como que por un pase de magia, foco prominente de expansión del virus… De esa forma, la misa “virtual” pasó a ser la única “real” (y posible) para millones de fieles.
Escépticos podrán atribuir el mote de “oscurantistas” a aquellos que desean acceder a los sacramentos de la Iglesia en medio de una crisis. Pero antes cabe la pregunta: ¿es la Eucaristía esencial? Si de hecho Dios está allí presente, ¡nada hay de más esencial! O mejor, solo Dios es indispensable, todo el resto es contingente.

¿Hasta Cuándo Viviremos Este Gran ‘Viernes Santo’?

        Es indiscutible que la cuarentena tiene ciertos efectos en la disminución de la transmisión de esa misteriosa y astuta enfermedad que asola al mundo. Es una cuestión de sentido común. Pero el centro del problema es saber cuál es la amplitud de su eficacia, así como sus efectos colaterales y hasta qué nivel podemos llegar. En esa línea, algunos ya hablan en cuarentena intermitente hasta 2022… Y si es así, ¿las suspensiones de los sacramentos durarán hasta allá? O peor: alcanzando esa fecha, ¿quién garantiza, considerando el pasado reciente, que nuevas enfermedades altamente contagiosas no aparecerán en escena?
Más todavía: ¿continuaremos viviendo en un gran Viernes Santo? ¿O sea, sin misas? ¿O estaremos acostumbrados a no ir más a las misas y preferiremos asistirlas “virtualmente”, o sea, no “realmente”? Si es así, ¿cuándo Jesús vuelva en la Eucaristía, “encontrará todavía fe sobre la tierra” (Lc 18,8)?
En efecto, hay indicativos de que la tasa de adeptos al catolicismo tuvo una brusca caída al menos en España después de la cuarentena. 2 En contrapartida, la Conferencia Episcopal italiana prepara ahora propuestas para celebrar misas y funerales con público reducido, sin perder la seguridad, a partir del día 4 de mayo (la cuarentena general se inició el 9 de marzo). 3

La Devoción Eucarística: ¿Una exageración?

En medio de esa crisis del virus y de la fe, el día 12 de abril, el Obispo de Hildesheim, Mons. Heiner Wilmer, sugirió que los fieles tienen una visión sobrestimada (“überbewertet”) de la Eucaristía y están por demás “fijados” (fixiert sint) en ese sacramento. 4
Otros se jactan del hecho de que la crisis pandémica ha traído la relativización del papel de los sacerdotes, cuestionando la necesidad de la consagración de las especies eucarísticas para la manutención de la vida de la Iglesia. 5 No obstante, el Magisterio de Juan Pablo II remarcó que “la Iglesia vive de la Eucaristía”, precisamente porque Jesús prometió estar con nosotros hasta el fin del mundo. (Mt 28,20). 6
De acuerdo con Santo Tomás de Aquino, el “pan nuestro de cada día” del Padre Nuestro, se refiere antes que nada a la Eucaristía, el principal sacramento, así como el pan es el principal alimento. 7

¿Una Iglesia Protestantizada?

        Con todo, ¿si el sentido común católico sigue una dirección relativizada de la Eucaristía, no caminaremos hacia una Iglesia más “protestantizada”, centrada en la palabra (en la mejor de las hipótesis) y no más en la Eucaristía? Al final, ¿para qué necesitaríamos de la presencia real de Jesús, si ya tenemos la presencia “virtual”…? Otros aún más avanzados podrán seguir el ejemplo de Lutero: ¿para qué la Iglesia institucional, si puedo hablar directamente con Dios? ¿Para qué al final los templos?

Sólo hay Un Camino: La Resurrección

        La Iglesia solo tiene un camino: o resucita de estos momentos de Pasión, o estará sepultada, aunque nunca muerta, pues, como sabemos, Jesús prometió que las puertas del infierno jamás prevalecerán contra ella (Mt 16, 18).
Cabe a los fieles no perder la esperanza de encontrar a Nuestro Señor nuevamente en el fraccionar del pan (Lc 24,35), el pan vivo (Jn 6, 51) que da la vida. Pues si ellos se desaniman o se callan, las piedras clamarán (Lc 19,40).
NOTAS:
[1] En Francia la frecuencia a la misa semanal es de 9% (2011) en un contexto de 41% de la población que se considera católica (2019; para comparar: en 1986, el porcentaje era de 81%). Special Eurobarometer 493 (Report: Discrimination in the European Union), May 2019-October 2019, p. 11.
[2] ROMERO, Juan. ¿Bajan más de 5 puntos los católicos durante el coronavirus? Eso dice Tezanos en el CIS, 15/4/2020. In: https://www.infocatolica.com/blog/delapsis.php/2004150317-ibajan-mas-5-puntos-los-catol
[3] REDAZIONE L’AVVENIRE. Coronavirus. Messe e funerali: la Chiesa prepara proposte per la fase 2, 16/4/2020. In: https://www.avvenire.it/chiesa/pagine/cei-le-richieste-per-la-riapertura
[4] Bischof Wilmer zur Coronakrise: „Das viele Streamen von Gottesdiensten ist mir nicht geheuer”. Entrevista en 12/4/2020 para Deutschlandfunk: https://www.deutschlandfunk.de/bischof-wilmer-zur-coronakrise-das-viele-streamen-von.868.de.html?dram:article_id=474469
[5] Frauen und Corona. Corona-Krise relativiert Rolle von geweihten Männern in der Kirche. Entrevista em 14/4/2020 à teóloga Agnes Wuckelt para a Katholisch.de: https://www.katholisch.de/artikel/25153-corona-krise-relativiert-rolle-von-geweihten-maennern-in-der-kirche
[6] Sobre eso cfr. JUAN PABLO II. Ecclesia de Eucharistia, n. 1.
[7] TOMÁS DE AQUINO. ST, II-II, q. 83, a. 9, resp. Contenido publicado en es.gaudiumpress.org, en el enlace https://es.gaudiumpress.org/content/108327-Misas-publicas-suspendidas–el-gran-Viernes-Santo-de-la-Iglesia#ixzz6K6ODOlS2 Se autoriza su publicación desde que cite la fuente.
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07Abr/20

DIVINA SERIEDAD DE NUESTRO SEÑOR

MEDITACIÓN DE SEMANA SANTA

DIVINA SERIEDAD DE NUESTRO SEÑOR

Dr. PLINIO CORREA DE OLIVEIRA
(Extraído de conferencia de 29/3/1988)
        Los esbirros hicieron espantosas brutalidades contra Nuestro Señor Jesucristo, por odio a la virtud que trasparecía en Él de una forma magnífica. Quien se acercara al lugar donde Jesús estaba siendo flagelado, oiría lancinantes gritos de dolor; sin embargo más harmoniosos y bellos que la música de cualquier orquestra.
        Si consideramos a Nuestro Señor en su peregrinación durante los tres años de su vida pública, de un lado para otro predicando a las multitudes, sea en el primer año que fue gozoso, pues al inicio de su obra encantó más o menos a todo el pueblo de Israel; sea durante el segundo, cuando las dificultades comenzaron a aparecer; sea en el tercero, que fue dramático, terminando en el Gólgota y el Eli, Eli lammá sabactâni (Mt 27, 46) – Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me abandonaste? –; en cualquiera de esos años, ¿cómo imaginaríamos a Nuestro Señor?

Majestosa y Serena Tristeza De Nuestro Señor.

        ¿Andando contento de un lado para otro, satisfecho, con fisionomía alegre, comentando despreocupadamente y de modo agitado los aspectos divertidos de las cosas? ¿O con un fondo de tristeza apacible, presente en su personalidad, estampada en su divina mirada y en todo lo que decía y hacía; dirigiéndose a los hombres con un trato afable, dulce, bondadoso, pero también con ese tono de tristeza, no dramática, ni lancinante, sino habitual, estable –para emplear una comparación que no me satisface enteramente, pero que dice algo–, una mirada que tuviera algo de luminoso, resplandeciente y triste, como la luz de la luna?
Sin duda, esa mirada así apesadumbrada, pero resignada, atenta, afable, bondadosa, revelaría el trasfondo de su alma.
        Se trata de saber por qué esa majestuosa, serena, inmensa y afable tristeza de Nuestro Señor inundaba así su alma. Comienzo por preguntarme qué relación hay entre esa mirada y la seriedad, y concluyo que así es la propia seriedad del Redentor. No hay otro modo de ser serio. Pero, ¿si así es su seriedad, no debe ser igualmente nuestra seriedad?
        Esto puesto, nos debemos preguntar qué razón hay para que su tristeza sea tan grande cuanto su amplísima visión.
        En su divinidad no podría haber tristeza. De tal manera Dios es perfecto, excelso, admirable, que no cabe en Él ninguna consternación. Había tristeza en la humanidad santísima de Nuestro Señor. Pero su naturaleza humana estaba unida hipostáticamente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, constituyendo una sola Persona, continuamente en la visión directa de Dios, en el océano de sus perfecciones y en su felicidad infinita e imperturbable por todos los siglos de los siglos sin fin.
        Luego esa tristeza no puede venir de Dios, solamente del hombre. Porque Nuestro Señor vino a la tierra como redentor y se encarnó para rescatarnos, muriendo en la cruz como Hombre-Dios, y por tanto, haciendo que un hombre ofreciera aquel sacrificio infinitamente precioso, que condonara el pecado original y los pecados posteriores, y nos abriera el Cielo. Entonces, está claro que ese sufrimiento sólo podría venir de un hombre.
        ¿Cómo un ser que siendo Dios, que participa de esa felicidad infinita del Omnipotente, podía tener tanta infelicidad, tanta tristeza, por causa de los hombres, que son tan inferiores a Él?
        Sería más o menos como si yo –hablando en términos mundanos– recibiera de repente como herencia una fortuna incalculable, inmensa, y el mismo día, partiendo una fruta, me cortara un poquito el dedo. Surge una pequeña incomodidad que coincide con una causa de felicidad extraordinaria, pero no reparo en ella. Si por la noche el dedo comienza a molestar, advierto que me hice aquel corte por la mañana, porque pensé el día entero en la felicidad y en la alegría de haber ganado una fortuna.
        Con la debida reverencia, se podría decir que la tristeza causada a Dios por causa de los hombres, es pequeña comparada de su infinito júbilo. Esto se explica de la siguiente manera: Dios ama los hombres con amor infinito, y por esta causa Él quiere recibir el amor de ellos. Un amor desea una paga, una retribución, y cuando no es retribuido sufre, con un dolor tan profundo, que llega a afligir de esta manera al Verbo de Dios encarnado. Él tiene un conocimiento directo, inmediato, de todas las cosas. Mira para todos los hombres y conoce –tal vez se puede llamar discernimiento de los espíritus– enteramente su estado de espíritu.

Centro De Gravedad En Torno Del Cual Todos Los Hombres Deben Girar.

        Dios veía esa actitud de los hombres, que era de no amarlo: el pueblo elegido, vuelto completamente para las abominaciones que conocemos; los otros pueblos, para las idolatrías y pecados que abundaban todo el mundo de aquel entonces. Y Él no se sentía retribuido en su amor infinito, lo que no es un sentimiento común, por ejemplo, del profesor que se dedica mucho a sus alumnos y nota que no lo reconocen.
        Es una cosa muy diferente. Siendo Dios, Él es infinitamente merecedor del amor de los hombres; y estos, negando el amor al Redentor, quedaban pésimos, totalmente repulsivos, porque el punto de gravedad en torno del cual todos los hombres, y cada hombre en concreto, deben girar es Él, que es infinitamente bueno, infinitamente santo, y en función del cual vida de todos debe gravitar. Él es el astro divino, el sol divino.
        Nosotros somos los planetas que giran en torno al Sol; y no lo miramos, ni queremos mirar. El ver así las creaturas que Nuestro Señor ama tanto es la causa de esta tristeza.
        Es muy triste ver la falta de virtud; de los hombres el Creador sólo quiere virtud. El hombre puede tener lo que quiera, pero si no posee virtud, por así decir, a Dios no le interesa. Y su posición frente al hombre es apenas con el deseo de que sea virtuoso y semejante a Él, para así amarse mutuamente. Siendo rechazado, su tristeza llena la tierra, más o menos como la luz de la luna cubre de tristeza el cielo.

Debemos Querer Que Todo Sea Semejante a Jesucristo

        Esta es una de las características de la divina seriedad de Nuestro Señor Jesucristo. Y vemos cómo los Apóstoles, sus más cercanos, antes de Pentecostés estaban llenos de faltas de esas. Estaban más atentos en las cosas terrenas, humanas; y con Nuestro Señor Jesucristo entre ellos, llevaron tanto tiempo para descubrir y reconocer que Él era el Hombre-Dios; simplemente porque no ambicionaban de aquellas virtudes, no las amaban, y por eso su entusiasmo no era ascendente, alpinístico, no escalaba las cumbres. Al contrario, era un entusiasmo por los charcos, por los pantanos.
        Por ejemplo, mientras los Apóstoles caminaban con Jesús hacia el Huerto de los Olivos, es posible que los haya reprendido, diciéndoles: “Dentro de poco iremos a orar y ustedes se dormirán, justamente en el momento en que el Hijo de Dios comenzará a padecer.” Naturalmente, los Apóstoles, inclinados a los chistes y a cosas semejantes, se durmieron. El resto ya lo conocemos…
        Vamos a transponer esto para nosotros. Nosotros somos simples creaturas. No tenemos, por tanto, unión hipostática con Dios, pero hemos sido bautizados y a partir del Bautismo comenzó a vivir en nosotros la gracia, que es una participación creada en la propia vida increada de Dios. Hay algo ahí que no deja de tener una leve semejanza con la unión hipostática.
        Somos templos del Espíritu Santo. Puesto esto, la gran preocupación de nuestra vida es de ver en la Iglesia Católica, en los santos que engendra, en sus instituciones, en las páginas luminosas de su Historia, todo lo que sea santo y, por tanto, que recuerde a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo; porque amamos lo que se parece a Él. Este es el punto más importante de nuestra existencia, como para Él el centro de la vida terrena fue vivir en la unión hipostática y procurar que los hombres recibieran la gracia de adorarlo como Hombre-Dios.
        Por tanto, nuestra gran alegría –si somos fieles a nuestro bautismo y coherentes en nuestra Fe– debe ser el notar que los hombres estén amando Nuestro Señor; y que todo lo que suceda en el mundo esté de acuerdo con el Espíritu y la Ley de Dios, como si Jesús estuviera presente. No queremos para nosotros otra cosa: que todo sea semejante a Él.

Debemos Tener Un Fondo De Seriedad Luminosamente Triste.

        Sin duda yo admiro París, dejando de lado todos los aspectos mundanos. Sin embargo, si me dieran a escoger entre vivir en aquella ciudad, donde el pecado dejó tantas marcas, así como el amor de Dios algunas cosas tan maravillosas – la Catedral de Notre-Dame, por ejemplo –, o en un lugar habitado por el pueblo más vulgar, más despojado, más inculto da tierra, pero donde todos amaran verdadera y sinceramente a Dios; yo preferiría vivir en aquel pueblo, y saldría volando de París.
        Aunque París es todo lo que es, y Notre-Dame signifique tanto para mí, prefiero ver almas enteramente según Dios, y no apenas piedras; que amen al Creador en espíritu y en verdad, y que tratando con ellas pueda tener la impresión fundada y viva, de discernir el Espíritu Santo presente en cada una. Por eso, quiero ir para allá aunque las personas usasen solamente telas burdas, hechas de palmera; coman apenas peces ordinarios que pescan en el río del lugar. ¡Si en ellas estáis Vos, mi Señor y mi Dios, es allá donde quiero estar!
        No sé si cada uno de nosotros tiene la misma reacción, y si hace de Dios el sol de su propia seriedad. Pero en concreto, es que el alma del católico debe tener un fondo de seriedad, vaga y luminosamente triste por causa de las condiciones abyectas, altamente censurables del mundo contemporáneo. Debemos sentirnos censurados, rechazados, detestados, y – ¡Oh, dolor! – no por causa de nuestra persona, que poco vale, sino porque rechazan al Espírito Santo que está en nosotros, desdeñan en nosotros la condición de miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
        Si ciertas personas conocieran mis defectos y me rechazaran por esa causa, yo los amaría; pero ellos conocen mis cualidades y por eso me desprecian. Entonces yo me siento rechazado en lo que es más internamente mío, en aquello por donde soy más yo mismo y por donde pertenezco a Nuestro Señor como ente bautizado, que tiene Fe, que es miembro de la Santa Iglesia Católica. Y por eso hay en mí un fondo constante de tristeza, de seriedad triste.
        En Jesús, la seriedad no excluía, por ejemplo, que fuera de vez en cuando a casa de Lázaro, para tomar algunos días de descanso, de tranquilidad, de bienestar; de sentir el amor por él. Santa María Madalena lo adoraba, como sabemos, Marta lo quería, Lázaro lo amaba y esto le llenaba el alma. Pero por toda parte, así como la luna acompaña los pasos del hombre que anda por la noche, se le notaba una tristeza enlutada: “Los hombres no me quieren porque no aman a Dios. Esta es una espada que me traspasa de alto a bajo.”

Gemidos De Jesús Por Causa De Nuestra Indiferencia.

        Si procuráramos, unos entre otros, solamente el amor de Dios y siempre nos regocijáramos, pensando en ese amor presente en nosotros, y si al notar en alguien una falta de amor de Dios nos entristeciéramos, a la manera de Nuestro Señor, con una tristeza llena de amor, con un profundo deseo de atraer esa persona hasta Dios; si actuáramos así, ¿cómo sería la atmosfera en nuestras casas? Más próxima al ideal de seriedad, que asumimos por ejemplo, cuando participamos de un retiro, ¡comprenderíamos más integralmente lo que es la seriedad!
        No es porque pretendamos que nos quieran; deseamos que quieran a Dios en nosotros. Vuelvo a decir: si conocieran mis defectos y por eso me odiaran, yo les besaría las manos y los pies y les agradecería, porque detesto mis defectos. Pero esa gente, prohibida de escribir sobre mí en un periódico, odia lo que yo tengo de bueno; eso me hace sufrir, me indigna. No por mí, sino por Nuestro Señor, porque es a Él que están rechazando.
        Ahí está la materia prima, la tintura madre de nuestra seriedad. Sin embargo ahora en Semana Santa, contemplamos las brutalidades, la injusticia, la crueldad que tuvieron con Jesús, y en este tiempo tendremos bien presente que hicieron eso por odio a la virtud, que en Nuestro Señor trasparecía de modo tan magnífico. De manera que, por ejemplo, si algunas personas se acercaran al lugar donde Jesús estaba siendo flagelado, escucharían sus lancinantes gritos de dolor. Sin embargo, esos gritos eran más harmoniosos y más bonitos que los acordes de cualquier orquesta, más atrayentes que las declamaciones de cualquier orador, por más famoso que fuese.
        Con la púrpura de su sangre corriendo sobre todo el cuerpo sagrado, era Él más majestuoso que un rey con la púrpura de un manto real. Los esbirros notaban eso y lo flagelaban más, porque amaban la vulgaridad, la indecencia, la inmoralidad. Entonces Jesús gemía, gemía por su cuerpo sagrado – un hombre gime al sentir eso –, pero mucho más por las almas pésimas que lo azotaban; por todo lo que ya advertía que iría a suceder hasta el fin de los siglos. Nuestro Señor nos mira durante esta Semana Santa y, si pasamos indiferentes a sus gemidos, a sus dolores, nos diría: “¿Hasta ustedes, a quienes llamé para un especial amor?
        Ustedes que oyen mis gemidos, que me contemplan coronado de espinas y en otros episodios de mi Pasión, ¡también se quedan indiferentes!” Y Jesús gime y grita igualmente por causa de nuestra indiferencia.

¡María Santísima, Fijad en mí las Llagas del Crucificado!

        Piensen en la tristeza de Nuestra Señora ante esto. Probablemente Ella sufría porque conocía lo que pasaba con Jesús. En sus santas intuiciones, contemplando cada grito, cada gemido, cada pedazo de carne que los azotes arrancaban y lanzaban por tierra – la unión hipostática continuaba en aquellos pedazos de carne –, Ella, transida completamente por el dolor, sabía cómo sería nuestra Semana Santa.
        Donde debería estar el amor a Él, cuantas veces está el amor a otras cosas, o quizá a otras personas. Para dar ejemplos que no sean amistades o afectos de sí pecaminosos, conjeturemos de un amigo que nos gusta, porque es simpático; de otro porque es popular y nos prestigia; de un tercero porque nos admira. ¿Son esas las razones porque deba gustar de las personas, o es porque ellos se parecen con Nuestro Señor?
        Santiago era, por una razón natural de parentesco, deseada por Dios, muy parecido con Nuestro Señor. De tal manera que cuando los verdugos tuvieron miedo de equivocarse al escoger, le pidieron a Judas indicar quién era, y él dice: “Aquel a quien yo bese, ese es el Hombre” (cf. Mt 26, 48).
        Por eso, después de la muerte de Nuestro Señor hubo quien recorriera distancias enormes para ver aquel Apóstol que se parecía al Redentor. Ahora, lo tenemos presente en la Sagrada Eucaristía… Es Semana Santa. ¿Qué hacemos? ¿Recemos a Nuestra Señora pidiéndole que nos proporcione sus disposiciones de alma, para vivir una Semana Santa como deberíamos vivir?
        Hay un himno en la Liturgia que dice: Sancta Mater, istud agas, crucifixi fige plagas – Santa Madre, haced esto, prended en mí las llagas del Crucificado. Eso deberíamos afirmar durante la Semana Santa. Y cuando lleguen las tres de la tarde del Viernes Santo y adoremos a Nuestro Señor en la Santa Cruz, pensemos en la seriedad y procuremos sentir fijas en nosotros las llagas del Divino Redentor.
        Entonces pidamos a Nuestra Señora que haga que los hombres vivan la tristeza de Nuestro Señor Jesucristo.
30Mar/20

VIDEO JUEGOS

VIDEOJUEGOS:

¿Cómo controlarse, y controlar, en la tenue separación entre la afición y la adicción a ellos?

Por P. Fernando Gioia, EP

En la “civilización de la imagen” que nos encontramos, una de las formas de hacer comprender ciertos temas, es a través de caricaturas o viñetas que, si bien exageran o distorsionan la realidad en muchas circunstancias, haciéndolo de modo burlesco, en otras llegan a transmitir en profundidad lo que se quiere decir. Con pocas o ninguna palabra, lo dicen todo.

 

Una de ellas, muy decidora, mostraba a una niña, en su cuarto de dormir, tendida en el suelo frente a un computador; a su lado, retirándose – cargando un palo con una bolsa en la punta en sus hombros – iban una muñeca y un osito, tristes, con lágrimas cayendo de sus ojos, como que, diciendo: pues se acabó nuestro “trabajo”, surgió un aparato que nos desalojó del cándido y puro ambiente de la niñez.

Valga esto de introducción para penetrar en el mundo de hoy.

        Los acontecimientos llegan a la velocidad de un rayo a través de las redes sociales.

        Un vídeo – de los calificados “viral” – mostraba a un joven maduro en que su madre le está dando la comida en la boca. ¿Estaba enfermo?, no. Se encontrada literalmente clavado frente a una pantalla, participando de un videojuego internacional.

En otro, un padre estadounidense, no tan bien dispuesto al uso de videojuegos por su hijo, lo mostraba habiendo perdido totalmente la paciencia. Advirtió a su hijo que, si no ponía límites al juego, le destrozaría el aparato. Como castigo por las bajas notas, lo obligó a romper su consola con un palo, cosa que hacía llorando, finalmente acabó pasando con su carro por encima. El preadolescente llevaba una camiseta con la leyenda: “Comer, Dormir, Fornite, Repetir”, es decir, era casi un adicto de los videojuegos (Clarín.com, 4-4-2019).

La BBC News, trasmite un reportaje de un joven, de sus 25 años, de una pequeña ciudad del Reino Unido, absorbido por los videojuegos: “me sentaba en bata frente a la computadora, nunca salía para interactuar con otras personas, mi vida estaba en internet, llegué a perder el contacto con la realidad” (14-11-2018).

Singular situación: quedan tan atrapados, que ni se preocupan por hacer sus necesidades básicas de alimentación y hasta fisiológicas; menos aun asumir sus responsabilidades de estudio o trabajo. Es lo que acaba de calificar la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una enfermedad, reconocida y diagnosticable: la adición a videojuegos y juegos digitales, que produce un comportamiento persistente, que llega “tomar precedencia sobre otros intereses de la vida”.

Se pierde, según la OMS, el sentido del lugar y del tiempo, no consiguiendo limitar la cantidad de horas que pasan en esta actividad; lo prioritario es jugar sobre cualquier otro interés o actividad diaria, que acaban pasando a un segundo plano. Al mismo tiempo, se produce un aumento de la frecuencia en el juego y de la cantidad de tiempo ocupado. La considera como: “una enfermedad mental”. Entró en la Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD, siglas en inglés), como: “trastorno por videojuegos”, dado “que produce una marcada aflicción y una disfunción significativa en las relaciones personales y familiares, y en las actividades educativas y sociales de la persona” (BBC News Mundo, 18-6-2018).

Si bien que la OMS deja en claro que afecta a una porción muy pequeña de la población, es una problemática que los padres de familia enfrentan con más frecuencia y no saben cómo resolverla, declarándose, en muchos casos, incapaces de limitarles el uso a sus hijos. Quedan intranquilos viendo la falta de motivación hacia estudios u otras actividades, sienten que son enfrentados cuando les quieren limitar el tiempo, ven que se aíslan, que sus horarios de sueño son alterados y, claro, decaen en el rendimiento académico. Es realmente un trastorno que produce angustia y deterioro en el relacionamiento social. La OMS define que, un patrón de comportamiento persistente y recurrente de videojuegos provoca un malestar clínicamente significativo. La intención es que los profesionales de la salud estén mejor preparados para las nuevas tendencias, además de estimular el debate en busca de soluciones.

No quiere decir que quien juegue mucho sería adicto por definición. Sólo sería adicto quien muestra un comportamiento persistente o recurrente durante 12 meses, y con las consecuencias en el sueño, alimentación, caída de la actividad física. Es un proceso: del uso normal se pasa al excesivo y de allí a la adicción, en que todo gira entorno a los videojuegos.

Claro que las empresas fabricantes – de las más importantes económicamente a nivel mundial – se defienden diciendo que no es verdad, que son casos extremos, que es una minoría. Tal sería que lo reconociesen, pues perderían su especial negocio. Pero, los especialistas afirman, en sentido contrario, que los juegos están creados para que los que jueguen lo hagan de forma reiterativa, el seguir jugando y jugando y, de pasatiempo, se transforma en adicción. Programados están, para generar necesidad de seguir jugando.

Lo concreto es que puede ir transformándose en una calamidad, la que algunos llaman de “adicción sin sustancia” y “silenciosa”. No tiene un deterioro inmediato, no es tan “tóxica”, pero va afectando la vida cotidiana por el aislamiento, el abandono de las obligaciones y la disminución de la concentración, con sus implicaciones. Algunos entendidos insisten en la necesidad de abordar esta situación sin dramatizar, pero, trabajar seriamente en la prevención; incluso, siendo un tema controvertido, que lo consideren “prematuro”, pidan “cautela” o promuevan “una mejor investigación”.

Pareciera que no se quiere reconocer la triste realidad que se vive en los hogares, cada vez más padres presentan su preocupación por el excesivo tiempo que sus hijos pasan frente a los videojuegos. Queda claro, eso sí, que es un fenómeno existente, y que es necesario prevenirse ante él.

Hasta el príncipe Harry de Inglaterra entró en la polémica expresando, durante un evento sobre salud mental, su preocupación: “Fueron creadas para ser adictivas, una adicción para mantenerte frente a una computadora el mayor tiempo posible. No aportan ningún beneficio al hogar” (BBC News Mundo, 5-4-2019).

¿Qué hacer? Según especialistas, es fundamental que los padres les pongan límites claros a los pequeños ante el uso de la tecnología. Poner reglas razonables acerca del tiempo, y que tendrán consecuencias si no cumplen lo preestablecido. Promover para ellos actividades alternativas. Conversar con ellos enseñándoles a usar con responsabilidad los medios electrónicos, especialmente los videojuegos. Y claro, si no somos modelos de moderación ante ellos, y somos casi adictos a nuestros celulares, pues…será difícil ayudarlos.

Es preciso saber controlar y controlarse en la tenue separación que va entre la afición a los videojuegos y la adicción a ellos.

07Mar/20

LOS MEJORES CONSEJOS DE SANTA JACINTA, PASTORCITA VIDENTE DE FATIMA.

LOS MEJORES CONSEJOS DE SANTA JACINTA, PASTORCITA VIDENTE DE FATIMA.

Por Mons. Juan Cla Dias, Fundador de los Heraldos del Evangelio

        Jacinta en septiembre de 1917.

Viviendo bajo la promesa de que la Santísima Virgen los llevaría en breve al Cielo, Francisco y Jacinta fueron favorecidos por algunas visiones particulares durante el poco tiempo que pasaron en la Tierra.

        No tardó la Celestial Señora en venir a cumplir lo prometido. Poco más de un año había pasado desde la última aparición en Cova de Iría, cuando Francisco y Jacinta cayeron gravemente enfermos, atacados de bronconeumonía. Sin perder nada de su fervor en hacer sacrificios y penitencias, como les había pedido la Santísima Virgen, los dos hermanos percibían que aquella enfermedad debía conducirlos al Cielo. Fue entonces cuando se les apareció la Virgen diciéndoles que en breve vendría a buscar a Francisco y que no tardaría mucho en venir a buscar también a Jacinta.25
La Hermana Lucía así lo relata:
        “Un día, [Jacinta] me mandó llamar, para que fuese deprisa junto a ella. Llegué hasta allí corriendo.
        — Nuestra Señora nos vino a ver y dijo que vendrá pronto a buscar a Francisco para llevarlo al Cielo. A mí me preguntó si quería convertir más pecadores. Le dije que sí. Me dijo que iría a un hospital donde sufriría mucho. Que sufriese por la conversión de los pecadores, en reparación por los pecados contra el Inmaculado Corazón de María y por amor a Jesús. Le pregunté si tú vendrías conmigo. Me dijo que no. Eso es lo que más me cuesta. Dijo que mi madre me iba a llevar y ¡que después me quedaré allí solita!
        Después, se quedó pensativa unos instantes y agregó:
        — ¡Si por lo menos tú fueses conmigo! ¡Lo que más me cuesta es ir sin ti! Además, el hospital es una casa muy oscura, donde no se ve nada, ¡y yo estaré allí sufriendo sola! Pero, no importa: sufro todo por amor a Nuestro Señor, para reparar las ofensas al Inmaculado Corazón de María, por la conversión de los pecadores y por el Santo Padre”.26
        Es también la Hermana Lucía quien nos transmite otras edificantes palabras de Jacinta, cuya alma se consumía y se encantaba en el ardiente deseo de reparar los Sagrados Corazones de Jesús y María:
        “Antes de ir al hospital, [Jacinta] me decía:
        — Ya me falta poco para ir al Cielo. Tú te quedarás aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando haya que decir eso, no te escondas. Di a todo el mundo que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María; que se las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere al Corazón Inmaculado de María. Que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María, que Dios se la entregó a Ella. ¡Si yo pudiese meter en el corazón de todo el mundo la hoguera que tengo en el pecho quemándome y haciéndome gustar tanto del Corazón de Jesús y de María!
        En otra ocasión:
        — Oye, ¿sabes una cosa? Nuestro Señor está triste porque Nuestra Señora nos dijo que no le ofendan más, que ya estaba muy ofendido, y nadie hace caso: continúan cometiendo los mismos pecados”.27
        El agravamiento de la enfermedad forzó el traslado de Jacinta en julio de 1919 al Hospital de Vila Nova de Ourém, donde permaneció dos meses.
        Luego, por consejo de un médico famoso, fue llevada a Lisboa a fin de someterse a una arriesgada y dolorosa operación quirúrgica. Después de pasar un tiempo en un orfanato, fue llevada al Hospital Doña Estefanía. La directora del primer establecimiento, Madre María de la Purificación Godinho, sorprendida por la sabiduría y la virtud de la niña, la trató como a una hija y recogió sus últimas palabras, cuyas tonalidades proféticas brillan en cada línea.
Citamos a seguir algunas de ellas:
SOBRE EL PECADO
        – Los pecados que llevan más almas al Infierno son los pecados de la carne.
        – Vendrán modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor.
        – Las personas que sirven a Dios no deben ir con la moda. La Iglesia no tiene modas. Dios es siempre el mismo.
        – Los pecados del mundo son muy grandes.
        – Si los hombres supiesen lo que es la eternidad, harían todo para cambiar de vida.
        – Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte de Nuestro Señor y no hacen penitencia.
        – Muchos matrimonios no son buenos, no agradan a Nuestro Señor y no son de Dios.

Cuarto de Jacinta, En la casa paterna, En                                     Aljustrel.

SOBRE LOS SACERDOTES Y LOS GOBERNANTES

El 22 de septiembre de 1935, El cuerpo de Jacinta fue exhumado para ser trasladado a Fátima (En la fotografía, su rostro, Que se había conservado incorrupto).

– Madrina mía, ¡pida mucho por los pecadores!

– ¡Pida mucho por los sacerdotes!

– ¡Pida mucho por los religiosos!

– ¡Los sacerdotes sólo deberían ocuparse de las cosas de la Iglesia!

– ¡Los sacerdotes deben ser puros, muy puros!

– La desobediencia de los sacerdotes y religiosos a sus superiores y al Santo Padre ofende mucho a Nuestro Señor.

– Madrina mía, ¡pida mucho por los gobiernos!
El 22 de septiembre de 1935, el cuerpo de Jacinta fue exhumado para ser trasladado a Fátima (en la fotografía, su rostro, que se había conservado incorrupto).
– ¡Ay de los que persiguen la Religión de Nuestro Señor!
– Si el gobierno dejase en paz a la Iglesia y diese libertad a la Santa Religión, sería bendecido por Dios.

SOBRE LAS VIRTUDES CRISTIANAS

        – Madrina mía, no ande en medio del lujo; huya de las riquezas.

– Sea muy amiga de la santa pobreza y del silencio.

– Tenga mucha caridad, incluso con quien es malo.

– No hable mal de nadie y huya de quien lo hace.

– Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al Cielo.

– La mortificación y los sacrificios agradan mucho a Nuestro Señor.

– La confesión es un sacramento de misericordia. Por eso es necesario que se aproximen al confesionario con confianza y alegría. Sin confesión no hay salvación.

– La madre de Dios quiere más almas vírgenes, que se vinculen a Ella por el voto de castidad.

– Para ser religiosa es necesario ser muy pura de alma y de cuerpo.

– Iría con mucho gusto a un convento; pero quiero más ir al Cielo.

– ¿Y sabes tú qué quiere decir ser pura?, le preguntaba la Madre Godinho.

– Sí, lo sé. Ser pura de cuerpo es guardar la castidad; y ser pura de alma es no cometer pecados, no mirar lo que no se debe ver, no robar, no mentir nunca, decir siempre la verdad aunque nos cueste.

– Quien no cumple las promesas que hace a Nuestra Señora nunca tendrá felicidad en sus cosas.

– Los médicos no tienen luz para curar bien a los enfermos, porque no tienen amor de Dios.

– ¿Quién te enseñó tantas cosas?, le preguntaba la Madre Godinho.

– Fue Nuestra Señora; pero algunas las pienso yo. Me gusta mucho pensar.28

La Santísima Virgen vino a buscar a Jacinta el día 20 de febrero de 1920 (Francisco había partido para el Cielo el día 4 de abril del año anterior).

La niña fue sepultada tres días después en el cementerio de Vila Nova de Ourém. El 12 de septiembre de 1935, los restos mortales de Jacinta fueron llevados al cementerio de Fátima, siendo depositados en un sepulcro nuevo, de piedra blanca, hecho para ella y su hermano. El sencillo epitafio decía: Aquí reposan los restos mortales de Francisco y Jacinta, a quien Nuestra Señora se apareció.

En 1951 los venerables restos mortales de Jacinta fueron trasladados a la Basílica de Fátima, donde actualmente reposan. En 1952 también fueron llevados allí los restos de su hermano Francisco.29

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25. Cfr. Ayres da Fonseca, op. cit., p. 147; De Marchi, op. cit., p. 264.
26. Hermana Lucía, op. cit., p. 71.
27. Hermana Lucía, op. cit., pp. 235-237.
28. De Marchi, op. cit, pp. 291, 293.
29. Cfr. Borelli Machado, op. cit., p. 57; De Marchi, op. cit., pp. 299-304, 349-351; Castro del Río, op. cit., p. 161.

        LIBRO: Fátima, Por fin mi Inmaculado Corazón Triunfará – Mons Juan Cla Dias – Bogotá – 2004

25Feb/20

LA SANTA CUARESMA

LA SANTA CUARESMA:

Un camino para el cambio de mentalidad,
la “metanoia”

“Cumple Vivir Como se Piensa,
So Pena De, Acabar Pensando Como se Vive”

El tiempo de Cuaresma nos prepara para las solemnidades pascuales de Semana Santa purificando nuestros corazones en la práctica perfecta de la vida cristiana. Se trata de renovarnos espiritualmente, de cambiar, de mejorar. Lograr lo que se da en llamar una “metanoia”, es decir, un cambio de mentalidad, un cambio de corazón, rumbo –evidentemente– al bien. Para que este recorrido cuaresmal, este tiempo litúrgico, sea un caminar para una conversión interior, disponiéndonos a que nos acerquemos al sacramento de la Reconciliación, de la Confesión. Comenzando el miércoles de Ceniza, través de 40 días, llegando hasta la Misa de la Cena del Señor, en el Jueves Santo.

Importa resaltar que notamos, con el pasar del tiempo, un divorcio entre lo que se piensa y el accionar diario en la vida de los hombres. San Pablo exhortaba a los Romanos (12,1) a que no se amolden con el mundo: “no os conforméis con este siglo”. Invitaba a vivir el Evangelio de manera coherente, y que extiendan a la vida cotidiana, a sus formas de ser y de actuar, las enseñanzas que reciben. Que no haya una separación sino, por el contrario, una simbiosis, un prolongarse –por ejemplo – de lo que sienten en una celebración Eucarística hacia la vida diaria. Que esos momentos, esos después, sean una como que prolongación de lo que vivieron y sintieron.

Esa ruptura ocurre en los días de hoy en muchos cristianos que no reflejan, en sus maneras, gestos, actitudes, todo lo que sus propios labios afirman. En su su forma de vida en general, hay un discordante entre las enseñanzas del Evangelio, los Mandamientos de la Ley de Dios y los preceptos de la Santa Iglesia. Pueden participar habitualmente de las misas dominicales, pero, al salir, encontrándose con el mundo secularizado que los rodea, sus vidas se alejan de esta santa realidad que vivieron apenas un pequeño período de tiempo durante la semana. En la vida familiar, profesional, cultural y social, todo como que se “olvidó”…No se produjo una ósmosis entre lo que creen, y celebraron, con lo que posteriormente viven.

En una de las formas de despedida, terminada la Eucaristía, antes del “Podéis ir en paz”, momento en que partirán para su vida cotidiana, el sacerdote dice: “glorificad con vuestras vidas al Señor”. Aclamación que invita a que cada uno haga de sus vidas un testimonio misionero continuo, para que la santidad y dignidad de lo que se vive, sea como un insustituible manantial que atrae a los otros. Vida litúrgica y vida cristiana están íntimamente unidas como causa y efecto, son realidades indisociables. Bien afirmaba San Juan Pablo II que: “una liturgia, que no tuviese un reflejo en la vida se volvería vacía y ciertamente no agradable a Dios” (26/9/2001).

Este Papa, seriamente preocupado con la avalancha de cambios culturales que se vivían, decía que urgía restablecer el cuerpo cristiano de la sociedad humana; y que sólo se conseguiría eso con la presencia de testigos de la fe cristiana, testigos que superen, en ellos mismos, “la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida, que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud” (Mane Nobiscum Domini, 34). Para restaurar la vida cristiana en la sociedad, se hace necesaria una coherencia de vida que supere la “fractura” que sufren los hombres de hoy.

Para llegar a esto, enderezando los caminos de la vida, nada mejor que la asistencia dominical a Misa, ahí se obtendrá fortaleza en los corazones para enfrentar las fuerzas del mal que cada vez adquieren un siniestro poderío. Pues siempre, la liturgia dominical, tendrá algo para decirnos al corazón, nos aproximará a una verdadera y profunda acción de Dios en nuestro interior. Intervención que penetrará en la vida cotidiana y acabará siendo, como decía Benedicto XVI, un “servicio para la transformación del mundo (Teología de la Liturgia, p. 470). Destacada misión en pro del “hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo”, indispensable compromiso de entrega del corazón a todo momento, en todo lugar. Al empaparnos del auténtico espíritu cristiano nos transformamos a nosotros mismos, y consecuentemente lograremos la transformación de un mundo en serio proceso de descristianización.

Aprovechemos este recorrido cuaresmal para que nuestra vida sea de acuerdo a lo que creemos y defendemos. Que demos testimonio de nuestra fe, no sólo con nuestros labios o palabras, también con nuestra conducta diaria.

El escritor francés Paul Bourget, en su obra “Le Démon du Midi” (1914), afirmaba que “es necesario vivir como se piensa, so pena de, tarde o temprano, acabar pensando como se vive”. La integridad, vivir como se piensa, de acuerdo con los principios que se defienden, sin mancha alguna que la ensucie. Mantener la consonancia entre los principios o doctrinas que uno defiende o predica, y la vida concreta de todos los días.

Bien afirmaba el Apóstol San Juan en su carta (2, 3-11): “El que dice: ‘yo lo conozco’ pero no cumple sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está con él. Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado a su plenitud, y precisamente en esto conocemos que estamos unidos a él. El que afirma que permanece en Cristo debe vivir como él vivió”.

Que en esta Cuaresma preparemos nuestros corazones, cambiemos de mentalidad, tengamos una “metanoia”, pero, con la decisión firme de ser coherentes, y “vivamos como pensamos”. Todo lo que hagamos de “sacrificios y ofrendas”, no serán nada, no tendrá efecto, si no van acompañadas de un entrega íntima de nuestros corazones a los preceptos de la Iglesia, a los Mandamientos de la Ley de Dios, que son la expresión de la voluntad del propio Dios. Que la Santísima Virgen, Madre Dolorosa, nos lleve siempre a Jesús, Nuestro Señor. Amén.

15Feb/20

¿DIOS EXISTE?

¿DIOS EXISTE?

Por Luis Javier Camilo

      Por el orden en su constitución, precisión en su movimiento y belleza arrebatadora, el universo proclama la imposibilidad de haber sido originado por casualidad.

Narra una antigua revista francesa1 que, hallándose Napoleón Bonaparte prisionero en la isla de Santa Elena, el general Bertrand, uno de sus oficiales, le preguntó en un tono que pretendía ser jocoso: -¿Quién es Dios? ¿Ya lo has visto alguna vez? -Te voy a responder con otra pregunta -contestó Napoleón.

¿La genialidad es una cosa visible? ¿Ya la has visto para creer en ella? No obstante, en el campo de batalla, cuando se necesitaba una estrategia genial para lograr la victoria, todos gritaban: “¿Dónde está el emperador?”. -Es verdad -reconoció el general. -Ahora bien, ¿qué significaba ese grito sino que creíais en mi genialidad?

Y de la misma forma que mis victorias os han hecho creer en mí, el universo me hace creer en Dios. ¿Qué es la mejor maniobra de guerra en comparación con el movimiento de los astros?

Conocer a Dios a Través De Sus Obras.

Este pequeño hecho ilustra cómo alguien ávido de poder y glorias mundanas, que llevó una vida apartada de la práctica de la religión, era capaz de reconocer la existencia del Creador a través de sus obras. Pues, como afirma el Apóstol, “lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la Creación del mundo a través de sus obras” (Rm 1, 20).

Por cierto, ese razonamiento no es nuevo. Aristóteles ya afirmaba que Dios “a pesar de ser invisible a toda naturaleza mortal, se le puede ver en sus obras”.2

Y el Catecismo de la Iglesia Católica, haciéndose eco de dos concilios vaticanos, declara: “La Santa Madre Iglesia, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas”.3

Por lo tanto, sirviéndonos de ejemplos, comparaciones y algunos hechos históricos, tratemos de reforzar nuestras convicciones sobre la existencia de Dios, para amarlo, servirlo y reverenciarlo mejor.

La Causa Primera De Todas Las Cosas.

Empecemos preguntándonos: ¿es posible justificar la existencia de las cosas que nos rodean? Tomemos como ejemplo una casa: no se construye a sí misma; necesita un constructor. Asimismo una planta proviene de una semilla y ésta, a su vez, de otra planta. No existe nada que no haya tenido un comienzo y que no proceda de otro ser.

Una persona podría recurrir a una larga serie de semillas y de plantas, que se preceden unas a otras; en cualquier caso, siempre llegaría a una primera semilla o a una primera planta de la cual provendrían las demás. En consecuencia, tendremos que desvelar quién es el autor y causa de la primera semilla o de la primera planta. ¿Quién es?

Solamente puede serlo Dios, la causa primera de todas las cosas. Imaginemos que, andando en pleno desierto, nos encontramos con un palacio. Y en uno de sus suntuosos salones nos hallamos ante un opíparo banquete. ¿Sería realmente posible pensar que son fruto de la casualidad? Diríamos que no, pues ciertamente hubo alguien que construyó el palacio, que montó la mesa y preparó la comida. Sería absurdo afirmar que todo eso surgió de forma espontánea, que fue simple consecuencia del acaso.

  • Aristóteles  – “A pesar de ser invisible a toda naturaleza mortal, se puede ver a Dios en sus obras”.
  • Voltaire – “Cuanto más lo pienso, menos puedo creer que este reloj pueda funcionar sin relojero”.
  • Armand Quatrefages – “No hallé en ningún lugar una raza importante que profesara el ateísmo”.
  • Fred Hoyle –  “¿Cuál sería la probabilidad de que tras el paso de un tornado por un desguace quedase montado un Boeing 747 listo para volar?

Un Orden Sorprendente e Inexplicable.

Ahora bien, el mundo es un palacio maravilloso y un banquete magnífico nos es servido todos los días. Nada hay tan hermoso como el orden que reina en el universo.

El movimiento de los astros que giran sobre nuestras cabezas sin chocar nunca unos con otros, la estructura de las flores, el organismo extremamente complejo del cuerpo humano, todo un orden sorprendente e inexplicable. Imaginemos ahora que encontramos en mitad del campo una estatua de mármol de una belleza admirable.

La primera pregunta que surge al verla es: ¿quién ha sido el artista que la ha esculpido? Porque nadie osaría decir que la estatua surgió de la nada. Pues estamos en presencia de una obra inmensamente más bella: el mundo. La conclusión es inevitable: este mundo no ha podido ser organizado con tanta armonía si no es por una inteligencia, y esta inteligencia es la de Dios.

Se le atribuye al impío Voltaire un adagio que bien sintetiza dicha necesidad: “Cuanto más lo pienso, menos puedo creer que este reloj pueda funcionar sin relojero”.4

     La Opinión De Un Científico Contemporáneo.

A la misma conclusión llega el astrónomo británico contemporáneo Fred Hoyle: “La vida no puede haber tenido un comienzo al azar. […] Hay cerca de dos mil enzimas, y la posibilidad de obtener todas ellas en un ensayo aleatorio es sólo una parte en 1040.000, una probabilidad exageradamente pequeña que no puede ser considerada, ni siquiera si el universo entero consistiera en una sopa orgánica”.5

Es decir, se impone la necesidad de un Creador. Más conocido y aún más expresivo es otro ejemplo dado por el mismo científico: “En un desguace de chatarra se encuentran todos los fragmentos y piezas de un Boeing 747, sueltos y en desorden. Y ocurre que a través de ese depósito empieza a soplar un tornado.

¿Cuál es la probabilidad de que después de su paso nos encontremos un 747 completamente ensamblado y listo para volar?

Tan pequeña que resulta insignificante, incluso si el tornado hubiera atravesado suficientes desguaces para llenar todo el universo”.6

El Doble Ejemplo Del Libro.

Tomemos una bolsa repleta de pequeños trozos de papel, cada uno con una letra del alfabeto, y tiremos simultáneamente todos los papeles al suelo.

¿Alguien admitiría que esas letras podrían componer una página, o un libro entero conformado por ideas que siguen un orden lógico, de pura casualidad?

No, al leer un libro pensamos en su autor. Si la obra es interesante, elogiamos la gran capacidad de quien la hizo, pero si es aburrida, desestimamos al escritor. Nadie elogia o acusa nunca al “acaso”. Hay mucho más orden y armonía en el universo que en el mejor de los libros. Todo tiene, por tanto, un autor: Dios.

Para la famosa escuela de los Victorinos, “el mundo de hecho es un libro escrito por la propia mano de Dios. […] Un ignorante ve un libro abierto; percibe signos, pero no conoce ni las letras ni el pensamiento que expresan.

Igualmente el insensato, el hombre animal que no percibe las cosas de Dios, ve la forma exterior de las criaturas visibles, pero no comprende los pensamientos que manifiestan: el hombre espiritual, por el contrario, bajo esa forma exterior y sensible contempla y admira la sabiduría del Creador”.7

El Testimonio De Nuestra Conciencia.

Los argumentos que tratamos nos conducen a la constatación de la existencia de Dios a través de la observación del universo y del orden de la Creación.

Sin embargo, deseamos presentar ahora dos más que nos hablan continuamente en nuestro propio interior. Al practicar buenas acciones experimentamos un sentimiento de alegría, al optar por el mal nuestra conciencia protesta y nos censura, causándonos remordimiento.

Con sus cambios y movilidad tan ordenada y con la hermosura de todas las cosas visibles, el mundo proclama silenciosamente que ha sido creado y que sólo lo ha podido ser por un Dios inefable e invisiblemente hermoso.

Por sí misma, la conciencia discierne el bien y el mal, y siente que hay cosas permitidas y otras prohibidas. Ahora bien, al haber esa ley que rige las conciencias, es necesaria la existencia de un Legislador que la haya determinado. Así pues, el llamamiento de la conciencia humana proclama la existencia de un soberano Maestro de las conciencias, que es Dios.

Nunca Encontramos en la Historia un Pueblo Ateo.

La humanidad entera une su voz a la del universo. So pena de injuriar el sentimiento común de todos los hombres, no tiene cabida poner en duda la existencia del Ser Supremo.

Y aquí no hay excepción de raza, ni de época o educación.

En todas partes, por todas las latitudes, en cualquier grado de civilización o de barbarie a la que pertenezcan, todos los pueblos tienen una religión. Jamás encontramos en la Historia un pueblo ateo.

Dirigiéndonos a cualquier parte del mundo, independientemente del período histórico, hallamos templos, altares, ceremonias y días de fiestas religiosas en alabanza a alguna divinidad. ¿Quién ha podido inscribir esta creencia en el corazón del hombre? ¿Cómo podría estar equivocada la humanidad entera con relación a esto?

Un conocido antropólogo francés escribió: “Obligado, en mi curso de formación, a revisar todas la razas humanas, busqué en ellas el ateísmo de arriba abajo. Pero no lo encontré en ninguna parte, salvo en individuos o en escuelas más o menos limitadas. […] En cualquier tiempo y lugar, la gran mayoría de los pueblos huían de él.

No hallé en ningún sitio una raza humana destacada, o incluso en una división menos importante de ésta, que profesara el ateísmo”.8 Sin duda, los pueblos de todos los siglos y lugares han diferido en sus creencias. Unos adoran a las piedras, otros, a los animales y otros incluso al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propios vicios o cualidades.

Pero todos son unánimes en estar de acuerdo de que existe una divinidad a la cual es necesario rendirle culto. Contra la humanidad entera, ¿cuáles son los ateos que alzan su voz obstinada? El sentido común da testimonio contra ellos.

El Mundo Proclama Que Ha Sido Creado.

La existencia de Dios creador es una verdad tan clara y plausible a la inteligencia que la Sagrada Escritura denomina insensatos a los que dicen que Dios no existe.

¿Hablan con verdadera convicción o por mera conveniencia? ¿No prefieren esos “ateos” que Dios no exista para poder abandonarse más fácilmente sin remordimientos al furor de sus pasiones? ¿No desean que nadie les señale sus flaquezas, ni juzgue sus acciones?

Escuchemos, pues, el testimonio de nuestra conciencia y el de la humanidad entera, comprendamos el lenguaje maravilloso de la Creación que nos circunda.

A partir de entonces, todas las veces que nuestra mirada se pierda en las profundidades del firmamento, en las bellezas de la naturaleza, en la grandeza de las montañas, en la inmensidad de los mares, rindamos homenaje a la sabiduría de Dios que creó y dispuso todas estas cosas.

Hay muchos que admiran los avances de la ciencia y se extasían ante los progresos del pensamiento, y es, realmente, un deber de justicia reconocerles su debido valor. Pero más necesario todavía es el elevarnos hasta la Inteligencia Suprema que puso la naturaleza con tanta sabiduría a nuestra disposición.

En este sentido, canta el prodigio de inteligencia que fue el Águila de Hipona: “Aparte de los anuncios proféticos, el mismo mundo, con sus cambios y movilidad tan ordenada y con la esplendente hermosura de todas las cosas visibles, proclama, en cierto modo silenciosamente, que él ha sido creado y que sólo lo ha podido ser por un Dios inefable e invisiblemente grande, inefable e invisiblemente hermoso”.9

NOTAS: 
1 Se trata de uno de los fascículos coleccionables editados en Francia, a finales del siglo XIX, titulados Causeries du dimanche. En él se basa buena parte de los argumentos y de los ejemplos usados en este artículo.
2 ARISTÓTELES. De mundo, c. 6. El padre Louis-Claude Fillion menciona esta frase del filósofo al analizar el referido pasaje de la Epístola a los Romanos, y recuerda que en el Antiguo Testamento se recurre con frecuencia al mismo raciocinio -al que llama argumento físico- para probar la existencia de Dios (cf. FILLION, Louis-Claude. La Sainte Bible commentée. 3ª ed. París: Letouzey et Ané, 1921, t. VIII, p. 25).
3 CCE 36.
4 “Pour ma part, plus j’y pense et moins je puis songer que cette horloge marche et n’ait point d’horloger”.
5 HOYLE, Fred; WICKRAMASINGHE, Chandra. Evolution from Space. New York: Simon and Schuster, 1984, p. 176.
6 HOYLE, Fred. The Intelligent Universe, apud PISANO, Raffaele; PASCUAL, Rafael (Org.). Giornata di studio sulla relazione scienze e religioni. Trento: Uni Service, 2008, p. 205.
7 HUGONIN, Flavien. Essai sur la fondation de l’école de Saint-Victor de Paris. París: Librairie Classique D’Eugene Belin, 1854, pp. 94-95.
8 QUATREFAGES DE BRÉAU, Jean Louis Armand. The human species. New York: Appleton, 1879, pp. 482-483.
9 SAN AGUSTÍN. De Civitate Dei. L. XI, c. 4, nº 2: ML 41, 319.

29Ene/20

EL PADRE ES EL REY DE LA FAMILIA

EL PADRE,
Es El Rey De La Familia

Alta y Delicada Es La Vocación De Padre,
Digna y Suave Su Tarea, Seria y Enorme Su Responsabilidad, En El Hogar.

        Hace un cierto tiempo, un joven padre de familia me mostró una simple anotación, en un pequeño papel, que me había solicitado después de una celebración eucarística, precisamente en el día del padre de hacía un año. Estaban escritos unos puntos sobre la importante misión de ser padre de familia para tener presente en la homilía. Esto me llevó a preparar este artículo, que ofrezco en honra de aquellos que, conformando una familia, la comunidad más pequeña nacida del orden natural creado por Dios, les compete esta noble y sagrada labor de ser padres.
        Eran apuntes, de mis idos tiempos de estudio, de esquemas sobre la familia de los famosos profesores dominicos de San Esteban de Salamanca (España). Maravilloso trabajo de estos sacerdotes que me digno en sacarlo a luz en estos tiempos en que parecieran dormidas las conciencias de muchos padres de familia, de haber como que perdido la compenetración del alto papel que cumplen dentro del seno familiar.
        En cualquier sociedad o comunidad es necesario que haya una autoridad, mucho más en la familia. Es evidente que sin autoridad, se hace imposible la vida familiar. Por derecho natural la familia tiene que tener una cabeza, una autoridad fuerte que la proteja, y que la gobierne con amor, facilitando la obediencia de los hijos, con los cuales hay un vínculo de unión físico.
Así se puede decir que el padre es el sostén y al mismo tiempo el defensor de la familia. Sostén pues tiene la responsabilidad de asegurar techo, alimento y vestimenta a su esposa e hijos según su estado o condición social. “Con el sudor de tu rostro comerás el pan” (Gn 3, 19).
Lo más bello de los citados comentarios -esquemas de hace por lo menos 50 años atrás-, es la visión que hacen del padre de familia simbolizado como: “columna, yunque y corazón”.
“Columna que sostiene el edificio familiar con las virtudes y el ambiente propicio”. Que en su familiaridad y confianza mutua no malogrará la autoridad jerárquica. No permitiéndose frivolidades, pero con sana alegría y unidad, hará de su hogar una escuela de enseñanzas divinas y humanas.
“Yunque, porque aguanta y esquiva el continuo martilleo de los enemigos externos, que intentan desmoronar la familia”. Y vean que los autores están hablando ¡hace medio siglo! Qué decir en los días de hoy de los que llama “enemigos” de la familia, como las malas costumbres, las modas, ciertos medios de comunicación, etc.
“Corazón”. Expresando su amor y autoridad, “abriga a los suyos dándoles confianza y seguridad dentro del hogar”.
Es así el padre: guía de la familia, dirigiendo la nave del hogar. “A nadie cedas este derecho” (Eclo. 33, .20.24), que tu gobierno sea “con serenidad porque es la cabeza; con firmeza, porque es la primera fuerza; con amor, porque es la vida de la familia, y los lazos del amor no pueden tocarse sin amor”. Y no sólo será guía dirigiendo la familia, sino que también educando a sus hijos, tanto moral como psicológicamente -es decir fortaleciendo en ellos su personalidad – para que sepan amar el bien, y sean sanos en el pensar y el actuar.
En ese intercambio de deberes y derechos, bien sabemos que no sólo los padres tienen derechos ni los hijos solamente deberes. Todos: padre, madre, hijos, están sometidos a las santísimas leyes que instituyó el propio Dios, los Diez Mandamientos. Es la educación moral de que son responsables los padres, para que sus hijos tengan una voluntad fuerte, que los impulse a amar el bien, en orden a la constitución de su propia personalidad.
Que reciban una formación religiosa adecuada, realizada sobre todo con el ejemplo, teniendo un efecto más duradero que la lograda por la propia madre. Los padres deben de fomentar la religiosidad, la recepción de los sacramentos, el estudio de las enseñanzas de la Iglesia. No debemos olvidarnos, que todo esfuerzo será inútil si no está Dios con nosotros, pues edificaremos esa “iglesia” o “santuario” doméstico sobre arena y no sobre piedra.
Como representante de Dios en la familia, la debe dirigir. “No fue a María, más a José, que el ángel apareció para ordenarle que huyese a Egipto, porque al marido compete dirigir la familia”, decía San Vicente Ferrer.
Que sean guías en lo religioso, sobre todo con el testimonio, revistiendo el hogar de una agradable religiosidad. Hombres religiosos, frecuentadores de los sacramentos, cumplidores del precepto dominical, rezadores del santo rosario. Serán siempre modelos que marcarán no sólo su propio hogar, sino también la sociedad que los rodea. Decía Pío XII a un grupo de padres de familia franceses (16-9-1951) que primero, en el santuario del hogar doméstico, además de proveer la conservación, la salud corporal, intelectual, moral y religiosa, “deben en particular cumplir las obligaciones para con Dios, y constituir, con toda la fuerza del término, una sociedad cristiana”.
“Alta y delicada es la vocación de padre, digna y suave su tarea, seria y enorme su responsabilidad en el hogar”, muy afirmativamente terminan los recordados padres dominicos de Salamanca. Ser padre exige una reflexiva y continua preparación personal, pues, ser padre es ser…el rey de la familia.
Siendo participante del poder creador de Dios, siendo participante del poder conservador de Dios, el padre de familia es un representante del propio Dios, teniendo algo de sacerdote, como intermediario que recoge las súplicas de la familia.
Quiera San José, casto esposo de María, padre adoptivo de Jesús Nuestro Señor, concederles consciencia y responsabilidad de la elevada función a la que fueron llamados. Es mi especial deseo y felicitación.
P. Fernando Gioia, EP.
Heraldos del Evangelio.
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11Ene/20

SER IGLESIA EN EL SIGLO XXI

Ser Iglesia En El Siglo XXI

Por Hamiltom y Cristiane Buzi

Ante un mundo revolcado en la impiedad y en el relativismo, un verdadero católico debe fortalecer su propósito de sufrirlo todo por amor a Cristo y su Iglesia. Con esta disposición de espíritu fue como transcurrió el último Congreso Internacional de Cooperadores de los Heraldos del Evangelio.

Hijo de la Santa Iglesia! ¡Qué sublime título, qué honor incomparable! Qué glorioso es pertenecer a la única institución que ata el Cielo a la tierra y lleva a los hombres a, viviendo en este mundo, tener por hermanos a los bienaventurados y, siendo sólo criaturas, participar de la familia de Dios. ¡Oh nobleza insuperable!

Ser católico no se restringe a considerarse como tal, guardar una remota confianza en la Providencia y a creer en unas tantas verdades que la razón humana no logra explicar. Tener una fe sin convicciones, tímidamente manifestada en la Misa dominical y relegada a un plano secundario en el día a día es muy poco para quien ha sido elevado a la condición de hijo del Altísimo.


Al contrario, los cristianos necesitamos unirnos íntimamente a Nuestro Señor, como el cuerpo a la cabeza. Somos llamados a hacer de nuestra vida “una continuación y una realización de la vida de Jesús”, por eso “todas nuestras acciones deben ser una prolongación de sus acciones; hemos de ser otros Cristo en la tierra, para en ella dar continuidad a su vida y a sus obras”.1

Signo De Contradicción Para El Mundo.

Una de las descripciones más conocidas de esa forma de presencia del Señor entre los hombres la encontramos en la antiquísima Carta a Diogneto, en la cual un autor anónimo relata cómo era la vida de los cristianos a principios del segundo siglo:

“Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida”.2

“Su ciudadanía está en el Cielo”, subraya el autor. Y por eso mismo son objeto de desprecios, injurias, persecuciones… “Mi Reino no es de este mundo” (Jn 18, 36), nos enseñó Jesús. Entonces, ¿cómo causa extrañeza que sus discípulos, y la propia Iglesia establecida por Él, sean piedra de escándalo y signo de contradicción?

Al atraer a su seguimiento a los Apóstoles, el Señor no les promete una carrera brillante, sino que, por el contrario, les advierte: “Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. […] Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los criados! […] No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la Gehena” (Mt 10, 22.24-25.28).

San Ignacio de Antioquía siendo devorado por las fieras Basílica de San Clemente, Roma.

De hecho, quien analiza detenidamente la trayectoria de la Esposa Mística de Cristo a lo largo de los siglos difícilmente encontrará un período en el que se haya visto libre de los ataques de sus enemigos; y que sus hijos fieles hayan llevado una vida despreocupada. Esa es precisamente la señal distintiva de aquellos que quieren seguir los pasos del divino Maestro: “El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10, 38).

Sí, las páginas áureas que componen la Historia de la Iglesia están plagadas de persecuciones, luchas y sufrimientos, que la configuran cada vez más con Cristo.

Sangre De Mártires, Semilla De Cristianos.

Los primeros siglos se convirtieron en el paradigma, para todos los tiempos, de esa batalla de los cristianos contra el mundo. En sus oídos resonaba todavía con vigor el mandato de Jesús: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta el confín de la tierra” (Hch 1, 8).

Bajo el Imperio romano la Iglesia se extendió prodigiosamente por todo el orbe, pero también sufrió crueles y sangrientas persecuciones. “Ut christiani non sint”,3 clama Nerón en el año 64, en el primer edicto contra la Iglesia, con el cual se abría la era al mismo tiempo terrible y gloriosa de los mártires.

¿Cuántos entregaron su vida por la fe? Es imposible saberlo. Raras veces se hacían juicios individuales, las ejecuciones se daban en masa y de manera sumaria. Alrededor del año 250 el número de víctimas era tal que San Montano, antes de ser supliciado, les conjuraba a sus verdugos que, “siquiera por la abundancia de mártires, entendieran dónde estaba la verdadera Iglesia”.4

No obstante, si el antiguo enemigo pretendía exterminar a la Iglesia en su etapa naciente, enseguida vio frustradas sus esperanzas, como lo atestigua San Justino: “Se nos decapita, se nos crucifica, se nos arroja a las fieras, a la cárcel, al fuego, y se nos somete a toda clase de tormentos; pero a la vista de todos está que no renunciamos a nuestra profesión de fe. Antes bien, cuanto mayores son nuestros sufrimientos, tanto más se multiplican los que abrazan la fe y la piedad por el nombre de Jesús”.5

Las Riquezas De Este Mundo Pasan…

Impresiona ver la grandeza de alma y la generosidad de los mártires venciéndose a sí mismos, con el imprescindible auxilio de la gracia, hasta el final. Eso incluía ignorar los chantajes y las lisonjas lanzadas contra ellos para hacerlos desistir de sus propósitos, así como sufrir las terribles torturas morales que los esperaban antes de alcanzar la palma del martirio. Implicaba también un desapego absoluto de los bienes que poseían, ya fueran muchos o pocos.

En el Imperio romano había, por ejemplo, una ley que decretaba la confiscación de los bienes de quien se declarara cristiano. En tiempos en los cuales la tradición y la fortuna significaban mucho para la sociedad, esa sanción representaba una prueba durísima, mayor aún que en nuestros días. Sin embargo, preferían perder todas sus posesiones, a fin de conservar el supremo tesoro de la fe. Sabían que las riquezas de este mundo pasan y buscaban hacerse con un inagotable tesoro en el Cielo, “adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla” (Lc 12, 33).

La ilustre pluma de San Basilio registró el caso de la viuda Santa Julita, la cual estaba siendo perseguida por un hombre que quería robarle sus bienes. La infeliz mujer se presentó en el tribunal para reclamar justicia. El usurpador, no obstante, alegó contra ella su condición de cristina, que la hacía incapaz de pedir algo en juicio.

El magistrado mandó entonces que trajeran un altar y la invitó a que quemara incienso a los ídolos. La viuda le contestó: “Piérdase antes mi vida, perezcan todos mis caudales, peligre mi cuerpo mismo, antes que yo ni de obra ni de palabra cometa alguna impiedad contra aquel Dios que me creó”.6 Con esta proclamación, su causa estaba perdida y ella pasaba a la más completa miseria. Poco después, por su fe, fue condenada a la hoguera.

Al analizar el mérito de quien lo entrega todo por amor a Cristo, Orígenes agrega que cuanto mayores son los bienes terrenos a los que se renuncia para seguir al Señor, mayor es el premio obtenido en la eternidad. Y, en este sentido, esc ribe en su Exhortación al martirio: “Si llego a ser mártir, desearía también dejar hijos y campos y casas, […] a fin de recibir el céntuplo que el Señor prometió”.7

Un poco más adelante añade: “Nosotros, pobres, aun cuando fuéramos mártires, deberíamos dejar libres los primeros puestos a los ricos que, por su amor a Dios en Cristo, pisotean la engañadora gloria tan buscada por la mayor parte de la gente y pierden sus posesiones”.8

Renuncia A Los Lazos Más Afectuosos.

Con todo, existía una prueba indescriptiblemente más terrible que la del desapego al oro y la plata… “¡Cuántos fueron los mártires santos que al acercarse la pasión fueron tentados con las caricias halagadoras de los suyos, que intentaban hacerlos volver a la dulzura temporal”,9 se lamenta San Agustín. Sí, para llevar al cristiano a que desistiera del camino de la santidad, muchas veces se interponían sus propios familiares.

Poco después del año 200, en Cartago, Santa Perpetua escribe la historia de su calvario, agravado por las tentativas de su padre a que renunciara a la fe:

“Llevado de su cariño, no cejaba en su empeño de derribarme:

—Padre —le dije—, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo, una orza o cualquier otro?

—Lo veo —me respondió. Y yo le dije:

— ¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?

—No —me respondió.

—Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.

Entonces mi padre, irritado por esta palabra, se abalanzó sobre mí con ademán de arrancarme los ojos; pero se contentó con maltratarme. Y se marchó”.10

La joven Perpetua hacía poco que había tenido un hijo, al cual aún amamantaba; afligida por la suerte del pequeño, consiguió que lo dejaran con ella en la prisión.

Al acercarse el día de su interrogatorio, recibe nuevamente la visita de su padre, cuya intención era la de convencerla como fuera:

“—Compláceme, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo.

“Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio”.11

El amor filiar la movía a compadecerse de su pobre padre, y quien sabe si la tentación de abandonar la fe no le haya golpeado insistentemente a la puerta en cada palabra que salía de sus labios… Sin embargo, en ese momento crucial ciertamente resonaron en los oídos de aquella joven las palabras graves y serias de Nuestro Señor Jesucristo: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10, 37). Abandonándose entonces por completo en las manos de la Providencia, le respondió así Perpetua: “Allá en el estrado [del tribunal] sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios”.12

Privada a cierta altura de la compañía de su hijo, la valerosa madre se preocupaba día y noche con su destino, entregándolo a Dios. Pasado algún tiempo, la escena con su padre se repitió y ella, con el corazón sangrando, pero inalterable en su convicción, venció una vez más la prueba. Sus líneas, no obstante, concluyen en la duda y en la incerteza en cuanto al futuro.

Le cupo a otro —según algunos, a Tertuliano— conservar el conocimiento de su muerte: estando ya en el anfiteatro a la espera de la muerte, Perpetua llamó a su hermano y, deseando en ese momento supremo que los demás siguieran el mismo camino de renuncia del cual ella llegaba al término, le dijo: “Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos”.13

Paciencia, Serenidad y Alegría En La Prueba.

Siendo el Rey del universo, Nuestro Señor Jesucristo aceptó, por amor a nosotros, ser herido en todos sus derechos, despojado de todos sus honores, cargado de ignominias y reducido a reo, poniéndose en una situación inferior incluso a la de un esclavo (cf. Flp 2, 7-8).

A ejemplo y semejanza suya, eran exigidas de los primeros cristianos la completa renuncia de los bienes terrenos y una heroica disposición de sufrirlo todo por amor al divino Maestro. Al enfrentar tormentos y privaciones, brillaban ante el mundo como lumbreras; comportándose de forma íntegra e irreprensible en medio de una sociedad depravada, mostraban la grandeza de ser hijo de Dios (cf. Flp 2, 15).

La fidelidad a su fe llevó a muchos cristianos a prisión, y quien hoy tiene la oportunidad de conocer lo que, por aquel entonces, servía de cárcel, queda horrorizado al oír las narraciones sobre la paciencia, serenidad y alegría con las que allí permanecían.

Entre los que dejaron a la Historia sus impresiones con respecto al tiempo que estuvieron encarcelados se encuentran los mártires Lucio y Montano: “Y así bajamos al abismo mismo de los sufrimientos como si subiéramos al Cielo. Qué días pasamos allí, qué noches soportamos, no hay palabras que lo puedan explicar. No hay afirmación que no se quede corta en punto a tormentos de la cárcel y no hay posibilidad de incurrir en exageración cuando se habla de la atrocidad de aquel lugar. Mas donde la prueba es grande, allí se muestra mayor aquel que la vence en nosotros, y no cabe hablar de lucha, sino, por la protección del Señor, de victoria”.14

Santa Perpetua, Por Luis Borrasa Museo Episcopal de Vic (España)

Tan unidos, sin embargo, estaban a Cristo que, más adelante, estos mismos mártires manifiestan no sólo resignación, sino entusiasmo de cara a las atrocidades que los acompañaban cada día, y exclaman a propósito de una ocasión en la que creían que estaban siendo llevados para la muerte:

“¡Oh día alegre y gloria de nuestras cadenas! ¡Oh ataduras que nosotros habíamos deseado con toda nuestra alma! ¡Oh hierro, más honroso y precioso que el oro óptimo! ¡Oh estridencia aquella del hierro, que rechinaba al ser arrastrado por encima de otros hierros! […] Todavía no había llegado la hora de nuestro martirio. De ahí que, derribado el diablo, volvimos victoriosos a la cárcel y fuimos reservados para una nueva victoria. Vencido, pues, el diablo en esta batalla excogitó nuevas astucias, tratando de tentarnos por hambre y sed, y en verdad que esta batalla suya la supo conducir fortísimamente durante muchos días”.15

Llevados finalmente para el suplicio, los mártires pasan aún por una última prueba: contemplar ante sí toda la multitud burlona, que ríe y se divierte con sus dolores y se alegra con su muerte. ¡Cuántos cristianos no habrán encontrado en medio a ese público hostil el más dilacerante de los padecimientos del alma, es decir, el desprecio y odio de antiguos amigos y familiares que, sordos a cualquier explicación, prefieren asistir a la destrucción de sus vidas a admitir que sigan a Cristo! Y, hasta el final, desafían al mundo, volviéndose dignos del Cielo.

La Palabra Fue Sembrada, Pero No Dio Fruto.

No todos los cristianos, sin embargo, enfrentaban el tribunal con el desapego de la viuda Julita, el heroísmo de Perpetua o el entusiasmo de Lucio y de Montano. Estaban los que preferían el mundo a Cristo, las tinieblas a la luz, y, despreciando el Cielo ofrecido a ellos, se hundían en el barro de la apostasía.

En un escrito atribuido a Tertuliano se cuenta, por ejemplo, el caso de un senador que “de la religión cristiana volvió a la esclavitud a los ídolos”. Y el autor le interpela: “Después de haber atravesado el umbral de la verdadera ley, después de haber conocido a Dios durante años, ¿por qué conservas lo que deberías dejar y rechazas lo que deberías guardar?”.16

¿Cómo se explica tamaña defección en alguien que, habiendo sido sepultado con Cristo por el Bautismo, estaba llamado a resurgir de entre los muertos como Él (cf. Rom 6, 4)?

Buena parte de esos renegados habían sido, sin duda, cristianos sinceros, pero superficiales. Y por eso la semilla de la Palabra lanzada en su interior no fructificó.

Muchos de ellos eran terrenos pedregosos, que acogieron la Buena Nueva con alegría, pero sin permitir que creara raíces profundas en su espíritu. En cuanto les sobrevenía una tribulación o una persecución, enseguida sucumbían (cf. Mt 13, 20-21).

Otros de los que cayeron en la apostasía permitieron que los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogaran la buena semilla que había crecido con fuerza en sus almas, haciéndola estéril (cf. Mt 13, 22).

Tan sólo aquellos que escucharon la Palabra y la entendieron —es decir, la amaron y pusieron en práctica— dieron fruto: “ciento o sesenta o treinta por uno” (Mt 13, 23).

Otras Formas Más Sutiles y Eficaces De Persecución.

Para los fieles de nuestros días, los cristianos de los primeros siglos se presentan como modelos de radicalidad evangélica. Su eximia fidelidad a la fe los condujo a enfrentar los mayores tormentos y regar con su sangre bendita los fundamentos de la Santa Iglesia.

Improbable es que nosotros, hijos de la Iglesia en el siglo XXI, seamos llevados a un Coliseo para servir de alimento a las fieras hambrientas. Y, aunque existen persecuciones cruentas a los cristianos en países de Asia o de África, parece inverosímil que horquillas incandescentes dilaceren nuestras carnes si nos negamos a ofrecer incienso a los dioses de piedra.

Congresistas asistiendo a una de las exposiciones en el auditorio del seminario menor de los Heraldos, Caieiras, 27/7/2019

Pero hay otras formas más sutiles y eficaces de persecución, de las cuales el demonio se sirve hoy a torrentes. En un mundo que aparentemente rinde culto a la paz, la comprensión y el diálogo, se vuelve cada vez más difícil ser católico auténtico. Defender públicamente los valores perennes de la Iglesia, reflejados en el Catecismo, puede suponer que seamos denunciados ante un tribunal. Elegir un buen colegio para nuestros hijos o buscar un entretenimiento que no hiera la moral cristiana exige un esfuerzo y una pericia que no están al alcance de todas las familias.

A cada instante somos invitados a echar pequeños o grandes puñados de incienso a los pies de los nuevos dioses paganos, cuyos nombres no son Júpiter, Baco o Diana, sino deshonestidad, mentira y relativismo. Para muchos de nosotros, practicar la religión y cumplir los Mandamientos puede convertirse en un prolongado martirio, más horrible bajo ciertos aspectos que el de los primeros cristianos.

Excelsa Invitación Para Los Días Actuales.

Ese fue precisamente el fondo de cuadro del Congreso de Cooperadores de los Heraldos del Evangelio realizado el último mes de julio. Procedentes de Europa, Asia, África y de todos los rincones de las Américas, durante tres días pudimos satisfacer en algo nuestra apetencia por las maravillas del Cielo y, juntos, sorber fuerzas para perseverar en el noble propósito de ostentar nuestro amor a la Santa Iglesia y a servirla.

Siguiendo un programa apretado, las exposiciones se alternaban con momentos de adoración al Santísimo Sacramento, participación en la Santa Misa y rezo del Rosario en conjunto. Todo contribuía a que nos sintiéramos hermanados en un mismo ideal y dispuestos a todos los esfuerzos para responder con generosidad a la voz del divino Maestro.

Por medio de su gracia, Jesús llamaba a cada uno de nosotros a dar testimonio de Él ante el mundo. Nos invitaba a ser mártires de la ortodoxia, confesores de la verdadera doctrina, defensores de la moral católica multisecular y fieles seguidores del magisterio, aunque eso suponga dejarnos crucificar con Él, como lo hicieron los primeros cristianos.

En esos días se nos fue desvelando también el horizonte insondable de la misericordia divina, en la cual reposan confiados todos los que a Cristo se entregan sin reservas. Si Él les pide mucho a sus soldados y siervos, es porque les ofrece en contrapartida una recompensa demasiadamente grande: “No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna” (Mc 10, 29-30).

Entrada solemne de la imagen de nuestra Señora del Buen Suceso a comienzo del Congreso, 26/7/2019

Seguros del auxilio de la gracia, concedida con especial abundancia a quien se pone bajo los cuidados de la Virgen Santísima, salimos de allí fortalecidos y dispuestos a dar nuevos y decisivos pasos en la edificación del Reino de María en nuestras almas. Pues antes que Ella triunfe sobre todo el orbe, como lo anunció en Fátima, es necesario que reine en nuestros corazones.

Junto a Ella, nada debemos temer. Por mayores que sean nuestra flaqueza y nuestra inconstancia, la victoria está garantiza da por la promesa de Cristo: “Tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

1 SAN JUAN EUDES. La vie et le royaume de Jésus dans les âmes chrétiennes. In: OEuvres Complètes. Paris: Gabriel Beauchesne, 1905, v. I, p. 166.
2 CARTA A DIOGNETO, n.º 5: PG 2, 1174-1175. 3 Del latín: “No deben existir los cristianos”.
4 MARTIRIO DE LOS SANTOS MONTANO, LUCIO Y COMPAÑEROS, n.º 14. In: RUIZ BUENO, Daniel (Ed.). Actas de los mártires. 5.ª ed. Madrid: BAC, 2003, p. 813.
5 SAN JUSTINO DE ROMA. Diálogo com Trifão, n.º 110. 2.ª ed. São Paulo: Paulus, 2014, p. 177.
6 SAN BASILIO MAGNO. Homilia in martyrem Iulittam, n.º 2: PG 31, 239.
7 ORÍGENES. Exhortatio ad martyrium, n.º 14: PG 11, 582.
8 Ídem, n.º 15, 583.
9 SAN AGUSTÍN. Sermón 284, n.º 2. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 1984, v. XXV, p. 100.
10 EL MARTIRIO DE LAS SANTAS PERPETUA Y FELICIDAD, n.º 3. In: RUIZ BUENO, op. cit., p. 421.
11 Ídem, n.º 5, pp. 424-425.
12 Ídem, p. 425.
13 Ídem, n. 20, p. 438.
14 MARTIRIO DE LOS SANTOS MONTANO, LUCIO Y COMPAÑEROS, op. cit., n.º 4, pp. 804-805.
15 Ídem, n.º 6, p. 806.
16 TERTULIANO. Ad senatorem, c. 2: PL 2, 1106.

23Dic/19

NAVIDAD: Este Niño Será… “Signo De Contradicción”

NAVIDAD:

Este Niño Será…
“Signo De Contradicción”

P. Fernando Gioia, EP.

        En los inicios de su vida pública, Nuestro Señor Jesucristo, comenzará a sufrir no sólo el odio de los de fuera, sino y principalmente la incomprensión y la ceguera de su pueblo.

Se acercan las festividades de la Navidad, tiempo litúrgico en el que la Santa Iglesia nos recuerda la llegada del Príncipe de la paz, nuestro divino Redentor, el esperado de las naciones.

En ese período siempre realzamos, y con razón, la armonía y la bienquerencia que Él trajo a los corazones, conforme las palabras del ángel a los pastores: “No temáis, os traigo una buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías, Señor, en la ciudad de David” (Lc 2, 10-11).

Las conmemoraciones navideñas son ocasión de construir bonitos nacimientos, dar y recibir regalos, estrechar los lazos de unión familiar. Una nota de particular alegría marca esa época del año.

Sin embargo, incluso en los ambientes donde debería ser acentuado de modo especial, es poco destacado un aspecto de la Encarnación bastante menos agradable de recordar, porque pone en evidencia ante nuestros ojos que no todo es paz, no todo es tranquilidad, no todo es unión con aquello que nos rodea. Pues ese Niño, Dios hecho hombre, en determinado momento de su vida terrena nos advertirá: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada” (Mt 10, 34).

Cuando fue presentado en el Templo, se encontraba en esa ocasión Simeón, hombre justo y piadoso al que le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría sin antes ver al Mesías, al Salvador del mundo. En ese bello episodio contemplamos a la Santísima Virgen, Madre de Dios, llevando al divino Infante para cumplir el precepto de la Ley, y al Santo Patriarca José yendo a su lado.

Al coger a Jesús en sus brazos, Simeón pronunció su famoso himno de alabanza. A continuación, bendijo al santo matrimonio y a María le dice: “Este (niño) ha sido puesto para que muchos caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción” (Lc 2, 33-34), es decir: una bandera discutida, una piedra de tropiezo, un factor de división. Y prosiguió: “a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 35).

El santo sacerdote Simeón profetizaba en ese momento el camino de confrontaciones que recorrería el Redentor en su vida pública: será un auténtico “signo de contradicción”.

El vaticinio de Simeón no tardaría en cumplirse. Siendo Jesús aún un tierno niño, llegan a Jerusalén los Magos de Oriente y preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” (Mt 2, 2). Y el tetrarca Herodes, inquieto por la visita de tan augustos personajes, consulta preocupado a los sumos sacerdotes y a los escribas dónde tendría que nacer el Mesías.

La respuesta fue clara: en Belén de Judea. Entonces mandó a los Reyes Magos allí, encomendándoles trapaceramente: “cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo” (Mt 2, 8). No obstante, alertados en sueños por el Señor, regresaron a su tierra por otro camino, y no le informaron de nada.

Furioso al verse burlado por los Magos, Herodes ordenó la masacre de todos los niños menores de 2 años de Belén y sus alrededores, con la esperanza de matar al “Rey de los judíos”, un inesperado competidor al trono. Así comenzó, con la cruel matanza de los Santos Inocentes, la manifestación “las intenciones de muchos corazones”.

En sentido contrario, también se revelaba en ese episodio la protección del Cielo: “el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise’” (Mt 2, 13). Amparado por los espíritus celestiales, San José ejercía con inconmensurable grandeza su función de padre y protector de Jesús.

La matanza de aquellos inocentes marca el inicio de las hostilidades humanas contra aquel que, incluso antes de empezar a hablar, se había convertido en “signo de contradicción”. La mera existencia de la Sagrada Familia suponía una bandera de combate enarbolada que los enemigos infernales no podían tolerar y trataban de destruir.

En la noche del nacimiento del Salvador, el Cielo se había unido a la tierra. Valiéndose de instrumentos humanos, Satanás se esforzaba todo lo posible para eliminar al Niño. Pero todo era en vano: San José recibía avisos del Cielo que le indicaban las precauciones que debía tomar para protegerlo mejor.

Treinta años después de ese episodio, habiendo comenzado Jesús su vida pública, empezó a sufrir el odio de fariseos, escribas y saduceos, enemigos de su doctrina y de su divina Persona.

Los santos Evangelios, principalmente el de San Mateo, nos narran numerosas manifestaciones de esa saña infernal contra el divino Maestro. “Éste blasfema” (Mt 9, 3), clamaban airados los escribas. “Éste no hecha los demonios sino por el poder de Belzebú, príncipe de los demonios” (Mt 12, 24), gritarían más tarde los fariseos. Y cuando el misericordioso Salvador curó en sábado al hombre de la mano paralizada, escribas y fariseos, “ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús” (Lc 6, 11).

A lo largo de los tres años de su vida pública, el odio de los enemigos de Jesús no hacía sino aumentar, hasta el punto de llevarlo a ser crucificado entre dos ladrones. Pero el demonio ignoraba que la muerte del Redentor sellaría definitivamente la derrota de los infiernos: “Como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en Él, tenga vida eterna” (Jn 3, 14-15).

Jesucristo fue, es y será una piedra de escándalo y de división para los hombres de todos los tiempos. “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt 12, 30). Esta es la enseñanza, infelizmente poco comentada, que nos ha parecido útil resaltar en la Navidad de este año.

El mal existe, el mal planea, el mal ataca, y la Santa Iglesia nos convoca a estar siempre en lucha contra él. Esto lo dejó bien claro Su Santidad Benedicto XVI en uno de sus últimos discursos al Colegio Cardenalicio: “Hoy la palabra Ecclesia militans está un poco fuera de moda, pero en realidad podemos comprender cada vez mejor que es verdadera, que porta en sí misma la verdad. Vemos cómo el mal quiere dominar en el mundo y que es necesario entrar en lucha contra el mal. Vemos cómo lo hace de tantos modos, cruentos, con distintas formas de violencia, pero también enmascarado como el bien, destruyendo así las bases morales de la sociedad” (21-5-2012).

No perdamos la noción de esa realidad. Seamos “sencillos como palomas”, pero no dejemos de ser “astutos como serpientes” (Mt 10, 16). Y, sobre todo, no olvidemos que Jesús sufrió más por la ceguera y la incomprensión del pueblo que lo seguía, que por la furia satánica de sus enemigos.