29Mar/21

LOS COLORES DEL PARAÍSO

LOS COLORES DEL PARAÍSO

Caballeros del al Virgen – Publicado el 03/04/2021
Verdaderas joyas vivas, estos pajaritos son preciosidades que Dios ha puesto en la naturaleza para deleitar al hombre y llevarle a tener añoranzas del Paraíso.

“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18, 2), canta hermosamente la Escritura. El salmista no conoció́ nuestras ciudades actuales, verdaderas selvas de hormigón, iluminadas por potentes luces artificiales, donde ya no es posible contemplar lo maravilloso de una noche estrellada.
Sin embargo, aún podemos admirarnos, por ejemplo, con el suave movimiento de las blancas nubes, que la imaginación infantil concibe como imponentes montañas de algodón, o con espectaculares puestas de sol, que pintan toda la naturaleza de exuberantes colores, tan vivos como ningún artista sería capaz de concebir.

Aunque tal vez lo que más nos atraiga del mundo natural sea el reino animal. Y en el vastísimo abanico de especies existentes podemos pensar en la agilidad, elegancia y belleza de las aves.

El pequeño tico-tico se destaca por la vivacidad del alboroto que arma en bandadas. El cisne se desliza suave en la placidez de un lago, como si prescindiera de cualquier esfuerzo para desplazarse. El colibrí́, en la delicadeza de sus alas y su pico, de vuela veloz cortejando a las flores.

Y las golondrinas buscan tejados y la cercanía con el hombre, como a la espera de una mano amiga que quiera compartir con ella las migajas de su pan.

Y si hablamos de colores, quizá́ sean las aves el género más rico en colorido del reino animal. La variedad de tonalidades es enorme, dejando atónito a un observador poco versado en ornitología.


Es lo que podemos apreciar en las simpáticas saíras, que ejercen un atractivo especial precisamente por los colores de su plumaje. Presentan unos azules, rojos, verdes o dorados que parecen piedras preciosas aladas, sublimando con la vida el reino mineral. Tanto que han servido de modelo a numerosos escultores que tallan en piedras semipreciosas, e incluso preciosas, bellas figuras de esos pájaros.

Estos pajaritos, auténticas joyas vivas salidas de las manos del divino artífice, son preciosidades que Él ha puesto en la naturaleza para que, en armonía con la diversidad de otros colores presentes en el mundo vegetal y mineral, puedan deleitar al hombre y llevarle a tener añoranzas del Paraíso, con un deseo aún mayor por conocer las grandiosas bellezas celestiales.


Sepamos admirar las maravillas de este mundo con los ojos puestos en la eternidad, porque, como dice poéticamente San Agustín, “si son hermosas las cosas que creó, ¡cuánto más hermoso es el Creador”.[1]

Y estemos seguros de que lo que Dios ha reservado para los que se salvan es todavía más hermoso, pues “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Co 2, 9).
——————————

1 SAN AGUSTÍN. Enarratio in Psalmum CXLVIII, n.o 15. In: Obras. Madrid: BAC, 1967, v. XXII, p. 894.

21Mar/21

EL LARGO RETRASO PERMITIDO POR DIOS

EL LARGO RETRASO PERMITIDO POR DIOS

Plinio Corrrea de Oliveira (Extraído de la conferencia del 17/08/1988)

Aunque la Iglesia Católica nunca morirá, a veces, parece que fue colocada en un sepulcro. Sin embargo, así como Nuestra Señora estaba segura de que Nuestro Señor Jesucristo resucitaría, así nosotros debemos estar convencidos que la Iglesia resurgirá milagrosamente de esa especie de muerte aparente, y creer en la realización de las profecías, en la victoria y en el Reino de María.
Llegando al auge de la Edad Media, por la idea de que se establecía la Civilización Cristiana, que la Iglesia llegaba a una plenitud, se intensificó entre los medievales la devoción a Cristo Resucitado, y el número de Iglesias consagradas a esa invocación aumentó considerablemente, lo que es muy bonito.

La Iglesia está en una aparente muerte

Yo no vi tratar ese tema en libros de piedad, pero un aspecto en el que se debería poner más atención es la devoción de Nuestra Señora durante los tres días en que Jesús estuvo en el sepulcro. Porque existe una analogía entre la situación de la Iglesia hoy en día y Nuestro Señor en el sepulcro.

La Iglesia Católica no está muerta, pero la apariencia es que ha sido puesta en una sepultura. Ella no va a resucitar porque no murió, pero de esa especie de muerte aparente ella saldrá milagrosamente. Entonces, nosotros estamos en esos tres días – número históricamente real, pero de valor simbólico – de Nuestro Señor en el sepulcro.

Para la Santísima Virgen era tremendo por las añoranzas que sentía de Él. Análogamente, son nuestras añoranzas de la Iglesia, cómo fue y, sobre todo, cómo no la alcanzamos a conocer. Esas añoranzas deben sernos duras en este período.

Así como Nuestra Señora estaba segura de que Nuestro Señor Jesucristo resucitaría, también nosotros debemos estar convencidos de que la Iglesia no murió, y pasar por esta prueba: creer en el cumplimiento de las profecías hechas en Fátima, en la victoria y en el Reino de María.

Nuestra Señora adoraba el cadáver de su Divino Hijo en unión hipostática inmutable con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero, sin embargo, estaba muerto. Entre tanto, el auge de la devoción de Ella era adorarlo ya resucitado.

También nosotros debemos amar la Santa Iglesia en esa aparente muerte en que está, pero teniendo seguridad que “resucitará”, amarla desde ya como Ella será en el futuro; nos deben alimentar ideas, esperanzas, percepciones del Reino de María y prepararnos para el día de la resurrección.

Quise hacer esta reflexión por ocasión de la Cuaresma y de la Semana Santa.

Uno de los elementos de la decadencia del hombre

Es una cosa curiosa, pero el triunfo deteriora a quien no conserva en su boca o en su memoria la amargura de las pasadas derrotas. Esto es sistemáticamente así. Uno de los elementos de decadencia del hombre es cuando piensa que eso es bueno – y, hasta excelente, a veces – que tiene es enteramente normal, y todos sus inferiores son unos infelices, porque no tienen sino lo que la vida debe dar. Cuando el individuo forma esa noción de la existencia, comienza a deteriorarse.

El punto de referencia es otro. Se debe pensar que lo común en este valle de lágrimas es el estado de mendigo, y cualquier cosa que esté por encima de la indigencia ya representa una cierta ventaja. De tal manera que, cuando en la indigencia le dan un pan, debe dar gracias a Dios. Y si llega a tener un poquito más que la miseria, puede desear más, pero nunca maldecir aquel poco, jamás dejar de reconocer que ese poco es alguna cosa que debe alegrarlo.

A veces, aquellos hijos cuyos padres son muy importantes, o muy nobles, o muy sabios, o muy cualquier cosa, por haber nacido en esa situación, consideran un absurdo no tener determinados privilegios, y mucho más todavía. Entonces comienzan a debilitarse, a deteriorarse y a podrirse.

También nosotros, para no podrir el Reino de María, tenemos que conservar el recuerdo de los torrentes en que bebimos por el camino. Para que cuando levantemos la cabeza comprendamos el favor que Dios nos está haciendo e, incluso en el auge de nuestra gloria, no encontrar eso tan normal. De lo contrario, al cabo de unos cinco años, estamos tan débiles que si fuera necesario volver atrás ya no tendríamos coraje. Es el efecto del pecado original. Así es la vida.

Leí en las memorias de una institutriz de las hijas de Nicolas II que cuando el Zar iba a París, en viaje oficial, llevaba a toda la familia. Mientras él y la Zarina estaban participando en las recepciones oficiales, las niñas llevaban una vida aparte. E iban a las tiendas de juguetes, que avisadas anticipadamente de la visita de las gran-duquesas exhibían los juguetes más caros y ponían los mejores vendedores a disposición para atender a las niñas.

Ellas ni preguntaban el precio pues, no les importaba. Ellas simplemente decían: “Yo quiero esto, aquello y también esto otro…” Nicolás II, a su vez, recibía la cuenta y pagaba, sin preguntar. Ahora, eso deteriora un niño a más no poder.

Según las costumbres antiguas, el primogénito heredaba todo el patrimonio de la familia y quedaba con la obligación de administrarlo. Los otros hijos, o se lanzaban a la aventura, o quedaban en cero. Estos, sin embargo, no consideraban eso una infelicidad. Al contrario, juzgaban una desventura el destino del primogénito que continuaba amarrado a su castillito, sin poder vivir la aventura que ellos tenían por delante.

D’Artagnan fue eso. Según la leyenda, el murió en el momento de recibir el bastón de Mariscal deFrancia. Y moría con la idea de haber realizado una cosa fabulosa. Pero él tuvo que luchar duro…

Nosotros tuvimos en Brasil un sistema parecido. Los descendientes que no pertenecían al ramo primogénito recibían tierras enormes para colonizar, y pasaban los mejores años de la vida, desde el día del día del matrimonio hasta más o menos los 45 años, trabajando duro, sembrando, se enfrentando a bandidos, porque era “FarWest”. Cuando la hacienda estaba organizada, ellos volvían para la capital y pasaban a ir periódicamente para administrar la propiedad. Para eso construían casas en la hacienda donde pasaban temporadas. Era una lucha conseguir alguna cosa. Eso es muy formativo.

En el largo retraso que soportamos, debemos vivir con ascesis

Ejemplos como estos sirven para entender las humillaciones y tantos otros sufrimientos que ahora pasamos, y así cuando llegue el Reino de María no corrompernos en la gloria, sino que demos el debido valor al hecho de haber subido con sacrificio, reconocer cuánto debemos a Nuestra Señora por eso, y conservar la siguiente idea retrospectiva: Si yo fuera capaz de volver al inicio y beber del torrente de nuevo, porque así Nuestra Señora lo querría de mí, no me he corrompido. Pero si no fuera capaz, puedo estar seguro de que estoy putrefacto, abusé del don de Dios.

Tengo la impresión de que este largo retraso que soportamos es permitido por la Providencia para prepararnos para una inmensa gloria, dentro de la cual debemos vivir con ascesis. Alguien podría objetarme: “Pero yo no quiero eso, porque si hasta en esa hora hay que vivir con ascesis, entonces esto no es vida”. Yo digo, “Amigo mío, Ud. se pudrió antes de subir. Mientras estaba abajo, Ud. alimentó sueños pútridos e imaginó una vida sin la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”.

Hay una idea, en la que muchos de nosotros hemos sido educados, que se debe evitar el mirar hasta el fondo las contrariedades que trae la vida, considerándolas superficialmente para así no sentirlas. Y para esto, rodearse de las mayores delicias y diversiones que sea posible, para que cubran, en la medida de lo posible, los aspectos dolorosos que uno no debe ver.

Ahora, esta es una impostación equivocada. Hay que ver enteramente cualquier cosa dolorosa que la vida traiga. Porque así es en la vida de todos y no sirve de nada huir de la verdad. No hay nadie que no tenga sufrimientos muy fuertes en la vida, incluso entre fulgores muy atractivos y agradables. Sin embargo, la existencia revela grandes sufrimientos que debemos ver de frente, hasta dónde llegan y hasta dónde puedan ir, preparando el alma para aguantarlos.

Esta postura da al alma una especie de sacralidad, de nobleza, de fuerza para reconocer que, aunque la vida sea así, es digna de ser vivida. No porque arroje un saldo positivo, sino porque el alma crece mucho cuando asume así el dolor, de frente, como Nuestro Señor Jesucristo tomó el suyo en el Huerto de los Olivos.

Cuando la cruz se nos presenta, debemos abrir enteramente los ojos y los brazos

Mi devoción a Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos es aún más profunda que la propia crucifixión. No porque ignore que el apogeo de la Pasión es la crucifixión, sino porque esta meditación puramente espiritual del dolor, incluso antes de que llegue, su previsión y esa impostación de espíritu para recibir ese dolor, visto hasta el fondo, me parece fundamental en el alma católica.

De hecho, es sorprendente, pero esto es lo que hace interesante algún alma que tratamos. Cuando un alma trata de no ver el dolor, no es interesante. Al contrario, cuando ve el dolor hasta el fondo se asemeja a un instrumento musical afinado, con las cuerdas en orden. Esto le da una resonancia, una vida, a todo lo que ella diga,porque está sintonizada en orden al dolor.

Oración en el Jardín – Museo Diocesano, Barbastro, España

Es, de hecho, la Cruz de Nuestro Señor. Porque la palabra “dolor” sin la Cruz da paso a todo tipo de desequilibrio posible. La vida humana es inexplicable e insoportable sin Nuestro Señor Jesucristo. Por eso que San Pablo decía que sólo sabía predicar a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado (cf. 1 Co 2, 2).  

Hay místicos que vieron a Nuestro Señor recibir la Cruz y besarla. O sea, expresar afecto por ella. Creo que es absolutamente una cosa de primera categoría. Ahora, ¿qué significa para nosotros el afecto por una cruz inmaterial? ¡Es aceptarla con lealtad, abriendo los ojos y los brazos enteramente!

Por ejemplo, la cruz al ser despreciado. Es mejor bajar por el valle de ese desprecio hasta el final. No exagerar, imaginándolo más grande de lo que es, sino entreverlo en su tamaño real. “¡Muy bien, yo lo acepto! Me siento en el banquillo de los despreciados como si fuera un trono, y allí me quedo. Así sucedió, ¡vamos para adelante!

Si conociéramos las aflicciones que evitamos para nuestra alma cuando procedemos así… Porque la realidad es la siguiente: el sujeto no acepta y comienza a tomar como absurdo todo y cualquier dolor que le llegue. Ahí no hay manera de evitar la enorme ansiedad para que eso no suceda. Y en la ansiedad la persona sufre mucho más que en la aceptación franca y leal. Esta última produce una calma, una estabilidad, una fuerza que realmente corresponde a los designios de Dios, a una humilde aceptación de lo que Nuestro Señor quiere para nosotros.

Sufrir en unión con Nuestro Señor Jesucristo

Por lo tanto, hay dos actitudes que integran la virtud de la templanza. Una es entender que la vida es un valle de lágrimas, y saber saborear como un regalo de Dios cualquier pequeña alegría enviada por Él para aliviarnos. El auge de la alegría no está en su tamaño, sino en su calidad. Por lo tanto, saber deleitarse de las pequeñas alegrías de la vida, y no imaginarlas mayores de lo que son en realidad, entendiendo que son transitorias, y saber verlas hasta el final, es un elemento indispensable para que la persona no se deteriore, no se pudra. Porque si no se hace eso, la persona imagina que lo normal es llevar una vida en la que todo vaya de acuerdo con sus deseos, y lo que no sea eso resulta una desgracia. Este último es mucho más infeliz que el primero.

Otro elemento de la templanza es entender que lo normal de esta vida es sufrir, y mucho, y que se debe sufrir en unión con Nuestro Señor Jesucristo, considerando el sufrimiento en su aspecto sobrenatural, sin el cual nada tiene sentido. Así que, viniendo algún contratiempo sobre nosotros, hay que mirarlo con entereza, de frente, medir integralmente el sufrimiento que trae y decir: “Yo soporto, acepto y sigo hacia adelante”.

Es el ejemplo que Nuestro Señor nos dio en su Pasión. En la Agonía del Huerto previó todo. No se hizo de incauto. Todo lo que sufriría en su cuerpo le fue revelado a su naturaleza humana. Además, todos los dolores del alma, la ingratitud, etc. De hecho, con los apóstoles ganó experiencia. Vio todo esto y no cerró los ojos. Sufrió hasta el final con la perspectiva de lo que se aproximaba. Sintió que su voluntad perfectísima no aguantaría y pidió que se le apartara ese sufrimiento. Pero vean el equilibrio perfecto: “Si es posible, apártalo. Si no es posible, hágase tu voluntad y no la mía” (cf. Mt 26, 39).

Aplicando eso para nosotros, debemos tener el valor de ver nuestra situación tal como es, enteramente y lo irremediable que pueda ser. Porque si el único “remedio” fuera apostatar, este “remedio” no lo contemplamos de ninguna forma, porque en el momento en que uno de nosotros considere esa hipótesis, comenzó a calcular el valor de las treinta monedas… Esta no es una hipótesis válida. Luego es necesario aguantar así esa situación, no hay otra salida.

Es absolutamente indispensable ver la realidad de frente

Soportando el sufrimiento con esta fuerza, la persona llega con calma hasta el final, con paz, con dignidad. Y en esto vivió su vida. Entonces son estos los dos aspectos de la templanza: saber apreciar las cosas que Dios manda, y amar la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, como es destinada a todos los hombres.

A veces encontramos personas realmente felices, pero que no quieren pensar en la posibilidad de una desgracia. ¡En algún momento, reciben un susto! Porque de repente, la desgracia revienta a sus pies.

Imaginemos a un hijo que ama con cariño a sus padres. De repente, se da cuenta de que sus padres por los que se sacrifica, y que lo consideran muy bueno, de hecho, no lo aman como él los ama. Y esto se expresa, por ejemplo, por su actitud hacia otro hijo que no es bueno, para el que tienen una predilección tonta, aunque este hijo despilfarre su dinero y haga desastres. Y eso sólo porque es el hijo más parecido a ellos, es más apuesto, cualquier cosa del género…

Sin embargo, el primero sigue siendo un buen hijo, no cae en el desánimo, ni queda amargado, pero apunta: “Mis padres son así”. Por lo tanto, no se trata de pensar lo siguiente: “Voy a revisar mi procedimiento. ¿Valdrá la pena seguir dándoles esa dedicación o no vale la pena? Puedo disminuirla, porque sería un imbécil si los trato como padres perfectos porque no lo son”. Al contrario: “Son mis padres y, como tales, tienen derecho a mi dedicación”. Sin embargo, esta situación puede crear diferentes grados de tribulación. ¡Hay que verlo de frente!

En una ocasión, vi un ejemplo doloroso de esto. Era una historia sobre una familia muy noble de Francia. La fotografía mostraba al padre y a la madre todavía jóvenes, muy bien parecidos y ya rodeados de una camada de niños, todos muy sanos, permanentemente alegres, dando idea de la propia felicidad de la pareja. Se veía esa alegría despreocupada y optimista, en la que se encontraba una pequeña mancha en materia de religión, porque si es verdad que todos tomaron clases de catecismo, hicieron la Primera Comunión -en aquella ocasión estuvieron elegantes e incluso piadosos-, sin embargo, no les fue enseñado lo que estoy diciendo aquí.

Pensé: “¡O toda mi forma de ver la religión y la vida está mal, o esta familia tendrá un problema de otro mundo!” Como resultado, era un tropel de delincuentes. El marido, publicó en la misma revista, en la que se publicó el mencionado reportaje, que durante mucho tiempo no tenía temas para tratar con su esposa, incluso en los momentos auge de su matrimonio, porque ella era completamente vacía y no tenía nada que decirle. ¿Podemos imaginar lo que significa para una mujer, que tuvo la ilusión de ser amada por su marido, leer esto y darse cuenta de que de que no solo ya no gustaba, sino que nunca gustó de ella? Bueno, ver de frente esto es absolutamente indispensable y es parte de los tales elementos de la templanza que uno debe tener.

Conozco a una persona que en su temprana adolescencia me comunicó este pensamiento: “Sé que fui llamado a servir a Nuestra Señora. Pero no me importa si Dios me llamó para eso. ¿Por qué me escogió, cuando pudo haber elegido a otro para padecer ese mundo de sufrimientos inherentes a la vocación, y a mí dejarme tranquilo con mi vida?”

De hecho, sufrió mucho por lo que tenía que hacer e hizo, y por lo que no debía hacer, pero también hizo. Actualmente es muy buen hijo de Nuestra Señora. Pero quería analizar ese estado de ánimo que en un momento fue suyo.

Este joven debe haber recibido muchas y buenas gracias en el período de su infancia y adolescencia. Sin embargo, al mismo tiempo saboreando intensamente, sin vínculo con estas gracias, escenarios materiales propios para hacerle llevar una vida feliz. Esto redujo su horizonte, de tal modo que, en lugar de considerar el formidable panorama de los que son llamados por Dios a un ideal alto, se regocijaba con el pequeño horizonte, con el edificio de techo bajo, de la pequeña vida que tenía ante sí, que probablemente se le presentó como una existencia ideal.

La alegría de los grandes horizontes
Castillo de Combourg y estatua de Chateaubriand - Francia
Castillo de Combourg y estatua de Chateaubriand – Francia

Bueno, es una cosa curiosa, aunque sea en medio de congojas existe la alegría en los grandes horizontes. Que trae, sin embargo, un bienestar y una satisfacción que el horizonte estrecho, el edificio de techo bajo nunca da.

Text Box: Castillo de Combourg y estatua de Chateaubriand - FranciaChateaubriand1 hace una magnífica descripción de una noche en el castillo de Combourg. Tenía una hermana llamada Lucille, a quien amaba mucho. Presenta a su madre, la señora Chateaubriand, como una muy buena persona, pero con una mala salud que debía cuidar. Y el padre, una especie de león en la jaula, una fiera. Después describe una tarde en la residencia familiar, un castillo gótico con un techo muy alto, grandes salas donde ponían una mesa para cenar. Comían en silencio porque su padre estaba continuamente pensando en otras cosas y producía miedo. La madre también tenía miedo del padre y se quedaba quieta; suspiraba a veces dulcemente, y continuaba cenando.

Después de la comida, comenzaba el “entretenimiento” familiar. Se levantaban e iban a un enorme salón al lado del comedor, donde por falta de dinero sólo había una luz encendida cerca de la madre. Ella se sentaba en una silla más cómoda, mientras el padre caminaba, de modo que cuando se acercaba o se alejaba, su sombra en la pared crecía o disminuía. Así, se oían en el suelo de piedra, los pasos del viejo vizconde en un caminar preocupado. De vez en cuando, se detenía frente a los niños, que en una esquina susurraban, los miraba fijamente y les preguntaba: “¿De qué están hablando?” Un poco como alguien que quiere entretener la conversación, pero él no entendía que, con eso, paralizaba a los niños… En este ambiente, el techo alto aumentaba la melancolía y la desolación. Se entiende que esto le pareciera a Chateaubriand inmensamente triste e incluso soturno.

Cuando llegaba el momento de acostarse, el joven Chateaubriand iba a dormir solo en una torre. Se metía en una cama con esos clásicos cortinados, mientras los vientos del mar soplaban sobre la torre, aullando, silbando, y el Chevalier de Chateaubriand aterrorizado dentro de las cobijas, hasta que llegara el sueño. Tengo la impresión de que, por la mañana, se levantaba despreocupado, y hasta bajaba al mar para jugar con los niños de la zona y era ya otra cosa.

Cuando un alma tiene una parte vuelta para la pequeña vida y otra para los grandes ideales, estos juegan un poco el papel del techo alto del Castillo de Combourg. Al individuo le gustaría escapar hacia algo más acomodado, más recto, más arreglado, para tener, después de todo, la alegría de ser pequeño.

Por lo tanto, puede haber dos maneras de considerar la llamada de Dios: una es al estilo de la torre que aúlla y todas esas cosas; otra es el alma grande de un cruzado, de un hombre que aceptó la cruz y tiene en ella una consonancia con el Divino Crucificado.

______________________

1) Francois-René Auguste de Chateaubriand. Escritor, ensayista, diplomático y político francés (*1768 – †1848).

25Feb/21

NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

P. Rafael Ibarguren, Heraldo del Evangelio – Consiliario de Honor de la FMOEI
Mensaje del Consiliario de Honor de la Federación Mundial de las Obras Eucarísticas de la Iglesia.

Fue San Pedro Julián Eymard, Fundador de la Congregación del Santísimo Sacramento en 1856, que llevó a la máxima exaltación hasta entonces, la devoción a la Eucaristía con la exposición perpetua y solemne; esa fue la originalidad de su fundación. Su celo lo llevó a ambicionar y a trabajar con empeño para que la adoración perpetua se estableciese en el Cenáculo, en el propio lugar en que Nuestro Señor instituyó el Divino Sacramento. Pero, a pesar de sus esfuerzos para lograr ese objetivo tan simbólico y genial, no pudo concretizarlo.

Como no podía dejar de ser, el santo era un gran devoto de María Santísima; Ella le inspiró la idea y le animó a realizar su providencial Congregación. Escribió una breve meditación mariano-eucarística destinada a sus hijos espirituales que interesará a los fieles amantes de la Eucaristía:

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento es el nombre nuevo de algo muy antiguo. Se veneran con razón todos los misterios de la vida de la Madre de Dios. Las almas contemplativas han encontrado en la vida de María en Nazaret un ejemplo, como los corazones desolados una consolación en la Virgen Dolorosa.

Hay en todas las acciones de los Santísima Virgen, una gracia que nos lleva suavemente a honrarlas y a imitarlas, cada uno siguiendo su propia vocación. Pero, no olvidemos que María vivió más de quince años después de la Ascensión de su Divino Hijo ¿En qué fueron ocupados esos largos días de exilio, y qué gracia encierra esta importante parte de la vida de nuestra Madre? El libro de los Hechos (2, 42) lo indica muy claramente. Está dicho ahí que los primeros cristianos vivían en la paz, la unión, la caridad ardiente; perseverando en la fracción del pan.

Vivir de la Eucaristía y para la Eucaristía, reunirse en torno del tabernáculo para cantar himnos y cánticos espirituales; he ahí el carácter distintivo de la Iglesia primitiva. El Espíritu Santo lo ha consignado en la sublime historia eclesiástica redactada por San Lucas: tal fue también el resumen de los últimos años de la Santísima Virgen María, que reencontraba, en la adorable Hostia el fruto bendito de sus entrañas, y en la vida de unión con Nuestro Señor en el Tabernáculo, los dichosos tiempos de Belén y de Nazaret. ¡Oh sí! Es María, sobre todo, que perseveraba en la Fracción del Pan.

Almas eucarísticas, que queréis vivir para el Santísimo Sacramento; que habéis hecho de la Eucaristía el centro de vuestras vidas, y de su servicio, vuestro único trabajo, María es vuestro modelo; su vida, vuestra gracia: perseverad como Ella en la fracción del Pan.”

Efectivamente, al considerar la vida de la Virgen, se suele tener en cuenta su presencia en Belén, en Nazaret o en el Calvario, pero se deja de lado el tiempo en que, ya sin la presencia física de Jesús como la tuvo hasta la Ascensión, Ella continuó en Su compañía a través de las Especies consagradas que palpitaban en su pecho sin interrupción, y que se renovaban cada vez que volvía a comulgar.Un piadoso autor antiguo, Bernardino de París, afirma que Jesús, al instituir el Sacramento, tuvo en vista principalmente a su Madre, a fin de que la más excelsa de sus obras fuese recibida por la más noble y santa de sus creaturas.

María Santísima fue la única que mantuvo la Fe íntegra, cuando Jesús estuvo en el sepulcro. Después de la Resurrección, animó a los discípulos, los mantuvo unidos y expectantes y propició la venida del Espíritu Santo; instruyó a los apóstoles con su testimonio, sus consejos y los relatos de la vida de su Divino Hijo ¿Quién sino Ella pudo narrar a San Lucas los episodios de la infancia de Jesús que están estampados en su Evangelio? ¿Y qué confidencias no recibió de Ella San Juan, entregada a sus cuidados por Jesús desde la Cruz? Con razón María es Madre de la Iglesia, porque desde sus comienzos, Ella estuvo dándole ejemplo, fuerza e instrucción ¡misión que continúa desde el Cielo!

Sí, y a lo largo de la historia, la Iglesia ha ido creciendo en santidad, siendo que los pecados de sus miembros no llegan a desfigurarla en su substancia. Cristo “se entregó a Sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 25-27). Por la fuerza de la Eucaristía y bajo em manto de María, no se piense que la Iglesia “sobrevive” en las diversas crisis por las que pueda atravesar ¡Ella se renueva y progresa en permanencia!

El desarrollo del culto al Santísimo Sacramento es un aspecto de ese crecimiento continuo. Si es verdad que últimamente se han cerrado tantas iglesias -y algunas hasta han sido profanadas- no es menos cierto que el fervor y la sed eucarística se potenció, aquí y allá. Por ejemplo, en las iglesias y capillas de la Sociedad de Vida Apostólica Virgo Flos Carmeli -a la que pertenece quien escribe estas reflexiones- y siempre con el cuidado de las debidas normas prudenciales, la adoración al Santísimo y la celebración de Misas, orando por las necesidades de la Iglesia y del mundo, se vienen sucediendo sin interrupción desde hace años. Más recientemente, las intenciones de la adoración y de las Misas se centran especialmente en los enfermos, en los difuntos y en sus familias.

Esta realidad fulgurante no brilla a los ojos paganizados del mundo, pero sí ante el trono del Altísimo ¡Cuántos beneficios compran y cuántas desdichas evitan! Sí, la oración a los pies del Señor Sacramentado conquista señaladas gracias.

Las muchas horas que San Pedro Julián pasó junto al Santísimo -en el altar, ante el sagrario o durante la exposición- ya le merecieron la visión sin velos en el Cielo del Dios que adoró oculto en la Eucaristía, y de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, su Santa Madre. Porque disfrutar para siempre junto a Dios y a la Virgen es el maravilloso destino eterno de los adoradores de todos los tiempos.

Mairiporá, 1 de febrero de 2021.

https://www.opera-eucharistica.org/espa%C3%B1ol/espiritualidad/mensaje-del-consiliario-de-honor/

15Feb/21

Lourdes y Fátima, Dos Grandes Apariciones Marcadas Por El Misterio De Sus Secretos.

Lourdes y Fátima, Dos Grandes Apariciones Marcadas Por El Misterio De Sus Secretos.

P. Fernando Gioia, EP

8,000,000 de peregrinos llegan –en tiempos normales sin pandemia– a la Gruta de Massabielle, a orillas del río Gave, en Lourdes, región de los Pirineos de Francia. Llevan sus enfermedades viajando de los lugares más recónditos, arriban donde, la “Señora vestida de blanco”, se apareciera en 18 oportunidades a la rústica campesina de 14 años Bernardette Soubirous. Todo comenzó el 11 de febrero de 1858.

Maravillosa fuerza de atracción testimoniada por asombrosos milagros. A fin de eliminar dudas y demostrar la insondable compasión de María Santísima, la Iglesia instituyó un comité médico que analiza los enfermos antes de ser bañados en el agua de la fuente curativa. Se han registrado más de seis mil curaciones inexplicables para la medicina; si bien que consideran 64 los milagros reales indiscutibles.

En aquellos tiempos, un impío famoso escritor francés fue de incógnita, con la intención de recoger informaciones para un libro contra los prodigios de Lourdes. Viendo la fe fortalecida y la esperanza, que no se quebraba, al volver a París dijo para sus íntimos: “Yo hui, porque el milagro me aplastaba”.

Elevado comentario hacía el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira por la década del sesenta: “Lourdes concede al enfermo una tal conformidad con el padecimiento que no se tiene noticia de que alguien, allí estando y no siendo curado, tomase una actitud de rebeldía. Por el contrario, las personas retornan a sus lugares inmensamente resignadas, satisfechas por haber podido hacer su visita a la célebre gruta de los milagros, y contemplar la bondad de María para con los otros infortunados que no con ellas”.

Lourdes ocupa un puesto de grandeza entre las apariciones de los últimos dos siglos junto a Fátima. Ambas tienen una profunda vinculación, hacen presentir el prometido Reino del Inmaculado Corazón de María. En Fátima, la Virgen advierte al mundo sobre la alarmante decadencia moral por la que estaba entrando. En Lourdes, vemos la expresión de gracias mariales, a través de conversiones y de curas portentosas, tal que se la considera como sinónimo de milagros.

No dejan de tener un dejo de misterio sobre “secretos” comunicados. En Fátima tres secretos al momento conocidos. En Lourdes, la vidente recibió “tres secretos”, además del pedido de sufrir por “un gran pecador”, que no identifica.

Transcurría el siglo XIX, un mundo nuevo de la técnica, del dinero y de los inventos, influenciaban el vivir de los hombres, quimeras que colocaban al margen las enseñanzas evangélicas.

Bien afirmaba el Dr. Plinio: “Lourdes es una de las más extraordinarias manifestaciones de lucha de Nuestra Señora contra el demonio, pues esa aparición se dio en el auge de las persecuciones y desprecios movidos por el anticlericalismo del siglo XIX para debilitar la Iglesia”.

Era el pontificado del Beato Pío IX que, para contrarrestar esta onda de soberbio ateísmo que avanzaba sobre los corazones, proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción en 1854. Especial inspiración confirmada desde el Cielo por las apariciones de Lourdes, cuando Bernardette entrevé a una Señora “vestida de blanco, un velo también blanco, un cinto azul y una rosa amarilla en cada pie”.

Si nos volvemos a aquellos momentos, y recorremos las apariciones en singular Gruta, encontraremos, pocas palabras –al menos las conocidas– que la Santísima Virgen trasmite, y los difíciles momentos por los que pasa esta simple campesina. Fuertes oposiciones intentaron acabar con esta singular “aventura”.

Hasta la tercera aparición la imagen será muda; momentos de oración –la única que sabía Bernardette era el rosario– y de contemplación silenciosa. Comenzará a comunicarse con Bernardette, no en francés sino en el dialecto local, el patois. Pide oraciones y sacrificios por los pecadores, manda excavar con sus manos la fuente, “pide a los padres que construyan una capilla. Quiero que todos vengan en procesión”. En las diversas apariciones fue la Santísima Virgen diciendo: “Quiero que venga aquí mucha gente”, “¡pide a Dios por los pecadores!, ¡penitencia, penitencia, penitencia!

Los asistentes no veían a la “Señora”, pero sentían Su presencia y se conmovían con los éxtasis de la vidente. La afluencia del público aumentaba, el comisario prohibió ir a la Gruta. Eran tiempos de presión del ateísmo sobre la religiosidad popular.

Las gentes piden pruebas, como siempre. La Señora le indica dónde cavar con su mano, hacer un hueco, del cual surgió una fuente. Bernadette bebió, se mojó también la cara, quedando con lodo. Todos se burlaron diciendo que se había vuelto loca. ¡Oh misteriosos designios de Dios! El entusiasmo sensible decae, los espectadores se desencantan. Era un 25 de febrero.

Surgía allí el manantial de los milagros más conocido por la humanidad, símbolo de las inagotables gracias concedidas a todos los que allí van en peregrinación. El agua, analizada por destacados químicos, es: virgen, muy pura, natural, sin propiedad térmica, ninguna bacteria sobrevive a ella. Demostrado está: uno tras otro, enfermos de todo tipo, se bañan en las piscinas de Lourdes y no se contagian de nada.

Tres semanas después, un 4 de marzo, la mensajera, “anónima”, ante la insistencia de Bernardette y el requerimiento del párroco, reveló quién era: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, raro título para los hombres y mujeres del momento.

Pero el “misterio” de Lourdes queda centrado en las apariciones del 23, 24 y 25 de febrero, en que “la Señora de blanco” le comunica tres secretos. El 23 uno que solo a ella le concierne y que no puede revelar a nadie, y una oración que le hacía repetir, pero que no quiso que la diera a conocer. El 24 le reveló un secreto personal y después desapareció. El 25 le dijo: “Hija mía, quiero confiarte solamente a ti el último secreto; igualmente que los otros dos no los revelarás a ninguna persona de este mundo”.

La última aparición, el 16 de julio, ocurrió discretamente. Fue a distancia, separadas por las aguas del río Gave y las gentes que no dejaba el comisario aproximar a la gruta.

En ciertos momentos, de su dolorosa agonía, se le oyó decir que lo ofrecía en reparación por el “gran pecador”. La hermana asistente le preguntó y le respondió colocando el dedo en la boca en señal de silencio.

Con los años su persona decreció, la gruta, con su fuente y sus milagros, pasaron a primer plano. Bernardette en 1866 sale de Lourdes. Había cumplido su misión. Cumplió, con gran entrega, todos los sufrimientos y obstáculos puestos por el demonio durante esta etapa. Entra en la vida religiosa, “nunca me imaginé que sufriría así”, decía, en las terribles probaciones que padeciera; nada la hizo sufrir más que algunas monjas de su comunidad. Exhumado su cuerpo en 1933 permanecía incorrupto. Se convencieron que fuera “una víctima expiatoria de sus tres secretos y del “Gran Pecador”, que nunca reveló a nadie, según el decir del historiador Pierre Claudel en su libro “El misterio de Lourdes”.

24Ene/21

LUCES DE LA INTERSECIÓN DE DOÑA LUCILIA: MANO QUE PACIFICA Y SOSIEGA.

LUCES DE LA INTERSECIÓN DE DOÑA LUCILIA: MANO QUE PACIFICA Y SOSIEGA.

No cesan de llegar a nuestro conocimiento relatos de nuevas curaciones y milagros obtenidos por intercesión de Doña Lucilia. En todos ellos hay un denominador común: además de resolver el problema concreto, ella calma el espíritu y apacigua el alma.

Señor! ¡Señor, que vea!”. Éstas y otras muchas súplicas se escuchaban en medio de la multitud que se apiñaba en torno al divino Maestro. ¡Y cuántos no habían sido atendidos en sus peticiones, cuántos no habían sido curados de sus enfermedades! Mudos que empiezan a hablar, ciegos que ven, leprosos que quedan limpios y numerosas personas se sentían libres de los espíritus malignos que las atormentaban… Así pues, “todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo” (Mc 3, 10).

Ante los favores recibidos, ¿podrían callar aquellos que habían sido beneficiados? Aunque Jesús ordenara: “¡Cuidado con que lo sepa alguien!”, como en el caso de los dos ciegos de Jericó (cf. Mt 9, 30), era imposible silenciar el contentamiento y la gratitud de los sanados.

Del mismo modo, es difícil enmudecer a quienes hoy reciben innumerables gracias por la intercesión de personas que han sido ejemplo de virtud y murieron en olor de santidad.

El lenguaje de los hechos es elocuente. Nos llegan sin parar numerosos testimonios que “difunden la fama” de una maternal mujer —Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira—, a la que algunos ya conocen como “la señora que anda haciendo milagros”.

Y más que eso, ha revelado poseer un especialísimo don para apaciguar las almas que pasan por grandes momentos de aflicción.

Misterioso Depósito Bancario

Sandra Aparecida, de São Paulo, Brasil, relata una gracia que obtuvo en un momento por el que pasaba grandes dificultades económicas:

“Hasta febrero de este año [2019] vivía con mis padres, una hermana y una sobrina. Después de rezar mucho, mi sobrina y yo —con pocos recursos— nos mudamos a un apartamento, cerca de la Sierra de la Cantareira.

En julio me despidieron del empleo en el que llevaba doce años y esperaba invertir la cantidad de la indemnización en algo que nos permitiera trabajar y dedicarnos a Nuestra Señora, al mismo tiempo. Ocurre que hasta recibir el dinero y pasar por todos los trámites burocráticos de una empresa, las facturas no dejaban de llegar. Nos vimos, pues, en extrema necesidad, porque mi sobrina tampoco estaba trabajando ya.

“¿Qué hacemos en esos momentos? Seguir el consejo de varios sacerdotes: ¡Confiar!”.

Habiendo sido atendida unos meses atrás por Doña. Lucilia, decidió lanzarse en lo oscuro y confiar en ella ciegamente.

“El 5 de julio debía pagar el alquiler del apartamento, pero en mi cuenta no había la cantidad necesaria, que era de R$ 3.285,23. Tan sólo tenía R$ 959,05, y tras el pago quedaría un saldo negativo de R$ 2.326,18.

Le estaba haciendo una novena a Doña Lucilia para que lograra ponerle remedio a nuestra situación.

“Al día siguiente, 6 de julio, decidimos ir a la basílica del Carmen, pero en el camino nos vimos envueltas en un accidente de tráfico con otro vehículo. Nadie salió herido y gracias a Dios yo tenía seguro; tan sólo me preocupaba la franquicia, pues el automóvil quedó destrozado y pensé: ¡Otra factura más!

“Alquilamos un coche —¡otro gasto más…!— para no perder el compromiso que teníamos aquella tarde: una reunión con un sacerdote heraldo, en la que asistimos a un vídeo de Mons. João Clá Dias donde hablaba sobre María Auxiliadora.

 Subrayaba la confianza que hemos de tener en Ella y decía que Ella nunca dejó a un miserable sin ayuda.

“Al llegar a casa, le pedí a Doña Lucilia y a Nuestra Señora que nos socorrieran, pues si ellas ayudan a todos, ¿por qué no harían lo mismo con estas miserables? Y estaba segura de que intervendrían, sólo que no sabía cuándo.


Al día siguiente me levanté sin mucho ánimo y miré mi cuenta para poder planificarme. Pero cuál no fue mi sorpresa al encontrarme ¡con un ingreso en efectivo de R$ 36.022,04 reales! (casi un millón de pesos dominicanos).

Cuando me fijé en las últimas cifras de dicha cantidad —22,04— empecé a llorar inmediatamente: ¡22 de abril, la fecha de nacimiento de Doña Lucilia! Lo entendí todo, ahí estaba su firma”.

Y, para confirmar el auxilio sobrenatural, todo había ocurrido el día en que se conmemoraba una de las principales devociones de Doña Lucilia:

“Ese depósito se hizo el 5 de julio, un primer viernes de mes, día dedicado al Sagrado Corazón de Jesús”.

No obstante, a pesar de confiar en la intercesión de Dña. Lucilia, intrigada con esa suma y su procedencia, Sandra procuró informarse al respecto:
“Llamé al banco y la persona que me atendió me dijo que esa cantidad había sido ingresada en efectivo por la propia beneficiaria. O sea, ¡¡¡por mí misma!!! Colgué el teléfono aterrada, pero llamé de nuevo, con la esperanza de conseguir la firma del comprobante o alguna grabación en la que quizá apareciera una mujer de cabellos plateados con su paquetito de dinero. 

Pero lo único que conseguí fue irritar a la operadora que en cierto momento me dijo: ‘Señora, ese depósito lo ha hecho usted misma, en efectivo, en el cajero, ¿cuál es su duda? ¿Se ha confundido usted?’ Qué poco sabe ella…”.

Y como si no bastara, Doña Lucilia encontró una salida hasta para conseguirle un nuevo vehículo, sin mayores perjuicios, favoreciendo de forma considerable la situación financiera de Sandra: “La terminación de aquella cantidad la comprendía, pero por qué exactamente 36.000, no lo sé.

Pensé que fuera para comprar un nuevo coche, pues lo necesito para poder ir a Misa todos los días. Sin embargo, recibí un correo electrónico de la aseguradora donde se me informaba que había sufrido una pérdida total del vehículo y que ¡ellos me pagaban su valor íntegramente!

¡Una acción más de ella! En fin, no tengo sino agradecerle todos esos milagros. Realmente ha venido en nuestro socorro.

“Les exhorto a todos a que pidan mucho, pidan todo, sin parar, sin desanimar. Ella está siempre a nuestro lado, llevándonos a menudo en su regazo, pero en contrapartida, esperando de nosotros la confianza ciega en su amor”.

Cartera Perdida en São Paulo.

También Antonio Zinatto Bueno Lopes, de São Paulo, se sintió especialmente protegido por Doña Lucilia al recurrir a su intercesión y comprobar su maternal auxilio:

“Me desplazaba de casa hasta la estación de metro Santana para dejar a mi hijo y cuando me bajé del coche para sustituirlo al volante mi cartera, con todos los documentos, se cayó del bolsillo de la chaqueta sin que me diera cuenta.

“Cerca ya de casa me percaté de ello y regresé al sitio donde había parado el vehículo, pero no encontré nada. Empecé a preocuparme, por las razones y perturbaciones que conlleva.

Aquel mismo día por la tarde comenzaba un congreso de cooperadores de los Heraldos del Evangelio. Durante la Misa pedí gracias para tranquilizarme, para poder aprovechar el evento y recurrí a la intercesión de Doña Lucilia, a fin de que algún alma generosa localizara mis pertenencias y entrara en contacto conmigo.

El lunes después del congreso tomé las oportunas providencias sobre el asunto y continué la vida normalmente. El jueves, encontrándome en la parroquia de Santa Ana, en la zona norte de São Paulo, ante el Santísimo Sacramento, suena mi teléfono: era una sobrina mía que me dijo que la jefa de la oficina de Correos de São Paulo había llamado a su padre —mi hermano— para preguntarle por mí, pues lo había localizado a él y no a mí en las averiguaciones que hizo, y le avisaba que estaba en posesión de mis documentos.

Una vez que terminé mis oraciones la llamé y me contó qué era lo que le había llevado a dar tal atención al caso. Me dijo que diariamente pasan por allí alrededor de 2000 documentos perdidos y que es imposible llamar a todos.

Pero en mi caso, al comprobar la documentación, vio la fotografía de una señora mayor que le llamó la atención.

Al mirar la fecha de nacimiento en el reverso de la foto pensó: ‘Madre de él no debe ser, quizá sea su abuela…’. 

Decía: ‘Lo que sentí viendo la fotografía… bondad, serenidad y acogida; esto me tocó mucho, pues además había perdido a mi madre recientemente y estaba muy abatida, triste, y la foto me consoló.

De ahí que tomara esta resolución: en este caso seré yo misma la que llame’.

“Convenimos día y hora para vernos en la oficina de Correos y hacer la debida entrega.

 Esa foto, claro, está muy bien guardada y me acompaña siempre en cualquier situación”.

Conversando con Doña Lucilia.

De la localidad argentina Ingeniero Pablo Nogués, provincia de Buenos Aires, Argentina, nos escribe Estelvina Acosta para contarnos un hecho que le sucedió a un vecino suyo al recurrir a Doña Lucilia durante su grave enfermedad:

“En noviembre de 2014 mi vecino, Pedro Bugeño, que estaba padeciendo un cáncer de hígado que lo hacía sufrir mucho, recibió la visita de dos heraldos, en la cual hablaron sobre la vida de Doña Lucilia y le dejaron una estampa de ella para que le pidiera la paz que estaba buscando.

Una semana antes de que Pedro falleciera fui a verlo al final de la tarde. Al entrar en la habitación vi que estaba con los ojos cerrados y pensé que estuviese durmiendo; por eso decidí mejor retirarme. Pero cuando me encontraba a punto de hacerlo me dice: ‘No te vayas, estoy despierto; sólo estaba conversando con esta señora’. En su mesilla de noche tenía la estampa de Doña Lucilia que le habían regalado.

Al preguntarle a qué se refería, me contó que todas las tardes Doña Lucilia iba a conversar con él y le daba mucha paz. Fue ella quien lo preparó para morir bien”.

Un Embarazo Imposible.


Asimismo, Estelvina nos relata el caso de una amiga que no podía tener hijos desde hacía siete años y que habiendo conocido la historia de Doña Lucilia empezó a rezarle ante una foto suya, recibida como obsequio, pidiéndole un milagro:

“Interiormente yo no creía mucho que eso ocurriera, pues sabía que los médicos le habían dicho a ella que era imposible que se quedase embarazada por todo lo que había pasado.

Cual no fue mi sorpresa cuando, un mes después [de iniciadas sus oraciones], mi amiga Silvana estaba encinta… Desde entonces me volví muy devota de Doña Lucilia, al ver los milagros que ha ido haciendo”.

El Valor De La Oración Confiada



Karla Maia Malveira, de Montes Claros (Brasil), nos escribe también para darnos su testimonio: “Soy montesclarense y con mi esposo trabajamos en el ámbito de la salud.

El 9 de mayo de este año [2019] sufrimos un atraco en la clínica de nuestra propiedad. Una empleada fue reducida por un maleante a punta de pistola y se llevó cinco de los más valiosos aparatos utilizados en los tratamientos que ofrecemos.

“La ausencia del material robado podría poner fin a la existencia de nuestra clínica, obtenida con años de dedicación, por el alto coste de los equipos, que proporcionaban el mayor volumen de nuestras terapias.

Pasamos días muy difíciles, pues perdimos todas las ganancias, ya que las consultas tuvieron que ser interrumpidas.

“En esa gran aflicción, pedimos las oraciones a los sacerdotes heraldos y a los hermanos terciarios. En medio a todo esto nos invitaron a asistir a la ordenación sacerdotal de un diácono heraldo, a quien estimamos mucho, en São Paulo.

Nuestros familiares nos aconsejaron que no fuéramos, debido a las grandes dificultades que atravesábamos. Sin embargo, mi esposo y yo decidimos hacer un acto de confianza en la Virgen y fuimos, incluso para distanciarnos un poco del problema.


“Después de las ordenaciones realizadas por Mons. Benedito Beni dos Santos, providencialmente un heraldo nos regaló El libro de la confianza. “Al leer el prefacio me identifiqué mucho con las pruebas por las cuales pasó el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, maestro espiritual de Mons. João Clá Dias.

Dificultades que habían sido prontamente sanadas en su vida por su oración confiada. ¡En ese prefacio vi una señal! El Dr. Plinio, desde el Cielo, me indicaba el camino a seguir en aquel momento de dolor: ¡la vía de la confianza! Ante esto mi marido y yo resolvimos consagrar, confiados, nuestra delicada situación al Dr. Plinio y a Doña Lucilia.

“¡Y el milagro ocurrió! Al regresar a Montes Claros, contrariando todas las expectativas naturales, supimos que la Policía, después de las investigaciones, había localizado al ladrón aún en posesión de los objetos robados. Al final de esa tarde todos los aparatos, intactos, ya estaban de vuelta en la clínica.


“Por medio de este relato quiero compartir mi eterna gratitud al Dr. Plinio y a su madre, Doña Lucilia, que nos obtuvieron esa inmensa gracia, la cual la veo como dos: por una parte, nos restituyeron un bien material importante, pero, por otra, nos hicieron comprender sobre todo que la oración confiada jamás es decepcionada. ¡Dr. Plinio y Doña Lucilia, os pedimos, rogad por toda la humanidad tan perdida e incrédula en el amor del Padre!”.

“Su Bichillo ha Desaparecido”

I

Afectada por un cáncer de garganta, Aurora Tinoco, de Braga (Portugal), empezó a rezarle a Doña Lucilia con el fin de obtener su curación y, tras varias operaciones, su tumor desapareció:

“A mediados de 2018 los médicos me diagnosticaron un granuloma piógeno en la laringe. Fui operada el 27 de agosto de ese año. Las biopsias no fueron concluyentes y me dijeron que tenía que ser operada de nuevo.

Entré en pánico. Tomé antidepresivos durante un mes. Entonces aparece una amiga que empieza a hacer conmigo una caminada de oración.

“Fui operada por segunda vez, el 15 de octubre de 2018, día de Santa Teresa. Me aconsejaron que pidiera la intercesión de Doña Lucilia.

Por coincidencia, dormía con una revista debajo de la almohada que tenía su fotografía. A partir de ese día comencé a pedir la intercesión de Doña Lucilia.

“En enero de este año [2019] volví a ser operada, pues el granuloma apareció otra vez. Al finalizar la intervención quirúrgica pedí mi curación. Meses después el médico comprobó que el granuloma estaba disminuyendo. Durante esos meses mi oración a Doña Lucilia permanecía constante.

“Pasado un año de la primera intervención, el 27 de agosto de 2019, mis oraciones habían sido escuchadas, pues el médico me dijo: ‘Su bichillo ha desaparecido’. Él mismo afirmó que siempre demostré ser una mujer de fe. ¡La prueba de ello está ahí!”.

* * * *
Así, Doña Lucilia, de manera discreta y alentadora, viene favoreciendo a numerosas almas que a ella recurren, dándoles valentía y serenidad ante el dolor y prestando extraordinarios auxilios físicos y espirituales.

Tomado de la Revista Heraldos del Evangelio nº 198, enero 2020, p.37-39

17Ene/21

EL MODO DE COMULGAR: ¿COMO ES LO MAS CORRECTO?

EL MODO DE COMULGAR: ¿Cómo es lo más correcto?

Este tema, aparentemente simple, fue objeto de grandes
controversias a lo largo de la historia de la Iglesia, y sufrió diversos
cambios en su transcurso. El engloba los siguientes aspectos:

La comunión en la mano o en la boca; 2. La comunión bajo las dos
especies; 3. La comunión fuera de la Misa; 4. La frecuencia de la comunión. Trataremos cada uno ellos.

Nuestro Señor Jesús Cristo instituyó el sacrificio
sacramental de su Cuerpo y de su Sangre en la forma y
bajo las señales de comida y bebida, cuando pronunció las
palabras “tomad y comed” y “tomad y bebed”. Inclusive
el mandato a los apóstoles “Haced esto en memoria Mía”
no se refería apenas a que ellos actualizaran el sacrificio,
sino también que participaran del mismo.

De hecho, la Iglesia siempre entendió que la comunión era
parte integrante del Sacrificio, según podemos comprobar
con testimonios muy antiguos, tales como la primera
carta de San Pablo a los corintios y buena parte de la
Tradición Apostólica, además de la práctica multisecular,
nunca interrumpida, de exigir la comunión, por lo menos
del ministro, en la celebración de la Misa.

Sin embargo, surgieron diversas dificultades, como arriba
mencionamos, que la Iglesia tuvo que resolver. Tal vez la
mas antigua sea la cuestión de la comunión en la boca o
en la mano.

Comunión en la mano o en la boca?

Las monumentales fuentes literarias de los nueve primeros siglos atestiguan únicamente
la praxis de recibir la comunión en la mano como norma general.

Desde los siglos IX al XII deja de ser la práctica habitual y en el siglo XIII casi
desapareció completamente.

Parece que las causas mas importantes del cambio son: la preocupación en defender la
Eucaristía de errores supersticiosos, por lo tanto evitar que las personas llevasen la Sagrada
Hostia consigo; la defensa del significado trascendente de la Eucaristía contra las ideas
confusas de los pueblos bárbaros que se convertían en masa, y aumentar así el respeto por las
Sagradas Especies y la creciente reverencia con la Eucaristía, para que solo las manos
consagradas la tocasen.

Esta nueva costumbre estuvo vigente hasta después del Vaticano II. Por causa de
las ilegalidades en esta materia, algunas conferencias episcopales solicitaron de Roma un
criterio orientador. Entonces, la Congregación para el Culto Divino promulgó la instrucción
Memoriale Domini[1], sobre el modo de administrar la comunión, estableciendo que la
comunión en la boca permanecía como norma vigente. Sin embargo, se permitía que las
Conferencias Episcopales solicitasen a Roma autorización para dar la comunión en la mano.

Comunión bajo las dos especies.

Otro problema que surgió en la Edad Media fue la cuestión de la comunión sobre las dos
especies, que era la forma ordinaria en Occidente hasta el siglo XII y se conserva hasta hoy
invariable en el Oriente. Sería, sin embargo, erróneo pensar que durante estos primeros siglos
existiese la prohibición de comulgar solamente sobre una sola especie, pues nunca se practicó
eso, ya que sabemos que los enfermos recibían la comunión apenas bajo la especie de pan y
las criaturas recién nacidas solamente bajo la especie de vino.

El cambio que hubo, en Occidente, de esta costumbre, se debió a una mayor veneración
a la Sagrada Eucaristía, para evitar que se derramase la Preciosísima Sangre, fuera de
motivaciones de higiene.

Posteriormente surgieron motivos de carácter dogmático, ya que el concilio de Trento
tuvo que reafirmar, contra los protestantes, que la comunión sobre las dos especies no era de
derecho divino, y que quien comulgase de cualquiera de las dos especies recibía a Cristo
totalmente. Para salvaguardar la Fé del pueblo cristiano, se prohibió dar la comunión a los
legos bajo la especie del vino[2], para dejar patente que Nuestro Señor Jesús Cristo estaba
totalmente presente en el menor de los fragmentos de la Sagrada Hostia.

El Concilio Vaticano II restauró esta praxis de los primeros siglos “en los casos que la
Sede Apostólica determine (…), por ejemplo los ordenandos en la Misa de su ordenación, los
profesos, en la Misa de su profesión; los neófitos, en la Misa que sigue a su bautismo” (SC, 55).
Después del Concilio, varios documentos pontificios se ocuparon de ésta cuestión. Los mas
importantes son: Ritus communionis sub utraque specie[3], las instrucciones Eucharisticum
Mysterium[4] y OGMR[5].

Comunión fuera de la Misa.

La celebración de la Eucaristía es el centro de toda a vida cristiana, tanto para a Iglesia
universal como para las comunidades locales de la misma Iglesia. Es lo que nos afirma el
Concilio Vaticano II con estas bellas palabras: “Los otros sacramentos, como todos los
ministerios eclesiásticos y las obras de apostolado, están ligados a la Santísima Eucaristía y a
ella se ordenan efectivamente, en la Santísima Eucaristía está contenido todo el bien espiritual
de la Iglesia que es el propio Cristo, nuestra Pascua y pan vivo, que, por su carne vivificada y
vivificadora sobre la acción del Espirito Santo, da la vida a los hombres, los cuales son así
convidados y llevados a ofrecerse juntamente con Él, a sí mismos, sus trabajos y toda la
creación”.[6]

A demás, “la celebración de la Eucaristía en el sacrificio de la Misa es verdaderamente
el origen y el fin del culto que se presta a la misma Eucaristía fuera de la Misa”.[7]

Para orientar y alimentar correctamente la piedad para con el Santísimo Sacramento de
la Eucaristía, se debe considerar el misterio eucarístico en toda su plenitud, tanto en la
celebración de la Misa como en el culto de las Sagradas Especies, que se conservan después de
la Misa para prolongar la gracia del sacrificio. [8] Para eso, necesitamos entender cual es la
finalidad de la reserva eucarística.

Finalidad de la reserva eucarística.


El fin primario y primitivo de la reserva eucarística fuera de la Misa es la administración
del Viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la adoración de Nuestro
Señor Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento.

La conservación de las Sagradas Especies para los enfermos dio origen a la grata
costumbre de adorar este Alimento del Cielo que se guarda en nuestros templos. Este culto de
adoración se funda en una razón válida y segura, sobre todo porque la Fe en la presencia real
del Señor lleva naturalmente a la manifestación externa y pública de la misma Fe.[9]

En efecto, en el Sacramento de la Eucaristía está presente, de manera absolutamente
singular, Cristo todo entero, Dios y Hombre, substancialmente y sin interrupción. Esta
presencia de Cristo bajo las dos especies “llámase real por excelencia, no por exclusión, como
si las otras no fuesen también reales”.[10]

Relación entre la comunión fuera de la Misa y el Sacrificio.

La participación mas perfecta de la celebración eucarística es la comunión sacramental
recibida dentro de la Misa. Esto aparece mas claramente cuando los fieles reciben el Cuerpo
del Señor en el propio sacrificio, después de la comunión del sacerdote.[11] Por eso, en
cualquier celebración eucarística debe consagrarse, de ordinario, pan reciente para la
comunión de los fieles y se debe invitar a los fieles a comulgar en la propia celebración
eucarística.

En consideración, “los sacerdotes no se nieguen a dar la sagrada comunión, también
fuera de la Misa, a los fieles que la pidieren por justa causa.”[12] Por el contrario, hasta
conviene que los fieles que no pudieren estar presentes en la celebración eucarística, se
alimenten frecuentemente de la Eucaristía, y así se sientan unidos al sacrificio del Señor.

Es también conveniente que los sacerdotes con cura de almas procuren facilitar la
comunión frecuente de los enfermos como vemos en estas palabras del Magisterio: “procuren
los pastores de almas que se facilite la comunión a los enfermos y a las personas de edad
avanzada, a pesar de que no estén gravemente enfermas, ni estén en inminente peligro de
muerte; y esto no sólo con frecuencia, mas hasta, en la medida de lo posible, todos los días,
particularmente en el tiempo pascual. Aquellos que no la puedan recibir bajo la especie del
pan, es permitido administrársela únicamente sobre la especie del vino.”[13]

Se debe poner todo el cuidado en enseñar a los fieles que, así mismo, cuando reciben la
comunión fuera de la Misa, se unen íntimamente al sacrificio en el cual se perpetúa el
Sacrificio de la Cruz, y que se tornan participantes de aquel Banquete Sagrado en que, “por la
comunión del Cuerpo y de la Sangre del Señor, el pueblo de Dios participa de los bienes del
Sacrificio Pascual, actualiza la Nueva Alianza hecha de una vez para siempre por Dios con los hombres en la Sangre de Cristo, prefiguran y anticipan la Fe y la espe ranza del banquete escatológico en el Reino del Padre, anunciando la muerte del Señor hasta que Él venga”.[14].

Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión.

La Eucaristía es la fuente de toda la gracia y de la remisión de los pecados. Sin
embargo, los que tienen la intención de recibir el Cuerpo del Señor, para alcanzar los frutos
del sacramento,  deben aproximarse de él con la conciencia pura y con las debidas
disposiciones del espíritu.

Por eso, la Iglesia dispone “que
nadie consciente de pecado mortal, por
mas que se juzgue arrepentido, se debe
aproximar de la Santísima Eucaristía sin
antes haber hecho la confesión
sacramental”.[15] Si hubiese, sin embargo,
razón grave tal como producir escándalo
en el caso de que no comulgue – y faltar la
oportunidad de confesarse, debe hacerse
antes un acto de contrición perfecto, con
el propósito de, en el tiempo debido,
confesar todos los pecados mortales que
en el presente no pudo confesar. En
cuanto aquellos que acostumbran comulgar
diariamente o con cierta frecuencia,
conviene que se confiesen regularmente,
según la condición de cada uno. Los fieles
deben, sin embargo, considerar la
Eucaristía como antídoto para que se
liberen de las culpas cotidianas y eviten
pecar mortalmente. Deben saber también
utilizar convenientemente los actos
penitenciales de la liturgia, sobre todo de
la Misa.[16].

Frecuencia de la comunión.

Otra gran dificultad que la Iglesia enfrentó, tal vez hasta la mayor de todas, fue la
cuestión de la frecuencia de la comunión. La comunión es un complemento indispensable de la
Eucaristía. Por eso, el auge de la participación de los fieles tiene lugar cuando ellos comulgan
el Cuerpo y Sangre de Cristo (Cf. SC, 55). Por eso también, la Iglesia insiste en que los fieles
comulguen siempre que participen de la Misa, tal como lo hacían los primeros cristianos.

El abandono de esta costumbre de comulgar siempre que se participaba de la Santa
Celebración se inicia en el siglo IV y a partir de entonces los fieles se contentaban apenas con
asistir a la Misa y comulgar pocas veces en el año y, así mismo, una sola vez en el año. El
cuarto concilio de Letrán (1215), para evitar un distanciamiento aún mayor, prescribió la
comunión pascual como abrigatoría.

En tiempos mas recientes tuvieron gran importancia en este asunto los papas San Pío X,
que facilitó la comunión de los niños y niñas[17] y Pío XII que, sobre todo con la mitigación del
ayuno, favoreció la comunión diaria de muchos fieles. [18]

El concilio Vaticano II “recomienda encarecidamente” la comunión frecuente. Pablo VI
concedió inclusive que, en determinadas ocasiones, los fieles pudiesen comulgar dos veces en
el mismo día. Y el Código actual universalizó esta praxis, permitiendo comulgar dos veces en el
mismo día, desde que sea dentro de la celebración eucarística (c. 917).
________ 
[1] AAS 61 (1969) 541-545.
[2] SES. XXI, ce. 1 e 2.
[3] ASS 1965, pp. 51-57.
[4] 25.V.1967, n. 32: AAS 59 (1967) 558.
[5] 16.IV.69, nn. 240-242.
[6] Conc. vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 5.
[7] S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 3e: AAS, 59 (1967), p. 542.
[8] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 3g: AAS 59 (1967), p. 543.
[9] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 49: AAS 59 (1967), pp. 566-567.
[10] Paulo VI, Encicl. Mysterium fidei: AAS 57 (l965), p. 764; cf. S. Congr. De los Ritos, Inst. Eucharisticum mysterium,
n. 9: AAS59 (1967), p. 547.
[11] Cf. Conc. vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 55.
[12] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 33a: AAS 59 (1967), pp. 559-560.
[13] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium,, n. 40-41: AAS 59 (1967), pp. 562-563.
[14] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 3a: AAS 59 (1967), pp. 541-542.
[15] Cf. Conc. Trid., sesión XIII, Decr. De Eucharistia, 7: DS 1646-1647; ibid., sesión XIV, Cánones de sacramento
Paenitentiae, 9: DS 1709; S. Congr. De la Doctrina de la Fe, Normas pastorales circa absolutionem sacramen-
talem generali modo impertiendam, de 16 de Junio de 1972, proemio, e n. VI: AAS64 (1972), pp. 510 – 512.
[16] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 35: AAS 59 (1967), p. 561.
[17] Decreto Quam singulari, AAS 2 (1910) 582.
[18] La constitución apostólica Christus Dominus (AAS 45 (1953) 15-24), de 5.1.1953, limitaba a tres horas el ayuno
cuando se trataba de alimentos sólidos y bebidas alcohólicas, y a una hora las bebidas no alcohólicas. Pablo VI
determinó que el cómputo del tiempo fuese el mismo para los fieles y para los sacerdotes, o sea, el momento de
la comunión y  no el de comenzar la Santa Misa. (cfr. SCSO, Decretum De ayuno eucarístico, AAS 56 (1964) 212).
El mismo Pablo VI, en V sesión pública del concilio Vaticano II (21 XI.64) redujo el ayuno para una hora, tanto
para los alimentos sólidos como para las bebidas alcohólicas, tomadas con moderación: cfr. AAS 57 (1965) 186.

05Dic/20

LA LLAMA QUE JAMÁS SE EXTINGUE

LA LLAMA QUE JAMÁS SE EXTINGUE

Tomemos la lamparita que continuamente arde próxima al sagrario. ¿Cuántos pensamientos edificantes para el espíritu nos puede ofrecer este simple objeto?

Cada costumbre, cada gesto en la liturgia, cada trecho de melodía sacra y cada pieza sobre el altar están cargados de significados santos y profundos. Se puede decir sin temor a exagerar, que en nuestra santa religión no hay una piedra, por menor que sea, que al ser movida no revele detrás un tesoro sobrenatural.

Tomemos la lamparita que continuamente arde próxima al sagrario. Es un objeto simple, aunque podrá inspirar pensamientos edificantes provechosos para el espíritu.

La pequeña llama puede ser comparada a tantas almas contemplativas, que felizmente siempre hubo. Mientras la ciudad y el mundo arden en agitación febril, buscando un sin fin de realizaciones terrenas, allá están ellas, brillando delante de Dios, de manera que nunca se interrumpa su adoración. ¿No es un pensamiento confortador?

Sea de día, sea de noche, siempre habrá un corazón cristiano postrado delante del tabernáculo, a semejanza de la persistente luz.

En un sentido bien diferente, la pequeña y crujiente lengua de fuego también nos puede recordar el alma del cristiano común. ¿Y de qué manera? Podríamos imaginarlo así:

Hay días que en una iglesia se vive el esplendor de las ceremonias litúrgicas. Repleta de fieles, vibra y se regocija al son del órgano y al cortejo lleno de colores de los paramentos, mientras decenas de cirios festivos brillan sobre los altares. Estos serían, para el alma, los momentos de alegría, de consolación espiritual y abundancia de favores divinos. Sin embargo, hay también momentos en que esa misma iglesia está casi vacía. Puede ser un día no festivo, en aquellas semanas muertas del año. No hay música ni colores vibrantes. Y de las velas deshechas, ya no quedan más que manchas de cera reseca, sobre melancólicos altares desnudos. Así figuramos lo que serían para el alma los días difíciles, de prueba y aridez, en los cuales el propio Dios parece haberse ausentado. En este clima sombrío, miremos mientras, al lado del sagrario, y ahí estará la pequeña llama ardiendo, tal vez la única luz en toda la iglesia.

La minúscula llama de la lamparita sería, acertadamente en este caso, el símbolo de la fe en el espíritu cristiano. Cuando todo parece inmerso en las tinieblas, todos los esfuerzos se revelan inútiles y un mar de probaciones amenaza sumergir a la pobre alma, a la luz de la fe, por menor que sea, trae en sí aquella fuerza y aquella esperanza que son el hilo sobrenatural que une al hombre con su Creador. Todo puede ser restaurado.

Cada centella de fe —aunque sea muy pequeña— que arde en el fondo de un corazón bautizado, es como una lamparita ardiendo delante de Dios. Jamás debemos permitir que se apague. En ella está la simiente de la Gloria de la felicidad celeste, de la Luz eterna que jamás se extinguirá.

20Nov/20

LA MEDALLA MILAGROSA

LA MEDALLA MILAGROSA

La Medalla Milagrosa fue acuñada y se difundió con una sorprendente rapidez por el mundo entero, y en todas partes fue un instrumento de misericordia, arma terrible contra el demonio, remedio para muchos males, medio simple y prodigioso de conversión y de santificación.

Santa Catalina Labouré.

Ella se llamaba Catalina, o Zoé, para los más íntimos. Su mayor alegría era llevar la ración diaria para la multitud de palomas que habitaban la torre cuadrada del palomar de su casa. Cuando avistaban a la campesina, las aves se lanzaban en dirección a ella, envolviéndola, sumergiéndola, pareciendo querer arrebatarla y arrastrarla para las alturas.

Cautiva de aquella palpitante nube, Catarina reía, defendiéndose contra las más precipitadas, acariciando las más tiernas, dejando su mano deslizar por la blancura de aquellos suaves pelajes. Durante toda la vida, guardará nostalgia de las palomas de su infancia: «Eran casi 800 cabezas», acostumbraba a decir, no sin una puntita de tímido orgullo…

Catarina Labouré (se pronuncia «Laburre») vino al mundo en 1806, en la provincia francesa de Borgoña, bajo el cielo de Fain-les-Moutiers, donde su padre poseía una estancia y otros bienes. A los nueve años perdió a la madre, una distinguida señora perteneciente a la pequeña burguesía local, de espíritu cultivado y alma noble, y de un heroísmo doméstico ejemplar. Abalada por el rudo golpe, desecha en lágrimas, Catalina abraza una imagen de la Santísima Virgen y exclama: «De ahora en adelante, Vosotros seréis mi madre!»


Nuestra Señora no decepcionará a la muchacha que se entregaba a Ella con tanta devoción y confianza. A partir de entonces, la adoptó como hija dilecta, alcanzándole gracias superabundantes que solo hicieron crecer su alma inocente y generosa. Esa encantadora guardiana de palomas, en cuyos límpidos ojos azules se estampaban la salud, la alegría y la vida, así como la gravedad y sensatez venidas de las responsabilidades que temprano pesaron sobre sus jóvenes hombros, esa pequeña ama de casa modelo (y aún iletrada) tuvo sus horizontes interiores abiertos a la contemplación, conducentes a una hora de suprema magnificencia.

Con las Hijas de San Vicente.

Cierta vez, un sueño dejó a Catalina intrigada. En la iglesia de Fain-les-Moutiers, ella ve un viejo y desconocido sacerdote celebrando la Misa, cuya mirada la impresiona profundamente. Terminado el Santo Sacrificio, él hace una señal para que Catalina se aproxime.

Temerosa, ella se aleja, entretanto fascinada por aquella mirada. Aún en el sueño, sale a visitar a un pobre enfermo, y reencuentra al mismo sacerdote, que esta vez le dice: «Hija mía, tú ahora te escapas… pero un día serás feliz en venir hasta mí. Dios tiene designios para ti. No te olvides de eso». Al despertar, Catalina repasa en su mente aquel sueño, sin comprenderlo…

Algún tiempo después, ya con 18 años, ¡una inmensa sorpresa! Al entrar en el locutorio de un convento en Châtillon-sur-Seine, ella se depara con un cuadro en el cual está retratado precisamente aquel anciano de penetrante mirada: es San Vicente de Paul, Fundador de la congregación de las Hijas de la Caridad, que así confirma e indica la vocación religiosa de Catalina.

En efecto, a los 23 años, venciendo todos los intentos del padre para alejarla del camino que el Señor le trazara, Catalina abandona para siempre un mundo que no estaba a su nivel, y entra como postulante en aquel mismo convento de Chântillon-sur-Seine. Tres meses después, el 21 de abril de 1830, es aceptada en el noviciado de las Hijas de la Caridad, situado en la Rue du Bac, en Paris, donde toma el hábito en enero del año siguiente.

Primera aparición.

La primera tuvo lugar en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, fecha en que las Hijas de la Caridad celebran la fiesta de su santo Fundador. De todo cuanto entonces sucedió, dejó Catalina minuciosa descripción:

La Madre Marta nos hablara sobre la devoción a los santos, en particular sobre la devoción a la Santísima Virgen – lo que me dio deseos de verla – y me acosté con ese pensamiento: que en esta noche, yo vería a mi Buena Madre. Como nos habían distribuido un pedazo del roquete de lino de San Vicente, corté la mitad y la tragué, adormeciendo con el pensamiento de que San Vicente me daría la gracia de contemplar a la Santísima Virgen. En fin, a las once y media de la noche, oí a alguien llamarme:

– ¡Hermana Labouré! ¡Hermana Labouré!

Despertando, abrí la cortina y vi a un niño de cuatro a cinco años, vestido de blanco, que me dijo:

– ¡Levantaos de prisa y venid a la Capilla! La Santísima Virgen os espera.

Luego me vino el pensamiento de que las otras hermanas iban a oírme. Pero, el niño me dijo:

– Quedaos tranquila, son once y media; todas están profundamente dormidas. Venid, yo os espero.

Me vestí de prisa y me dirigí a lado del niño, que permaneció de pie sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Yo lo seguí. Siempre a mi izquierda, él lanzaba rayos de claridad por todos los lugares donde pasábamos, en los cuales los candeleros estaban encendidos, lo que me espantaba mucho. Sin embargo, mucho más sorprendida quedé al entrar en la capilla: luego que el niño tocó la puerta con la punta del dedo, ella se abrió. Y mi espanto fue todavía más completo cuando vi todas las velas y candelabros encendidos, lo que me recordaba la misa de media noche. Entre tanto, yo no veía a la Santísima Virgen.

El niño me condujo adentro del santuario, hasta el lado de la silla del director espiritual*. Allí me arrodillé, mientras el niño continuó de pie. Como el tiempo de espera me estaba pareciendo largo, miré hacia la galería para ver si las hermanas encargadas de la vigilia nocturna no pasaban por allí.

Por fin, llegó el momento. El niño me alertó, diciendo:

– ¡Es la Santísima Virgen! ¡Hela aquí!

En ese instante, Catalina escucha un ruido, como el ligero sonido de un vestido de seda, viniendo de lo alto de la galería. Levanta los ojos y ve a una señora con un traje color marfil, que se prosterna delante del altar y viene a sentarse en la silla del Padre Director.

La vidente estaba en la duda si aquella era Nuestra Señora. El niño, entonces, no más con timbre infantil, sino con voz de hombre y en tono autoritario, dijo:

– ¡Es la Santísima Virgen!

La Hermana Catalina recordaría después:

Di un salto junto a Ella, me arrodillé al pie del altar, con las manos apoyadas en las rodillas de Nuestra Señora… Allí se pasó el momento más dulce de mi vida. Me sería imposible exprimir todo lo que sentí.

Ella dijo como me debo conducir junto a mi director espiritual, como comportarme en mis sufrimientos venideros, mostrándome con la mano izquierda el pie del altar, donde yo debo venir a lanzarme y expandir mi corazón. Allá recibiré todas las consolaciones que necesito. Yo le pregunté lo que significaban todas las cosas que viera y Ella me explicó todo:

– Hija mía, Dios quiere encargarte una misión. Tendrás mucho que sufrir, sin embargo, has de soportar, pensando que lo harás para la gloria de Dios. Sabrás (discernir) lo que es de Dios. Serás atormentada, hasta por lo que dijeres a quien está encargado de dirigirte. Serás contrariada, pero tendrás la gracia. No temas. Decid todo con confianza y simplicidad. Serás inspirada en tus oraciones. El tiempo actual es muy ruin. Calamidades van a abatirse sobre Francia. El trono será derrumbado. El mundo entero se verá trastornado por males de todo tipo (la Santísima Virgen tenía un aire muy entristecido al decir eso). Pero vengan al pie de este altar: ahí las gracias serán derramadas sobre todas las personas, grandes y pequeñas, particularmente sobre aquellas que las pidan con confianza y fervor. El peligro será grande, sin embargo, no debes temer: Dios y San Vicente protegerán a esta Comunidad.

Segunda aparición.

Cuatro meses transcurrieron desde aquella prodigiosa noche en que Santa Catalina contemplara por la primera vez a la Santísima Virgen.

En la inocente alma de la religiosa crecían las añoranzas de aquel bendito encuentro y el deseo intenso de que le fuese concedido de nuevo el augusto favor de volver a ver a la Madre de Dios. Y así fue atendida.

Era 27 de noviembre de 1830, sábado. A las cinco y media de la tarde, las Hijas de la Caridad se encontraban reunidas en su capilla de la Rue du Bac para el acostumbrado período de meditación. Reinaba perfecto silencio en las hileras de las monjas y novicias. Como las demás, Catarina se mantenía en profundo recogimiento. Súbitamente…

Me pareció oír, del lado de la galería, un ruido como el sonido ligero de un vestido de seda. Habiendo mirado para ese lado, vi a la Santísima Virgen a la altura del cuadro de San José. De estatura media, su rostro era tan bello que me sería imposible decir su belleza.

La Santísima Virgen estaba de pie, trayendo un vestido de seda blanco-aurora, hecho según el modelo que se llama a la Vierge, mangas lisas, con un velo blanco que le cubría la cabeza y descendía de cada lado hasta abajo. Bajo el velo, vi los cabellos repartidos al medio, y por arriba un encaje de más o menos tres centímetros de altura, sin fruncido, esto es, apoyado ligeramente sobre los cabellos. El rostro bastante descubierto, los pies posados sobre una media esfera. En las manos, elevadas a la altura del estómago de manera muy natural, Ella traía una esfera de oro que representaba el globo terrestre. Sus ojos estaban vueltos hacia el Cielo… Su rostro era de una incomparable belleza. Yo no sabría describirlo…

De repente, percibí en sus dedos anillos revestidos de bellísimas piedras preciosas, cada una más linda que la otra, algunas mayores, otras menores, lanzando rayos para todos lados, cada cual más estupendo que el otro. De las piedras mayores partían los más magníficos fulgores, ampliándose a medida que descendían, lo que llenaba toda la parte inferior del lugar. Yo no veía los pies de Nuestra Señora.

En ese momento, cuando yo estaba contemplando a la Santísima Virgen, Ella bajó los ojos, fijándolos en mí. Y una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón, diciendo estas palabras:

– La esfera que ves representa al mundo entero, especialmente Francia… y cada persona en particular…

No se exprimir lo que sentí y lo que vi en ese instante: el esplendor y la cintilación de rayos tan maravillosos…

– Estos (rayos) son el símbolo de las gracias que Yo derramo sobre las personas que más piden – agregó Nuestra Señora, haciéndome comprender cuan agradable es rezar a Ella, cuanto Ella es generosa con sus devotos, cuantas gracias concede a las personas que las ruegan, y que alegría Ella siente al concederlas.

– Los anillos de los cuales no parten rayos (dirá después la Santísima Virgen), simbolizan las gracias que se olvidan de pedirme.

En ese momento se formó un cuadro en torno a Nuestra Señora, un poco oval, en lo alto del cual estaban las siguientes palabras: «Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos», escritas en letras de oro.

Una voz se hizo oír entonces, diciéndome:

– Haced acuñar una medalla conforme este modelo. Todos los que la usen, trayéndola al cuello, recibirán grandes gracias. Estas serán abundantes para aquellos que la usen con confianza…

En ese instante, el cuadro me pareció girar y vi el reverso de la medalla: en el centro, el monograma de la Santísima Virgen, compuesto por la letra «M» encimada por una cruz, la cual tenía una barra en su base. Abajo figuraban los Corazones de Jesús y de María, el primero coronado de espinas, y el otro, traspasado por una espada. Todo desapareció como algo que se extingue, y quedé repleta de buenos sentimientos, de alegría y de consolación.

Santa Catalina dirá, más tarde a su Director Espiritual haber visto las figuras del verso de la medalla contornadas por una guirnalda de doce estrellas. Tiempos después, pensando si algo más debía serles agregado, oyó durante la meditación una voz que decía:

– La M y los dos corazones son suficientes.

Tercera aparición.

Pasados algunos días, en diciembre de 1830, Nuestra Señora apareció por tercera y última vez a Santa Catalina. Como en la visión anterior, Ella vino en el período de meditación vespertina, haciéndose preceder por aquel característico ruido ligero de su vestido de seda. De allí a poco, la vidente contemplaba a la Reina del Universo, en su traje color de aurora, revestida de un velo blanco, asegurando nuevamente un globo de oro con una pequeña cruz arriba. Dos anillos adornados de piedras preciosas, con intensidades diversas, la misma luz, radiante como la del sol. Contó después Santa Catalina:

Es imposible expresar lo que sentí y comprendí en el momento en que la Santísima Virgen ofrecía el Globo a Nuestro Señor. Como estaba con la atención ocupada en contemplar a la Santísima Virgen, una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón: Estos rayos son símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene para las personas que las piden.

Estaba yo, llena de buenos sentimientos, cuando todo desapareció como algo que se apaga. Y quedé repleta de alegría y consolación…

El acuñar de las primeras medallas.

Se encerraba así el ciclo de las apariciones de la Santísima Virgen a Santa Catalina. Esta, entretanto, recibió un consolador mensaje: «Hija mía, de aquí en adelante no me verás más, sin embargo, oirás mi voz durante tus oraciones». Todo cuanto presenciara y le fuera transmitido, Santa Catalina relató a su director espiritual, el padre Aladel, que mucho dudó en darle crédito. Él consideraba soñadora, visionaria y alucinada a esa novicia que todo le confiaba e insistentemente imploraba:

– ¡Nuestra Señora quiere esto… Nuestra Señora está descontenta…es necesario acuñar la medalla!

La Medalla en tiempo de pandemia…

Dos años de tormento trascurrieron. Por fin, el padre Aladel resuelve consultar al Arzobispo de París, Mons. Quelen, que lo anima a llevar adelante ese santo emprendimiento. Solo entonces encomienda a la Casa Vachette las primeras veinte mil medallas. El cuñaje iba empezar, cuando una epidemia de cólera, venida de Rusia a través de Polonia, irrumpió en París el 26 de marzo de 1832, esparciendo la muerte y la calamidad. La devastación fue tal que, en un único día, se registraron 861 víctimas fatales, siendo que el total de óbitos aumentó a más de veinte mil.

Las descripciones de la época son aterradoras: el cuerpo de un hombre en perfectas condiciones de salud se reducía al estado de esqueleto en apenas cuatro o cinco horas. Casi en un piscar de ojos, jóvenes llenos de vida tomaban aspecto de viejos carcomidos, y luego después eran horripilantes cadáveres.

En los últimos días de mayo, cuando la epidemia pareció retroceder, se inició de hecho el cuñaje de las medallas. Entretanto, en la segunda quincena de junio, un nuevo brote de la tremenda enfermedad lanzaba una vez más el pánico entre el pueblo. Finalmente, la Casa Vachette entregó en el día 30 de ese mes las primeras 1500 medallas, que luego fueron distribuidas por las Hijas de la Caridad y abrieron un interminable cortejo de gracias y milagros.

05Nov/20

EN COMUNIÓN CON LA SANTA MADRE DE DIOS

EN COMUNIÓN CON LA SANTA MADRE DE DIOS

Catecismo de la Iglesia Católica

2673 En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo Único, en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella, nuestra oración filial nos pone en comunión, en la Iglesia, con la Madre de Jesús (cf Hch 1, 14).

2674 Desde el sí dado por la fe en la Anunciación y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, “que son peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias” (LG 62). Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre es pura transparencia de Él: María “muestra el Camino” [Odighitria], es su Signo, según la iconografía tradicional de Oriente y Occidente.

2675 A partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno “engrandece” al Señor por las “maravillas” que ha hecho en su humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos (cf Lc 1, 46-55); el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de los hijos de Dios, ya que ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.

2676 Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una expresión privilegiada en la oración del Avemaría:

“Dios te salve, María (Alégrate, María)”. La salutación del ángel Gabriel abre la oración del Avemaría. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava (cf Lc 1, 48) y a alegrarnos con el gozo que Dios encuentra en ella (cf So 3, 17).

“Llena de gracia, el Señor es contigo”: Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquel que es la fuente de toda gracia. “Alégrate […] Hija de Jerusalén […] el Señor está en medio de ti” (So 3, 14, 17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21, 3). “Llena de gracia”, se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al mundo.

“Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. “Llena […] del Espíritu Santo” (Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48): “Bienaventurada la que ha creído… ” (Lc 1, 45): María es “bendita [… ] entre todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las “naciones de la tierra” (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

2677 “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros… ” Con Isabel, nos maravillamos y decimos: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como oró por sí misma: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: “Hágase tu voluntad”.

“Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la “Madre de la Misericordia”, a la Toda Santa. Nos ponemos en sus manos “ahora”, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, “la hora de nuestra muerte”. Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo, y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra (cf Jn 19, 27) para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.

  2678 La piedad medieval de Occidente desarrolló la oración del Rosario, en sustitución popular de la Oración de las Horas. En Oriente, la forma litánica del Acáthistos y de la Paráclisis se ha conservado más cerca del oficio coral en las Iglesias bizantinas, mientras que las tradiciones armenia, copta y siríaca han preferido los himnos y los cánticos populares a la Madre de Dios. Pero en el Avemaría, los theotokía, los himnos de San Efrén o de San Gregorio de Narek, la tradición de la oración es fundamentalmente la misma.

2679 María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos en nuestra intimidad (cf Jn 19, 27) a la Madre de Jesús, que se ha convertido en la Madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y orarle a ella. La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María. Y con ella está unida en la esperanza (cf LG 68-69).

29Oct/20

“MUERTE AL NAZARENO”: ¿Nuevo grito de: ¡Crucifícale!?

“MUERTE AL NAZARENO”: ¿Nuevo grito de: ¡Crucifícale!?

P. Fernando Gioia, EP
Heraldos del Evangelio
www.reflexionando.org

Al afirmar: “Muerte al Nazareno”, declaran un odio total a la Santa Iglesia Católica y sus enseñanzas, a través de los siglos.

Trascendental y emotivo acontecimiento leemos en los Santos Evangelios, cuando Poncio Pilato presenta a Jesús, Nuestro Señor, ante el pueblo: “He aquí a vuestro rey” (Lc 19, 14). La respuesta de los presentes, bajo la incitación de los sumos sacerdotes y ancianos, influenciados por la secta farisaica – y una manifiesta acción del demonio por detrás de ellos -, en un grito al unísono, fue: “¡Crucifícale!, ¡Crucifícale!”

Había llegado el momento esperado de los que tramaban su muerte desde hacía cierto tiempo. No aceptaban sus milagros, ni su fuerza para expulsar demonios, ni sus santas enseñanzas; no reconocían, en resumen, al que era el “Camino, la Verdad y la Vida”, el Redentor esperado, el Divino Salvador del mundo.

Incomprensible para no pocos, pues, cómo era posible que: Aquel que afirmara con una bondad nunca antes vista: “venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 28-29); Aquel de quien decían que enseñaba con autoridad, que nunca se había visto cosa igual; Aquel que habían aclamado al grito de: “¡Hosanna, al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”, en su entrada en Jerusalén, con palmas en las manos; a los pocos días, las cosas pasaron del aplauso para el odio, cambiando de actitud, gritan: “¡Crucifícalo!, ¡Crucifícalo!”.

Ya lo habían intentado matar, después de su visita a la sinagoga de Nazaret, queriendo despeñarle al no soportar que curara en día de sábado (día de descanso de los judíos), comenzaron a tramar su muerte; llegando al auge de rechazo, ante el milagro de la resurrección Lázaro, en que se podría decir que concretizaron su condena a muerte. Tal era su odio que, hasta querían matar a Lázaro, prueba contundente del milagro realizado.

“La historia es testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”, bien nos sirve de enseñanza esta sabia expresión de Miguel de Cervantes Saavedra, el “príncipe de los ingenios”.

Lo acontecido con Jesús Nazareno, el Mesías del Señor, nos sirve de “testimonio del pasado”. Que nos sea útil, pues, como “ejemplo y aviso de lo presente”.

Hemos tenido oportunidad de comentar con los lectores de este periódico, en artículo: “Una nueva pandemia: la intolerancia de los ‘tolerantes’” (LPG, 30-8-2020), cómo estos acontecimientos conforman, una verdadera “pandemia revolucionaria anticristiana”.

En estos días, una nueva ocurrencia se destaca en las noticias internacionales y abundantemente en las redes sociales: hordas organizadas -parece contradictoria la afirmación, pero no lo es, pues, todo el accionar de estos individuos, se ve por los vídeos, estaba perfectamente concatenado previamente- atacaron dos iglesias en la ciudad de Santiago de Chile, incendiándolas. Entraron y destrozaron, sacrílegamente -atención a la palabra para considerar la gravedad del hecho- altares, imágenes, bancas y todo lo que encontraban a su paso.

Quiero resaltar dos aspectos dentro de los bárbaros acontecimientos, enardecimiento pseudo popular, organizada destrucción y diabólico accionar. Primero el de un grafiti sobre un altar: “Muerte al Nazareno”. El otro, es el triste momento en que un elemento de esta horda humana – ¿sólo humana? – alzándose ciertamente por el coro, saliendo por el rosetón de la iglesia de la Asunción, con un pie empuja y derrumba una imagen de la Santísima Virgen María. Abajo, gritos diabólicos, sí señores, diabólicos, se los repito para aquellos que no se compenetran aún de lo que hay por detrás de todo este odio anticristiano, el propio enemigo de Dios, el Demonio, moviendo a los que se abren a su nefasta influencia. Si dudan, pues, vean, o busquen ver, ya dentro de la propia manifestación (de la cual debemos aclarar que habría, tal vez, miles que no estarían de acuerdo con todo lo ocurrido), una “comparsa de demonios”, hombres y tal vez también mujeres, vestidos como diablos…sin ser rechazados por los presentes, al menos de los que estaban a la vista.

Iglesias incendiadas, imágenes destruidas, son una “advertencia de lo porvenir”, en el decir de Cervantes.

El afirmar “muerte al Nazareno” es una frase que declara un odio total a la Santa Iglesia Católica y sus enseñanzas a través de los siglos.

Ante tan tristes acontecimientos, no podemos dejar de expresar nuestra más profunda indignación y condena. Tal sería que así no fuese. Si no tomásemos una actitud de santa indignación, acabaríamos actuando como Poncio Pilatos en el preciso momento en que las hordas, organizadas e incitadas por los fariseos, gritaban “¡Crucifícale!”, en la actitud simbólica, pero tan expresiva: “lavarse las manos”. La indignación debe de ir acompañada de una firme condena por los sacrílegos atentados. Es decir, una censura crítica, una reprobación firme, un anatema radical.

A estas actitudes debemos acompañar con un acto de reparación por el pecado cometido, con alguna oración, algún sacrificio, una Comunión bien hecha, una invitación a otros católicos a también hacerlo.

Indignación, condena, reparación. Sin eso acabaríamos siendo cómplices ante Dios y ante los hombres de pecado tan funesto.

Que la Santísima Virgen interceda, ante Dios Nuestro Señor, para alcanzarnos la fortaleza necesaria para enfrentar la época tormentosa que nos ha tocado vivir. Confusión, persecución, odio antirreligioso. Pero, al mismo tiempo, de grandes esperanzas. Por eso también debemos pedir, una firme confianza en el triunfo prometido en Fátima, por mayores que sean las adversidades: “por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

21Oct/20

LA FAMILIA ES COMO UNA “IGLESIA”, PERO DOMESTICA

LA FAMILIA ES COMO UNA “IGLESIA”, PERO DOMESTICA

P. Fernando Gioia, EP

Los padres fueron constituidos en autoridad para predicar con sus enseñanzas, pero principalmente “predicar” con su testimonio de vida, dado que la familia es: “una escuela del más rico humanismo”
(Gaudium et spes, 52)

Al principio el hombre estaba solo, y Dios dijo: “no es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle a alguien como él, que le ayude” (Gén, 2, 18), hacerle una ayuda semejante a él que lo complete. Y así se dio, que, por su mujer, dejará a su padre y a su madre, se unirá a ella, serán dos en una sola carne.

Nacía allí, en el orden natural, la más pequeña de las comunidades humanas: la familia. Surgía posteriormente la sociedad, formada por el conjunto de familias, como un cuerpo se constituye de sus miembros. Vemos así como la institución de la familia es anterior a la sociedad humana, pues el hombre primero es miembro de una familia antes de ser ciudadano de una nación. Lógicamente, bien común de una sociedad, nacerá del mutuo relacionamiento entre las familias, dependiendo éste, a su vez, del bien común de las familias.

Pero, muchos se preguntan: ¿cómo lograr el “bien común” de la familia? Momentos difíciles está pasando esta institución. Rodeada de múltiples adversidades y peligros, navega la familia en mares revueltos, y esto repercute en la sociedad que nos rodea. Bien afirmaba el documento conciliar Gaudium et spes (47) que: “el bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar”.

Con la intención de ayudar ante estas circunstancias, dando un aporte simple pero que considero de profundidad, me recordaba que – en viejos tiempos de estudios sobre el tema – había guardado un esquema sobre la familia de Profesores de la Orden de Santo Domingo en Salamanca. Si bien es de hace cuarenta años atrás, mantiene su actualidad y, principalmente, se destaca en la belleza de su argumentación y comparación.

Era la consideración de la institución de la familia – como la calificara posteriormente en 1981, San Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica “Familiaris consortio” (21) – como una “iglesia doméstica”. Esto, siempre y cuando el relacionamiento mutuo se realice en base al amor de Dios, dando lugar, en el convivio familiar, a que el amor pase por encima de todo.

Con relación al hogar, a la vida de familia, aquella compilación de ideas de estos sabios sacerdotes de Salamanca, nos hablaba de que podríamos considerar tres aspectos: el hogar material, el hogar espiritual y el hogar templo. Creo que pocas veces, queridos lectores, hemos pensado en esta clasificación tan singular y decidora.

Cuando pensamos en los aposentos que conforman nuestros hogares, podrán ellos ser mejor o peor acondicionados, pero es dónde se reúne la familia, donde pasa – al menos lo era en otros tiempos – la mayor parte de la vida. Protegidos son de las inclemencias del tiempo y de los extraños. Realmente podremos decir que la casa es dónde nos encontramos con nuestros seres más queridos, es el rincón del mundo más deseado del corazón humano.

Así como un hogar puede estar bien construido y amueblado, al ser este el “hogar material”, será el cuerpo pero no el alma. El alma de la casa, el “hogar espiritual”, es constituido por los momentos familiares. Circunstancias de alegría, períodos de tristeza, tiempos de dificultad.

Estos aspectos serían materia muy aprovechable para numerosos artículos periodísticos de opinión. Sin embargo, mi intención es sobresaltar el aspecto de la familia, el hogar, la casa, como una “iglesia doméstica”, como “hogar templo”.

Y no considere algún profano que es una exageración de nuestra parte considerar a la familia así. El hogar es un lugar sagrado, no lo podrán negar, es el espacio en que Dios hace sentir su presencia. Veamos.

En el centro de las iglesias hay un “altar” hacia donde se concentran las atenciones de los fieles, altar en dónde se renueva el sacramento de la Cruz. En las familias hay también altares, son los corazones de los que la forman. En ese “altar”, en nuestra cotidianidad, se ofrecen cada día sacrificios en el cumplimiento del deber de cada uno: la mutua comprensión, la tolerancia con los defectos del otro, la exigencia del cuidado y la educación de los hijos, la obediencia de parte de los hijos para con sus padres, el esfuerzo cotidiano del trabajo doméstico, etc.

Bueno, pero, ¿y qué más padre nos va a introducir en nuestros hogares, además del “altar”? Pues… los “confesionarios”. Por más que tengamos buen carácter, buena voluntad, seamos bien portados, a veces, ofendemos no sólo a Dios sino al prójimo. Aparecerá en nuestras familias siempre alguna ofensa, algo que sea desagradable para los demás. Si somos sinceros, si quedamos arrepentidos, deberá haber perdón y olvido generoso, como lo tiene Dios Nuestro Señor para con nosotros.

Y por qué no recordar que también en el hogar hay “predicación”. Los padres fueron constituidos en autoridad para predicar con sus enseñanzas, pero principalmente “predicar” con su testimonio de vida, dado que la familia es “una escuela del más rico humanismo” (Gaudium et spes, 52).

Si volvemos nuestras miradas a la Sagrada Familia – Jesús, José y María – en Nazaret, aprenderemos de esa vida doméstica lo que es la vida de familia. Que “su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología”, decía Pablo VI, en 1964, en su visita a Tierra Santa.

Rodeada de la ruidosa vida moderna, presionada por los factores de deterioro moral y social que nos envuelven, no dejemos de considerar la belleza de esta “iglesia doméstica”; de esta “primera escuela de oración”, en el decir de Benedicto XVI (28-12- 2011); pilar fundamental de una sociedad bien ordenada y constituida; “escuela de virtudes humanas y cristianas” (Catecismo, 350).

Que los esposos, compenetrados de que conforman una institución sagrada – bendecida por Dios – renueven a todo momento el amor mutuo, sean de corazón generoso, acompañen las dificultades con espíritu de sacrificio, sean hombres y mujeres de oración. Desafiando así el hedonismo tan difundido que “banaliza las relaciones humanas y las vacía de su genuino valor y belleza” (Benedicto XVI, 5-6-2006). Y al mismo tiempo, los padres, sean para con sus hijos, “los primeros predicadores, mediante la palabra y el ejemplo”. (Lumen Gentium, 11)

28Sep/20

DE LO MAS ALTO DE LOS CIELOS, BAJA HASTA NOSOTROS, MISERICORDIOSA Y BENIGNA.

DE LO MAS ALTO DE LOS CIELOS, BAJA HASTA NOSOTROS, MISERICORDIOSA Y BENIGNA.

Plinio Corrêa de Oliveira

(Extraído de conferencia de 16/6/1972)



Nuestro Señor dijo que “todo el que se humilla será enaltecido” (Lc. 14, 11). Pues bien, María Santísima, afirmando ser esclava de Dios, se humilló más allá de todo límite. Por eso fue elevada a lo más alto de los Cielos, ocupando un lugar que ninguna otra mera criatura, debajo del Hombre Dios, alcanzará.

Así, el verdadero esclavo de Nuestra Señora, al invocarla, debe tener presente las magnificencias con las que Dios la revistió. Y, por lo tanto, nunca se dirigirá a Ella sino con sumo respeto, suma admiración y suma confianza. Confianza, sí, porque siendo María la más alta y eminente de todas las criaturas, también es la más benigna, misericordiosa, afable y la que más baja hasta nosotros.

La grandeza de la Santísima Virgen es tan inmensa que llena todos los espacios, por mayores que sean, que van desde Ella hasta el último de los hombres. A pesar de que fue entronizada en lo alto de los Cielos, Ella nos es más accesible, está más dispuesta a atendernos y a perdonarnos. En su insondable y fijo amor hacia los desterrados hijos de Eva, podemos y debemos tener una confianza total.
Extraído de conferencia de 16/6/1972

10Sep/20

UNA NUEVA PANDEMIA: LA INTOLERANCIA DE LOS “TOLERANTES”

UNA NUEVA PANDEMIA: LA INTOLERANCIA DE LOS “TOLERANTES”

P. Fernando Gioia, EP
Heraldos del Evangelio

Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán, dice Nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos.


Los crímenes de odio anticristiano, en diversos lugares del mundo, va en aumento. El gobierno de China continúa eliminando cualquier símbolo cristiano, han sido quitadas, en los últimos meses, más de 500 cruces de los exteriores de las iglesias, apenas en la provincia de Anhui; es la continuación de un accionar que se hizo más radical a partir del año 2018 pues, las cruces “violan las leyes de planificación”.

En Francia -la tierra de la “libertad, igualdad y fraternidad”- ocurrieron, según la Conferencia Episcopal, de enero a marzo de 2019, 228 actos violentos anticristianos. Con profundo dolor hemos presenciado el incendio de Notre Dame, aún sin ser esclarecido. Hace casi dos meses la catedral de Nantes sufrió similar y misterioso incendio de su antiguo y majestuoso órgano de 5.500 tubos. Dos diputados afirmaron, en una entrevista, que se registraban tres actos contra la Iglesia por día en Francia.

Y no sólo es Francia, los atentados están aumentando en toda Europa; en la India incrementaron un 40% en el primer semestre de este año.

Otra particularidad de odio anticristiano hemos visto en las protestas ocurridas en países como Chile, México, Argentina, al grito de la revolucionaria frase del teórico anarquista ruso Piotr Kropotkin: “la única Iglesia que ilumina es la que arde”; destrozando Crucifijos, decapitando imágenes de la Virgen María o pintando el exterior de las iglesias con eslóganes antirreligiosos.
En los Estados Unidos, modelo de respeto democrático, algunos sectores dentro de manifestantes vandalizaron, en la Misión de San Gabriel de California, fundada por el misionero San Junípero Serra, fraile franciscano protector de los indios, su imagen; fue quien bautizara estas grandes ciudades del lugar con el nombre de Los Ángeles, San Diego, San Francisco. También fueron causados daños en algunas iglesias.

Más recientemente, la imagen de la Sangre de Cristo, de la Catedral de Managua, Nicaragua, con sus 382 años de antigüedad, quedó calcinada por manos criminales aún no identificadas. Hecho – según el Cardenal Arzobispo Leopoldo Brenes – “planificado con mucha calma”, “acto de terrorismo”, “un sacrilegio totalmente condenable”. Días antes, en el mismo país, una capilla en la ciudad de Nindirí fue profanada. Robaron la custodia del Santísimo Sacramento y copón del sagrario, regando por el suelo las Hostias, pisoteándolas, destruyendo imágenes, bancas y otros mobiliarios, reflejando una hostilidad anticatólica especial.

Extremismos ideológicos, motines anarquistas, exacerbaciones políticas, fanatismos religiosos, todo tipo de violencia, en diferentes países y variadas situaciones, pero con la característica que todos se congregan en un polo de odio contra la Santa Iglesia Católica. Una verdadera “pandemia revolucionaria anticristiana” de persecuciones, de actos de intolerancia religiosa. La intolerancia de los “tolerantes”.

Llama la atención que ocurren, no solamente ataques contra seres mortales – pues también acontecen asesinatos de misioneros, especialmente en el continente africano –, sino contra los edificios de iglesias o imágenes, que simbolizan tantas cosas celestiales. Embestidas criminales, actitudes ¿contra quién?, pues, contra Dios. Sí, contra Dios que está allí, patentemente representado.

¿Cambiaron los tiempos? ¿Hay una mudanza de actitud de los enemigos de Dios y de su Iglesia? ¿Estamos asistiendo a lo afirmado en el Mensaje de Fátima: vendrán “persecuciones a la Iglesia”? ¿Presenciando lo anunciado por Nuestro Señor Jesucristo: “si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn 15, 20)?


a Sagrada Escritura, ya en sus inicios nos relata, la caída de nuestros primeros padres, Adán y Eva, y la promesa de victoria, al decir: “pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la descendencia de ella; ella aplastará tu cabeza, tú pondrás asechanzas a su calcañar” (Gn 3, 15). Anuncia el nacimiento de dos razas espirituales, la raza de la Virgen, “ahora sois hijos de la luz” (Ef 5, 8-9) y la raza maligna de la serpiente, Satanás, aquellos que practican “las obras de las tinieblas” (Ef 5, 11). El enfrentamiento entre ambas sólo cesará, en el fin del mundo. Pero, a lo largo de la Historia, la raza de la serpiente, ha ido – según le era conveniente por las circunstancias – escondiendo o mostrando, sus “garras”.

Vemos, en nuestros días, a los fieles católicos presenciando entristecidos, llenos de perplejidad y hasta con cierto temor, estos sacrílegos acontecimientos. Frente a los peligros que eso significa, quieren mantenerse fieles, pues tienen el cuño de Dios grabado en sus corazones. En el decir de San Pablo: “con temor y temblor”, “como hijos de Dios sin tacha, en medio de esta generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, manteniendo firme la palabra de la vida” (Flp 2, 12-15).

El mundo de hoy vive “en las tinieblas” de la fe. El mal, en pleno siglo XXI, con todos los medios materiales para destruir el Bien, teme la palabra de los buenos. Sabe que l Bien es invencible y que la Iglesia es inmortal.

La causa profunda de este odio, detrás del cual evidentemente está el demonio, es el reflejo en los hijos de la Virgen, los católicos fieles, de su Inmaculada Pureza. Encontramos allí la causa más profunda del odio de tantos atentados.

A pesar de las aparentes desproporciones ante el poderío de los malos, nos debemos alegrar porque la victoria será siempre de la Santísima Virgen, “porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 37).

La Virgen Santísima es la Reina que vino – a través de sus diversas apariciones a lo largo de los últimos siglos – a preparar a la Humanidad para los embates por excelencia entre estas dos razas: los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas. Dando fervor a los buenos y confundiendo a los malos. La lucha que nos relata el libro del Apocalipsis fue un preanuncio: “un gran signo apareció en el Cielo: una mujer vestida de sol, y con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”, “y apareció otro signo en el cielo: un dragón rojo”, “y hubo un combate en el cielo: San Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón”, “y no quedó lugar para ellos en el cielo” (Ap 12, 1-8).

Termino aquí este apasionante tema con una respuesta a los que blasfeman, gritando enardecidos como demonios, contra la Santa Iglesia: “Dios no existe” o “Iglesia basura”, con la frase del poeta francés Edmond Rostand: “insultad al sol que él brillará de la misma forma”.

31Ago/20

OMNIPOTENCIA SUPLICANTE

OMNIPOTENCIA SUPLICANTE

Plinio Corrêa de Oliveira
(Extraído de conferencia de 21/9/1991)

Mediante la Encarnación del Verbo en el seno purísimo de María, Dios, por un acto de su infinita bondad, creó los vínculos que lo ataron al género humano. Y Nuestra Señora, convirtiéndose en su Madre, pasó a ser también la Madre espiritual de todos los hombres.

En vista de esto, cuando Ella pide a su Divino Hijo por nosotros, es como una madre que intercede junto a un hijo en beneficio de otro hermano.

Es imposible no atenderla. Por eso los teólogos atribuyen a Nuestra Señora el título de Omnipotencia Suplicante. En virtud de sus insondables perfecciones, Ella siempre es oída por Dios en sus súplicas a favor nuestro, y nos obtiene de Él aquello que, por nosotros mismos, no mereceríamos.

¡Cuántos ejemplos prueban esa solicitud incansable de María hacia los hombres! Se comprende, así, la importancia de la intercesión de Nuestra Señora, cómo ella alivia nuestra penosa existencia y llena de júbilo nuestras almas. Cómo sería lúgubre la vida de un católico si no fuese por la protección de la Virgen.

Al contrario, cómo ella es leve, llena de esperanza, de perdón y de afecto materno, con la asistencia continua de María, ¡la Omnipotencia Suplicante!

12Ago/20

LA ASUNCION

Triunfante como la aurora se elevó a los cielos la Virgen María

La fiesta de la Asunción, que se conmemora el día 15 de agosto, nos convida a meditar sobre a gloria inefable de la Virgen María, al Paraíso de Dios.
Pedro Morazzani Arráiz, EP

Cuanto el hombre se ahonda más en el conocimiento de Dios, más comprende que no conseguirá abarcarlo, tales son las grandezas y los misterios con los cuales se depara.

El Creador, que establece las reglas, se complace en crear magníficas excepciones.

Tres creaturas no podrían ser creadas en grado más excelente, nos enseña la Teología. La primera de ellas es Jesucristo, Hombre Dios: imposible ser más perfecto, nada tendríamos para aumentarle. La segunda, María: “casi divina”, es la expresión utilizada por varios teólogos para referirse a la Madre del Redentor. Y, por fin, la visión beatífica, el Cielo: el premio reservado a los justos no podría ser mejor ni mayor. ¡Es el propio Dios que se da a los Bienaventurados!

¿Por qué murió la Madre de la Vida?

En María Santísima está la plenitud de gracias y de perfecciones posibles a una mera creatura. Según la bella expresión de San Antonino, “Deus reunió todas las aguas y la llamó mar, reunió todas las sus gracias y las llamó María”. Desde toda la eternidad, el decreto divino establecía el singularísimo privilegio de que la Virgen Santísima haya sido concebida libre da mancha original.

Este privilegio que es proprio de Aquella que engendraría en su seno el proprio Dios.

Transcurrida su vida en esta tierra, ¿qué sucedería con nuestra Madre?

Ella, que había dado a luz, alimentado y protegido al Niño Dios, y recibido en sus brazos virginales el cuerpo dilacerado de su Hijo y Redentor, estaba lista para exhalar el último suspiro.

¿Cómo podría pasar por el trance de la muerte aquella Virgen Inmaculada, nunca tocada por la más leve sombra de cualquier falta?

Sin embargo, como el suave declinar del sol en un magnífico atardecer, la Madre de la Vida rendía su alma. ¿Por qué moría María? Habiendo Ella participado de todas as dores da Pación de Jesús, no quiso dejar de pasar por la muerte, para imitar en todo su Dios y Señor.

¿De qué murió María?

Perfectísima era la naturaleza de la Virgen María. En efecto, afirma Tertuliano que “se Dios empleó tanto cuidado al formar el cuerpo de Adán, por la razón de su pensamiento volar hasta Cristo, que debería nascer de él, ¿cuánto mayor cuidado no habrá tenido al formar el cuerpo de María, de la cual debía nascer, no de modo remoto y mediato, sino de modo próximo e inmediato, el Verbo Encarnado?” (1)

Además, escribió Santo Antonino, “la nobleza del cuerpo aumenta y se intensifica en proporción con la mayor nobleza del alma, con la cual está unido y por la cual es informado. Y é racional, pues la materia y la forma son proporcionadas una a la otra. Siendo, por tanto, que el alma de la Virgen fue la más noble, después de la del Redentor, es lógico concluirse que también su cuerpo fue el más noble, después del de su Hijo” (2).

Al alma santísima de María, concebida sin pecado original y llena de gracia desde el primer instante de su existencia, concernía, por tanto, un organismo humano perfectísimo, sin el menor desequilibrio.

En consecuencia de su virginal naturaleza, Nuestra Señora fue inmune a cualquier enfermedad, y jamás estuvo sujeta al quebranto natural del cuerpo causado por la edad.

¿De qué murió, pues, la Madre de Dios?

El término de la existencia terrena de María se debió a la “fuerza del divino amor y al vehemente deseo de contemplación de las cosas celestiales, que consumían su corazón” (3).

¡La Santísima Virgen murió de amor!

Sano Francisco de Sales asía describe ese sublime acontecimiento:

“¡Cuán activo y poderoso (…) es el amor divino! Nada de extraño si os digo que Nuestra Señora de él murió, pues, llevando siempre en su corazón las llagas del Hijo, las padecía sin consumirse, pero finalmente murió por el ímpetu del dolor. Sufría sin morir, entretanto, por fin, murió sin sufrir.

“¡Oh, pasión de amor! ¡Oh, amor de pasión! Si su Hijo estaba en el Cielo su corazón ya no estaba en Ella. Estaba en aquel cuerpo que amaba tanto, hueso de sus huesos, carne de su carne, y al Cielo volaba aquella águila santa. Su corazón, su alma, su vida, todo estaba en el Cielo: ¿por qué había de quedarse aquí en la tierra?

“Finalmente, después de tantos vuelos espirituales, tantos arrebatos y tantos éxtasis, aquel castillo santo de pureza y humildad se rindió al último asalto del amor, después de haber resistido a tantos. El amor la venció, y consigo llevó su beatísima alma” (4).

Esa muerte de María, suave y bendita como un lindo atardecer, la Iglesia designa por el sugestivo nombre de “dormición”, para significar que su cuerpo no sufrió la corrupción.

Llena de gracia y llena de gloria

¿Cuánto duró la permanencia del purísimo cuerpo de María en el sepulcro?

No lo sabemos. Pero, según la tradición, muy poco tiempo estuvo el alma separada de su cuerpo. Y, en la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, afirma el Papa Pio XII: “Por un privilegio enteramente singular, Ella venció el pecado con su Concepción Inmaculada; y por ese motivo no fue sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar la redención del cuerpo hasta el fin de los tiempos”.

Así, resplandeciente de gloria, el alma santísima de Nuestra Señora reasumió su virginal cuerpo, volviéndolo completamente espiritualizado, luminoso, sutil, ágil e impasible.

Y María — que quiere decir “Señora de Luz” — se elevó en cuerpo y alma al Cielo, en cuanto las incontables legiones de las milicias celestes exclamaban maravilladas al contemplar su Soberana cruzando los umbrales eternos:

“¿Quién es esta que surge triunfante como la aurora, esplendorosa y bella como la luna, refulgente e invencible como un sol que sube en el firmamento y terrible como un ejército en orden de batalla?” (5).

Y se oyó una gran voz que decía:
“E aquí el tabernáculo de Dios” (Ap. 21, 3).

La Hija bien amada del Padre, la Madre virginal del Verbo, la Esposa purísima del Espíritu Santo fue coronada, entonces, por las Tres Divinas Personas para reinar en el universo, por los siglos de los siglos, “a la derecha del Rey” (Sl 44, 10).

El Dogma

La verdad de esta glorificación única y completa de la Santísima Virgen fue definida solemnemente como dogma de Fe por el Papa Pío XII, en el día 1º de noviembre de 1950, con estas bellas palabras:

“Después de haber dirigido a Dios repetidas súplicas, y de haber invocado la luz del Espíritu de la verdad, para la gloria de Dios omnipotente que a la Virgen María concedió su especial benevolencia, para honra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y triunfador del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de su augusta Madre y para gozo y júbilo de toda la Iglesia, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Bienaventurados Apóstoles San Pedro y San Pablo y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos que: La Inmaculada Madre de Dios, la siempre virgen María, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.

1) De resurrectione carnis, c. VII.
2) Cfr. Gabriel Roschini, Instrucciones Maríanas, Ed. Paulinas, São Paulo, p. 202.
3) D. Alastruey, Tratado de la Virgen Santísima, p. 414.
4) São Francisco de Sales, Obras Selectas, B.A.C., p. 480.
5) Cfr. Cant. 6,10