14Ene/22

LOS OIDOS SAPIENCIALES DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA -I

LOS OIDOS SAPIENCIALES DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA -I

Revista Dr. Plinio en español No44, diciembre 2021

María Santísima es toda cristalina, hecha de dulzura y pureza, se diría que es un alma incapaz de odiar. Sin embargo, por el propio amor incondicional que Ella tiene a Dios, es imposible que no odie aquello que sea contrario a Él.

Nuestra Señora es la Medianera de todas las gracias y el punto de referencia de todas las alabanzas hechas a Dios. No podemos concebir una perfecta alabanza a Dios que no la tenga como punto de referencia.

Presentación de la Virgen María en el Templo – Museo de Dijon, Francia.

EL CAMINAR DEL ESPIRITU HUMANO.

El espíritu humano camina hacia el conocimiento de proche en proche, de cercano a cercano, pero en este caminar, ¿cuál es el cercano de aquel que es eterno, absoluto, perfecto, infinito, trascendente en relación con cualquier criatura? Dios vive, de un modo muy especial, dentro de las criaturas que ama. Entonces, ¿cómo habita en Nuestra Señora, que es tan especialmente objeto de su amor?

En Ella tenemos un modo de acercarnos más a Dios. Aunque Él es inaccesible, está a nuestro alcance, porque habita en Nuestra Medianera. Siendo el Palacio de la Trinidad, el Paraíso del Hombre-Dios, a través de Ella podemos tener con Dios ese contacto sin el cual no somos nada.

Por esta razón, para exaltar cualquier perfección divina, incluso su sagrada cólera, no podemos discurrir sin hablar de Maria.

CUANDO UN INDIVIDUO PECA Y SE AFERRA IRREVERSIBLEMENTE EN EL PECADO, SE VUELVE ODIOSO.

¿Cómo medir la ira del Corazón Sapiencial e Inmaculado de María? ¿Cómo podemos siquiera imaginar al Sapiencial e Inmaculado Corazón de María en cólera? Parece que las expresiones son contradictorias, antitéticas. En ella no podría haber cólera, Ella es toda cristalina, toda hecha de suavidad, de pureza. La colera parece una vibración de indignación, del amor propio contrariado, del egoísmo despreciado. ¿Cómo puede uno concebir disposiciones de alma tan bajas en aquella que es toda elevación?

¿A quién y cómo Nuestra Señora odió? A menudo se dice que Ella odió el pecado. Es verdad. Pero el pecado sólo existe en la persona del pecador. No hay pecado en abstracto. Antes de que Adán y Eva pecaran, no había pecado, porque no había pecadores. Existía apenas la posibilidad de que alguien pecara. Así, uno podría odiar esa posibilidad, pero el odio no tendría como objeto un ser existente. Si Adán y Eva hubieran tenido ese odio al pecado, como una eventualidad, habrían encontrado más recursos de alma para no pecar.

María Santísima odia en todos los pecadores aquello que es pecado y ama a los pecadores, porque ama en ellos la posibilidad de que, por disposición divina, se arrepientan. Pero la situación actual del pecador, mientras permanece en el estado de pecado, Ella odia.

¿Cómo lo odia? ¿Cómo podemos imaginar los odios del Sapiencial e Inmaculado Corazón de María?

Tengo la impresión de que con el pecado y con la virtud hay refinamientos. Algunos pecadores, por así decirlo, han llevado el pecado tan lejos como una criatura humana puede llevar la virtud. Y, al pie de la letra, pecaron todo lo que pudieron, es decir, lo que su condición les permite pecar. Al ser criaturas muy elevadas, tienen la posibilidad de pecar de un modo extremamente abominable. Dice el refrán popular: cuanto mayor es la altura, mayor es la caída.

Así, hubo criaturas de una naturaleza muy alta llamadas por Dios para manifestar un magnífico reflejo de las tres Personas Divinas. En el momento en que pecaron y se aferraron irreversiblemente en el pecado, estas criaturas se volvieron odiosas. Nuestra Señora al ser creada, y haber tomado conocimiento de estas criaturas y de la repugnancia del pecado cometido por ellas, no tuvo en relación con ellas sino odio.

María Santísima tiene en cuenta que el pecador forma un sólo todo con el pecado, así como la persona virtuosa forma un sólo todo con la virtud. Es más o menos como la persona fea y la fealdad; así como la belleza constituye un todo con la persona bella. Tanto la belleza como la fealdad son inherentes al ser de la persona.

Así también el pecado, con la diferencia de que este es elegido libremente por el pecador; y en eso la persona tiene exactamente la nota más humillante, porque ella vio y adhirió a eso por su propia voluntad.

EL ODIO ES MOVIDO POR EL AMOR

Entonces, por el propio amor insondable que Nuestra Señora le tiene a Dios, es imposible que no odie completamente a ese individuo al verlo tan opuesto al Creador. Para cada pecador a quien la Justicia Divina selló su destino condenándolo al infierno, María Santísima puede decir las palabras de la Escritura: “¡Te odié con perfecto odio!”  (cf. Sl 138, 22). Es un odio al que no le falta nada.

Este odio está hecho de una concepción muy recta y noble de cómo debe ser aquel ente, porque Nuestra Señora conoce la forma excepcional de como esa criatura debe ser imagen y semejanza de Dios, y ama mucho eso. Al ver que aquel ser rechaza esa perfección, transformándose voluntariamente en lo contrario, Ella percibe el refinamiento de maldad al que llegó y lo odia por completo, por amor a la misma perfección que Ella contempla en Dios.

Es forzoso que, amando mucho algo, se odie igualmente lo contrario. El odio y el amor se acompañan como la figura y la sombra.

LOS PIES PUROS DE NUESTRA SEÑORA PISAN CON ODIO A LOS CONDENADOS

Podríamos imaginar a Nuestra Señora en la presencia de Dios y, ante ella, un alma que va a ser juzgada. Si fue una persona virtuosa, la mira con amor y le dice: “Hijo mío, ¡cómo te pareces a mí y a los dones que Dios puso en Mí! ¡Quiero besarte, hijo mío, dame tu frente!”

De repente, aparece el alma de un pecador empedernido, trayendo la señal del diablo en su frente. Evidentemente, toda esa fuerza de atracción se convierte en rechazo, y las palabras de afecto se convierten en increpación: “Yo desvío de ti mi rostro, tengo horror ante el semblante que presentas, me causa asco e indignación. ¡Quiero pisar la fealdad que has adquirido por tu pecado, como aplasto la serpiente eternamente!”

Se podría pintar un cuadro que represente a la Santísima Virgen pisando a cada uno de los réprobos que están en el infierno porque, en realidad, sobre ellos pesa eternamente su odio total e implacable. Y Ella tendrá como una más de sus glorias pisar a los condenados, Ella podría decirle a Dios: “¡Os hago este acto de reparación, mi Creador, que sois mi Padre, mi Hijo y mi Esposo! ¡Estos miserables querían lo contrario a Vos, por eso mi pie purísimo, elemento integrante y ejecutivo de la criatura más elevada que vuestra Sabiduría y vuestro Poder engendraron, los aplasta con odio, y entono el cántico de ira y triunfo de todos los justos en el Cielo y en la Tierra!”

ELLA QUISIERA CASTIGAR A SALOMÓN, QUE LLEVÓ A LA PERDICIÓN AL PUEBLO ELEGIDO

De los muchos ejemplos que se podrían ofrecer, no hay ninguno que me cause tanto escalofrío como Salomón, el hijo muy querido, el rey que recibió de David la corona y la misión. David dejó listos los materiales y los planos para la construcción del Templo, pero fue Salomón quien tuvo la gloria de construirlo. Salomón, que es el autor del Libro de la Sabiduría, sin embargo, se prostituyó hasta el punto de adorar ídolos, se convirtió en un corrompido y murió en el libertinaje y la apostasía. ¿Cómo podría un alma caer así desde esa cumbre? ¡Este hombre, que escribió las palabras dictadas por el Espíritu Santo para ser comunicadas a la humanidad, de repente se transforma en ese vaso de abominación!

Al leer en el Libro de la Sabiduría el relato de la construcción e inauguración del Templo, ¡de qué amor el alma santísima de María debería sentirse llena! ¡Fue un reflejo perfecto del amor de Dios y cuánta gloria debió darle!

Sin embargo, al considerar la narración de la caída de Salomón, ¿cómo no podría sentir un odio tan grande cuanto el amor a Salomón en su justicia? ¿Cómo no sentir náuseas, asco, repulsa, deseo de rechazar y castigar a quien se ha convertido así en enemigo de Dios, llevando a la perdición al propio pueblo elegido?

HORROR IMPLACABLE A TODA FORMA DE PECADO

Es conocido que hubo santos que, al escuchar en Confesión a los penitentes, sentían el mal olor de sus pecados.

Cuando el mal olor es fruto simplemente de la negligencia de la persona al tratar con su propio cuerpo, causa un rechazo particular. Nadie tiene la culpa del mal olor del cuerpo causado por alguna enfermedad, pero ser negligente y no tener horror por el mal olor de sí mismo significa una forma de connivencia que contagia el alma de alguna manera con ese mal olor físico.

Por ejemplo, una persona que por negligencia nunca se cepilla los dientes y, por lo tanto, tiene un aliento horrible. Ella sabe que, si se cepillara los dientes, el mal aliento cesaría, pero no se cepilla porque no tiene horror al mal sabor y al mal olor de su boca. Eso nos hace pensar que esta alma tiene conaturalidad con ciertos defectos morales, y quedamos con horror del cuerpo que lleva a un horror al alma, mientras esta no tenga aversión a lo que es horrible para el cuerpo.

Ahora bien, el pecador que podría y debería salir de su pecado, pero se queda en ese estado, tiene incomparablemente más culpa y está más adherido al hedor de su alma que al mal aliento de su boca.

Imaginemos a Nuestra Señora sintiendo el mal olor del alma de Salomón, por ejemplo, que Ella, a posteriori, habrá conocido enteramente. Salomón, cuyas palabras deberían tener el aroma del incienso cuando se quema, el aroma de las frutas cuando alcanzan la madurez, después de que su prevaricación quedó con el olor nauseabundo de todas las podredumbres.

Si esto es así, podemos entender, entonces, el horror implacable de Nuestra Señora a toda forma de pecado.

MARÍA SANTÍSIMA CONOCE INCLUSO LO QUE ESTÁ OCULTO

Así también la Santísima Virgen, a quien nada permanecía oculto, al nacer conocía perfectamente la infamia en que había caído su nación en esos años. Ella sabía que el Mesías estaba por nacer en esos tiempos, pero veía el auge de degradación al que había llegado el pueblo judío. Nuestra Señora no podía dejar de ver, con mucha más lucidez que el profeta, esa visión de Ezequiel cuando fue llevado al interior del Templo y vio en sus recintos ocultos a los sacerdotes practicando la idolatría, pero ante el pueblo fingiendo adorar al Dios verdadero.

Ahora, María Santísima sabía que la clase sacerdotal se estaba preparando para caer en el abismo del deicidio, y que sería la promotora más activa de todas las calumnias contra Nuestro Señor. El Sanedrín era propiamente la fuerza deicida en Israel.

Debemos imaginar a la Virgen María niña entrando para el servicio del Templo, a la edad de tres años, y presenciando esta realidad bivalente: la casa de Dios, donde la gloria de Él habita, los justos van a rezar, su Divino Hijo iría a enseñar, es decir, todo el Templo era una espera ansiosa del Mesías que vendría; y al mismo tiempo, Ella veía, junto al culto verdadero, el culto secreto, disfrazado, abominable, y la prevaricación de toda la clase sacerdotal.

Alguien objetará:

  • ¡Pero ella solo tenía tres años!

Yo respondo:

  • Ella era Nuestra Señora…

No hay otra respuesta que dar. Ella ya lo sabía todo.

¡Con qué admiración ha penetrado en la casa de Dios! ¡Cuál no habrá sido el cántico de los ángeles al ver aproximarse aquella de quien nacería el Salvador y que era la nueva Arca de la Alianza, de la cual el arca guardada en el Templo con tanto respeto era sólo una prefigura!

REACCIÓN DE LAS ALMAS FRENTE A LA VIRGEN NIÑA

Podemos imaginar una u otra alma buena que estaba por allí, tal vez la Profetiza Ana, o el Profeta Simeón, y que, por misteriosas premoniciones, observando a aquella creatura dirían: “¡Qué gran llamado tiene esta niña!” Al verla pasar en el cortejo con las otras niñas educadas para el servicio del Templo, es posible que la hayan reconocido como una intercesora incomparable junto a Dios, y se hayan dirigido a Ella pidiendo favores celestiales. Y la futura Madre de Dios, por una de esas correspondencias internas del alma, daba a entender: “Yo tengo consonancia contigo, tú eres uno conmigo”. ¡Y aquella alma se bañada en alegría!

Probablemente algunos hicieron que sus vidas giraran en torno a Ella. Conociendo en las diversas ocasiones del día en donde estaba Nuestra Señora, miraban una habitación, por ejemplo, para ver si Ella aparecería en la ventana; o comprobaban qué recinto dejó la Niña para poder entrar allí poco después, y por este modo vivir en María, con María y por María, que era una forma anticipada de vivir en Cristo, con Cristo y por Cristo.

 Por lo tanto, debería haber almas fervientes alrededor de la Santísima Virgen a quienes Ella estimulaba cada vez más hacia el bien, elevándolas a una cumbre de santidad para ellas inimaginable. A otros que eran buenos, pero viviendo en la mediocridad, Ella los invitaba a levantar el vuelo rumbo a la perfección que deberían lograr, pero que no alcanzaron. A cada uno de ellos su presencia les decía: “O me amas, o te estancas. ¡Ha llegado tu hora! ¡Ven, hija mía!”

Finalmente, también estaban los hijos de Satanás, abominando cualquier forma de verdad, de bien o de belleza, y que al sentir su presencia, el demonio gruñía en su interior, se escondía, se agitaba, tenía miedo, sentía la necesidad de abandonar la presa y huir, pero armaba el alma de aquellos malditos contra Ella.

TENÍA ODIO Y FUE ODIADA


San Joaquín y Santa Ana – Museo de Arte Sacro, Évora, Portugal

Si un buen católico en el mundo de hoy produce división, ¿cómo no suponer que Nuestra Señora también dividió? No podía dejar de haber en el Templo, además de los amigos de la Virgen, los enemigos que desviaban de Ella la mirada y sentían malestar estando cerca, la odiaran y trataran de calumniarla o difamarla, intentaran de muchos modos serle nocivos, invocaran demonios para tentarla, para probarla, para que le negaran su comida, en fin, la sabotearan por todas las formas. Excepto por una disposición especial de la Providencia, esto debió haber sido así. Y tanto las almas que estaban a su favor como las opuestas terminaran articulándose. Por lo tanto, Nuestra Señora, en el Templo, hizo la Contrarrevolución, opuesta a la Revolución que se estaba preparando contra su Hijo.

Estas son hipótesis que giran en torno a la Santísima Virgen María y nos hacen entender cuál fue su vida, el papel que jugó el odio desde su primera infancia.

Llevo más allá mis conjeturas: creo que Nuestra Señora, cuando estaba en el claustro materno de Santa Ana, ya causaba malestar en los que eran satanás. El diablo, desde el momento en que María Santísima fue concebida, comenzó a perseguir a Santa Ana de una manera especial, surgieron antipatías, odios, así como veneraciones y simpatías, incluso antes de darse cuenta de que había concebido una creatura. De tal manera Nuestra Señora es lo opuesto al demonio, que tuvo que sentir la irradiación de la persona de Ella, instigar contra Ella el odio de aquellos en quien él habitaba. Imposible que no fuera así.

Vemos, por lo tanto, que, desde el primer momento de su ser, Ella tenía odio y fue odiada. Esta compresión y descompresión del odio y del amor representaron la propia trama de la existencia de Ella.

(Extraído de la conferencia del Dr. Plinio del 5/7/1980)

05Ene/22

MATERNIDAD DIVINA, ESENCIA DE LA DEVOCIÓN MARIAL

MATERNIDAD DIVINA, ESENCIA DE LA DEVOCIÓN MARIAL

Plinio Correa de Oliveira

Extraído de conferencia del 14/08/1965

Por ser el hombre compuesto de espíritu y materia, todo el cosmos se dignifica por el hecho de haber sido hecha la unión hipostática con la naturaleza humana.

Así se establece una jerarquía admirable, toda sembrada de contrafuertes: por encima de todo Dios, infinito, incomparable a cualquier criatura; en seguida, Nuestro Señor Jesucristo, después de quien se constituiría naturalmente un abismo si no fuese colocada una criatura humana, auge de todo cuanto puede ser la mera Creación: María Santísima, su Madre.

La Virgen y el Niño Museo de Bellas Artes, Bilbao, España.

Ella es el espejo más perfecto de Dios que pueda ser una simple creatura. Nuestra Señora es la Reina de los Ángeles, de los hombres, del Cielo y de la Tierra, revestida de todos los otros títulos, cualidades y gracias – incluso la mediación universal – por el hecho de ser Madre de Dios. La Maternidad de María, e algún modo, es la propia raíz y esencia de la devoción marial.

11Nov/21

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA: La sagrada unión entre Hombre y Mujer

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA: La sagrada unión entre Hombre y Mujer

Por Fernando Gioia, EP – Heraldos del Evangelio

Este vínculo sagrado, mutua entrega que exige plena fidelidad e indisoluble unidad, está ordenado a la procreación y a la educación de los hijos.  

“La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá, como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura”, con esta singular frase comienza la Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II, Familiaris Consortio/La Comunidad de la Familia, hace 40 años.

Transformaciones a través de las cuales – en estos momentos marcadamente – se sienten las fuerzas del mal intentando, por un lado, destruirla, y por otro, desformarla (FC, 3).

Ante tales embates, sentía el recordado Pontífice que muchas familias permanecían fieles “a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar”, pero veía penetrar otras incertezas, dudas o ignorancia y, con relación al significado último y la verdad de la vida conyugal y familiar, desánimo y angustia ante las dificultades crecientes.

La dignidad de esta bella institución, oscurecida por deformaciones, es “frecuentemente profanada por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación” (Gaudium et spes: GS, 47)

Célula primera y vital de la sociedad, no se basa en disposiciones humanas. Fundada por el Creador y en posesión de leyes propias, la íntima comunidad conyugal “se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable” (GS, 48).

Los esposos se dan y se reciben mutuamente: “Yo te recibo como esposo/a y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. Se han convertido en cónyuges, unidos por un yugo libremente acogido, en una sola esperanza. Entregándose uno al otro sin reservas, no se pertenecen más a sí mismos. Marido y mujer pasan a ser una sola carne, un solo corazón, una sola alma, aún en la diversidad de sexo y de personalidad. Bien afirmaba el Papa Emérito, Benedicto XVI, que: “la profundidad y la belleza (del matrim0nio) radican precisamente en el hecho de que es una opción definitiva” (31-8-2006).

Nace, en esta complementariedad entre persona femenina y masculina, semejante y desemejante, ante los hombres una institución confirmada por la ley divina; primera escuela de virtudes sociales, “escuela del más rico humanismo” (GS, 59), fundamental para el desarrollo de la sociedad.

Importa considerar que el orden social está profundamente relacionado con el bien de la familia, que concede al mundo la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida, “llamada a santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al mundo” (FC, 55).

Institución natural – de “derecho natural” diríamos en terminología jurídica – que está ordenada al: “sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Gén 1, 28); razón por la cual, necesariamente, tiene que ser una alianza estable. Esta unión matrimonial forma, con sus hijos, una familia. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer” (Mt 19, 5). San Pablo utiliza la imagen del matrimonio para expresar la relación de Cristo con la Iglesia, esa unión no temporal o experimental, sino fiel e indisoluble: “este es el gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32).

Es crucial, hoy y siempre, pregonar los designios de Dios con la misma creación, origen y fundamento de la sociedad humana. Al principio, en efecto, “creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Dios los bendijo, y les dijo Dios: Sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 27-28).

Este vínculo sagrado, mutua entrega que exige plena fidelidad e indisoluble unidad, está ordenado a la procreación y a la educación de los hijos.  Marido y mujer, que por el pacto conyugal, “ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6).

Bien saben los nuevos cónyuges, en el momento de realizar el consentimiento legítimo comentado arriba, que el matrimonio no va a ser un caminar de delicias tras delicias. Será un recorrido que tendrá cruces, que deben de ser aceptadas en armonía, santificándose el uno al otro, y los dos santificando a sus hijos. El amor madura en los caminos que tienen sufrimiento en su recorrido. “La verdadera belleza necesita también de contraste. Lo oscuro y lo luminoso se completan” (Benedicto XVI, Ídem). Así, la familia será lo que sea el matrimonio, y éste ayudará para la salvación de los demás, antes que nada, del otro, de los hijos, y de toda la comunidad.  

No queda duda, por lo tanto, que la familia es un bien, una obra divina. Pero, a lo largo de los últimos decenios, estos principios comenzaron a ser cuestionados, cuando no negados, escarnecidos y despreciados.

Alarma el ocaso de valores fundamentales en el mundo actual que repercute en la esencia del matrimonio: la desacertada concepción de la independencia de los cónyuges entre sí, las ambigüedades sobre la autoridad de padres, las dificultades en la transmisión de valores, el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, etc. Unas familias sufren falta de medios de supervivencia (trabajo, alimento, vivienda, salud), otras, en su excesivo bienestar, navegan en el consumismo moderno. Todas, peor aún, sufren la presión de los medios de comunicación y de redes sociales que – no pocas veces – obscurecen los valores morales basados en los Mandamientos de la Ley de Dios.

Deseamos que esta “pequeña Iglesia” o “iglesia doméstica”, llamada a ser signo de unidad para el mundo y a ejercer destacada influencia en la sociedad, “vuelva a remontarse a lo más alto. Es necesario que sigan a Cristo” (FC, 86).

Recemos, por tanto, para que la Sagrada Familia, probada por la pobreza, la persecución y el exilio: San José, la Virgen María y Cristo Jesús, Rey de las familias, guarden, protejan e iluminen siempre a todas las familias. Pues, como exclamaba San Juan Pablo II, para no ceder a los espejismos actuales: “¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!” (FC, 86).

17Oct/21

UNA DEVOCIÓN DE LUCHA

UNA DEVOCIÓN DE LUCHA

Revista Dr. Plinio en español – No. 41 – septiembre 2021    –
El Rosario otorga a la meditación de la vida de Nuestro Señor la nota mariana por excelencia, teniendo por detrás la verdad de Fe que debemos anhelar, desde el fondo de nuestra alma, se convierta en dogma: la Mediación Universal de María.

Dada la grandeza de la fiesta del Santo Rosario, es importante decir una palabra sobre esta devoción que consiste en la meditación de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de la vida de Nuestro Señor Jesucristo hecha en el Rosario, cada parte con cinco misterios.

La persona verdaderamente piadosa reza al menos una parte del Rosario al día.

Ciertamente es magnífico meditar en los misterios de la vida de Nuestro Señor. Además, los misterios allí señalados, en aquel elenco, aunque no sean los únicos, están muy bien concatenados y expuestos, y podemos percibir fácilmente el provecho que las almas obtienen con esta meditación.

Sin embargo, debemos reconocer que existen en la Iglesia otros métodos de meditación sobre los misterios de la vida de Nuestro Señor. Tenemos, por ejemplo, la meditación hecha de acuerdo con los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Esta técnica ignaciana se puede aplicar a cada uno de los misterios del Rosario. Hay otra devoción que medita magníficamente los misterios dolorosos: el Vía Crucis.

– Nuestra Señora del Rosario – Monasterio de San Pelayo de Antealtares,
Santiago de Compostela, España –

Por lo tanto, aunque el Rosario sea una devoción muy importante, considerado en su última coherencia no es más que otra presentación de estilo de meditación y acto de piedad que la Santa Iglesia, en su empeño maternal, multiplica de diversas maneras.

Y debido a esto, la siguiente pregunta no tiene una explicación muy clara: ¿Por qué todos los enemigos de la Iglesia odian tanto el Rosario? Lo odian y lo combaten más que todas las devociones similares. ¿Por qué también, por otro lado, el Rosario es objeto de una especial predilección de los verdaderos hijos de Nuestra Señora y de la Iglesia, de modo que tengan un gran aprecio, no sólo al método, sino a algunos imponderables vinculados al mismo objeto de piedad utilizado continuamente como una especie de garantía de bendición, de favor de Nuestra Señora, al punto de que, por ejemplo, no se concibe una persona verdaderamente piadosa que no lleve siempre consigo su rosario y que no rece al menos una tercera parte al día? Y no se concibe un miembro de nuestro Movimiento que no rece el Santo Rosario, es decir, las tres terceras partes todos los días; o que, al no poder rezarlo por justas razones, no tenga por causa de esto un gran dolor y una viva esperanza de retornar a rezar el Rosario.

Una de las bellezas de la Iglesia Católica.

Hay muchas órdenes religiosas que utilizan el Rosario como un elemento integral de su hábito. Está extendida la costumbre de enterrar los difuntos con un rosario entrelazado en las manos. Quiere decir, para esperar la resurrección de los muertos, el verdadero católico no se contenta con ir a la tumba con un crucifijo, sino ir también con el Santo Rosario. Son sin número las indulgencias con las que los Papas cubrieron el Rosario. La invocación de Nuestra Señora del Rosario es muy generalizada: catedrales, diócesis, familias religiosas, personas que utilizan el nombre de “Rosario” en varias naciones.

Por todos lados el Rosario goza de una influencia, una aceptación por parte de los buenos, sólo comparable al odio que experimenta por parte de los malos. Son varios los hechos que narran cómo el demonio, buscando atormentar a esta o aquella alma, retrocede cuando la persona atormentada lo enfrenta con el Rosario. Todo aquel que tiene un mal espíritu odia el Rosario, lo subestima o lo combate directamente. Por ejemplo, los jansenistas lo odiaban, los protestantes lo odian.

Entonces nos podríamos preguntar la razón de esta gloria especial del Rosario para la que, después de todo, no encontramos un fundamento al analizar a fondo esencia del Rosario, que es la meditación sobre los misterios de la vida y la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Me parece que, desde el principio, debemos reconocer que esta es una de las bellezas de la Iglesia Católica. Siendo que es extraordinariamente precisa en su pensamiento teológico, y sin embargo, está lleno de imponderables, que en algunos aspectos, constituyen el jugo de la devoción.

Mediación Universal de María Santísima.

Tomemos como ejemplo la admirable devoción del Vía Crucis. En ella se encuentra algo de la ternura de San Francisco de Asís, y sus imponderables invitan a una meditación enternecida, conmovida de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y de su sagrada muerte, de una manera especial. Hay un espíritu que fluctúa alrededor del Vía Crucis que constituye quizás lo mejor de su eficacia. Es una gracia específica vinculada con esta forma de devoción.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio son también una forma no exactamente de devoción, sino de meditación que trae consigo una gracia especial de lógica, energía, honestidad de conciencia y generosidad al poner a los fieles ante los problemas relacionados con su salvación eterna.

En el Rosario, la gran fuente de inspiración de nuestra meditación y el objetivo inmediato de nuestra oración es la Santísima Virgen. En mi opinión, es debido a este enfoque tan especial de Nuestra Señora que el Rosario constituye la devoción mariana por excelencia, teniendo por detrás la gran verdad de Fe, que debemos anhelar desde el fondo de nuestra alma que se convierta en un dogma: la Mediación Universal de María.

El sistema de rezar el Rosario apelando a Nuestra Señora en todo, rezando Avemarías mientras se considera algún episodio; ahora relacionando la oración con el acontecimiento, ahora concentrando la atención principal en el misterio, ahora en el Avemaría, en todo caso, siempre en una unión continua con Nuestra Señora; este es el carácter mariano que, en mi opinión, constituye el jugo del Rosario, porque esta devoción no tendría sentido si la Mediación Universal de María no fuera verdadera.

Debido a que representa un preludio de toda la teología de San Luis María Grignion de Montfort, de la verdad de Fe relativa a la Mediación Universal, el Rosario es tan odiado por el demonio. Y es por este imponderable que debemos aferrarnos mucho al Rosario.

En suma, debido a la nota mariana que el Rosario da a la meditación sobre la vida de Nuestro Señor, es una señal de la predilección de la Virgen el hecho de que alguien tenga una devoción especial al Santo Rosario. También es una señal de que Ella ama a alguien el hecho de que, a través del Rosario, lleve su alma a amar una posición que solo se justifica frente a la Mediación Universal. Por lo tanto, el Rosario es el verdadero símbolo de la devoción del fiel a Nuestra Señora, de aquel que quiere pertenecer a Ella plenamente.

Que Nuestra Señora nos haga luchadores enteramente de ella.

Esto se confirma por el odio del demonio y de los malos a esta devoción. A veces son más perspicaces que los buenos; y cuando odian mucho algo, podemos estar seguros de que eso es realmente bueno.

La razón por la que, al decorar nuestra sede principal, colocamos en la puerta de la capilla un Rosario pendiente de una espada, es para llamar la atención sobre dos verdades o dos pensamientos que deben marcar a quienes allí entran: en primer lugar, la fidelidad al Rosario y, a través de él, esta devoción omnímoda a Nuestra Señora, que es, al final de cuentas, la Mediación Universal. Después, la espada que nos recuerda al espíritu de lucha.

No es apenas por adorno que está allí, sino se colocó a propósito así, para llamar la atención de los que entran y marcar como prefacio, preparando una especie de golpe en la mentalidad del que entra, para adquirir el espíritu que se debe tener dentro de esa capilla. Este simbolismo es un estímulo continuo que queremos dar, para que se practique cada vez más la devoción al Santo Rosario.

Queda entonces, este pensamiento para recordar que el Rosario es una devoción de lucha y que vivimos en un tiempo de batallas. Por lo tanto, pidamos a Nuestra Señora que nos haga luchadores auténticos, enteramente de Ella. No conozco mejor pedido para ser hecho a través del Santo Rosario.

(Extraído de la conferencia de 6/10/1966)

19Sep/21

LAS REALIDADES TERRENAS DEBEN SER PARECIDAS CON LAS DEL CIELO

LAS REALIDADES TERRENAS DEBEN SER PARECIDAS CON LAS DEL CIELO

Revista Dr. Plinio en español – No. 41 – septiembre 2021

En la consideración de la fiesta de San Rafael Arcángel debemos impetrarle la graciade ver en todas las realidades terrestres la semejanza con las celestiales. Solamente, en la medida que amemos las realidades terrenas parecidas con el cielo, prepararemos nuestras almas para el Reinado de María Santísima y para la eterna beatitud.

San Rafael Arcángel Iglesia de los Jesuitas, Venecia, Italia
San Rafael Arcángel Iglesia de los Jesuitas, Venecia, Italia.

El culto a los Santos Ángeles está muy relacionado con nuestra espiritualidad, razón por la cual el estudio de los espíritus angélicos ocupa un papel muy importante en nuestros pensamientos.

PEDIR GRACIAS ESPIRITUALES Y TEMPORALES

San Rafael, como siendo uno de los más eminentes de los ángeles, naturalmente tiene un lugar privilegiado en nuestra devoción. Por otro la-do, el hecho de que él encamine las oraciones de los hombres hacia Dios y, naturalmente, a Nuestra Señora, que también es intercesora para los ángeles, es un motivo especial para que le demos culto a San Rafael.

El arcángel San Rafael es el Patrono de los que viajan y también de los enfermos. Hay tanta gente que, a uno u otro título, es enfermo. Considero una buena cosaque la persona, en relación a sus propias enfermedades, se comporte así: “Dios mío, os pido que me libréis de esta enfermedad, pero si no lo hiciereis, pues es de vuestro designio, haced por lo menos que yo saque todo el fruto espiritual de ella”.

Alguien podría pensar que pedir la salud no corresponde a una actitud perfecta, porque es una gracia temporal y no espiritual. Dios me libre de una religiosidad que sólo pida las gracias temporales; pero, que Él me libre igualmente de otra que juzga que hay una imperfección en pedirlas gracias temporales. Se debe pedir también “el pan nuestro de cada día”.

PROTOCOLO MONÁRQUICO DE LOS BUENOS TIEMPOS

Una de las nociones que se borraron mucho del culto de los ángeles, y que me parece interesante recordar, es la de que el cielo constituye una verdadera corte. Antiguamente se hablaba mucho de la Corte Celestial, que encuentra su fundamento en la idea de que Dios está delante de los ángeles y santos, en la Iglesia Gloriosa, como un rey delante de su corte.

Pero lo curioso es que algunas peculiaridades propias a las cortes existentes en la tierra, por las similitudes entre las cosas de la tierra y del cielo, acaban existiendo también en la Corte Celestial, constituyéndose una corteen el sentido mucho más literal de la palabra de lo que se podría imaginar.

Si consideramos un protocolo monárquico de los buenos tiempos, veremos que no era, según imaginan algunos, una cosa formal y completamente vacía; era la manera de regirla existencia de las varias personas al servicio del rey, de forma que todo se pasase de un modo práctico, sencillo y decoroso, facilitando toda la vida del monarca.

Así, por ejemplo, cuando el rey se colocaba a disposición para recibir los pedidos de sus súbditos, él los atendía teniendo en torno suyo, en las grandes ocasiones, a los príncipes de la Casa Real y personas de alta nobleza. Las peticiones eran presentadas por escrito; sin embargo, el interesado comparecía delante del monarca y podía dirigirle la palabra para decirle lo que quisiese. Algún príncipe, una personade alta categoría, o alguien que fuese allegado al interesado también podía decir algo. Entonces, el solicitante entregaba un rollo de papel con su pedido a un dignatario, que el rey examinaría después. Había una mesa sobre la cual iban acumulándoselas peticiones que después eran despachadas por un Consejo especial.

Se nota entonces una especie de jerarquía de funciones, de dignidades, de intercesiones que conducen al rey; y después, procediendo de él, llega a los particulares. Ése es el mecanismo de una corte.

PADRÓN PARA TODAS LAS CORTES TERRESTRES

En la Corte Celestial en último análisis existe el mismo protocolo y por las mismas razones. Dios Nuestro Señor – que evidentemente no necesita de nadie –, al haber creado seres diversificados es natural que entregue a ellos algunas misiones junto a Él, según una disposición jerárquica. Y también, que esos seres posean un brillo, un esplendor, una dignidad en la mansión celestial, correspondiente a las tareas de las que son incumbidos, tareas estas que a su vez corresponden a la propia naturaleza de ellos.

Así, está enteramente de acuerdo con el orden del universo que los seres humanos sean regidos por los ángeles, y éstos sean intercesores de los hombres junto a Dios. De manera que es verdaderamente una vida de corte, con un protocolo y una dignidad, que sirve de padrón para todas las cortes terrestres, e indica la necesidad de que exista un protocolo, una jerarquía, una diversificación de funciones. El ejemplo contrario de eso lo tenemos en los discursos de jefes de Estado y de sindicalistas modernos, teniendo una pilade gente atrás, decenas de micrófonos y gente alrededor conversando; el individuo interrumpe la arenga, da una orden para éste o aquél, cuenta un chiste y, después continúa hablando para la masa. Un caos en el cual no hay compostura ni dignidad. Y esa carencia de orden, compostura y dignidad van constituyendo la igualdad y la democracia.

Al contrario, en el estilo aristocrático-monárquico encontramos esa diferenciación, esa jerarquía que es la propia imagen del cielo, y comprendemos mejor aquella afirmación de Pío XII de que, aún en las democracias verdaderamente cristianas, es indispensable que las instituciones tengan un alto tonus aristocrático.

CONDICIÓN PSÌQUICA DE SOBREVIVENCIA EN LA TIERRA

La fiesta de San Rafael nos conduce exactamente a esa idea. Es un intercesor celestial de alta categoría que lleva nuestras oraciones a Dios, porque es uno de los espíritus angélicos más elevados que asisten junto a Él y, por lo tanto, están más próximos de Él para pedir por nosotros, constituyendo los canales naturales de las gracias que deseamos.

Esa consideración nos conduce a la idea de que debemos reforzar cada vez más en nosotros el deseo de que las realidades terrestres sean semejantes a las celestiales. Porque, sólo en la medida en que amemos las realidades terrenas parecidas con las del cielo, es como preparamos nuestras almas para la beatitud celestial. Si al morir no tenemos apetencia por las realidades terrestres parecidas con las celestiales, no tendremos apetencia del cielo.

Por lo tanto, hay algo en ese espíritu de jerarquía, de distinción, de nobleza, de elevación, que corresponde a una verdadera preparación para el cielo; preparación que es tanto más deseable cuanto más vayamos sumergiéndonos en un mundo de horror, en el cual todas las exterioridades con las cuales tomamos contacto son monstruosas, caóticas y desorganizadas.

Es una necesidad del espíritu humano, de modo a no sumergirse en la desesperación, que la persona pueda poner sus miradas extenuadas y doloridas en algo digno y bien ordenado. No es propio del hombre vivir en el mare magnum de cosas que caen, se sumergen y se deterioran. En algún lugar él necesita poner su alegría y su esperanza.

Pero de tal forma todo cuanto es digno va desapareciendo de este mundo que, o tenemos cada vez más nuestro deseo y esperanza puestos en el cielo, o no tendremos más condiciones psíquicas de sobrevivencia en la tierra.

Hubo una santa que tuvo una revelación en la cual vio a su propio ángel de la guarda. Era un ente de una naturaleza tan elevada, tan noble y excelsa, que ella se arrodilló delante de él para adorarlo, pensando que era el propio Dios. El espíritu celestial debió explicarle que él era sólo su ángel de la guarda, perteneciente a la jerarquía menos alta que existe en el cielo. En comparación con eso, ¿qué podemos imaginar de un ángel como San Rafael, de las más elevadas jerarquías?

SAN LUIS, REY DE FRANCIA, Y SAN RAFAEL, PRÍNCIPE CELESTE

Pero para no quedarnos en la concepción de un puro espíritu, podemos servirnos de una comparación antropomórfica que nos haga degustar mejor esa realidad, imaginando por ejemplo a San Rafael tratando con Nuestra Señora en el cielo, a la manera de San Luis Rey de Francia, hablando con su madre Blanca de Castilla.

Es sabido que San Luis era un hombre de alta estatura, gran belleza, muy imponente, de manera que al mismo tiempo atraía, infundía un respeto profundo y suscitaba un inmenso amor. Poseía el estilo de un guerrero terrible en la hora del combate, y era el rey más pomposo y decoroso de su tiempo.

Ese rey, en el cual brillaban todas las glorias de la santidad y que era un hijo muy amoroso, podemos imaginarlo en los esplendores de la corte de Francia conversando con Blanca de Castilla. ¡Cuánta distinción, cuánto respeto, cuánta elevación, cuánta sublimidad en esa escena! Ella nos da un poco la idea de lo que sería San Rafael dirigiéndose a Nuestra Señora. Un rey como San Luis era una especie de ángel en la tierra. San Rafael, vagamente puede ser considerado como una especie de San Luis celeste. Él es un Príncipe celeste; sólo con la diferencia de que San Luis era rey y San Rafael, no. Y Nuestra Señora es Reina a un título mucho más alto que Blanca de Castilla.

Por esta trasposición podemos tener un poco la idea, a la manera de hombres, de la alegría de la cual vamos a estar inundados en el cielo, cuando podamos contemplar a un arcángel como San Rafael; y todo cuanto veremos de Dios admirando a ese Príncipe celeste.

Pidamos a él que tengamos esa contemplación; pero también, que algo de esas ideas penetren en nosotros en esta vida, y que la consideración de ese orden ideal y realmente existente nos conforte para una esperanza del cielo y del Reinado de María, disipando toda la tristeza creciente de estos días en que los castigos previstos por Nuestra Señora en Fátima se van aproximando tan rápidamente de nosotros.

13Sep/21

LA IGLESIA:¿DEBE ACTUALIZARSE?

LA IGLESIA: ¿DEBE ACTUALIZARSE?

P. Fernando Gioia, EP
Heraldos del Evangelio
El futuro de la Iglesia vendrá de “aquellos que tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe”, no de aquellos que “solo dan recetas” o que “se acomodan al instante actual”, tampoco de los “que escogen el camino más cómodo”, ha de ser: “acuñado nuevamente por los santos”

“Porque no sois del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn 15, 18), advertía Nuestro Señor Jesucristo a sus Apóstoles resaltándoles que: “si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros” (Jn 15, 20).

En las primeras instrucciones después de su Resurrección, los envió a bautizar “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Sin embargo, también les dijo que enseñen: “a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28, 20); una forma de vivir que contrastaba, firmemente, con la que llevaban los hombres y mujeres de aquellos alejados y paganizados tiempos.

Previendo el rechazo del que sus apóstoles serían víctimas, no les dijo: “si en algún lugar no se os recibe ni se os escucha”, traten de adaptar un poco sus palabras para que obtengan aceptación. Sí les indicó, caso no fueran admitidos, tomar una fuerte actitud: “al marcharos, sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos” (Mc 6, 11).

Estos consejos nos introducen en una temática discutida entre los propios católicos y hasta en los que no lo son.

Queda claro que en momento alguno les indicó que se acomoden al modo de vivir del mundo, a los “signos de los tiempos” – palabra tan utilizada por aquellos que se consideran “modernos” o “progresistas” enfrentándose con los calificados de “conservadores” –; todo lo contrario, sino que enseñen una nueva forma de vivir a los que son del mundo.

Sucede que las duras verdades de la religión, a veces, contradicen las comodidades. Es así que se presenta el dilema del qué hacer, pues acomodarse sería hacer un rechazo a la misión que Dios les había confiado.

En los días de hoy nos encontramos ante un proceso de “cambios profundos y acelerados” (Gaudium et spes, 4) que, cuanto más cómodos, más aceptados son. “Vivimos bajo la impresión de un fabuloso cambio en la evolución de la humanidad” decía Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, en 1970 (Libro Fe y futuro, p. 61).

No son pocos los que se preguntan: ¿hay cosas que pueden cambiar?, ¿será que nos vamos adaptando a todo lo nuevo que viene?, ¿debe la Iglesia actualizarse a ciertas situaciones para no dar entrechoques?

Al mismo tiempo pareciera que nos encontramos en los   momentos en que: “Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque eran como ovejas que no tienen pastor” (Mc 6,34). El hombre moderno está, muchas veces, sin rumbo, por la falta de clarificación de la doctrina. Gran variedad de ideas y doctrinas son difundidas en la sociedad – y abundantemente en los medios católicos – sin saber cuáles están realmente de acuerdo con la enseñanza del Divino Redentor. Los hombres necesitan conocer la Verdad, vivimos una carencia clara de doctrina y de pensamiento. Urge ser infaliblemente fieles a Aquel que es el “Camino y la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

La Iglesia Católica, en el ejercicio de su misión, debe enseñar la verdad, gobernar de acuerdo a la verdad y santificar según la verdad suprema, que es el propio Dios, a un mundo que no está en posesión de la verdad. Si quiere salvar almas, instruyéndolas en las verdades de la religión, nunca puede adaptarse a los vicios de la sociedad humana con una verdad relativa, sino esforzarse por devolverlas a la verdad, ya que cualquier adaptación al espíritu del mundo fácilmente da lugar a desviaciones. La verdad enseñada por Nuestro Señor Jesucristo es única y absoluta, y no permite relativizaciones ni adaptaciones en aquellos lugares donde no sea debidamente escuchada.

El sol, que sustenta la vida en la tierra, él es él, sin adaptarse a nadie; esto hace que sea el eje y la fuente de vida, al no amoldarse y ser siempre el mismo. No es posible imaginar, en sentido contrario, a Nuestro Señor decidiendo adaptarse – por ejemplo – a aquellos que estaban en la sinagoga de Nazaret, no siento tan rígido. ¡Dejaría de ser Nuestro Señor!

Bien nos decía la Oración Colecta del XV Domingo Tiempo Ordinario: “Señor Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a cuantos se profesan como cristianos rechazar lo que sea contrario al nombre que llevan y cumplir lo que ese nombre significa”.

Una triste circunstancia refleja lo que estamos comentando. La Conferencia Episcopal de Alemania publicó terribles estadísticas que muestran el número de fieles que ha abandonado la Iglesia en ese país en los últimos tres años: más de 710.000 (CNA Deutsch, 14-7-2021).

“Profetizó” misteriosamente esta situación, cuando era un simple sacerdote, el actual Papa Emérito Benedicto XVI: “la crisis presente ¡decía en esos tiempos! – es sólo “la reanudación de lo entonces empezado, en el período del llamado modernismo, para la Iglesia vienen tiempos muy difíciles. Su auténtica crisis no ha comenzado. Hay que contar con graves sacudidas” (“Fe y Futuro”, 1970, p. 69 y 77). A seguir afirmaba, dando esperanza, que el futuro de la Iglesia vendrá de “aquellos que tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe”, no de aquellos que “sólo dan recetas” o que “se acomodan al instante actual”, tampoco de los “que escogen el camino más cómodo”, ha de ser: “acuñado nuevamente por los santos” (p. 74-75). Pero, terminaba: “estoy completamente seguro de que permanecerá hasta el final, la iglesia de la fe” (p. 77).

Muchos hechos acentúan, a todo momento, cómo la presente fase histórica que vivimos es palco de una crisis religiosa sin precedentes. En Friburgo, ya siendo Papa, no “profetizaba” sino que pedía una Iglesia que se separe del mundanismo: “para cumplir su misión deberá desligarse del mundo” (25-9-2011), es decir, menos espíritu del mundo, más fe. Se lamentaba, poco antes, “del éxodo del mundo de la fe”, en su país de origen. (Herder Korrespondenz/Gaudium Press, 26-7-2021).

Todo esto exige de los católicos una confianza inquebrantable en el triunfo de la Santa Iglesia – mismo que parezca dormida o en una aparente muerte –, que resurgirá y será exaltada, presentándose: “gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 27).

La Prensa Gráfica de El Salvador, 29 -8- 2021

www.reflexionando.org

20Ago/21

GRACIAS DE MARÍA EN LA AURORA DE SU REINO

GRACIAS DE MARÍA EN LA AURORA DE SU REINO

Revista Dr. Plinio en español No.40 agosto 2021

La fiesta de Nuestra Señora Reina (que celebramos el 22 de agosto), tal vez, es la más oportuna de ser evocada en los días que vivimos, porque a medida que la realeza de la Santísima Virgen es contestada, nosotros la debemos proclamar.

Siendo Nuestra Señora la Madre de Dios, Él quiso honrarla concediéndole la realeza sobre todo el universo: los Ángeles, Santos, hombres vivos, almas del Purgatorio, condenados y réprobos del Infierno, y demonios; todos le obedecen. Hay, por lo tanto, una mediación de poder y no apenas de gracia, por la cual Dios ejecuta todas sus obras por medio de Nuestra Señora. Ella posee el cetro, de modo a ser no solo el canal por donde el imperio de Dios pasa, sino la Reina que decide, siempre en conformidad con la voluntad divina, solo que con una piedad de Madre que Él no podría tener, por no estar en su papel de Padre y Juez. Así, la realeza de Nuestra Señora sobre el universo es una obra-prima de lo que podríamos llamar la habilidad de Dios para tener misericordia de los hombres.

Recordando este principio de la universalidad de la realeza de Nuestra Señora, debemos preguntarnos si en nuestro interior Ella es Reina de hecho. Para eso, no basta saber si estamos en estado de gracia; es necesario ir más lejos y preguntarnos si tenemos el espíritu de la Revolución o de la Contra-Revolución. Si la Revolución es la negación del Reino de María, quien participa de su espíritu no puede decir que contiene en sí ese Reino, pues él solo existe en el alma de quien posee, positiva y completamente, el espíritu contrarrevolucionario.

Participa de la Revolución todo aquel en cuya mentalidad existen ideas y tendencias consentidas que conducen a conclusiones y actitudes revolucionarias. Debemos, pues, esforzarnos para que no exista en nosotros ningún defecto de Revolución, de manera que los más puros principios contrarrevolucionarios estén entronizados en nuestra alma y seamos verdaderos adeptos de la Contra-Revolución.

Por otro lado, no basta que Nuestra Señora sea Reina en cada uno de nosotros. Es necesario que hagamos lo posible para que Ella reine en el mundo entero. Para eso, conviene que nos preguntemos qué hacemos por la realeza de María en la Tierra. ¿Somos apóstoles contrarrevolucionarios? ¿O somos inseguros, medrosos, callados, condescendientes con las máximas del mundo?

Pidamos a la Madre de Misericordia que arranque de nuestras almas cualquier fermento de Revolución; que Ella nos hable en la profundidad de nuestros corazones, mostrándonos lo que debemos hacer para ser auténticamente contrarrevolucionarios.

Imploremos que luzca ante nosotros la alborada del Reino de María con la comunicación de gracias mariales que harán de sus hijos y esclavos, los verdaderos Apóstoles de los Últimos Tiempos1.2

1) Apóstoles profetizados por San Luis María Grignion de Montfort, especialmente devotos de la Santísima Virgen, que trabajarán para la instauración del Reino de María.

2) Cf. Conferencia 22/5/1968.

09Ago/21

LOS ABUELOS ANCIANOS, LOS ENFERMOS Y LA EUTANASIA

LOS ABUELOS ANCIANOS, LOS ENFERMOS Y LA EUTANASIA

P. Fernando Gioia, EP

Los ancianos tienen la preciosa misión de ser “testigos del pasado e inspiradores de sabiduría para los jóvenes y para el futuro”, decía San Juan Pablo II en la Familiaris Consortio (27), incentivando a que se tenga una singular veneración y especial afecto para con ellos. Transmiten paz y tranquilidad, su experiencia de vida suaviza las discrepancias familiares. En los días de hoy, en que la palabra “derechos humanos” está en la boca o escritos de tantos, en los tiempos de “progreso” que vivimos, presenciamos una marginación toda especial para con ellos. Cuando no los “estacionan” en los últimos momentos de su larga vida en un asilo, sufriendo silenciosamente el drama de la soledad y falta de cariño familiar, los encaminan a la extrema situación opuesta: la eutanasia.

Ante la falta de familia, o del calor familiar, se multiplican hoy las alternativas de acompañamiento en residencias o en su propia casa por enfermeras. Muchos y buenos son los lugares de acogida de congregaciones religiosas, especialmente femeninas.

Pero, como alertaba hace años la asociación española SOS Familia, se comenzaba a propugnar lo opuesto, imponer una mentalidad rumbo a leyes que “libertarán a los ancianos, a las familias y a los Estados, del peso de la vejez. El trabajo de atenderlos, las herencias que llegan antes, los gastos de salud y las pensiones que se economizan” (La familia en peligro, p. 154). Así se comenzaba a proponer –desde la primera mitad del siglo XX– la macabra amenaza de adelantar la muerte.

El don de la vida, inscrito en la propia naturaleza humana, es irrenunciable. Pues, como bien se dice: “nadie elige nacer y nadie puede evitar la muerte”. El Dios de la vida es el Señor que domina la muerte: “Yo doy la muerte y la vida” (Dt 32, 39). Por eso la eutanasia es un homicidio de quien coopera con ella, y un suicidio de parte de quien la solicita. “Se peca contra Dios, cuyo dominio exclusivo sobre la vida del hombre se usurpa. Se peca contra la sociedad, privándola injustamente de uno de sus miembros. Se peca contra sí mismo, pues todo hombre está obligado a amar la propia vida” (La familia en peligro, p. 155).

Así como se pretende eliminar seres humanos con defectos físicos o psicológicos, lo que llaman “eutanasia eugénica”, también está la “eutanasia económica”, aplicada para los que constituyen una carga para la sociedad. Sus partidarios, en su diabólico afán, no dejan de presentar otro argumento, como el del sufrimiento “insoportable” de los últimos días de vida para justificarla.

Claro que se debe evitar, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia sobre el llamado “ensañamiento terapéutico” –que son los tratamientos médicos desproporcionados –, los cuales pueden ser interrumpidos, pues, “con esto, no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla” (CIC, 2.278). Si bien que, por otro lado, ante la muerte inminente, importa que la asistencia no puede ser legítimamente interrumpidos pues “los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de caridad desinteresada” (CIC, 2.279).

Valgan estas informaciones frente al método usado habitualmente por los materialistas y ateos de conmover a la opinión pública con casos individuales, totalmente excepcionales. Alegando una falsa compasión, silencian los principios morales. Usan el subterfugio del espejismo de una “dulce muerte” para los “cansados de vivir”. Si hasta lo presentan como un acto de piedad, y la bautizan de “asistencia médica para morir”, su colaboración para tener “una muerte digna”.

La eutanasia etimológicamente significa (del griego): buena (eu), muerte (thanatos). En concreto es: matar deliberadamente a un enfermo incurable para poner fin a su sufrimiento.

Fue Holanda el primer país en legalizar la eutanasia (2000), Bélgica lo acompañó en 2002. Esta onda fue avanzando en países como Dinamarca (retiro de tratamientos), Suecia y Suiza (asistir al suicida), China (a pacientes incurables) , Francia (casos excepcionales). Y así, en un avance procesivo, llegamos a las últimas y radicales aprobaciones de leyes sobre la eutanasia en España (junio, 2021) y Chile (aprobado por unanimidad en Diputados, abril de 2021).

La tradición ha hecho que se confíe en el médico en los momentos de enfermedad o sufrimientos, dada la actitud que tiene que adoptar, ejerciendo excelente servicio a la vida. Es el espíritu del juramento hipocrático.

Para escapar o huir de esta problemática se está empujando el tema hacia la “última voluntad”, es decir, que el propio paciente disponga de su vida, acercándose a lo que llaman de “suicidio asistido”, quedando en medio del suicidio y la eutanasia. El paciente elige (ya hay píldoras letales a disposición en Holanda y otros lugares), el médico daría las instrucciones como asistente, respetando la voluntad del enfermo. ¡Vaya sensibilidad moderna!, que incita a la muerte a los más débiles.

Proponen el “testamento vital”, en el cual la persona indica cómo quiere ser tratado, para deslindar responsabilidades del crimen que se ejecutará. Podemos preguntar ante el riesgo de “ser suicidado”: ¿será real el testamento?, dado que puede el enfermo estar deprimido o desalentado, no teniendo en torno de sí amor o calor humano y sobrenatural; ¿no habrá por detrás una intención mentirosa para eliminar a los disminuidos física, psicológica o espiritualmente?; ¿aquellos que, en prolongado sufrimiento, su mente perturbada por esta triste situación pueda llevarlos a pedir legítimamente la muerte, haciéndolo de buena fe?

La muerte no tiene vuelta atrás. En el mundo paganizado que vivimos, que perdió la certeza de la inmortalidad futura y la esperanza de la resurrección prometida, si no se proyecta una luz nueva sobre el sufrimiento y la muerte, no se tendrá la fuerza extraordinaria para confiar en los designios de Dios.

Digan lo que digan, es inadmisible asesinar a un pobre enfermo. La eutanasia sigue siendo –en el decir de San Juan Pablo II– un acto intrínsecamente malo: “una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana” (Evangelium vitae, 65).

Que San Joaquín y Santa Ana, cuya fiesta el 26 de julio celebramos, ayuden a nunca abandonar a los que sufren, a no rendirse nunca, a cuidar y amar para dar esperanza. Que quede claro para todos que provocar la muerte nunca puede ser una referencia para evitar el sufrimiento, que crezca en todo lugar la defensa de la vida y de los cuidados paliativos. Amén.

 

18Jul/21

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA:LA SAGRADA UNIÓN ENTRE HOMBRE Y MUJER

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA:
LA SAGRADA UNIÓN ENTRE
HOMBRE Y MUJER

P. Fernando Gioia, EP
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La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá, como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura”, con esta singular frase comienza la Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II, Familiaris Consortio/La Comunidad de la Familia, hace 40 años.

Transformaciones a través de las cuales –en estos momentos marcadamente– se sienten las fuerzas del mal intentando, por un lado, destruirla, y por otro, desformarla (FC, 3).

Ante tales embates, sentía el recordado Pontífice que muchas familias permanecían fieles “a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar”, pero veía penetrar otras incertezas, dudas o ignorancia y, con relación al significado último y la verdad de la vida conyugal y familiar, desánimo y angustia ante las dificultades crecientes.

La dignidad de esta bella institución, oscurecida por deformaciones, es “frecuentemente profanada por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación” (Gaudium et spes: GS, 47).

Célula primera y vital de la sociedad, no se basa en disposiciones humanas. Fundada por el Creador y en posesión de leyes propias, la íntima comunidad conyugal “se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable” (GS, 48).

Los esposos se dan y se reciben mutuamente: “Yo te recibo como esposo/a y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. Se han convertido en cónyuges, unidos por un yugo libremente acogido, en una sola esperanza. Entregándose uno al otro sin reservas, no se pertenecen más a sí mismos. Marido y mujer pasan a ser una sola carne, un solo corazón, una sola alma, aun en la diversidad de sexo y de personalidad. Bien afirmaba el Papa Emérito, Benedicto XVI: “la profundidad y la belleza (del matrimonio) radican precisamente en el hecho de que es una opción definitiva” (31/ 8 / 2006).

Nace, en esta complementariedad entre persona femenina y masculina, semejante y desemejante, ante los hombres una institución confirmada por la ley divina; primera escuela de virtudes sociales, “escuela del más rico humanismo” (GS, 59), fundamental para el desarrollo de la sociedad.

Importa considerar que el orden social está profundamente relacionado con el bien de la familia, que concede al mundo la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida, “llamada a santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al mundo” (FC, 55).

Institución natural –de “derecho natural” diríamos en terminología jurídica– que está ordenada al “sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Gén 1, 28); razón por la cual, necesariamente, tiene que ser una alianza estable. Esta unión matrimonial forma, con sus hijos, una familia. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer” (Mt 19, 5). San Pablo utiliza la imagen del matrimonio para expresar la relación de Cristo con la Iglesia, esa unión no temporal o experimental, sino fiel e indisoluble: “este es el gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32).

Es crucial, hoy y siempre, pregonar los designios de Dios con la misma creación, origen y fundamento de la sociedad humana. Al principio, en efecto, “creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Dios los bendijo, y les dijo Dios: Sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 2 7-28).

Este vínculo sagrado, mutua entrega que exige plena fidelidad e indisoluble unidad, está ordenado a la procreación y a la educación de los hijos. Marido y mujer, que por el pacto conyugal, “ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6).

Este vínculo sagrado, mutua entrega que exige la plena fidelidad e indisoluble unidad, está ordenado a la procreación y a la educación de los hijos.


Bien saben los nuevos cónyuges, en el momento de realizar el consentimiento legítimo comentado arriba, que el matrimonio no va a ser un caminar de delicias tras delicias. Será un recorrido que tendrá cruces, que deben de ser aceptadas en armonía, santificándose el uno al otro, y los dos santificando a sus hijos. El amor madura en los caminos que tienen sufrimiento en su recorrido. “La verdadera belleza necesita también de contraste. Lo oscuro y lo luminoso se completan” (Benedicto XVI, Ídem). Así, la familia será lo que sea el matrimonio, y este ayudará para la salvación de los demás, antes que nada, del otro, de los hijos, y de toda la comunidad.

No queda duda, por lo tanto, que la familia es un bien, una obra divina. Pero, a lo largo de los últimos decenios, estos principios comenzaron a ser cuestionados, cuando no negados, escarnecidos y despreciados.

Alarma el ocaso de valores fundamentales en el mundo actual que repercute en la esencia del matrimonio: la desacertada concepción de la independencia de los cónyuges entre sí, las ambigüedades sobre la autoridad de padres, las dificultades en la transmisión de valores, el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, etcétera. Unas familias sufren falta de medios de supervivencia (trabajo, alimento, vivienda, salud); otras, en su excesivo bienestar, navegan en el consumismo moderno. Todas, peor aún, sufren la presión de los medios de comunicación y de redes sociales que –no pocas ve c e s – oscurecen los valores morales basados en los Mandamientos de la Ley de Dios.

Deseamos que esta “pequeña Iglesia” o “iglesia doméstica”, llamada a ser signo de unidad para el mundo y a ejercer destacada influencia en la sociedad, “vuelva a remontarse a lo más alto. Es necesario que sigan a Cristo” (FC, 86).

Recemos, por tanto, para que la Sagrada Familia, probada por la pobreza, la persecución y el exilio: San José, la Virgen María y Cristo Jesús, Rey de las familias, guarden, protejan e iluminen siempre a todas las familias. Pues, como exclamaba San Juan Pablo II, para no ceder a los espejismos actuales: “¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!” (FC, 86).

10Jul/21

EL MANTO DEL CARMEN

EL MANTO DEL CARMEN

Mons. João Clá Dias, EP


Así como vistió a su Hijo Jesús con una túnica de valor incalculable, María Santísima quiere cubrirnos a nosotros, sus hijos adoptivos, con la más eficaz de las vestimentas.

Anticipando el monaquismo católico, unos cuantos discípulos de Elías eligieron las alturas del monte Carmelo para entregarse a la contemplación. Permanecieron así en la sucesión de las generaciones hasta la llegada del Señor. Varios se convirtieron después de Pentecostés y fueron los primeros en erigir un oratorio en alabanza de la Virgen.

Tácito nos relata que el emperador Vespasiano subía al monte Carmelo para consultar un oráculo, y allá escuchaba las orientaciones de un sacerdote llamado Basilido, que en cierto momento le auguró un gran éxito.

Otro historiador –Suetonio– refuerza el relato, agregando que Vespasiano iba al Carmelo en busca de una confirmación para su destino y sus reflexiones, y volvía lleno de ánimo.

Autores de peso discuten entre sí el origen del oratorio existente en el lugar. Unos dicen que era pagano; otros, en cambio, afirman que ya se trataba de un santuario dedicado a la Santísima Virgen. Entretanto, es totalmente segura la enorme antigüedad de la Orden del Carmen.

Después de Elías, su discípulo Eliseo siguió habitando la montaña, rodeado por los “hijos de los profe­tas” (Cfr. 2 Re 2, 15; 6, 1; etc.). Se conoce allá una “gruta de Elías” y una caverna llamada “Escuela de los Profetas”.

Vivían bajo la dirección de un ex militar de nombre Bertoldo. En 1154 o 1155 un pariente suyo, Aymeric, patriarca de Antioquía, lo orientó en el establecimiento del eremitorio. A un monje griego, Juan Focas, quien lo visitó en 1185, le contó san Bertoldo que se había retirado con diez discípulos al Carmelo en virtud de una aparición de san Elías. Esta comunidad recibió poco después una regla del Patriarca de Jerusalén, san Alberto, la cual fue enmendada y definitivamente aprobada por el Papa Inocencio IV en 1247. Quedaba constituida así la Orden del Carmen.

El Primer Vestido lo hizo Dios

El primer vestido del que la Historia tiene noticia se remonta al Paraíso Terrenal. Cuenta el Génesis (3, 21) que después de caer nuestros primeros padres, Adán y Eva, el propio Dios les confeccionó túnicas de piel y los cubrió con ellas. Mucho más tarde, Jacob hizo una túnica de variados colores para el uso de José, su hijo bienamado (Gen 37, 3). Y así, los atuendos son citados en tales o cuales circunstancias a lo largo de las Escrituras (Gen 27, 15; 1 Sam 2, 19; etc.). Sin embargo, hay una túnica que ocupa un lugar princeps entre toda vestimenta: la que fue echada a la suerte por los soldados, por tratarse de una pieza de altísimo valor al no tener costura. Una piadosa tradición atribuye a las purísimas manos de María el arte empleado en su confección. Cuando los verdugos se dieron cuenta de la alta calidad de dicha pieza, tomaron la decisión de no rasgarla.

Así vestía María a su Hijo Jesús desde su nacimiento, como Madre devota y esmerada. Y quiere revestirnos también a nosotros, sus hijos adoptivos, Aquella que “cubre como la niebla a toda la tierra”, puesto que le fuimos entregados en la mismaocasión en que los soldados decidían por suertes la propiedad sobre la túnica de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26).

¿Qué ropa Ella nos ofrece?

El Escapulario, una de las vestimentas más eficaces

En 1251, la Virgen Santísima se apareció a san Simón Stock, sexto general de la Orden del Carmen, entregándole un escapulario y prometiendo a todos quienes lo usaran, que se verían libres de la condenación eterna. Décadas más tarde (1322) el Papa Juan XXII concedió a los carmelitas el privilegio sabatino, esto es, que todos los que muriesen usando el escapulario se verían libres del fuego del Purgatorio al sábado siguiente de su fallecimiento. He aquí, pues, una de las vestimentas más eficaces, aparte de ser un magnífico símbolo de alianza, protección y salvación.

Papas enaltecen el uso del Escapulario

En 1951, con motivo de la celebración del 700º aniversario de la entrega del escapulario, el Papa Pío XII dijo en carta a los Superiores Generales de las dos órdenes carmelitanas: “Porque el Santo Escapulario, que puede ser llamado Hábito o Traje de María, es un signo y prenda de protección de la Madre de Dios“.

Exactamente 50 años después, el Papa Juan Pablo II afirmó: “El escapulario es esencialmente un ‘hábito’. Quien lo recibe es agregado o asociado en un grado más o menos íntimo a la Orden del Carmen, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia. […] Dos verdades evoca el signo del escapulario: por un lado, la continua protección de la Santísima Virgen, no tan sólo a lo largo del camino de la vida, sino también al momento de pasar a la plenitud de la gloria eterna; por otro, la conciencia de que la devoción a María no puede limitarse a oraciones y tributos en su honor realizados en algunas ocasiones, sino que debe tornarse en ‘hábito’.”

Ambos Pontífices confirman, así, las muestras de aprecio que el escapulario ha recibido por parte de varios antecesores, tales como Benedicto XIII, Clemente VII, Benedicto XIV, León XIII, san Pío X y Benedicto XV. Benedicto XIII extendió a toda la Iglesia la celebración de la fiesta de Nuestra Señora del Carmen el 16 de julio.

Son éstas algunas de las razones que unen a los Heraldos a la Orden del Carmen y por eso se revisten con un escapulario.

Publicado El 07/07/2021, Caballeros de la Virgen.

28Jun/21

MÁRTIRES EN EL SIGLO XXI

MÁRTIRES EN EL SIGLO XXI

P. Fernando Gioia, EP
www.reflexionando.org

Al escuchar la palabra “mártires” no deja de venir a nosotros el recuerdo de los primeros cristianos que derramaron su sangre, especialmente en Roma. La figura del Coliseo se presenta a nuestros ojos. Este enorme anfiteatro con su arena llena de bendiciones, escenario del martirio de tantos en la época de las persecuciones, sucesos siniestros, al mismo tiempo magníficos. Aparece la imagen del pódium donde las autoridades asistían al martirio de los cristianos devorados por las fieras. Sin la menor duda el sufrimiento de estos mártires estaba unido, místicamente, a los cristianos de todos los tiempos.

Aquellos hombres y mujeres ofrecieron sus vidas resistiendo a la presión del ambiente idolátrico y paganizado que los rodeaba, manteniéndose fieles a la gracia de conversión que habían recibido al conocer la Santa Iglesia Católica en su caminar inicial, con espíritu indoblegable y total entrega. Negarse a echar incienso a los “dioses” paganos era motivo causal de ser lanzado a las fieras para ser devorado.

Recuerdo las bellas palabras que monseñor João Scognamiglio Clá Días, fundador de los Heraldos del Evangelio, escribió como meditación, estando dentro del propio Coliseo en febrero de 1993. Parafraseamos algunos trechos del agradable texto literario.

“Justo al lado del estrado donde se ponían los emperadores para deleitarse con el despedazamiento de los cuerpos de los mártires, lugar central y más importante de la platea de este histórico, terrible y grandioso Coliseo, puedo asistir, con la memoria y la imaginación, a innumerables martirios”. Los victimados eran “objeto de escarnio de aquellos paganos a la espera del trágico momento en el que suelten a las bestias hambrientas en la arena. Los abucheos, para ellos, no representaban nada. Fueron estímulo para creer en los coros de los Ángeles y de los Bienaventurados que están esperándolos, más allá de las murallas de las aparentes realidades de esta vida, con una palma y una corona”. Grita la multitud, silencio y un gran suspense: “las fieras hambrientas irrumpen en la arena y avanzan impetuosas sobre las puras e inocentes víctimas para devorarlas”.

“Terminada la cruel matanza, entraban los gladiadores para encadenar los animales que saciaron su bestial apetito con las carnes de un nuevo serafín. La arena está vacía, el espectáculo ha terminado, la asistencia, frustrada, se retira lentamente. ¡Vaya demostración de fe y de nobleza habían presenciado! Los cristianos permanecen. Cuando el manto de la noche empieza a cubrir la ciudad, se meten en la arena en busca de la tierra transformada en reliquia, al estar empapada con la sangre de aquellos mártires, que hoy constituyen una verdadera legión en el gozo de la visión beatífica. Este edificio es evocativo: cada piedra tiene una bella historia para contar, a decir una palabra sobre aquel pasado cubierto de sangre, dolor y gloria. ¡Oh arena que fuiste el pedestal de tantos Bienaventurados!”

Bien se dice: “sangre de mártires, semilla de cristianos”. Así ocurrió. Millones, sí, millones de cristianos fueron martirizados de las formas más horrorosas en los primeros siglos del cristianismo. Su sangre abrió camino a la conversión de tantos y tantas a la fe cristiana.

Pasaron casi dos mil años. Sin embargo, a lo largo de los siglos, en todo el orbe, hemos presenciado momentos de persecución religiosa con mucha sangre derramada por aquellos que no aceptaban someterse a religiones paganas, ideologías ateas o por ser misioneros de la fe católica en regiones que estaban a la espera del anuncio del Evangelio.

En nuestro siglo XXI, tan lleno del palabreado sobre los derechos humanos, del derecho de practicar cualquier religión, ideología o formas de vida, encontramos situaciones que nos dejan tristes, llenan de indignación, y nos hacen reflexionar.

En nuestros ambientes –mismo dentro de los efectos de una pandemia que no acaba–, vivimos una tranquilidad que mejor sería calificarla de “pseudo normalidad”. Despreocupados podemos, mal que mal, ir al centro comercial, al supermercado, al cine, ejercer algún deporte, caminar por las calles, ir a Misa, viajar. Como católicos, mismo como creyentes, no tenemos, al momento, oposición abierta a nuestras convicciones religiosas.

No podemos dejar de comparar nuestra situación con la de aquellos cristianos que, en tierras africanas, en variados países, sufren una tenaz persecución que los lleva, inevitablemente a la muerte si mantienen su fe, basada en los mandamientos de la Ley de Dios y las enseñanzas de la Santa Iglesia y, más aún, si son misioneros.

Es lo que está ocurriendo, por ejemplo, en Nigeria. Más de 1,400 cristianos fueron masacrados por grupos extremistas, batiendo el macabro récord del mayor número desde el año 2014 (según la Sociedad Internacional para las Libertades Civiles y Estado de Derecho). Por su lado, la Fundación Pontificia para Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIS) informó de un aumento en la persecución de los cristianos en África. A estos asesinatos se suman víctimas en otros países de este continente que, como sombra aterradora sobre la Iglesia, ocurren en Camerún, Chad, Kenia y Somalia. Mons. M. Kukah, obispo de Sokoto, en Nigeria, declaró cuando la ejecución de diez cristianos un día después de la Navidad: “Forma parte de un drama mucho más amplio con el cual vivimos diariamente”.

Ellos, perseguidos y muertos sin piedad; nosotros, tranquilos gozando la “pseudo normalidad”.

Tomando conocimiento de estos hechos no podemos quedar en la misma actitud de espíritu. Sospechosa es la falta de información sobre el tema en los servicios de comunicación internacionales, tan rápidos en noticiar cierto tipo de acontecimientos. Parecen ciegos y sordos ante estos terribles eventos.

Por eso quiero, en este artículo, dar de mi parte, y ciertamente de muchos que estarán leyéndolo, mi acompañamiento, mi pesar, mi protesta indignada, por estos asesinatos a hermanos en la fe en tierras africanas. Que sepan ellos, “mártires del Siglo XXI”, sus familiares y amigos que, de corazón, estamos con ellos.

A distancia, desde nuestras “comodidades” –entre comillas pues no sabría decir hasta cuándo las tendremos– un saludo, una oración, un abrazo a nuestros hermanos africanos que están sufriendo la persecución de aquellos que, exigiendo tolerancia para sus pensamientos extremistas religiosos o políticos, actúan con la más tenaz intolerancia frente a quienes quieren llevar la paz y la alegría de Cristo, Nuestro Señor, a los corazones.

Quiera Dios que la “sangre” de estos mártires sean “semilla” de nuevos cristianos y produzcan abundante cosecha para su Reino. Que Dios y la Virgen los acompañen.

11Jun/21

FALLECE EL P. CARLOS TEJEDOR, SUPERIOR DE LOS HERALDOS DEL EVANGELIO EN COLOMBIA.

FALLECE EL P. CARLOS TEJEDOR, SUPERIOR DE LOS HERALDOS DEL EVANGELIO EN COLOMBIA.

De 75 años, el P. Tejedor era muy conocido en el país por su
gran actividad apostólica.

Redacción (30/05/2021 11:06, Gaudium Press) Tras haber recibido los sacramentos que prescribe la Santa Madre Iglesia para el trance postrero rumbo al juicio divino y la eternidad, falleció en el día de ayer en la Clínica Los Nogales de Bogotá, a los 75 años de edad, el P. Carlos Tejedor Ricci, EP, superior de los Heraldos del Evangelio en Colombia, conocidos también en el país como los ‘Caballeros de la Virgen’.

El P. Tejedor murió a consecuencia de una embolia pulmonar.

Nacido en Buenos Aires, llegó a Colombia en misiones apostólicas en el año de 1981 y desde entonces tuvo su sede en el país andino, en el cual sirvió más de la mitad de su vida.

Fue hecho sacerdote en la primera leva de presbíteros de los Heraldos del Evangelio, cuando el 15 de junio del año 2005 en San Pablo – Brasil, Mons. Lucio Angelo Renna, O.C., obispo de Avezzano, ordenó los primeros 15 sacerdotes Heraldos, entre quienes se encontraba el fundador y superior general, Mons. João Clá Dias, EP. Estaba por tanto pronto a completar 16 años de ministerio sacerdotal.

Rasgos morales del P. Carlos

El P. Tejedor fue un eximio formador de generaciones de jóvenes de ambos sexos, no solo desde el punto de vista académico, sino sobre todo en el carácter y para la vida espiritual. Para un temperamento vibrátil, intuitivo y a veces tendiente a lo explosivo como es el del colombiano, él tenía la dosis apropiada de bondad, disciplina y firmeza, que buscaba conducir las almas a la virtud y convocaba al control de las pasiones con el auxilio de la gracia. Son numerosos los que recuerdan con gratitud las muchas aulas de variadas disciplinas, impartidas por el P. Carlos Tejedor.

Conquistó las numerosas simpatías de las que era objeto por su gran bondad. Detrás de cada indicación, incluso detrás de las reprensiones que a veces tenía que dar, las personas percibían fácilmente su profundo y generoso afecto varonil y cristiano, su genuino y puro deseo de hacer bien a las almas.

Trasplantado de su tierra argentina aún en la flor de la joven edad, quiso el P. Tejedor adaptarse generosamente y hasta moldearse a las costumbres del país en donde entregó sus energías por el Señor, costumbres a veces tan diferentes de las propias. El propio Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, de quien el P. Tejedor fue tan fiel discípulo, decía que él en muchas cosas se había tornado colombiano.

Como todo aquel que camina decididamente en las sendas de la virtud, el P. Tejedor padeció no pocas cruces en su vida, sea en la realización de las múltiples labores apostólicas que promovía o directamente coordinaba, sea en la dirección de almas no siempre tan dóciles a sus consejos como estos bien lo merecían. En todos estos trabajos, brilló de manera sublime por su imbatible paciencia, por su sólida perseverancia, por su esperanza inquebrantable.

Tras su ordenación como sacerdote en el año 2005, a sus ya muchos dones naturales y de la gracia, se sumaron los de confesor solícito, predicador docto y apostólico, y ministro celoso. Eran muy apreciados sus sermones, que en los últimos años fueron seguidos diariamente por decenas de miles de personas a través de diversos canales en internet.

Su apostolado y entrega fueron más que fecundos.

Siempre en unión con el fundador de los Heraldos, Mons. João Clá, los ‘Caballeros de la Virgen’ desarrollan una ingente actividad y son harto reconocidos en Colombia, tras haber recorrido bajo el amparo de Nuestra Señora de Fátima todos los rincones de su geografía en millares de peregrinaciones y misiones; han difundido por millones rosarios, libros de piedad, devocionarios y demás elementos religiosos por variados medios. El P. Tejedor organizó y participó personalmente de muchas de estas peregrinaciones y coordinaba las demás actividades en el país, contribuyendo poderosamente a mantener y revigorizar su índole católica, aún muy viva en estos aciagos días.

Al conocer la noticia de su fallecimiento, de los más diversos países surgen las expresiones de condolencia y agradecimiento por la vida del P. Tejedor, en las que se aúnan el comprensible dolor por la partida del querido y celoso pastor de almas, con una serena alegría al constatar la feliz conclusión de una vida bien y bellamente vivida, que con el favor de Dios y la Virgen seguirá intercediendo en el cielo por aquellos que se le encomienden. (Gaudium Press / Saúl Castiblanco).