MÁRTIRES EN EL SIGLO XXI

P. Fernando Gioia, EP
www.reflexionando.org

Al escuchar la palabra “mártires” no deja de venir a nosotros el recuerdo de los primeros cristianos que derramaron su sangre, especialmente en Roma. La figura del Coliseo se presenta a nuestros ojos. Este enorme anfiteatro con su arena llena de bendiciones, escenario del martirio de tantos en la época de las persecuciones, sucesos siniestros, al mismo tiempo magníficos. Aparece la imagen del pódium donde las autoridades asistían al martirio de los cristianos devorados por las fieras. Sin la menor duda el sufrimiento de estos mártires estaba unido, místicamente, a los cristianos de todos los tiempos.

Aquellos hombres y mujeres ofrecieron sus vidas resistiendo a la presión del ambiente idolátrico y paganizado que los rodeaba, manteniéndose fieles a la gracia de conversión que habían recibido al conocer la Santa Iglesia Católica en su caminar inicial, con espíritu indoblegable y total entrega. Negarse a echar incienso a los “dioses” paganos era motivo causal de ser lanzado a las fieras para ser devorado.

Recuerdo las bellas palabras que monseñor João Scognamiglio Clá Días, fundador de los Heraldos del Evangelio, escribió como meditación, estando dentro del propio Coliseo en febrero de 1993. Parafraseamos algunos trechos del agradable texto literario.

“Justo al lado del estrado donde se ponían los emperadores para deleitarse con el despedazamiento de los cuerpos de los mártires, lugar central y más importante de la platea de este histórico, terrible y grandioso Coliseo, puedo asistir, con la memoria y la imaginación, a innumerables martirios”. Los victimados eran “objeto de escarnio de aquellos paganos a la espera del trágico momento en el que suelten a las bestias hambrientas en la arena. Los abucheos, para ellos, no representaban nada. Fueron estímulo para creer en los coros de los Ángeles y de los Bienaventurados que están esperándolos, más allá de las murallas de las aparentes realidades de esta vida, con una palma y una corona”. Grita la multitud, silencio y un gran suspense: “las fieras hambrientas irrumpen en la arena y avanzan impetuosas sobre las puras e inocentes víctimas para devorarlas”.

“Terminada la cruel matanza, entraban los gladiadores para encadenar los animales que saciaron su bestial apetito con las carnes de un nuevo serafín. La arena está vacía, el espectáculo ha terminado, la asistencia, frustrada, se retira lentamente. ¡Vaya demostración de fe y de nobleza habían presenciado! Los cristianos permanecen. Cuando el manto de la noche empieza a cubrir la ciudad, se meten en la arena en busca de la tierra transformada en reliquia, al estar empapada con la sangre de aquellos mártires, que hoy constituyen una verdadera legión en el gozo de la visión beatífica. Este edificio es evocativo: cada piedra tiene una bella historia para contar, a decir una palabra sobre aquel pasado cubierto de sangre, dolor y gloria. ¡Oh arena que fuiste el pedestal de tantos Bienaventurados!”

Bien se dice: “sangre de mártires, semilla de cristianos”. Así ocurrió. Millones, sí, millones de cristianos fueron martirizados de las formas más horrorosas en los primeros siglos del cristianismo. Su sangre abrió camino a la conversión de tantos y tantas a la fe cristiana.

Pasaron casi dos mil años. Sin embargo, a lo largo de los siglos, en todo el orbe, hemos presenciado momentos de persecución religiosa con mucha sangre derramada por aquellos que no aceptaban someterse a religiones paganas, ideologías ateas o por ser misioneros de la fe católica en regiones que estaban a la espera del anuncio del Evangelio.

En nuestro siglo XXI, tan lleno del palabreado sobre los derechos humanos, del derecho de practicar cualquier religión, ideología o formas de vida, encontramos situaciones que nos dejan tristes, llenan de indignación, y nos hacen reflexionar.

En nuestros ambientes –mismo dentro de los efectos de una pandemia que no acaba–, vivimos una tranquilidad que mejor sería calificarla de “pseudo normalidad”. Despreocupados podemos, mal que mal, ir al centro comercial, al supermercado, al cine, ejercer algún deporte, caminar por las calles, ir a Misa, viajar. Como católicos, mismo como creyentes, no tenemos, al momento, oposición abierta a nuestras convicciones religiosas.

No podemos dejar de comparar nuestra situación con la de aquellos cristianos que, en tierras africanas, en variados países, sufren una tenaz persecución que los lleva, inevitablemente a la muerte si mantienen su fe, basada en los mandamientos de la Ley de Dios y las enseñanzas de la Santa Iglesia y, más aún, si son misioneros.

Es lo que está ocurriendo, por ejemplo, en Nigeria. Más de 1,400 cristianos fueron masacrados por grupos extremistas, batiendo el macabro récord del mayor número desde el año 2014 (según la Sociedad Internacional para las Libertades Civiles y Estado de Derecho). Por su lado, la Fundación Pontificia para Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIS) informó de un aumento en la persecución de los cristianos en África. A estos asesinatos se suman víctimas en otros países de este continente que, como sombra aterradora sobre la Iglesia, ocurren en Camerún, Chad, Kenia y Somalia. Mons. M. Kukah, obispo de Sokoto, en Nigeria, declaró cuando la ejecución de diez cristianos un día después de la Navidad: “Forma parte de un drama mucho más amplio con el cual vivimos diariamente”.

Ellos, perseguidos y muertos sin piedad; nosotros, tranquilos gozando la “pseudo normalidad”.

Tomando conocimiento de estos hechos no podemos quedar en la misma actitud de espíritu. Sospechosa es la falta de información sobre el tema en los servicios de comunicación internacionales, tan rápidos en noticiar cierto tipo de acontecimientos. Parecen ciegos y sordos ante estos terribles eventos.

Por eso quiero, en este artículo, dar de mi parte, y ciertamente de muchos que estarán leyéndolo, mi acompañamiento, mi pesar, mi protesta indignada, por estos asesinatos a hermanos en la fe en tierras africanas. Que sepan ellos, “mártires del Siglo XXI”, sus familiares y amigos que, de corazón, estamos con ellos.

A distancia, desde nuestras “comodidades” –entre comillas pues no sabría decir hasta cuándo las tendremos– un saludo, una oración, un abrazo a nuestros hermanos africanos que están sufriendo la persecución de aquellos que, exigiendo tolerancia para sus pensamientos extremistas religiosos o políticos, actúan con la más tenaz intolerancia frente a quienes quieren llevar la paz y la alegría de Cristo, Nuestro Señor, a los corazones.

Quiera Dios que la “sangre” de estos mártires sean “semilla” de nuevos cristianos y produzcan abundante cosecha para su Reino. Que Dios y la Virgen los acompañen.