18Jul/21

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA:LA SAGRADA UNIÓN ENTRE HOMBRE Y MUJER

EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA:
LA SAGRADA UNIÓN ENTRE
HOMBRE Y MUJER

P. Fernando Gioia, EP
www.reflexionando.org

La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá, como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura”, con esta singular frase comienza la Exhortación Apostólica de San Juan Pablo II, Familiaris Consortio/La Comunidad de la Familia, hace 40 años.

Transformaciones a través de las cuales –en estos momentos marcadamente– se sienten las fuerzas del mal intentando, por un lado, destruirla, y por otro, desformarla (FC, 3).

Ante tales embates, sentía el recordado Pontífice que muchas familias permanecían fieles “a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar”, pero veía penetrar otras incertezas, dudas o ignorancia y, con relación al significado último y la verdad de la vida conyugal y familiar, desánimo y angustia ante las dificultades crecientes.

La dignidad de esta bella institución, oscurecida por deformaciones, es “frecuentemente profanada por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación” (Gaudium et spes: GS, 47).

Célula primera y vital de la sociedad, no se basa en disposiciones humanas. Fundada por el Creador y en posesión de leyes propias, la íntima comunidad conyugal “se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable” (GS, 48).

Los esposos se dan y se reciben mutuamente: “Yo te recibo como esposo/a y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. Se han convertido en cónyuges, unidos por un yugo libremente acogido, en una sola esperanza. Entregándose uno al otro sin reservas, no se pertenecen más a sí mismos. Marido y mujer pasan a ser una sola carne, un solo corazón, una sola alma, aun en la diversidad de sexo y de personalidad. Bien afirmaba el Papa Emérito, Benedicto XVI: “la profundidad y la belleza (del matrimonio) radican precisamente en el hecho de que es una opción definitiva” (31/ 8 / 2006).

Nace, en esta complementariedad entre persona femenina y masculina, semejante y desemejante, ante los hombres una institución confirmada por la ley divina; primera escuela de virtudes sociales, “escuela del más rico humanismo” (GS, 59), fundamental para el desarrollo de la sociedad.

Importa considerar que el orden social está profundamente relacionado con el bien de la familia, que concede al mundo la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida, “llamada a santificarse y a santificar a la comunidad eclesial y al mundo” (FC, 55).

Institución natural –de “derecho natural” diríamos en terminología jurídica– que está ordenada al “sed fecundos y multiplicaos y llenad la tierra” (Gén 1, 28); razón por la cual, necesariamente, tiene que ser una alianza estable. Esta unión matrimonial forma, con sus hijos, una familia. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer” (Mt 19, 5). San Pablo utiliza la imagen del matrimonio para expresar la relación de Cristo con la Iglesia, esa unión no temporal o experimental, sino fiel e indisoluble: “este es el gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32).

Es crucial, hoy y siempre, pregonar los designios de Dios con la misma creación, origen y fundamento de la sociedad humana. Al principio, en efecto, “creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Dios los bendijo, y les dijo Dios: Sed fecundos y multiplicaos” (Gn 1, 2 7-28).

Este vínculo sagrado, mutua entrega que exige plena fidelidad e indisoluble unidad, está ordenado a la procreación y a la educación de los hijos. Marido y mujer, que por el pacto conyugal, “ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6).

Este vínculo sagrado, mutua entrega que exige la plena fidelidad e indisoluble unidad, está ordenado a la procreación y a la educación de los hijos.


Bien saben los nuevos cónyuges, en el momento de realizar el consentimiento legítimo comentado arriba, que el matrimonio no va a ser un caminar de delicias tras delicias. Será un recorrido que tendrá cruces, que deben de ser aceptadas en armonía, santificándose el uno al otro, y los dos santificando a sus hijos. El amor madura en los caminos que tienen sufrimiento en su recorrido. “La verdadera belleza necesita también de contraste. Lo oscuro y lo luminoso se completan” (Benedicto XVI, Ídem). Así, la familia será lo que sea el matrimonio, y este ayudará para la salvación de los demás, antes que nada, del otro, de los hijos, y de toda la comunidad.

No queda duda, por lo tanto, que la familia es un bien, una obra divina. Pero, a lo largo de los últimos decenios, estos principios comenzaron a ser cuestionados, cuando no negados, escarnecidos y despreciados.

Alarma el ocaso de valores fundamentales en el mundo actual que repercute en la esencia del matrimonio: la desacertada concepción de la independencia de los cónyuges entre sí, las ambigüedades sobre la autoridad de padres, las dificultades en la transmisión de valores, el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, etcétera. Unas familias sufren falta de medios de supervivencia (trabajo, alimento, vivienda, salud); otras, en su excesivo bienestar, navegan en el consumismo moderno. Todas, peor aún, sufren la presión de los medios de comunicación y de redes sociales que –no pocas ve c e s – oscurecen los valores morales basados en los Mandamientos de la Ley de Dios.

Deseamos que esta “pequeña Iglesia” o “iglesia doméstica”, llamada a ser signo de unidad para el mundo y a ejercer destacada influencia en la sociedad, “vuelva a remontarse a lo más alto. Es necesario que sigan a Cristo” (FC, 86).

Recemos, por tanto, para que la Sagrada Familia, probada por la pobreza, la persecución y el exilio: San José, la Virgen María y Cristo Jesús, Rey de las familias, guarden, protejan e iluminen siempre a todas las familias. Pues, como exclamaba San Juan Pablo II, para no ceder a los espejismos actuales: “¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia!” (FC, 86).

10Jul/21

EL MANTO DEL CARMEN

EL MANTO DEL CARMEN

Mons. João Clá Dias, EP


Así como vistió a su Hijo Jesús con una túnica de valor incalculable, María Santísima quiere cubrirnos a nosotros, sus hijos adoptivos, con la más eficaz de las vestimentas.

Anticipando el monaquismo católico, unos cuantos discípulos de Elías eligieron las alturas del monte Carmelo para entregarse a la contemplación. Permanecieron así en la sucesión de las generaciones hasta la llegada del Señor. Varios se convirtieron después de Pentecostés y fueron los primeros en erigir un oratorio en alabanza de la Virgen.

Tácito nos relata que el emperador Vespasiano subía al monte Carmelo para consultar un oráculo, y allá escuchaba las orientaciones de un sacerdote llamado Basilido, que en cierto momento le auguró un gran éxito.

Otro historiador –Suetonio– refuerza el relato, agregando que Vespasiano iba al Carmelo en busca de una confirmación para su destino y sus reflexiones, y volvía lleno de ánimo.

Autores de peso discuten entre sí el origen del oratorio existente en el lugar. Unos dicen que era pagano; otros, en cambio, afirman que ya se trataba de un santuario dedicado a la Santísima Virgen. Entretanto, es totalmente segura la enorme antigüedad de la Orden del Carmen.

Después de Elías, su discípulo Eliseo siguió habitando la montaña, rodeado por los “hijos de los profe­tas” (Cfr. 2 Re 2, 15; 6, 1; etc.). Se conoce allá una “gruta de Elías” y una caverna llamada “Escuela de los Profetas”.

Vivían bajo la dirección de un ex militar de nombre Bertoldo. En 1154 o 1155 un pariente suyo, Aymeric, patriarca de Antioquía, lo orientó en el establecimiento del eremitorio. A un monje griego, Juan Focas, quien lo visitó en 1185, le contó san Bertoldo que se había retirado con diez discípulos al Carmelo en virtud de una aparición de san Elías. Esta comunidad recibió poco después una regla del Patriarca de Jerusalén, san Alberto, la cual fue enmendada y definitivamente aprobada por el Papa Inocencio IV en 1247. Quedaba constituida así la Orden del Carmen.

El Primer Vestido lo hizo Dios

El primer vestido del que la Historia tiene noticia se remonta al Paraíso Terrenal. Cuenta el Génesis (3, 21) que después de caer nuestros primeros padres, Adán y Eva, el propio Dios les confeccionó túnicas de piel y los cubrió con ellas. Mucho más tarde, Jacob hizo una túnica de variados colores para el uso de José, su hijo bienamado (Gen 37, 3). Y así, los atuendos son citados en tales o cuales circunstancias a lo largo de las Escrituras (Gen 27, 15; 1 Sam 2, 19; etc.). Sin embargo, hay una túnica que ocupa un lugar princeps entre toda vestimenta: la que fue echada a la suerte por los soldados, por tratarse de una pieza de altísimo valor al no tener costura. Una piadosa tradición atribuye a las purísimas manos de María el arte empleado en su confección. Cuando los verdugos se dieron cuenta de la alta calidad de dicha pieza, tomaron la decisión de no rasgarla.

Así vestía María a su Hijo Jesús desde su nacimiento, como Madre devota y esmerada. Y quiere revestirnos también a nosotros, sus hijos adoptivos, Aquella que “cubre como la niebla a toda la tierra”, puesto que le fuimos entregados en la mismaocasión en que los soldados decidían por suertes la propiedad sobre la túnica de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26).

¿Qué ropa Ella nos ofrece?

El Escapulario, una de las vestimentas más eficaces

En 1251, la Virgen Santísima se apareció a san Simón Stock, sexto general de la Orden del Carmen, entregándole un escapulario y prometiendo a todos quienes lo usaran, que se verían libres de la condenación eterna. Décadas más tarde (1322) el Papa Juan XXII concedió a los carmelitas el privilegio sabatino, esto es, que todos los que muriesen usando el escapulario se verían libres del fuego del Purgatorio al sábado siguiente de su fallecimiento. He aquí, pues, una de las vestimentas más eficaces, aparte de ser un magnífico símbolo de alianza, protección y salvación.

Papas enaltecen el uso del Escapulario

En 1951, con motivo de la celebración del 700º aniversario de la entrega del escapulario, el Papa Pío XII dijo en carta a los Superiores Generales de las dos órdenes carmelitanas: “Porque el Santo Escapulario, que puede ser llamado Hábito o Traje de María, es un signo y prenda de protección de la Madre de Dios“.

Exactamente 50 años después, el Papa Juan Pablo II afirmó: “El escapulario es esencialmente un ‘hábito’. Quien lo recibe es agregado o asociado en un grado más o menos íntimo a la Orden del Carmen, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia. […] Dos verdades evoca el signo del escapulario: por un lado, la continua protección de la Santísima Virgen, no tan sólo a lo largo del camino de la vida, sino también al momento de pasar a la plenitud de la gloria eterna; por otro, la conciencia de que la devoción a María no puede limitarse a oraciones y tributos en su honor realizados en algunas ocasiones, sino que debe tornarse en ‘hábito’.”

Ambos Pontífices confirman, así, las muestras de aprecio que el escapulario ha recibido por parte de varios antecesores, tales como Benedicto XIII, Clemente VII, Benedicto XIV, León XIII, san Pío X y Benedicto XV. Benedicto XIII extendió a toda la Iglesia la celebración de la fiesta de Nuestra Señora del Carmen el 16 de julio.

Son éstas algunas de las razones que unen a los Heraldos a la Orden del Carmen y por eso se revisten con un escapulario.

Publicado El 07/07/2021, Caballeros de la Virgen.

28Jun/21

MÁRTIRES EN EL SIGLO XXI

MÁRTIRES EN EL SIGLO XXI

P. Fernando Gioia, EP
www.reflexionando.org

Al escuchar la palabra “mártires” no deja de venir a nosotros el recuerdo de los primeros cristianos que derramaron su sangre, especialmente en Roma. La figura del Coliseo se presenta a nuestros ojos. Este enorme anfiteatro con su arena llena de bendiciones, escenario del martirio de tantos en la época de las persecuciones, sucesos siniestros, al mismo tiempo magníficos. Aparece la imagen del pódium donde las autoridades asistían al martirio de los cristianos devorados por las fieras. Sin la menor duda el sufrimiento de estos mártires estaba unido, místicamente, a los cristianos de todos los tiempos.

Aquellos hombres y mujeres ofrecieron sus vidas resistiendo a la presión del ambiente idolátrico y paganizado que los rodeaba, manteniéndose fieles a la gracia de conversión que habían recibido al conocer la Santa Iglesia Católica en su caminar inicial, con espíritu indoblegable y total entrega. Negarse a echar incienso a los “dioses” paganos era motivo causal de ser lanzado a las fieras para ser devorado.

Recuerdo las bellas palabras que monseñor João Scognamiglio Clá Días, fundador de los Heraldos del Evangelio, escribió como meditación, estando dentro del propio Coliseo en febrero de 1993. Parafraseamos algunos trechos del agradable texto literario.

“Justo al lado del estrado donde se ponían los emperadores para deleitarse con el despedazamiento de los cuerpos de los mártires, lugar central y más importante de la platea de este histórico, terrible y grandioso Coliseo, puedo asistir, con la memoria y la imaginación, a innumerables martirios”. Los victimados eran “objeto de escarnio de aquellos paganos a la espera del trágico momento en el que suelten a las bestias hambrientas en la arena. Los abucheos, para ellos, no representaban nada. Fueron estímulo para creer en los coros de los Ángeles y de los Bienaventurados que están esperándolos, más allá de las murallas de las aparentes realidades de esta vida, con una palma y una corona”. Grita la multitud, silencio y un gran suspense: “las fieras hambrientas irrumpen en la arena y avanzan impetuosas sobre las puras e inocentes víctimas para devorarlas”.

“Terminada la cruel matanza, entraban los gladiadores para encadenar los animales que saciaron su bestial apetito con las carnes de un nuevo serafín. La arena está vacía, el espectáculo ha terminado, la asistencia, frustrada, se retira lentamente. ¡Vaya demostración de fe y de nobleza habían presenciado! Los cristianos permanecen. Cuando el manto de la noche empieza a cubrir la ciudad, se meten en la arena en busca de la tierra transformada en reliquia, al estar empapada con la sangre de aquellos mártires, que hoy constituyen una verdadera legión en el gozo de la visión beatífica. Este edificio es evocativo: cada piedra tiene una bella historia para contar, a decir una palabra sobre aquel pasado cubierto de sangre, dolor y gloria. ¡Oh arena que fuiste el pedestal de tantos Bienaventurados!”

Bien se dice: “sangre de mártires, semilla de cristianos”. Así ocurrió. Millones, sí, millones de cristianos fueron martirizados de las formas más horrorosas en los primeros siglos del cristianismo. Su sangre abrió camino a la conversión de tantos y tantas a la fe cristiana.

Pasaron casi dos mil años. Sin embargo, a lo largo de los siglos, en todo el orbe, hemos presenciado momentos de persecución religiosa con mucha sangre derramada por aquellos que no aceptaban someterse a religiones paganas, ideologías ateas o por ser misioneros de la fe católica en regiones que estaban a la espera del anuncio del Evangelio.

En nuestro siglo XXI, tan lleno del palabreado sobre los derechos humanos, del derecho de practicar cualquier religión, ideología o formas de vida, encontramos situaciones que nos dejan tristes, llenan de indignación, y nos hacen reflexionar.

En nuestros ambientes –mismo dentro de los efectos de una pandemia que no acaba–, vivimos una tranquilidad que mejor sería calificarla de “pseudo normalidad”. Despreocupados podemos, mal que mal, ir al centro comercial, al supermercado, al cine, ejercer algún deporte, caminar por las calles, ir a Misa, viajar. Como católicos, mismo como creyentes, no tenemos, al momento, oposición abierta a nuestras convicciones religiosas.

No podemos dejar de comparar nuestra situación con la de aquellos cristianos que, en tierras africanas, en variados países, sufren una tenaz persecución que los lleva, inevitablemente a la muerte si mantienen su fe, basada en los mandamientos de la Ley de Dios y las enseñanzas de la Santa Iglesia y, más aún, si son misioneros.

Es lo que está ocurriendo, por ejemplo, en Nigeria. Más de 1,400 cristianos fueron masacrados por grupos extremistas, batiendo el macabro récord del mayor número desde el año 2014 (según la Sociedad Internacional para las Libertades Civiles y Estado de Derecho). Por su lado, la Fundación Pontificia para Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIS) informó de un aumento en la persecución de los cristianos en África. A estos asesinatos se suman víctimas en otros países de este continente que, como sombra aterradora sobre la Iglesia, ocurren en Camerún, Chad, Kenia y Somalia. Mons. M. Kukah, obispo de Sokoto, en Nigeria, declaró cuando la ejecución de diez cristianos un día después de la Navidad: “Forma parte de un drama mucho más amplio con el cual vivimos diariamente”.

Ellos, perseguidos y muertos sin piedad; nosotros, tranquilos gozando la “pseudo normalidad”.

Tomando conocimiento de estos hechos no podemos quedar en la misma actitud de espíritu. Sospechosa es la falta de información sobre el tema en los servicios de comunicación internacionales, tan rápidos en noticiar cierto tipo de acontecimientos. Parecen ciegos y sordos ante estos terribles eventos.

Por eso quiero, en este artículo, dar de mi parte, y ciertamente de muchos que estarán leyéndolo, mi acompañamiento, mi pesar, mi protesta indignada, por estos asesinatos a hermanos en la fe en tierras africanas. Que sepan ellos, “mártires del Siglo XXI”, sus familiares y amigos que, de corazón, estamos con ellos.

A distancia, desde nuestras “comodidades” –entre comillas pues no sabría decir hasta cuándo las tendremos– un saludo, una oración, un abrazo a nuestros hermanos africanos que están sufriendo la persecución de aquellos que, exigiendo tolerancia para sus pensamientos extremistas religiosos o políticos, actúan con la más tenaz intolerancia frente a quienes quieren llevar la paz y la alegría de Cristo, Nuestro Señor, a los corazones.

Quiera Dios que la “sangre” de estos mártires sean “semilla” de nuevos cristianos y produzcan abundante cosecha para su Reino. Que Dios y la Virgen los acompañen.

11Jun/21

FALLECE EL P. CARLOS TEJEDOR, SUPERIOR DE LOS HERALDOS DEL EVANGELIO EN COLOMBIA.

FALLECE EL P. CARLOS TEJEDOR, SUPERIOR DE LOS HERALDOS DEL EVANGELIO EN COLOMBIA.

De 75 años, el P. Tejedor era muy conocido en el país por su
gran actividad apostólica.

Redacción (30/05/2021 11:06, Gaudium Press) Tras haber recibido los sacramentos que prescribe la Santa Madre Iglesia para el trance postrero rumbo al juicio divino y la eternidad, falleció en el día de ayer en la Clínica Los Nogales de Bogotá, a los 75 años de edad, el P. Carlos Tejedor Ricci, EP, superior de los Heraldos del Evangelio en Colombia, conocidos también en el país como los ‘Caballeros de la Virgen’.

El P. Tejedor murió a consecuencia de una embolia pulmonar.

Nacido en Buenos Aires, llegó a Colombia en misiones apostólicas en el año de 1981 y desde entonces tuvo su sede en el país andino, en el cual sirvió más de la mitad de su vida.

Fue hecho sacerdote en la primera leva de presbíteros de los Heraldos del Evangelio, cuando el 15 de junio del año 2005 en San Pablo – Brasil, Mons. Lucio Angelo Renna, O.C., obispo de Avezzano, ordenó los primeros 15 sacerdotes Heraldos, entre quienes se encontraba el fundador y superior general, Mons. João Clá Dias, EP. Estaba por tanto pronto a completar 16 años de ministerio sacerdotal.

Rasgos morales del P. Carlos

El P. Tejedor fue un eximio formador de generaciones de jóvenes de ambos sexos, no solo desde el punto de vista académico, sino sobre todo en el carácter y para la vida espiritual. Para un temperamento vibrátil, intuitivo y a veces tendiente a lo explosivo como es el del colombiano, él tenía la dosis apropiada de bondad, disciplina y firmeza, que buscaba conducir las almas a la virtud y convocaba al control de las pasiones con el auxilio de la gracia. Son numerosos los que recuerdan con gratitud las muchas aulas de variadas disciplinas, impartidas por el P. Carlos Tejedor.

Conquistó las numerosas simpatías de las que era objeto por su gran bondad. Detrás de cada indicación, incluso detrás de las reprensiones que a veces tenía que dar, las personas percibían fácilmente su profundo y generoso afecto varonil y cristiano, su genuino y puro deseo de hacer bien a las almas.

Trasplantado de su tierra argentina aún en la flor de la joven edad, quiso el P. Tejedor adaptarse generosamente y hasta moldearse a las costumbres del país en donde entregó sus energías por el Señor, costumbres a veces tan diferentes de las propias. El propio Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, de quien el P. Tejedor fue tan fiel discípulo, decía que él en muchas cosas se había tornado colombiano.

Como todo aquel que camina decididamente en las sendas de la virtud, el P. Tejedor padeció no pocas cruces en su vida, sea en la realización de las múltiples labores apostólicas que promovía o directamente coordinaba, sea en la dirección de almas no siempre tan dóciles a sus consejos como estos bien lo merecían. En todos estos trabajos, brilló de manera sublime por su imbatible paciencia, por su sólida perseverancia, por su esperanza inquebrantable.

Tras su ordenación como sacerdote en el año 2005, a sus ya muchos dones naturales y de la gracia, se sumaron los de confesor solícito, predicador docto y apostólico, y ministro celoso. Eran muy apreciados sus sermones, que en los últimos años fueron seguidos diariamente por decenas de miles de personas a través de diversos canales en internet.

Su apostolado y entrega fueron más que fecundos.

Siempre en unión con el fundador de los Heraldos, Mons. João Clá, los ‘Caballeros de la Virgen’ desarrollan una ingente actividad y son harto reconocidos en Colombia, tras haber recorrido bajo el amparo de Nuestra Señora de Fátima todos los rincones de su geografía en millares de peregrinaciones y misiones; han difundido por millones rosarios, libros de piedad, devocionarios y demás elementos religiosos por variados medios. El P. Tejedor organizó y participó personalmente de muchas de estas peregrinaciones y coordinaba las demás actividades en el país, contribuyendo poderosamente a mantener y revigorizar su índole católica, aún muy viva en estos aciagos días.

Al conocer la noticia de su fallecimiento, de los más diversos países surgen las expresiones de condolencia y agradecimiento por la vida del P. Tejedor, en las que se aúnan el comprensible dolor por la partida del querido y celoso pastor de almas, con una serena alegría al constatar la feliz conclusión de una vida bien y bellamente vivida, que con el favor de Dios y la Virgen seguirá intercediendo en el cielo por aquellos que se le encomienden. (Gaudium Press / Saúl Castiblanco).

28May/21

El ESPÍRITU CONSOLADOR

El ESPÍRITU CONSOLADOR

Reflexiones Teológicas de Plinio Correa de Oliveira
(Extraído de la conferencia del 2/6/1966)
Para que venga del Reino de María no basta apenas con el exterminio de los malos a través de un castigo divino, igualmente se hace necesaria una efusión de gracias del Espíritu Santo que lleve a la conversión gran parte de la humanidad. Incluso los contrarrevolucionarios deben someterse a una transformación al estilo del gusano que se convierte en una hermosa mariposa.

Por ocasión del Divino Espíritu Santo y la Fiesta de Pentecostés, me gustaría decir algo acerca de un punto del que hemos estado hablando: el Grand Retour1.

Necesidad de gracias excepcionales de conversión para la instauración del Reino de María.

Si consideramos que los castigos previstos por la Virgen en Fátima determinarán el exterminio de un gran número de personas, especialmente las que no son buenas, y que entonces, salvándose los buenos, con ellos nace una nueva humanidad, me parece que desde el punto de vista demográfico quedamos en la estaca cero. Porque ¿cuántos son los verdaderos contrarrevolucionarios en los días de hoy? ¿Y cómo asegurar la perpetuación del género humano partiendo de un puñado de buenos que quede? Es evidente que el exterminio no es suficiente, esos castigos tienen que ir acompañados de una gran conversión.

El Diluvio Universal- Iglesia de Santa María Magdalena, Troyes, Francia

Sabemos que el Diluvio Universal, además de un castigo, fue una ocasión de conversión para muchas personas que, ante la inminencia de la muerte, se convirtieron y se salvaron. Por lo tanto, podemos imaginar que las tragedias que castigarán a la humanidad, caso no se enmiende, también serán una oportunidad para que muchos se conviertan.

Pero ¿cómo podemos considerar esta gracia para tantas personas, incluso para los contrarrevolucionarios tan deficientes y llenos de fallas, teniendo en cuenta que se trata de instaurar la época más brillante de la Historia de la Iglesia, que es el Reino de María? ¿Cómo resolver este problema?

Sólo podemos imaginar esto de la siguiente manera: en algún momento, de un modo inesperado, la Virgen realizaría sobre un gran número de personas una acción sobrenatural, con gracias obtenidas por Ella, que actuarían sobre las almas para que se conviertan, se transformen por completo y se vuelvan contrarrevolucionarias.

Puedo decir que, tímidamente, a algo de esto asistí en mi vida. Porque cuando comparo lo que hoy es mi obra, con las posibilidades existentes para constituir un movimiento católico como este, cuando empezamos, y lo que era Brasil antes de que comenzara el movimiento católico, veo enormes transformaciones que no podrían tener lugar sin gracias muy especiales, evidentemente distribuidas por el Espíritu Santo a las almas y obtenidas por su Santísima Esposa.

Cuando recordamos el “congelador” religioso que era Brasil en tiempos, por ejemplo, Washington Luiz y lo comparamos con el miserable Brasil de Jango y el Brasil indeciso de Castelo Branco, vemos que hubo, a pesar de mil desmoronamientos, de mil reveses, una obra evidente de la gracia que, en su género, es absolutamente maravillosa, excepcional, que no está en el obrar común de la Providencia.

En cualquier etapa de la vida espiritual, pedir una transformación completa.

Es evidente, que necesitaremos operaciones excepcionalísimas de gracia. Estas son las que debemos pedir: gracias muy especiales del Espíritu Santo. Es muy conveniente que hagamos este pedido al Divino Espíritu Santo Divino por motivo de la Fiesta de Pentecostés.

Supongamos a alguien que, en su vida espiritual, se va manejando de una manera perfectamente satisfactoria; otro, de una manera mediocre; otro, sin embargo, insatisfactoriamente. ¿Cómo queda este pedido de gracias para cada uno?

Para el primero, se debe pedir a la Virgen que le dé una gracia para que su fervor sea tal que equivalga a una verdadera conversión, por la que adquiera una forma completamente nueva de ver la vocación, una renovación de todas las energías internas, para que la apetencia de santidad, de sacrificio, de amor por todo lo que es grande y sublime y que verdaderamente nos habla de Dios, crezca enormemente; y que él sea, con relación a lo que era antes, como la mariposa es para crisálida. Tengo la impresión de que la representación zoológica de la transformación operada por la gracia en el hombre es un gusano que se arrastra por el suelo – un ser vil, feo, enterrado en el polvo –, que de repente se convierte en una hermosa mariposa. Esta es la transformación espiritual del hombre.

Esto lo deben pedir sobre todo los mediocres, que no se sienten progresar, y cuya vida de piedad se convierte en lero-lero, las Avemarías se automatizan, los pensamientos de piedad pierden el jugo, se conserva para todo esto una especie de cariño convencional, pero el fondo del alma no va por es camino.

Sin embargo, me gustaría hablar especialmente para aquellos que tienen la desgracia de no estar espiritualmente bien. Hay situaciones en la vida espiritual que son tan difíciles que la persona como que pierde el coraje: “No puedo, no aguanto. Está muy bien, es muy hermoso, pero está demostrado que perdí el aliento, y ya no avanzo más…”

Ahora, la Fiesta de Pentecostés nos recuerda admirablemente que esta forma de razonar es falsa. Por más grandes que sean las dificultades, el Divino Espíritu Santo puede, en cualquier momento, por la intercesión de la Virgen, atender nuestros pedidos y fulminar un alma con su gracia, como San Pablo camino de Damasco. Una intervención como esa, cualquiera puede y debe pedir.

En estas condiciones, por lo tanto, yo sugeriría que todos nos acerquemos a la Fiesta de Pentecostés con gran confianza, plenamente convencidos de que, si pedimos, la Santísima Virgen nos atenderá, obteniendo para nosotros una gracia especial del Espíritu Santo. No puedo asegurar que tal regalo va a llegarnos el día de Pentecostés, cuando las campanas estén anunciando el mediodía. Las cosas en la vida espiritual no ocurren tan cinematográficamente. Pero uno debe pedir para recibir en el momento apropiado y oportuno.

La verdadera acción del Espíritu Consolador.

A respecto de la acción del Divino Espíritu Santo en Pentecostés vale la pena otra consideración. Debido al giro histórico del espíritu religioso a lo largo de los siglos, cuando se habla de la tercera Persona de la Santísima Trinidad como Espíritu Consolador, se insinúa la idea de una viuda llena de crepes, teniendo tres niños cerca de ella, cada uno relamiendo un bizcochito, sentada al pie de un sauce junto a una tumba en el cementerio de la Consolação, y pensando: “¡Qué bueno era mi Pafúncio! Tan amable, tan correcto… Es cierto que una vez que me traicionó, pero no vale la pena pensar en eso ahora”. Y después de un tiempo de un bueno y suave llanto, se retira del cementerio consolada.


Pentecostés – Catedral de Santa María la Real, Pamplona, España

En una de sus obras, Proust2 aparece el personaje de una tía viuda que vivía en una hermosa habitación de la que nunca salía. La cama de esta señora estaba al lado de una ventana con vistas a la calle, para que pudiera ver todo lo que estaba sucediendo allí. La pared de la habitación era listada en azul claro y blanco, imitando tela, donde colgaba un retrato del difunto marido. Entre las distracciones de la viuda durante el día estaba mirar la foto y comentar con la criada: “Qué bueno era mi pobre marido…”

Esta es la idea común que se tiene de “consolación”. Por lo tanto, el Espíritu Consolador también sería el que nos haría tener un sabroso misticismo durante el Avemaría; una cosa melosa de donde la persona sale, en este sentido dulcificado de la palabra, consolada.

Sin embargo, el Espíritu Consolador no es esto, sino lo correspondiente a la etimología latina de la palabra “consolatio”, es decir, aquel que da fuerza. Él es apropiadamente el Espíritu de fuerza, de ánimo frente al dolor, al sufrimiento y a la lucha. Es el Espíritu Santo quien nos da fuerzas para luchar por la virtud, para lograr la santificación, para luchar por la Causa de Dios. Por lo tanto, es el Espíritu alentador, que da coraje para que la persona luche. Y no, lo contrario, el que coloca un gustico agradable de consolación, es este otro sentido de la palabra.

Sin duda, también es uno de los efectos del Espíritu Santo una cierta forma de dulce resignación, suave en medio de un gran sufrimiento. Pero este es un efecto entre muchos otros que el Espíritu Santo produce, y que no tiene nada que ver con el sentimentalismo melancólico, al estilo de Chopin3, y otras cosas del género. Es algo de resignación cristiana, por ejemplo, en la Virgen, después de que Nuestro Señor subió al Cielo, Ella pasó aún mucho tiempo en la tierra, para el bien de la Iglesia naciente, y anhelando por Él. Así que no tiene nada en común con la flaqueza sentimental de la que hablamos arriba.

No conozco nada mejor que los gisants de la Edad Media para darnos la idea sensible de este espíritu de ánimo, de energía, fruto del Espíritu Santo, que nos lleva a enfrentar la vida en cualquier circunstancia. Aquellos guerreros acostados, en una actitud de oración, armados para la vida y enfrentando plácidamente la muerte, después de transponer tranquilamente los umbrales de la eternidad, con fe en Dios y en la Iglesia Católica, listos para presentarse ante el juicio divino, confiados en su justicia y en su misericordia, representan bien, en mi opinión, esta forma de firmeza que da el Espíritu Santo. Una firmeza llena de serenidad, que no es insensible, calvinista. Esta actitud del alma es una de las manifestaciones de esa acción del Espíritu Santo.

Ánimo firme y paciencia: gracias que se obtienen del Espíritu Santo.

Me parece que hay que tener en cuenta al tratar sobre el problema del dolor, la posición del católico frente al sufrimiento, la admiración, la aceptación y la comprensión del dolor como un valor insigne que pone en orden e ilumina toda la vida en este valle de lágrimas. Todo esto sólo puede entenderse bien a partir de ese ánimo sobrenatural, que el Espíritu Santo da a los fieles para todo tipo de lucha y sacrificio, incluso para la adquisición, conservación y progreso de la virtud.

Al igual que la palabra “consolación”, también la noción de paciencia es tergiversada en nuestros días, considerándola como una cosa fofa, boba y sin sentido. ¿Pero qué es la paciencia? Este término proviene del vocablo passio, que significa sufrir. Por lo tanto, la paciencia es la capacidad de sufrir, una de sus manifestaciones es soportar injurias, cuando es el caso de soportarlas.

Tumba de los Duques de Orleans – Basílica de Saint-Denis, Francia

Pero esa no es una actitud tonta. La paciencia es un elemento indispensable e integral del coraje. Es por tener la capacidad de sufrir que el hombre es valiente. Pero ¿qué sentido tendría un reportaje que dijera: “La artillería avanzó con admirable paciencia sobre el adversario”? Nadie lo entendería. Sin embargo, tiene un significado: con una admirable disposición de sufrir, de dar y recibir golpes. Por lo tanto, es un elemento integral del coraje.

Pidamos a la Virgen que nos consiga gracias del Espíritu Santo para tener ese consuelo, ese ardor, especialmente en la vida de santificación y en la lucha contra el adversario.

1) Del francés: Gran retorno. A principios de la década de 1940, hubo un aumento extraordinario de espíritu religioso en Francia, por ocasión de las peregrinaciones de cuatro imágenes de la Virgen de Boulogne. Tal movimiento espiritual fue llamado “gran retour”, para indicar el grandioso regreso de ese país a su antiguo y auténtico fervor, entonces oscurecido. Al conocer estos hechos, el Dr. Plinio comenzó a emplear la expresión “gran retour” en el sentido no sólo del “gran retorno”, sino de un torrente abrumador de gracias que, a través de la Santísima Virgen, Dios concederá al mundo para la implantación del Reino de María.

2) Valentín Louis Georges Eugène Marcel Proust (1871 – †1922). Escritor francés.

3) Frédéric François Chopin (1810 – †1849). Compositor polaco-francés y pianista de la época romántica.

17May/21

¿ESTAMOS MENOS INTELIGENTES?

¿Estamos menos inteligentes?

P. Fernando Gioia, EP, Gaudium Press, 02/05/2021

¿Cómo serán las próximas generaciones? ¿Apáticos? ¿Pegados a los monitores? ¿Sin emociones ni relaciones humanas? ¿Menos inteligentes?

Resulta expresiva, hasta pintoresca, la identificación de las generaciones que han ido naciendo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el mundo digitalizado en que nos encontramos.

Una de las denominaciones más difundidas es de “nativos digitales”, los que nacieron después del inicio de esta “era”, y de “inmigrantes digitales”, acuñadas por el escritor norteamericano Marc Prensky en el 2oo1. Calificación muy discutida pues argumentan que fueron “inmigrantes” los que hicieron posible la revolución digital y no precisamente los “nativos”. Se defienden los “viejos inmigrantes” afirmando que: una cosa es ser experimentado en el uso de los medios digitales, otra es, el conocimiento de la misma, pues, no por ser “viejo” uno está anclado en el pasado y por ser “joven” se es versado e inteligente.

A través de los decenios fueron catalogadas las generaciones como: los “baby boomers” (1949 y 1968), ante quienes – en su tranquilidad social y familiar – irrumpe la televisión. La radio tenía una presencia que exigía de ellos imaginación y desarrollo del pensamiento ante lo relatado. Pasaron de la máquina de escribir al teclado, tras ellos llegan las nuevas generaciones.

Vivieron fuertes transformaciones, presenciando, unos como activistas, otros como espectadores, la “revolución de mayo del 68” en París, con sus eslóganes en grafitis, repercutiendo en el ámbito cultural y religioso. Tuvimos oportunidad de profundizar en artículo de opinión en LPG (“Es prohibido prohibir”, 12-4-2016).

LOS ‘NETS’

Con la aparición de Internet surgen los “nets” o “generación net”. Dentro de esta calificación, general, aparece primeramente la llamada “generación X” (1969-1980). Coexistían con la televisión en una comunicación unilateral, no tenían posibilidad alguna de participación. Al surgir los computadores, comienza una comunicación recíproca. Crecieron en el ambiente digital y los consideran como un puente generacional entre los de 1960 y 1993, aproximadamente. Son hijos de los “baby boomers” y padres de los “milennials” o “generación Y” (1981-1993).

A las generaciones siguientes se les fueron dando variadas titulaciones: “Y” o “centennials” (1994-2010) y “Z” o “decennials” (2011). Hiperconectados, todas sus actividades pasan por intermedio de la pantalla, viven inmersos en lo digital. En esa “virtualidad”, viven aletargados y refugiados en la inmediatez. Las fechas generacionales aproximadas, los consideremos como grupos que comparten una identidad coetánea ante el mundo que les rodea.

En medio de este maremágnum de calificaciones, también salen a luz los llamados “gamer”, tomados por los videojuegos; y el singular apodo de “generación muda”, pues viven del mensaje instantáneo, sin llamadas telefónicas.

Dentro de este panorama ha comenzado la polémica ante este caminar y dependencia digital. Muchos se preguntan si, con el correr de los años, ha habido un aumento en el nivel de inteligencia. Normalmente ocurría, con el pasar del tiempo, que los descendientes eran más inteligentes que sus mayores. ¿Qué está ocurriendo hoy?

TEMORES QUE SE REPITEN

Llama la atención que, cuando apareció la imprenta, se pensaba que los textos escritos podrían socavar la memoria y la sabiduría de las personas. En el siglo pasado se consideró una amenaza el nacer de la radio, pues, y con razón, distraía a los niños en las tareas. Llegada la televisión hubo reacción más asustadiza. Ésta pareciera caminar a su desaparición sobrepasada por la entrada en escena de las modernas tecnologías que invaden sigilosamente la vida cotidiana. Películas, videojuegos, redes sociales, etc., sobre-estimulan las distracciones, perjudicando la concentración y, como elemental consecuencia, la memoria.

Han estudiado, mediante escáneres cerebrales, vínculos entre el uso de la pantalla y el desarrollo cerebral en niños, mostrando su repercusión en el lenguaje. Mayor exposición a la pantalla peor lenguaje expresivo, hasta dificultad en la velocidad en nombrar objetos, repercusión en la plasticidad neuronal, en sus habilidades vitales, indispensables para su aprendizaje. En resumen: retraso en el nivel de conocimiento, en el lenguaje, consecuencias socioemocionales y en el desarrollo intelectual.

Adentrándonos en medio del remolino de esta polémica, algunos afirman que nos estamos volviendo más tontos. Basados en estudios realizados a través de lo que se llama de “efecto Flynn”, se descubre que el coeficiente intelectual, que siempre había ido en aumento desde los años 90, en los últimos veinte años ha disminuido marcadamente en los países más desarrollados.

EL TEMA DEL ESFUERZO

Afirman que internet se ha convertido en una memoria externa, delegando la actividad cerebral a los aparatos electrónicos. Haciéndose imprescindible para no pocos al facilitar el trajinar diario de variadas formas. Para movernos ya no nos esforzamos, un botón nos indica el camino o cambia de canal sin movernos. La tecnología nos proporciona solución para todo. Información directa, rápida y breve, pero, sin profundización. Quedamos sumergidos en informaciones y todo tipo de estímulos. No usamos nuestros propios recursos cerebrales. Somos cada vez más dependientes. Se desarrolla una, como que, adicción, las personas no consiguen separarse de su teléfono celular, que mismo apagado, sigue ejerciendo su influencia.

Un estudio de la Royal Society for Public Health, afirma cómo las redes sociales merman nuestras capacidades intelectuales. Tenemos un gigantesco acceso a la información y nuestras búsquedas se limitan a leer superficialmente. Abrumados por la sobre-información, disminuye nuestra concentración y reflexión. 

La inteligencia es la capacidad de razonar, planificar, resolver problemas, pensar, comprender, aprender con rapidez. De generación en generación, según el llamado “efecto Flynn”, se consideraba que, con el desarrollo social, mejorando condiciones de vida y educación, aumentaba el coeficiente de inteligencia. Pero se está notando lo contrario.

El neurocientífico Michel Desmurget (Lyon, 1965), director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud de Francia, con datos duros y contundentes, muestra cómo los dispositivos digitales están afectando gravemente al desarrollo neuronal de niños y jóvenes.

Hay una disminución en la calidad y cantidad de interacciones intrafamiliares, fundamentales para el desarrollo del lenguaje y emocional; va desapareciendo el tiempo dedicado a otras actividades más enriquecedoras (tareas, música, arte, lectura, etc.); el sueño mengua repercutiendo en la atención y retención; la concentración se hace difícil, repercutiendo en el aprendizaje, el cerebro no consigue desplegar sus capacidades.

Hace más de diez años, Nicholas Carr, escritor estadounidense, se preguntaba si esta situación nos estaba volviendo más estúpidos. Lo tildaron de exagerado. Autor del libro “Superficiales: lo que internet está haciendo con nuestras mentes”, afirma: “El uso de esta tecnología tiene grandes repercusiones mentales porque nos roba nuestra atención, y eso hace que pensemos más deficientemente. Se están perdiendo habilidades como la contemplación, la reflexión, la introspección” (BBC News Mundo 4-2-2021).

¿Cómo serán las próximas generaciones? Será una generación de apáticos, pegados a los monitores, sin emociones ni relacionamiento humano. Pasaron de hablar a teclear, quedaron “mudos”.

Regulemos el uso de la tecnología en los más pequeños y, por qué no, los grandes también procedan a ello. So pena de…

(Publicado originalmente en 2l diario La Prensa Gráfica de El Salvador, 2-5-2021)

29Mar/21

LOS COLORES DEL PARAÍSO

LOS COLORES DEL PARAÍSO

Caballeros del al Virgen – Publicado el 03/04/2021
Verdaderas joyas vivas, estos pajaritos son preciosidades que Dios ha puesto en la naturaleza para deleitar al hombre y llevarle a tener añoranzas del Paraíso.

“El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18, 2), canta hermosamente la Escritura. El salmista no conoció́ nuestras ciudades actuales, verdaderas selvas de hormigón, iluminadas por potentes luces artificiales, donde ya no es posible contemplar lo maravilloso de una noche estrellada.
Sin embargo, aún podemos admirarnos, por ejemplo, con el suave movimiento de las blancas nubes, que la imaginación infantil concibe como imponentes montañas de algodón, o con espectaculares puestas de sol, que pintan toda la naturaleza de exuberantes colores, tan vivos como ningún artista sería capaz de concebir.

Aunque tal vez lo que más nos atraiga del mundo natural sea el reino animal. Y en el vastísimo abanico de especies existentes podemos pensar en la agilidad, elegancia y belleza de las aves.

El pequeño tico-tico se destaca por la vivacidad del alboroto que arma en bandadas. El cisne se desliza suave en la placidez de un lago, como si prescindiera de cualquier esfuerzo para desplazarse. El colibrí́, en la delicadeza de sus alas y su pico, de vuela veloz cortejando a las flores.

Y las golondrinas buscan tejados y la cercanía con el hombre, como a la espera de una mano amiga que quiera compartir con ella las migajas de su pan.

Y si hablamos de colores, quizá́ sean las aves el género más rico en colorido del reino animal. La variedad de tonalidades es enorme, dejando atónito a un observador poco versado en ornitología.


Es lo que podemos apreciar en las simpáticas saíras, que ejercen un atractivo especial precisamente por los colores de su plumaje. Presentan unos azules, rojos, verdes o dorados que parecen piedras preciosas aladas, sublimando con la vida el reino mineral. Tanto que han servido de modelo a numerosos escultores que tallan en piedras semipreciosas, e incluso preciosas, bellas figuras de esos pájaros.

Estos pajaritos, auténticas joyas vivas salidas de las manos del divino artífice, son preciosidades que Él ha puesto en la naturaleza para que, en armonía con la diversidad de otros colores presentes en el mundo vegetal y mineral, puedan deleitar al hombre y llevarle a tener añoranzas del Paraíso, con un deseo aún mayor por conocer las grandiosas bellezas celestiales.


Sepamos admirar las maravillas de este mundo con los ojos puestos en la eternidad, porque, como dice poéticamente San Agustín, “si son hermosas las cosas que creó, ¡cuánto más hermoso es el Creador”.[1]

Y estemos seguros de que lo que Dios ha reservado para los que se salvan es todavía más hermoso, pues “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Co 2, 9).
——————————

1 SAN AGUSTÍN. Enarratio in Psalmum CXLVIII, n.o 15. In: Obras. Madrid: BAC, 1967, v. XXII, p. 894.

21Mar/21

EL LARGO RETRASO PERMITIDO POR DIOS

EL LARGO RETRASO PERMITIDO POR DIOS

Plinio Corrrea de Oliveira (Extraído de la conferencia del 17/08/1988)

Aunque la Iglesia Católica nunca morirá, a veces, parece que fue colocada en un sepulcro. Sin embargo, así como Nuestra Señora estaba segura de que Nuestro Señor Jesucristo resucitaría, así nosotros debemos estar convencidos que la Iglesia resurgirá milagrosamente de esa especie de muerte aparente, y creer en la realización de las profecías, en la victoria y en el Reino de María.
Llegando al auge de la Edad Media, por la idea de que se establecía la Civilización Cristiana, que la Iglesia llegaba a una plenitud, se intensificó entre los medievales la devoción a Cristo Resucitado, y el número de Iglesias consagradas a esa invocación aumentó considerablemente, lo que es muy bonito.

La Iglesia está en una aparente muerte

Yo no vi tratar ese tema en libros de piedad, pero un aspecto en el que se debería poner más atención es la devoción de Nuestra Señora durante los tres días en que Jesús estuvo en el sepulcro. Porque existe una analogía entre la situación de la Iglesia hoy en día y Nuestro Señor en el sepulcro.

La Iglesia Católica no está muerta, pero la apariencia es que ha sido puesta en una sepultura. Ella no va a resucitar porque no murió, pero de esa especie de muerte aparente ella saldrá milagrosamente. Entonces, nosotros estamos en esos tres días – número históricamente real, pero de valor simbólico – de Nuestro Señor en el sepulcro.

Para la Santísima Virgen era tremendo por las añoranzas que sentía de Él. Análogamente, son nuestras añoranzas de la Iglesia, cómo fue y, sobre todo, cómo no la alcanzamos a conocer. Esas añoranzas deben sernos duras en este período.

Así como Nuestra Señora estaba segura de que Nuestro Señor Jesucristo resucitaría, también nosotros debemos estar convencidos de que la Iglesia no murió, y pasar por esta prueba: creer en el cumplimiento de las profecías hechas en Fátima, en la victoria y en el Reino de María.

Nuestra Señora adoraba el cadáver de su Divino Hijo en unión hipostática inmutable con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero, sin embargo, estaba muerto. Entre tanto, el auge de la devoción de Ella era adorarlo ya resucitado.

También nosotros debemos amar la Santa Iglesia en esa aparente muerte en que está, pero teniendo seguridad que “resucitará”, amarla desde ya como Ella será en el futuro; nos deben alimentar ideas, esperanzas, percepciones del Reino de María y prepararnos para el día de la resurrección.

Quise hacer esta reflexión por ocasión de la Cuaresma y de la Semana Santa.

Uno de los elementos de la decadencia del hombre

Es una cosa curiosa, pero el triunfo deteriora a quien no conserva en su boca o en su memoria la amargura de las pasadas derrotas. Esto es sistemáticamente así. Uno de los elementos de decadencia del hombre es cuando piensa que eso es bueno – y, hasta excelente, a veces – que tiene es enteramente normal, y todos sus inferiores son unos infelices, porque no tienen sino lo que la vida debe dar. Cuando el individuo forma esa noción de la existencia, comienza a deteriorarse.

El punto de referencia es otro. Se debe pensar que lo común en este valle de lágrimas es el estado de mendigo, y cualquier cosa que esté por encima de la indigencia ya representa una cierta ventaja. De tal manera que, cuando en la indigencia le dan un pan, debe dar gracias a Dios. Y si llega a tener un poquito más que la miseria, puede desear más, pero nunca maldecir aquel poco, jamás dejar de reconocer que ese poco es alguna cosa que debe alegrarlo.

A veces, aquellos hijos cuyos padres son muy importantes, o muy nobles, o muy sabios, o muy cualquier cosa, por haber nacido en esa situación, consideran un absurdo no tener determinados privilegios, y mucho más todavía. Entonces comienzan a debilitarse, a deteriorarse y a podrirse.

También nosotros, para no podrir el Reino de María, tenemos que conservar el recuerdo de los torrentes en que bebimos por el camino. Para que cuando levantemos la cabeza comprendamos el favor que Dios nos está haciendo e, incluso en el auge de nuestra gloria, no encontrar eso tan normal. De lo contrario, al cabo de unos cinco años, estamos tan débiles que si fuera necesario volver atrás ya no tendríamos coraje. Es el efecto del pecado original. Así es la vida.

Leí en las memorias de una institutriz de las hijas de Nicolas II que cuando el Zar iba a París, en viaje oficial, llevaba a toda la familia. Mientras él y la Zarina estaban participando en las recepciones oficiales, las niñas llevaban una vida aparte. E iban a las tiendas de juguetes, que avisadas anticipadamente de la visita de las gran-duquesas exhibían los juguetes más caros y ponían los mejores vendedores a disposición para atender a las niñas.

Ellas ni preguntaban el precio pues, no les importaba. Ellas simplemente decían: “Yo quiero esto, aquello y también esto otro…” Nicolás II, a su vez, recibía la cuenta y pagaba, sin preguntar. Ahora, eso deteriora un niño a más no poder.

Según las costumbres antiguas, el primogénito heredaba todo el patrimonio de la familia y quedaba con la obligación de administrarlo. Los otros hijos, o se lanzaban a la aventura, o quedaban en cero. Estos, sin embargo, no consideraban eso una infelicidad. Al contrario, juzgaban una desventura el destino del primogénito que continuaba amarrado a su castillito, sin poder vivir la aventura que ellos tenían por delante.

D’Artagnan fue eso. Según la leyenda, el murió en el momento de recibir el bastón de Mariscal deFrancia. Y moría con la idea de haber realizado una cosa fabulosa. Pero él tuvo que luchar duro…

Nosotros tuvimos en Brasil un sistema parecido. Los descendientes que no pertenecían al ramo primogénito recibían tierras enormes para colonizar, y pasaban los mejores años de la vida, desde el día del día del matrimonio hasta más o menos los 45 años, trabajando duro, sembrando, se enfrentando a bandidos, porque era “FarWest”. Cuando la hacienda estaba organizada, ellos volvían para la capital y pasaban a ir periódicamente para administrar la propiedad. Para eso construían casas en la hacienda donde pasaban temporadas. Era una lucha conseguir alguna cosa. Eso es muy formativo.

En el largo retraso que soportamos, debemos vivir con ascesis

Ejemplos como estos sirven para entender las humillaciones y tantos otros sufrimientos que ahora pasamos, y así cuando llegue el Reino de María no corrompernos en la gloria, sino que demos el debido valor al hecho de haber subido con sacrificio, reconocer cuánto debemos a Nuestra Señora por eso, y conservar la siguiente idea retrospectiva: Si yo fuera capaz de volver al inicio y beber del torrente de nuevo, porque así Nuestra Señora lo querría de mí, no me he corrompido. Pero si no fuera capaz, puedo estar seguro de que estoy putrefacto, abusé del don de Dios.

Tengo la impresión de que este largo retraso que soportamos es permitido por la Providencia para prepararnos para una inmensa gloria, dentro de la cual debemos vivir con ascesis. Alguien podría objetarme: “Pero yo no quiero eso, porque si hasta en esa hora hay que vivir con ascesis, entonces esto no es vida”. Yo digo, “Amigo mío, Ud. se pudrió antes de subir. Mientras estaba abajo, Ud. alimentó sueños pútridos e imaginó una vida sin la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”.

Hay una idea, en la que muchos de nosotros hemos sido educados, que se debe evitar el mirar hasta el fondo las contrariedades que trae la vida, considerándolas superficialmente para así no sentirlas. Y para esto, rodearse de las mayores delicias y diversiones que sea posible, para que cubran, en la medida de lo posible, los aspectos dolorosos que uno no debe ver.

Ahora, esta es una impostación equivocada. Hay que ver enteramente cualquier cosa dolorosa que la vida traiga. Porque así es en la vida de todos y no sirve de nada huir de la verdad. No hay nadie que no tenga sufrimientos muy fuertes en la vida, incluso entre fulgores muy atractivos y agradables. Sin embargo, la existencia revela grandes sufrimientos que debemos ver de frente, hasta dónde llegan y hasta dónde puedan ir, preparando el alma para aguantarlos.

Esta postura da al alma una especie de sacralidad, de nobleza, de fuerza para reconocer que, aunque la vida sea así, es digna de ser vivida. No porque arroje un saldo positivo, sino porque el alma crece mucho cuando asume así el dolor, de frente, como Nuestro Señor Jesucristo tomó el suyo en el Huerto de los Olivos.

Cuando la cruz se nos presenta, debemos abrir enteramente los ojos y los brazos

Mi devoción a Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos es aún más profunda que la propia crucifixión. No porque ignore que el apogeo de la Pasión es la crucifixión, sino porque esta meditación puramente espiritual del dolor, incluso antes de que llegue, su previsión y esa impostación de espíritu para recibir ese dolor, visto hasta el fondo, me parece fundamental en el alma católica.

De hecho, es sorprendente, pero esto es lo que hace interesante algún alma que tratamos. Cuando un alma trata de no ver el dolor, no es interesante. Al contrario, cuando ve el dolor hasta el fondo se asemeja a un instrumento musical afinado, con las cuerdas en orden. Esto le da una resonancia, una vida, a todo lo que ella diga,porque está sintonizada en orden al dolor.

Oración en el Jardín – Museo Diocesano, Barbastro, España

Es, de hecho, la Cruz de Nuestro Señor. Porque la palabra “dolor” sin la Cruz da paso a todo tipo de desequilibrio posible. La vida humana es inexplicable e insoportable sin Nuestro Señor Jesucristo. Por eso que San Pablo decía que sólo sabía predicar a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado (cf. 1 Co 2, 2).  

Hay místicos que vieron a Nuestro Señor recibir la Cruz y besarla. O sea, expresar afecto por ella. Creo que es absolutamente una cosa de primera categoría. Ahora, ¿qué significa para nosotros el afecto por una cruz inmaterial? ¡Es aceptarla con lealtad, abriendo los ojos y los brazos enteramente!

Por ejemplo, la cruz al ser despreciado. Es mejor bajar por el valle de ese desprecio hasta el final. No exagerar, imaginándolo más grande de lo que es, sino entreverlo en su tamaño real. “¡Muy bien, yo lo acepto! Me siento en el banquillo de los despreciados como si fuera un trono, y allí me quedo. Así sucedió, ¡vamos para adelante!

Si conociéramos las aflicciones que evitamos para nuestra alma cuando procedemos así… Porque la realidad es la siguiente: el sujeto no acepta y comienza a tomar como absurdo todo y cualquier dolor que le llegue. Ahí no hay manera de evitar la enorme ansiedad para que eso no suceda. Y en la ansiedad la persona sufre mucho más que en la aceptación franca y leal. Esta última produce una calma, una estabilidad, una fuerza que realmente corresponde a los designios de Dios, a una humilde aceptación de lo que Nuestro Señor quiere para nosotros.

Sufrir en unión con Nuestro Señor Jesucristo

Por lo tanto, hay dos actitudes que integran la virtud de la templanza. Una es entender que la vida es un valle de lágrimas, y saber saborear como un regalo de Dios cualquier pequeña alegría enviada por Él para aliviarnos. El auge de la alegría no está en su tamaño, sino en su calidad. Por lo tanto, saber deleitarse de las pequeñas alegrías de la vida, y no imaginarlas mayores de lo que son en realidad, entendiendo que son transitorias, y saber verlas hasta el final, es un elemento indispensable para que la persona no se deteriore, no se pudra. Porque si no se hace eso, la persona imagina que lo normal es llevar una vida en la que todo vaya de acuerdo con sus deseos, y lo que no sea eso resulta una desgracia. Este último es mucho más infeliz que el primero.

Otro elemento de la templanza es entender que lo normal de esta vida es sufrir, y mucho, y que se debe sufrir en unión con Nuestro Señor Jesucristo, considerando el sufrimiento en su aspecto sobrenatural, sin el cual nada tiene sentido. Así que, viniendo algún contratiempo sobre nosotros, hay que mirarlo con entereza, de frente, medir integralmente el sufrimiento que trae y decir: “Yo soporto, acepto y sigo hacia adelante”.

Es el ejemplo que Nuestro Señor nos dio en su Pasión. En la Agonía del Huerto previó todo. No se hizo de incauto. Todo lo que sufriría en su cuerpo le fue revelado a su naturaleza humana. Además, todos los dolores del alma, la ingratitud, etc. De hecho, con los apóstoles ganó experiencia. Vio todo esto y no cerró los ojos. Sufrió hasta el final con la perspectiva de lo que se aproximaba. Sintió que su voluntad perfectísima no aguantaría y pidió que se le apartara ese sufrimiento. Pero vean el equilibrio perfecto: “Si es posible, apártalo. Si no es posible, hágase tu voluntad y no la mía” (cf. Mt 26, 39).

Aplicando eso para nosotros, debemos tener el valor de ver nuestra situación tal como es, enteramente y lo irremediable que pueda ser. Porque si el único “remedio” fuera apostatar, este “remedio” no lo contemplamos de ninguna forma, porque en el momento en que uno de nosotros considere esa hipótesis, comenzó a calcular el valor de las treinta monedas… Esta no es una hipótesis válida. Luego es necesario aguantar así esa situación, no hay otra salida.

Es absolutamente indispensable ver la realidad de frente

Soportando el sufrimiento con esta fuerza, la persona llega con calma hasta el final, con paz, con dignidad. Y en esto vivió su vida. Entonces son estos los dos aspectos de la templanza: saber apreciar las cosas que Dios manda, y amar la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, como es destinada a todos los hombres.

A veces encontramos personas realmente felices, pero que no quieren pensar en la posibilidad de una desgracia. ¡En algún momento, reciben un susto! Porque de repente, la desgracia revienta a sus pies.

Imaginemos a un hijo que ama con cariño a sus padres. De repente, se da cuenta de que sus padres por los que se sacrifica, y que lo consideran muy bueno, de hecho, no lo aman como él los ama. Y esto se expresa, por ejemplo, por su actitud hacia otro hijo que no es bueno, para el que tienen una predilección tonta, aunque este hijo despilfarre su dinero y haga desastres. Y eso sólo porque es el hijo más parecido a ellos, es más apuesto, cualquier cosa del género…

Sin embargo, el primero sigue siendo un buen hijo, no cae en el desánimo, ni queda amargado, pero apunta: “Mis padres son así”. Por lo tanto, no se trata de pensar lo siguiente: “Voy a revisar mi procedimiento. ¿Valdrá la pena seguir dándoles esa dedicación o no vale la pena? Puedo disminuirla, porque sería un imbécil si los trato como padres perfectos porque no lo son”. Al contrario: “Son mis padres y, como tales, tienen derecho a mi dedicación”. Sin embargo, esta situación puede crear diferentes grados de tribulación. ¡Hay que verlo de frente!

En una ocasión, vi un ejemplo doloroso de esto. Era una historia sobre una familia muy noble de Francia. La fotografía mostraba al padre y a la madre todavía jóvenes, muy bien parecidos y ya rodeados de una camada de niños, todos muy sanos, permanentemente alegres, dando idea de la propia felicidad de la pareja. Se veía esa alegría despreocupada y optimista, en la que se encontraba una pequeña mancha en materia de religión, porque si es verdad que todos tomaron clases de catecismo, hicieron la Primera Comunión -en aquella ocasión estuvieron elegantes e incluso piadosos-, sin embargo, no les fue enseñado lo que estoy diciendo aquí.

Pensé: “¡O toda mi forma de ver la religión y la vida está mal, o esta familia tendrá un problema de otro mundo!” Como resultado, era un tropel de delincuentes. El marido, publicó en la misma revista, en la que se publicó el mencionado reportaje, que durante mucho tiempo no tenía temas para tratar con su esposa, incluso en los momentos auge de su matrimonio, porque ella era completamente vacía y no tenía nada que decirle. ¿Podemos imaginar lo que significa para una mujer, que tuvo la ilusión de ser amada por su marido, leer esto y darse cuenta de que de que no solo ya no gustaba, sino que nunca gustó de ella? Bueno, ver de frente esto es absolutamente indispensable y es parte de los tales elementos de la templanza que uno debe tener.

Conozco a una persona que en su temprana adolescencia me comunicó este pensamiento: “Sé que fui llamado a servir a Nuestra Señora. Pero no me importa si Dios me llamó para eso. ¿Por qué me escogió, cuando pudo haber elegido a otro para padecer ese mundo de sufrimientos inherentes a la vocación, y a mí dejarme tranquilo con mi vida?”

De hecho, sufrió mucho por lo que tenía que hacer e hizo, y por lo que no debía hacer, pero también hizo. Actualmente es muy buen hijo de Nuestra Señora. Pero quería analizar ese estado de ánimo que en un momento fue suyo.

Este joven debe haber recibido muchas y buenas gracias en el período de su infancia y adolescencia. Sin embargo, al mismo tiempo saboreando intensamente, sin vínculo con estas gracias, escenarios materiales propios para hacerle llevar una vida feliz. Esto redujo su horizonte, de tal modo que, en lugar de considerar el formidable panorama de los que son llamados por Dios a un ideal alto, se regocijaba con el pequeño horizonte, con el edificio de techo bajo, de la pequeña vida que tenía ante sí, que probablemente se le presentó como una existencia ideal.

La alegría de los grandes horizontes
Castillo de Combourg y estatua de Chateaubriand - Francia
Castillo de Combourg y estatua de Chateaubriand – Francia

Bueno, es una cosa curiosa, aunque sea en medio de congojas existe la alegría en los grandes horizontes. Que trae, sin embargo, un bienestar y una satisfacción que el horizonte estrecho, el edificio de techo bajo nunca da.

Text Box: Castillo de Combourg y estatua de Chateaubriand - FranciaChateaubriand1 hace una magnífica descripción de una noche en el castillo de Combourg. Tenía una hermana llamada Lucille, a quien amaba mucho. Presenta a su madre, la señora Chateaubriand, como una muy buena persona, pero con una mala salud que debía cuidar. Y el padre, una especie de león en la jaula, una fiera. Después describe una tarde en la residencia familiar, un castillo gótico con un techo muy alto, grandes salas donde ponían una mesa para cenar. Comían en silencio porque su padre estaba continuamente pensando en otras cosas y producía miedo. La madre también tenía miedo del padre y se quedaba quieta; suspiraba a veces dulcemente, y continuaba cenando.

Después de la comida, comenzaba el “entretenimiento” familiar. Se levantaban e iban a un enorme salón al lado del comedor, donde por falta de dinero sólo había una luz encendida cerca de la madre. Ella se sentaba en una silla más cómoda, mientras el padre caminaba, de modo que cuando se acercaba o se alejaba, su sombra en la pared crecía o disminuía. Así, se oían en el suelo de piedra, los pasos del viejo vizconde en un caminar preocupado. De vez en cuando, se detenía frente a los niños, que en una esquina susurraban, los miraba fijamente y les preguntaba: “¿De qué están hablando?” Un poco como alguien que quiere entretener la conversación, pero él no entendía que, con eso, paralizaba a los niños… En este ambiente, el techo alto aumentaba la melancolía y la desolación. Se entiende que esto le pareciera a Chateaubriand inmensamente triste e incluso soturno.

Cuando llegaba el momento de acostarse, el joven Chateaubriand iba a dormir solo en una torre. Se metía en una cama con esos clásicos cortinados, mientras los vientos del mar soplaban sobre la torre, aullando, silbando, y el Chevalier de Chateaubriand aterrorizado dentro de las cobijas, hasta que llegara el sueño. Tengo la impresión de que, por la mañana, se levantaba despreocupado, y hasta bajaba al mar para jugar con los niños de la zona y era ya otra cosa.

Cuando un alma tiene una parte vuelta para la pequeña vida y otra para los grandes ideales, estos juegan un poco el papel del techo alto del Castillo de Combourg. Al individuo le gustaría escapar hacia algo más acomodado, más recto, más arreglado, para tener, después de todo, la alegría de ser pequeño.

Por lo tanto, puede haber dos maneras de considerar la llamada de Dios: una es al estilo de la torre que aúlla y todas esas cosas; otra es el alma grande de un cruzado, de un hombre que aceptó la cruz y tiene en ella una consonancia con el Divino Crucificado.

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1) Francois-René Auguste de Chateaubriand. Escritor, ensayista, diplomático y político francés (*1768 – †1848).

25Feb/21

NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

NUESTRA SEÑORA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

P. Rafael Ibarguren, Heraldo del Evangelio – Consiliario de Honor de la FMOEI
Mensaje del Consiliario de Honor de la Federación Mundial de las Obras Eucarísticas de la Iglesia.

Fue San Pedro Julián Eymard, Fundador de la Congregación del Santísimo Sacramento en 1856, que llevó a la máxima exaltación hasta entonces, la devoción a la Eucaristía con la exposición perpetua y solemne; esa fue la originalidad de su fundación. Su celo lo llevó a ambicionar y a trabajar con empeño para que la adoración perpetua se estableciese en el Cenáculo, en el propio lugar en que Nuestro Señor instituyó el Divino Sacramento. Pero, a pesar de sus esfuerzos para lograr ese objetivo tan simbólico y genial, no pudo concretizarlo.

Como no podía dejar de ser, el santo era un gran devoto de María Santísima; Ella le inspiró la idea y le animó a realizar su providencial Congregación. Escribió una breve meditación mariano-eucarística destinada a sus hijos espirituales que interesará a los fieles amantes de la Eucaristía:

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento es el nombre nuevo de algo muy antiguo. Se veneran con razón todos los misterios de la vida de la Madre de Dios. Las almas contemplativas han encontrado en la vida de María en Nazaret un ejemplo, como los corazones desolados una consolación en la Virgen Dolorosa.

Hay en todas las acciones de los Santísima Virgen, una gracia que nos lleva suavemente a honrarlas y a imitarlas, cada uno siguiendo su propia vocación. Pero, no olvidemos que María vivió más de quince años después de la Ascensión de su Divino Hijo ¿En qué fueron ocupados esos largos días de exilio, y qué gracia encierra esta importante parte de la vida de nuestra Madre? El libro de los Hechos (2, 42) lo indica muy claramente. Está dicho ahí que los primeros cristianos vivían en la paz, la unión, la caridad ardiente; perseverando en la fracción del pan.

Vivir de la Eucaristía y para la Eucaristía, reunirse en torno del tabernáculo para cantar himnos y cánticos espirituales; he ahí el carácter distintivo de la Iglesia primitiva. El Espíritu Santo lo ha consignado en la sublime historia eclesiástica redactada por San Lucas: tal fue también el resumen de los últimos años de la Santísima Virgen María, que reencontraba, en la adorable Hostia el fruto bendito de sus entrañas, y en la vida de unión con Nuestro Señor en el Tabernáculo, los dichosos tiempos de Belén y de Nazaret. ¡Oh sí! Es María, sobre todo, que perseveraba en la Fracción del Pan.

Almas eucarísticas, que queréis vivir para el Santísimo Sacramento; que habéis hecho de la Eucaristía el centro de vuestras vidas, y de su servicio, vuestro único trabajo, María es vuestro modelo; su vida, vuestra gracia: perseverad como Ella en la fracción del Pan.”

Efectivamente, al considerar la vida de la Virgen, se suele tener en cuenta su presencia en Belén, en Nazaret o en el Calvario, pero se deja de lado el tiempo en que, ya sin la presencia física de Jesús como la tuvo hasta la Ascensión, Ella continuó en Su compañía a través de las Especies consagradas que palpitaban en su pecho sin interrupción, y que se renovaban cada vez que volvía a comulgar.Un piadoso autor antiguo, Bernardino de París, afirma que Jesús, al instituir el Sacramento, tuvo en vista principalmente a su Madre, a fin de que la más excelsa de sus obras fuese recibida por la más noble y santa de sus creaturas.

María Santísima fue la única que mantuvo la Fe íntegra, cuando Jesús estuvo en el sepulcro. Después de la Resurrección, animó a los discípulos, los mantuvo unidos y expectantes y propició la venida del Espíritu Santo; instruyó a los apóstoles con su testimonio, sus consejos y los relatos de la vida de su Divino Hijo ¿Quién sino Ella pudo narrar a San Lucas los episodios de la infancia de Jesús que están estampados en su Evangelio? ¿Y qué confidencias no recibió de Ella San Juan, entregada a sus cuidados por Jesús desde la Cruz? Con razón María es Madre de la Iglesia, porque desde sus comienzos, Ella estuvo dándole ejemplo, fuerza e instrucción ¡misión que continúa desde el Cielo!

Sí, y a lo largo de la historia, la Iglesia ha ido creciendo en santidad, siendo que los pecados de sus miembros no llegan a desfigurarla en su substancia. Cristo “se entregó a Sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 25-27). Por la fuerza de la Eucaristía y bajo em manto de María, no se piense que la Iglesia “sobrevive” en las diversas crisis por las que pueda atravesar ¡Ella se renueva y progresa en permanencia!

El desarrollo del culto al Santísimo Sacramento es un aspecto de ese crecimiento continuo. Si es verdad que últimamente se han cerrado tantas iglesias -y algunas hasta han sido profanadas- no es menos cierto que el fervor y la sed eucarística se potenció, aquí y allá. Por ejemplo, en las iglesias y capillas de la Sociedad de Vida Apostólica Virgo Flos Carmeli -a la que pertenece quien escribe estas reflexiones- y siempre con el cuidado de las debidas normas prudenciales, la adoración al Santísimo y la celebración de Misas, orando por las necesidades de la Iglesia y del mundo, se vienen sucediendo sin interrupción desde hace años. Más recientemente, las intenciones de la adoración y de las Misas se centran especialmente en los enfermos, en los difuntos y en sus familias.

Esta realidad fulgurante no brilla a los ojos paganizados del mundo, pero sí ante el trono del Altísimo ¡Cuántos beneficios compran y cuántas desdichas evitan! Sí, la oración a los pies del Señor Sacramentado conquista señaladas gracias.

Las muchas horas que San Pedro Julián pasó junto al Santísimo -en el altar, ante el sagrario o durante la exposición- ya le merecieron la visión sin velos en el Cielo del Dios que adoró oculto en la Eucaristía, y de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, su Santa Madre. Porque disfrutar para siempre junto a Dios y a la Virgen es el maravilloso destino eterno de los adoradores de todos los tiempos.

Mairiporá, 1 de febrero de 2021.

https://www.opera-eucharistica.org/espa%C3%B1ol/espiritualidad/mensaje-del-consiliario-de-honor/

15Feb/21

Lourdes y Fátima, Dos Grandes Apariciones Marcadas Por El Misterio De Sus Secretos.

Lourdes y Fátima, Dos Grandes Apariciones Marcadas Por El Misterio De Sus Secretos.

P. Fernando Gioia, EP

8,000,000 de peregrinos llegan –en tiempos normales sin pandemia– a la Gruta de Massabielle, a orillas del río Gave, en Lourdes, región de los Pirineos de Francia. Llevan sus enfermedades viajando de los lugares más recónditos, arriban donde, la “Señora vestida de blanco”, se apareciera en 18 oportunidades a la rústica campesina de 14 años Bernardette Soubirous. Todo comenzó el 11 de febrero de 1858.

Maravillosa fuerza de atracción testimoniada por asombrosos milagros. A fin de eliminar dudas y demostrar la insondable compasión de María Santísima, la Iglesia instituyó un comité médico que analiza los enfermos antes de ser bañados en el agua de la fuente curativa. Se han registrado más de seis mil curaciones inexplicables para la medicina; si bien que consideran 64 los milagros reales indiscutibles.

En aquellos tiempos, un impío famoso escritor francés fue de incógnita, con la intención de recoger informaciones para un libro contra los prodigios de Lourdes. Viendo la fe fortalecida y la esperanza, que no se quebraba, al volver a París dijo para sus íntimos: “Yo hui, porque el milagro me aplastaba”.

Elevado comentario hacía el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira por la década del sesenta: “Lourdes concede al enfermo una tal conformidad con el padecimiento que no se tiene noticia de que alguien, allí estando y no siendo curado, tomase una actitud de rebeldía. Por el contrario, las personas retornan a sus lugares inmensamente resignadas, satisfechas por haber podido hacer su visita a la célebre gruta de los milagros, y contemplar la bondad de María para con los otros infortunados que no con ellas”.

Lourdes ocupa un puesto de grandeza entre las apariciones de los últimos dos siglos junto a Fátima. Ambas tienen una profunda vinculación, hacen presentir el prometido Reino del Inmaculado Corazón de María. En Fátima, la Virgen advierte al mundo sobre la alarmante decadencia moral por la que estaba entrando. En Lourdes, vemos la expresión de gracias mariales, a través de conversiones y de curas portentosas, tal que se la considera como sinónimo de milagros.

No dejan de tener un dejo de misterio sobre “secretos” comunicados. En Fátima tres secretos al momento conocidos. En Lourdes, la vidente recibió “tres secretos”, además del pedido de sufrir por “un gran pecador”, que no identifica.

Transcurría el siglo XIX, un mundo nuevo de la técnica, del dinero y de los inventos, influenciaban el vivir de los hombres, quimeras que colocaban al margen las enseñanzas evangélicas.

Bien afirmaba el Dr. Plinio: “Lourdes es una de las más extraordinarias manifestaciones de lucha de Nuestra Señora contra el demonio, pues esa aparición se dio en el auge de las persecuciones y desprecios movidos por el anticlericalismo del siglo XIX para debilitar la Iglesia”.

Era el pontificado del Beato Pío IX que, para contrarrestar esta onda de soberbio ateísmo que avanzaba sobre los corazones, proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción en 1854. Especial inspiración confirmada desde el Cielo por las apariciones de Lourdes, cuando Bernardette entrevé a una Señora “vestida de blanco, un velo también blanco, un cinto azul y una rosa amarilla en cada pie”.

Si nos volvemos a aquellos momentos, y recorremos las apariciones en singular Gruta, encontraremos, pocas palabras –al menos las conocidas– que la Santísima Virgen trasmite, y los difíciles momentos por los que pasa esta simple campesina. Fuertes oposiciones intentaron acabar con esta singular “aventura”.

Hasta la tercera aparición la imagen será muda; momentos de oración –la única que sabía Bernardette era el rosario– y de contemplación silenciosa. Comenzará a comunicarse con Bernardette, no en francés sino en el dialecto local, el patois. Pide oraciones y sacrificios por los pecadores, manda excavar con sus manos la fuente, “pide a los padres que construyan una capilla. Quiero que todos vengan en procesión”. En las diversas apariciones fue la Santísima Virgen diciendo: “Quiero que venga aquí mucha gente”, “¡pide a Dios por los pecadores!, ¡penitencia, penitencia, penitencia!

Los asistentes no veían a la “Señora”, pero sentían Su presencia y se conmovían con los éxtasis de la vidente. La afluencia del público aumentaba, el comisario prohibió ir a la Gruta. Eran tiempos de presión del ateísmo sobre la religiosidad popular.

Las gentes piden pruebas, como siempre. La Señora le indica dónde cavar con su mano, hacer un hueco, del cual surgió una fuente. Bernadette bebió, se mojó también la cara, quedando con lodo. Todos se burlaron diciendo que se había vuelto loca. ¡Oh misteriosos designios de Dios! El entusiasmo sensible decae, los espectadores se desencantan. Era un 25 de febrero.

Surgía allí el manantial de los milagros más conocido por la humanidad, símbolo de las inagotables gracias concedidas a todos los que allí van en peregrinación. El agua, analizada por destacados químicos, es: virgen, muy pura, natural, sin propiedad térmica, ninguna bacteria sobrevive a ella. Demostrado está: uno tras otro, enfermos de todo tipo, se bañan en las piscinas de Lourdes y no se contagian de nada.

Tres semanas después, un 4 de marzo, la mensajera, “anónima”, ante la insistencia de Bernardette y el requerimiento del párroco, reveló quién era: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, raro título para los hombres y mujeres del momento.

Pero el “misterio” de Lourdes queda centrado en las apariciones del 23, 24 y 25 de febrero, en que “la Señora de blanco” le comunica tres secretos. El 23 uno que solo a ella le concierne y que no puede revelar a nadie, y una oración que le hacía repetir, pero que no quiso que la diera a conocer. El 24 le reveló un secreto personal y después desapareció. El 25 le dijo: “Hija mía, quiero confiarte solamente a ti el último secreto; igualmente que los otros dos no los revelarás a ninguna persona de este mundo”.

La última aparición, el 16 de julio, ocurrió discretamente. Fue a distancia, separadas por las aguas del río Gave y las gentes que no dejaba el comisario aproximar a la gruta.

En ciertos momentos, de su dolorosa agonía, se le oyó decir que lo ofrecía en reparación por el “gran pecador”. La hermana asistente le preguntó y le respondió colocando el dedo en la boca en señal de silencio.

Con los años su persona decreció, la gruta, con su fuente y sus milagros, pasaron a primer plano. Bernardette en 1866 sale de Lourdes. Había cumplido su misión. Cumplió, con gran entrega, todos los sufrimientos y obstáculos puestos por el demonio durante esta etapa. Entra en la vida religiosa, “nunca me imaginé que sufriría así”, decía, en las terribles probaciones que padeciera; nada la hizo sufrir más que algunas monjas de su comunidad. Exhumado su cuerpo en 1933 permanecía incorrupto. Se convencieron que fuera “una víctima expiatoria de sus tres secretos y del “Gran Pecador”, que nunca reveló a nadie, según el decir del historiador Pierre Claudel en su libro “El misterio de Lourdes”.

24Ene/21

LUCES DE LA INTERSECIÓN DE DOÑA LUCILIA: MANO QUE PACIFICA Y SOSIEGA.

LUCES DE LA INTERSECIÓN DE DOÑA LUCILIA: MANO QUE PACIFICA Y SOSIEGA.

No cesan de llegar a nuestro conocimiento relatos de nuevas curaciones y milagros obtenidos por intercesión de Doña Lucilia. En todos ellos hay un denominador común: además de resolver el problema concreto, ella calma el espíritu y apacigua el alma.

Señor! ¡Señor, que vea!”. Éstas y otras muchas súplicas se escuchaban en medio de la multitud que se apiñaba en torno al divino Maestro. ¡Y cuántos no habían sido atendidos en sus peticiones, cuántos no habían sido curados de sus enfermedades! Mudos que empiezan a hablar, ciegos que ven, leprosos que quedan limpios y numerosas personas se sentían libres de los espíritus malignos que las atormentaban… Así pues, “todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo” (Mc 3, 10).

Ante los favores recibidos, ¿podrían callar aquellos que habían sido beneficiados? Aunque Jesús ordenara: “¡Cuidado con que lo sepa alguien!”, como en el caso de los dos ciegos de Jericó (cf. Mt 9, 30), era imposible silenciar el contentamiento y la gratitud de los sanados.

Del mismo modo, es difícil enmudecer a quienes hoy reciben innumerables gracias por la intercesión de personas que han sido ejemplo de virtud y murieron en olor de santidad.

El lenguaje de los hechos es elocuente. Nos llegan sin parar numerosos testimonios que “difunden la fama” de una maternal mujer —Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira—, a la que algunos ya conocen como “la señora que anda haciendo milagros”.

Y más que eso, ha revelado poseer un especialísimo don para apaciguar las almas que pasan por grandes momentos de aflicción.

Misterioso Depósito Bancario

Sandra Aparecida, de São Paulo, Brasil, relata una gracia que obtuvo en un momento por el que pasaba grandes dificultades económicas:

“Hasta febrero de este año [2019] vivía con mis padres, una hermana y una sobrina. Después de rezar mucho, mi sobrina y yo —con pocos recursos— nos mudamos a un apartamento, cerca de la Sierra de la Cantareira.

En julio me despidieron del empleo en el que llevaba doce años y esperaba invertir la cantidad de la indemnización en algo que nos permitiera trabajar y dedicarnos a Nuestra Señora, al mismo tiempo. Ocurre que hasta recibir el dinero y pasar por todos los trámites burocráticos de una empresa, las facturas no dejaban de llegar. Nos vimos, pues, en extrema necesidad, porque mi sobrina tampoco estaba trabajando ya.

“¿Qué hacemos en esos momentos? Seguir el consejo de varios sacerdotes: ¡Confiar!”.

Habiendo sido atendida unos meses atrás por Doña. Lucilia, decidió lanzarse en lo oscuro y confiar en ella ciegamente.

“El 5 de julio debía pagar el alquiler del apartamento, pero en mi cuenta no había la cantidad necesaria, que era de R$ 3.285,23. Tan sólo tenía R$ 959,05, y tras el pago quedaría un saldo negativo de R$ 2.326,18.

Le estaba haciendo una novena a Doña Lucilia para que lograra ponerle remedio a nuestra situación.

“Al día siguiente, 6 de julio, decidimos ir a la basílica del Carmen, pero en el camino nos vimos envueltas en un accidente de tráfico con otro vehículo. Nadie salió herido y gracias a Dios yo tenía seguro; tan sólo me preocupaba la franquicia, pues el automóvil quedó destrozado y pensé: ¡Otra factura más!

“Alquilamos un coche —¡otro gasto más…!— para no perder el compromiso que teníamos aquella tarde: una reunión con un sacerdote heraldo, en la que asistimos a un vídeo de Mons. João Clá Dias donde hablaba sobre María Auxiliadora.

 Subrayaba la confianza que hemos de tener en Ella y decía que Ella nunca dejó a un miserable sin ayuda.

“Al llegar a casa, le pedí a Doña Lucilia y a Nuestra Señora que nos socorrieran, pues si ellas ayudan a todos, ¿por qué no harían lo mismo con estas miserables? Y estaba segura de que intervendrían, sólo que no sabía cuándo.


Al día siguiente me levanté sin mucho ánimo y miré mi cuenta para poder planificarme. Pero cuál no fue mi sorpresa al encontrarme ¡con un ingreso en efectivo de R$ 36.022,04 reales! (casi un millón de pesos dominicanos).

Cuando me fijé en las últimas cifras de dicha cantidad —22,04— empecé a llorar inmediatamente: ¡22 de abril, la fecha de nacimiento de Doña Lucilia! Lo entendí todo, ahí estaba su firma”.

Y, para confirmar el auxilio sobrenatural, todo había ocurrido el día en que se conmemoraba una de las principales devociones de Doña Lucilia:

“Ese depósito se hizo el 5 de julio, un primer viernes de mes, día dedicado al Sagrado Corazón de Jesús”.

No obstante, a pesar de confiar en la intercesión de Dña. Lucilia, intrigada con esa suma y su procedencia, Sandra procuró informarse al respecto:
“Llamé al banco y la persona que me atendió me dijo que esa cantidad había sido ingresada en efectivo por la propia beneficiaria. O sea, ¡¡¡por mí misma!!! Colgué el teléfono aterrada, pero llamé de nuevo, con la esperanza de conseguir la firma del comprobante o alguna grabación en la que quizá apareciera una mujer de cabellos plateados con su paquetito de dinero. 

Pero lo único que conseguí fue irritar a la operadora que en cierto momento me dijo: ‘Señora, ese depósito lo ha hecho usted misma, en efectivo, en el cajero, ¿cuál es su duda? ¿Se ha confundido usted?’ Qué poco sabe ella…”.

Y como si no bastara, Doña Lucilia encontró una salida hasta para conseguirle un nuevo vehículo, sin mayores perjuicios, favoreciendo de forma considerable la situación financiera de Sandra: “La terminación de aquella cantidad la comprendía, pero por qué exactamente 36.000, no lo sé.

Pensé que fuera para comprar un nuevo coche, pues lo necesito para poder ir a Misa todos los días. Sin embargo, recibí un correo electrónico de la aseguradora donde se me informaba que había sufrido una pérdida total del vehículo y que ¡ellos me pagaban su valor íntegramente!

¡Una acción más de ella! En fin, no tengo sino agradecerle todos esos milagros. Realmente ha venido en nuestro socorro.

“Les exhorto a todos a que pidan mucho, pidan todo, sin parar, sin desanimar. Ella está siempre a nuestro lado, llevándonos a menudo en su regazo, pero en contrapartida, esperando de nosotros la confianza ciega en su amor”.

Cartera Perdida en São Paulo.

También Antonio Zinatto Bueno Lopes, de São Paulo, se sintió especialmente protegido por Doña Lucilia al recurrir a su intercesión y comprobar su maternal auxilio:

“Me desplazaba de casa hasta la estación de metro Santana para dejar a mi hijo y cuando me bajé del coche para sustituirlo al volante mi cartera, con todos los documentos, se cayó del bolsillo de la chaqueta sin que me diera cuenta.

“Cerca ya de casa me percaté de ello y regresé al sitio donde había parado el vehículo, pero no encontré nada. Empecé a preocuparme, por las razones y perturbaciones que conlleva.

Aquel mismo día por la tarde comenzaba un congreso de cooperadores de los Heraldos del Evangelio. Durante la Misa pedí gracias para tranquilizarme, para poder aprovechar el evento y recurrí a la intercesión de Doña Lucilia, a fin de que algún alma generosa localizara mis pertenencias y entrara en contacto conmigo.

El lunes después del congreso tomé las oportunas providencias sobre el asunto y continué la vida normalmente. El jueves, encontrándome en la parroquia de Santa Ana, en la zona norte de São Paulo, ante el Santísimo Sacramento, suena mi teléfono: era una sobrina mía que me dijo que la jefa de la oficina de Correos de São Paulo había llamado a su padre —mi hermano— para preguntarle por mí, pues lo había localizado a él y no a mí en las averiguaciones que hizo, y le avisaba que estaba en posesión de mis documentos.

Una vez que terminé mis oraciones la llamé y me contó qué era lo que le había llevado a dar tal atención al caso. Me dijo que diariamente pasan por allí alrededor de 2000 documentos perdidos y que es imposible llamar a todos.

Pero en mi caso, al comprobar la documentación, vio la fotografía de una señora mayor que le llamó la atención.

Al mirar la fecha de nacimiento en el reverso de la foto pensó: ‘Madre de él no debe ser, quizá sea su abuela…’. 

Decía: ‘Lo que sentí viendo la fotografía… bondad, serenidad y acogida; esto me tocó mucho, pues además había perdido a mi madre recientemente y estaba muy abatida, triste, y la foto me consoló.

De ahí que tomara esta resolución: en este caso seré yo misma la que llame’.

“Convenimos día y hora para vernos en la oficina de Correos y hacer la debida entrega.

 Esa foto, claro, está muy bien guardada y me acompaña siempre en cualquier situación”.

Conversando con Doña Lucilia.

De la localidad argentina Ingeniero Pablo Nogués, provincia de Buenos Aires, Argentina, nos escribe Estelvina Acosta para contarnos un hecho que le sucedió a un vecino suyo al recurrir a Doña Lucilia durante su grave enfermedad:

“En noviembre de 2014 mi vecino, Pedro Bugeño, que estaba padeciendo un cáncer de hígado que lo hacía sufrir mucho, recibió la visita de dos heraldos, en la cual hablaron sobre la vida de Doña Lucilia y le dejaron una estampa de ella para que le pidiera la paz que estaba buscando.

Una semana antes de que Pedro falleciera fui a verlo al final de la tarde. Al entrar en la habitación vi que estaba con los ojos cerrados y pensé que estuviese durmiendo; por eso decidí mejor retirarme. Pero cuando me encontraba a punto de hacerlo me dice: ‘No te vayas, estoy despierto; sólo estaba conversando con esta señora’. En su mesilla de noche tenía la estampa de Doña Lucilia que le habían regalado.

Al preguntarle a qué se refería, me contó que todas las tardes Doña Lucilia iba a conversar con él y le daba mucha paz. Fue ella quien lo preparó para morir bien”.

Un Embarazo Imposible.


Asimismo, Estelvina nos relata el caso de una amiga que no podía tener hijos desde hacía siete años y que habiendo conocido la historia de Doña Lucilia empezó a rezarle ante una foto suya, recibida como obsequio, pidiéndole un milagro:

“Interiormente yo no creía mucho que eso ocurriera, pues sabía que los médicos le habían dicho a ella que era imposible que se quedase embarazada por todo lo que había pasado.

Cual no fue mi sorpresa cuando, un mes después [de iniciadas sus oraciones], mi amiga Silvana estaba encinta… Desde entonces me volví muy devota de Doña Lucilia, al ver los milagros que ha ido haciendo”.

El Valor De La Oración Confiada



Karla Maia Malveira, de Montes Claros (Brasil), nos escribe también para darnos su testimonio: “Soy montesclarense y con mi esposo trabajamos en el ámbito de la salud.

El 9 de mayo de este año [2019] sufrimos un atraco en la clínica de nuestra propiedad. Una empleada fue reducida por un maleante a punta de pistola y se llevó cinco de los más valiosos aparatos utilizados en los tratamientos que ofrecemos.

“La ausencia del material robado podría poner fin a la existencia de nuestra clínica, obtenida con años de dedicación, por el alto coste de los equipos, que proporcionaban el mayor volumen de nuestras terapias.

Pasamos días muy difíciles, pues perdimos todas las ganancias, ya que las consultas tuvieron que ser interrumpidas.

“En esa gran aflicción, pedimos las oraciones a los sacerdotes heraldos y a los hermanos terciarios. En medio a todo esto nos invitaron a asistir a la ordenación sacerdotal de un diácono heraldo, a quien estimamos mucho, en São Paulo.

Nuestros familiares nos aconsejaron que no fuéramos, debido a las grandes dificultades que atravesábamos. Sin embargo, mi esposo y yo decidimos hacer un acto de confianza en la Virgen y fuimos, incluso para distanciarnos un poco del problema.


“Después de las ordenaciones realizadas por Mons. Benedito Beni dos Santos, providencialmente un heraldo nos regaló El libro de la confianza. “Al leer el prefacio me identifiqué mucho con las pruebas por las cuales pasó el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, maestro espiritual de Mons. João Clá Dias.

Dificultades que habían sido prontamente sanadas en su vida por su oración confiada. ¡En ese prefacio vi una señal! El Dr. Plinio, desde el Cielo, me indicaba el camino a seguir en aquel momento de dolor: ¡la vía de la confianza! Ante esto mi marido y yo resolvimos consagrar, confiados, nuestra delicada situación al Dr. Plinio y a Doña Lucilia.

“¡Y el milagro ocurrió! Al regresar a Montes Claros, contrariando todas las expectativas naturales, supimos que la Policía, después de las investigaciones, había localizado al ladrón aún en posesión de los objetos robados. Al final de esa tarde todos los aparatos, intactos, ya estaban de vuelta en la clínica.


“Por medio de este relato quiero compartir mi eterna gratitud al Dr. Plinio y a su madre, Doña Lucilia, que nos obtuvieron esa inmensa gracia, la cual la veo como dos: por una parte, nos restituyeron un bien material importante, pero, por otra, nos hicieron comprender sobre todo que la oración confiada jamás es decepcionada. ¡Dr. Plinio y Doña Lucilia, os pedimos, rogad por toda la humanidad tan perdida e incrédula en el amor del Padre!”.

“Su Bichillo ha Desaparecido”

I

Afectada por un cáncer de garganta, Aurora Tinoco, de Braga (Portugal), empezó a rezarle a Doña Lucilia con el fin de obtener su curación y, tras varias operaciones, su tumor desapareció:

“A mediados de 2018 los médicos me diagnosticaron un granuloma piógeno en la laringe. Fui operada el 27 de agosto de ese año. Las biopsias no fueron concluyentes y me dijeron que tenía que ser operada de nuevo.

Entré en pánico. Tomé antidepresivos durante un mes. Entonces aparece una amiga que empieza a hacer conmigo una caminada de oración.

“Fui operada por segunda vez, el 15 de octubre de 2018, día de Santa Teresa. Me aconsejaron que pidiera la intercesión de Doña Lucilia.

Por coincidencia, dormía con una revista debajo de la almohada que tenía su fotografía. A partir de ese día comencé a pedir la intercesión de Doña Lucilia.

“En enero de este año [2019] volví a ser operada, pues el granuloma apareció otra vez. Al finalizar la intervención quirúrgica pedí mi curación. Meses después el médico comprobó que el granuloma estaba disminuyendo. Durante esos meses mi oración a Doña Lucilia permanecía constante.

“Pasado un año de la primera intervención, el 27 de agosto de 2019, mis oraciones habían sido escuchadas, pues el médico me dijo: ‘Su bichillo ha desaparecido’. Él mismo afirmó que siempre demostré ser una mujer de fe. ¡La prueba de ello está ahí!”.

* * * *
Así, Doña Lucilia, de manera discreta y alentadora, viene favoreciendo a numerosas almas que a ella recurren, dándoles valentía y serenidad ante el dolor y prestando extraordinarios auxilios físicos y espirituales.

Tomado de la Revista Heraldos del Evangelio nº 198, enero 2020, p.37-39

17Ene/21

EL MODO DE COMULGAR: ¿COMO ES LO MAS CORRECTO?

EL MODO DE COMULGAR: ¿Cómo es lo más correcto?

Este tema, aparentemente simple, fue objeto de grandes
controversias a lo largo de la historia de la Iglesia, y sufrió diversos
cambios en su transcurso. El engloba los siguientes aspectos:

La comunión en la mano o en la boca; 2. La comunión bajo las dos
especies; 3. La comunión fuera de la Misa; 4. La frecuencia de la comunión. Trataremos cada uno ellos.

Nuestro Señor Jesús Cristo instituyó el sacrificio
sacramental de su Cuerpo y de su Sangre en la forma y
bajo las señales de comida y bebida, cuando pronunció las
palabras “tomad y comed” y “tomad y bebed”. Inclusive
el mandato a los apóstoles “Haced esto en memoria Mía”
no se refería apenas a que ellos actualizaran el sacrificio,
sino también que participaran del mismo.

De hecho, la Iglesia siempre entendió que la comunión era
parte integrante del Sacrificio, según podemos comprobar
con testimonios muy antiguos, tales como la primera
carta de San Pablo a los corintios y buena parte de la
Tradición Apostólica, además de la práctica multisecular,
nunca interrumpida, de exigir la comunión, por lo menos
del ministro, en la celebración de la Misa.

Sin embargo, surgieron diversas dificultades, como arriba
mencionamos, que la Iglesia tuvo que resolver. Tal vez la
mas antigua sea la cuestión de la comunión en la boca o
en la mano.

Comunión en la mano o en la boca?

Las monumentales fuentes literarias de los nueve primeros siglos atestiguan únicamente
la praxis de recibir la comunión en la mano como norma general.

Desde los siglos IX al XII deja de ser la práctica habitual y en el siglo XIII casi
desapareció completamente.

Parece que las causas mas importantes del cambio son: la preocupación en defender la
Eucaristía de errores supersticiosos, por lo tanto evitar que las personas llevasen la Sagrada
Hostia consigo; la defensa del significado trascendente de la Eucaristía contra las ideas
confusas de los pueblos bárbaros que se convertían en masa, y aumentar así el respeto por las
Sagradas Especies y la creciente reverencia con la Eucaristía, para que solo las manos
consagradas la tocasen.

Esta nueva costumbre estuvo vigente hasta después del Vaticano II. Por causa de
las ilegalidades en esta materia, algunas conferencias episcopales solicitaron de Roma un
criterio orientador. Entonces, la Congregación para el Culto Divino promulgó la instrucción
Memoriale Domini[1], sobre el modo de administrar la comunión, estableciendo que la
comunión en la boca permanecía como norma vigente. Sin embargo, se permitía que las
Conferencias Episcopales solicitasen a Roma autorización para dar la comunión en la mano.

Comunión bajo las dos especies.

Otro problema que surgió en la Edad Media fue la cuestión de la comunión sobre las dos
especies, que era la forma ordinaria en Occidente hasta el siglo XII y se conserva hasta hoy
invariable en el Oriente. Sería, sin embargo, erróneo pensar que durante estos primeros siglos
existiese la prohibición de comulgar solamente sobre una sola especie, pues nunca se practicó
eso, ya que sabemos que los enfermos recibían la comunión apenas bajo la especie de pan y
las criaturas recién nacidas solamente bajo la especie de vino.

El cambio que hubo, en Occidente, de esta costumbre, se debió a una mayor veneración
a la Sagrada Eucaristía, para evitar que se derramase la Preciosísima Sangre, fuera de
motivaciones de higiene.

Posteriormente surgieron motivos de carácter dogmático, ya que el concilio de Trento
tuvo que reafirmar, contra los protestantes, que la comunión sobre las dos especies no era de
derecho divino, y que quien comulgase de cualquiera de las dos especies recibía a Cristo
totalmente. Para salvaguardar la Fé del pueblo cristiano, se prohibió dar la comunión a los
legos bajo la especie del vino[2], para dejar patente que Nuestro Señor Jesús Cristo estaba
totalmente presente en el menor de los fragmentos de la Sagrada Hostia.

El Concilio Vaticano II restauró esta praxis de los primeros siglos “en los casos que la
Sede Apostólica determine (…), por ejemplo los ordenandos en la Misa de su ordenación, los
profesos, en la Misa de su profesión; los neófitos, en la Misa que sigue a su bautismo” (SC, 55).
Después del Concilio, varios documentos pontificios se ocuparon de ésta cuestión. Los mas
importantes son: Ritus communionis sub utraque specie[3], las instrucciones Eucharisticum
Mysterium[4] y OGMR[5].

Comunión fuera de la Misa.

La celebración de la Eucaristía es el centro de toda a vida cristiana, tanto para a Iglesia
universal como para las comunidades locales de la misma Iglesia. Es lo que nos afirma el
Concilio Vaticano II con estas bellas palabras: “Los otros sacramentos, como todos los
ministerios eclesiásticos y las obras de apostolado, están ligados a la Santísima Eucaristía y a
ella se ordenan efectivamente, en la Santísima Eucaristía está contenido todo el bien espiritual
de la Iglesia que es el propio Cristo, nuestra Pascua y pan vivo, que, por su carne vivificada y
vivificadora sobre la acción del Espirito Santo, da la vida a los hombres, los cuales son así
convidados y llevados a ofrecerse juntamente con Él, a sí mismos, sus trabajos y toda la
creación”.[6]

A demás, “la celebración de la Eucaristía en el sacrificio de la Misa es verdaderamente
el origen y el fin del culto que se presta a la misma Eucaristía fuera de la Misa”.[7]

Para orientar y alimentar correctamente la piedad para con el Santísimo Sacramento de
la Eucaristía, se debe considerar el misterio eucarístico en toda su plenitud, tanto en la
celebración de la Misa como en el culto de las Sagradas Especies, que se conservan después de
la Misa para prolongar la gracia del sacrificio. [8] Para eso, necesitamos entender cual es la
finalidad de la reserva eucarística.

Finalidad de la reserva eucarística.


El fin primario y primitivo de la reserva eucarística fuera de la Misa es la administración
del Viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la adoración de Nuestro
Señor Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento.

La conservación de las Sagradas Especies para los enfermos dio origen a la grata
costumbre de adorar este Alimento del Cielo que se guarda en nuestros templos. Este culto de
adoración se funda en una razón válida y segura, sobre todo porque la Fe en la presencia real
del Señor lleva naturalmente a la manifestación externa y pública de la misma Fe.[9]

En efecto, en el Sacramento de la Eucaristía está presente, de manera absolutamente
singular, Cristo todo entero, Dios y Hombre, substancialmente y sin interrupción. Esta
presencia de Cristo bajo las dos especies “llámase real por excelencia, no por exclusión, como
si las otras no fuesen también reales”.[10]

Relación entre la comunión fuera de la Misa y el Sacrificio.

La participación mas perfecta de la celebración eucarística es la comunión sacramental
recibida dentro de la Misa. Esto aparece mas claramente cuando los fieles reciben el Cuerpo
del Señor en el propio sacrificio, después de la comunión del sacerdote.[11] Por eso, en
cualquier celebración eucarística debe consagrarse, de ordinario, pan reciente para la
comunión de los fieles y se debe invitar a los fieles a comulgar en la propia celebración
eucarística.

En consideración, “los sacerdotes no se nieguen a dar la sagrada comunión, también
fuera de la Misa, a los fieles que la pidieren por justa causa.”[12] Por el contrario, hasta
conviene que los fieles que no pudieren estar presentes en la celebración eucarística, se
alimenten frecuentemente de la Eucaristía, y así se sientan unidos al sacrificio del Señor.

Es también conveniente que los sacerdotes con cura de almas procuren facilitar la
comunión frecuente de los enfermos como vemos en estas palabras del Magisterio: “procuren
los pastores de almas que se facilite la comunión a los enfermos y a las personas de edad
avanzada, a pesar de que no estén gravemente enfermas, ni estén en inminente peligro de
muerte; y esto no sólo con frecuencia, mas hasta, en la medida de lo posible, todos los días,
particularmente en el tiempo pascual. Aquellos que no la puedan recibir bajo la especie del
pan, es permitido administrársela únicamente sobre la especie del vino.”[13]

Se debe poner todo el cuidado en enseñar a los fieles que, así mismo, cuando reciben la
comunión fuera de la Misa, se unen íntimamente al sacrificio en el cual se perpetúa el
Sacrificio de la Cruz, y que se tornan participantes de aquel Banquete Sagrado en que, “por la
comunión del Cuerpo y de la Sangre del Señor, el pueblo de Dios participa de los bienes del
Sacrificio Pascual, actualiza la Nueva Alianza hecha de una vez para siempre por Dios con los hombres en la Sangre de Cristo, prefiguran y anticipan la Fe y la espe ranza del banquete escatológico en el Reino del Padre, anunciando la muerte del Señor hasta que Él venga”.[14].

Disposiciones para recibir la Sagrada Comunión.

La Eucaristía es la fuente de toda la gracia y de la remisión de los pecados. Sin
embargo, los que tienen la intención de recibir el Cuerpo del Señor, para alcanzar los frutos
del sacramento,  deben aproximarse de él con la conciencia pura y con las debidas
disposiciones del espíritu.

Por eso, la Iglesia dispone “que
nadie consciente de pecado mortal, por
mas que se juzgue arrepentido, se debe
aproximar de la Santísima Eucaristía sin
antes haber hecho la confesión
sacramental”.[15] Si hubiese, sin embargo,
razón grave tal como producir escándalo
en el caso de que no comulgue – y faltar la
oportunidad de confesarse, debe hacerse
antes un acto de contrición perfecto, con
el propósito de, en el tiempo debido,
confesar todos los pecados mortales que
en el presente no pudo confesar. En
cuanto aquellos que acostumbran comulgar
diariamente o con cierta frecuencia,
conviene que se confiesen regularmente,
según la condición de cada uno. Los fieles
deben, sin embargo, considerar la
Eucaristía como antídoto para que se
liberen de las culpas cotidianas y eviten
pecar mortalmente. Deben saber también
utilizar convenientemente los actos
penitenciales de la liturgia, sobre todo de
la Misa.[16].

Frecuencia de la comunión.

Otra gran dificultad que la Iglesia enfrentó, tal vez hasta la mayor de todas, fue la
cuestión de la frecuencia de la comunión. La comunión es un complemento indispensable de la
Eucaristía. Por eso, el auge de la participación de los fieles tiene lugar cuando ellos comulgan
el Cuerpo y Sangre de Cristo (Cf. SC, 55). Por eso también, la Iglesia insiste en que los fieles
comulguen siempre que participen de la Misa, tal como lo hacían los primeros cristianos.

El abandono de esta costumbre de comulgar siempre que se participaba de la Santa
Celebración se inicia en el siglo IV y a partir de entonces los fieles se contentaban apenas con
asistir a la Misa y comulgar pocas veces en el año y, así mismo, una sola vez en el año. El
cuarto concilio de Letrán (1215), para evitar un distanciamiento aún mayor, prescribió la
comunión pascual como abrigatoría.

En tiempos mas recientes tuvieron gran importancia en este asunto los papas San Pío X,
que facilitó la comunión de los niños y niñas[17] y Pío XII que, sobre todo con la mitigación del
ayuno, favoreció la comunión diaria de muchos fieles. [18]

El concilio Vaticano II “recomienda encarecidamente” la comunión frecuente. Pablo VI
concedió inclusive que, en determinadas ocasiones, los fieles pudiesen comulgar dos veces en
el mismo día. Y el Código actual universalizó esta praxis, permitiendo comulgar dos veces en el
mismo día, desde que sea dentro de la celebración eucarística (c. 917).
________ 
[1] AAS 61 (1969) 541-545.
[2] SES. XXI, ce. 1 e 2.
[3] ASS 1965, pp. 51-57.
[4] 25.V.1967, n. 32: AAS 59 (1967) 558.
[5] 16.IV.69, nn. 240-242.
[6] Conc. vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 5.
[7] S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 3e: AAS, 59 (1967), p. 542.
[8] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 3g: AAS 59 (1967), p. 543.
[9] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 49: AAS 59 (1967), pp. 566-567.
[10] Paulo VI, Encicl. Mysterium fidei: AAS 57 (l965), p. 764; cf. S. Congr. De los Ritos, Inst. Eucharisticum mysterium,
n. 9: AAS59 (1967), p. 547.
[11] Cf. Conc. vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 55.
[12] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 33a: AAS 59 (1967), pp. 559-560.
[13] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium,, n. 40-41: AAS 59 (1967), pp. 562-563.
[14] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 3a: AAS 59 (1967), pp. 541-542.
[15] Cf. Conc. Trid., sesión XIII, Decr. De Eucharistia, 7: DS 1646-1647; ibid., sesión XIV, Cánones de sacramento
Paenitentiae, 9: DS 1709; S. Congr. De la Doctrina de la Fe, Normas pastorales circa absolutionem sacramen-
talem generali modo impertiendam, de 16 de Junio de 1972, proemio, e n. VI: AAS64 (1972), pp. 510 – 512.
[16] Cf. S. Congr. De los Ritos, Instr. Eucharisticum mysterium, n. 35: AAS 59 (1967), p. 561.
[17] Decreto Quam singulari, AAS 2 (1910) 582.
[18] La constitución apostólica Christus Dominus (AAS 45 (1953) 15-24), de 5.1.1953, limitaba a tres horas el ayuno
cuando se trataba de alimentos sólidos y bebidas alcohólicas, y a una hora las bebidas no alcohólicas. Pablo VI
determinó que el cómputo del tiempo fuese el mismo para los fieles y para los sacerdotes, o sea, el momento de
la comunión y  no el de comenzar la Santa Misa. (cfr. SCSO, Decretum De ayuno eucarístico, AAS 56 (1964) 212).
El mismo Pablo VI, en V sesión pública del concilio Vaticano II (21 XI.64) redujo el ayuno para una hora, tanto
para los alimentos sólidos como para las bebidas alcohólicas, tomadas con moderación: cfr. AAS 57 (1965) 186.

05Dic/20

LA LLAMA QUE JAMÁS SE EXTINGUE

LA LLAMA QUE JAMÁS SE EXTINGUE

Tomemos la lamparita que continuamente arde próxima al sagrario. ¿Cuántos pensamientos edificantes para el espíritu nos puede ofrecer este simple objeto?

Cada costumbre, cada gesto en la liturgia, cada trecho de melodía sacra y cada pieza sobre el altar están cargados de significados santos y profundos. Se puede decir sin temor a exagerar, que en nuestra santa religión no hay una piedra, por menor que sea, que al ser movida no revele detrás un tesoro sobrenatural.

Tomemos la lamparita que continuamente arde próxima al sagrario. Es un objeto simple, aunque podrá inspirar pensamientos edificantes provechosos para el espíritu.

La pequeña llama puede ser comparada a tantas almas contemplativas, que felizmente siempre hubo. Mientras la ciudad y el mundo arden en agitación febril, buscando un sin fin de realizaciones terrenas, allá están ellas, brillando delante de Dios, de manera que nunca se interrumpa su adoración. ¿No es un pensamiento confortador?

Sea de día, sea de noche, siempre habrá un corazón cristiano postrado delante del tabernáculo, a semejanza de la persistente luz.

En un sentido bien diferente, la pequeña y crujiente lengua de fuego también nos puede recordar el alma del cristiano común. ¿Y de qué manera? Podríamos imaginarlo así:

Hay días que en una iglesia se vive el esplendor de las ceremonias litúrgicas. Repleta de fieles, vibra y se regocija al son del órgano y al cortejo lleno de colores de los paramentos, mientras decenas de cirios festivos brillan sobre los altares. Estos serían, para el alma, los momentos de alegría, de consolación espiritual y abundancia de favores divinos. Sin embargo, hay también momentos en que esa misma iglesia está casi vacía. Puede ser un día no festivo, en aquellas semanas muertas del año. No hay música ni colores vibrantes. Y de las velas deshechas, ya no quedan más que manchas de cera reseca, sobre melancólicos altares desnudos. Así figuramos lo que serían para el alma los días difíciles, de prueba y aridez, en los cuales el propio Dios parece haberse ausentado. En este clima sombrío, miremos mientras, al lado del sagrario, y ahí estará la pequeña llama ardiendo, tal vez la única luz en toda la iglesia.

La minúscula llama de la lamparita sería, acertadamente en este caso, el símbolo de la fe en el espíritu cristiano. Cuando todo parece inmerso en las tinieblas, todos los esfuerzos se revelan inútiles y un mar de probaciones amenaza sumergir a la pobre alma, a la luz de la fe, por menor que sea, trae en sí aquella fuerza y aquella esperanza que son el hilo sobrenatural que une al hombre con su Creador. Todo puede ser restaurado.

Cada centella de fe —aunque sea muy pequeña— que arde en el fondo de un corazón bautizado, es como una lamparita ardiendo delante de Dios. Jamás debemos permitir que se apague. En ella está la simiente de la Gloria de la felicidad celeste, de la Luz eterna que jamás se extinguirá.

20Nov/20

LA MEDALLA MILAGROSA

LA MEDALLA MILAGROSA

La Medalla Milagrosa fue acuñada y se difundió con una sorprendente rapidez por el mundo entero, y en todas partes fue un instrumento de misericordia, arma terrible contra el demonio, remedio para muchos males, medio simple y prodigioso de conversión y de santificación.

Santa Catalina Labouré.

Ella se llamaba Catalina, o Zoé, para los más íntimos. Su mayor alegría era llevar la ración diaria para la multitud de palomas que habitaban la torre cuadrada del palomar de su casa. Cuando avistaban a la campesina, las aves se lanzaban en dirección a ella, envolviéndola, sumergiéndola, pareciendo querer arrebatarla y arrastrarla para las alturas.

Cautiva de aquella palpitante nube, Catarina reía, defendiéndose contra las más precipitadas, acariciando las más tiernas, dejando su mano deslizar por la blancura de aquellos suaves pelajes. Durante toda la vida, guardará nostalgia de las palomas de su infancia: «Eran casi 800 cabezas», acostumbraba a decir, no sin una puntita de tímido orgullo…

Catarina Labouré (se pronuncia «Laburre») vino al mundo en 1806, en la provincia francesa de Borgoña, bajo el cielo de Fain-les-Moutiers, donde su padre poseía una estancia y otros bienes. A los nueve años perdió a la madre, una distinguida señora perteneciente a la pequeña burguesía local, de espíritu cultivado y alma noble, y de un heroísmo doméstico ejemplar. Abalada por el rudo golpe, desecha en lágrimas, Catalina abraza una imagen de la Santísima Virgen y exclama: «De ahora en adelante, Vosotros seréis mi madre!»


Nuestra Señora no decepcionará a la muchacha que se entregaba a Ella con tanta devoción y confianza. A partir de entonces, la adoptó como hija dilecta, alcanzándole gracias superabundantes que solo hicieron crecer su alma inocente y generosa. Esa encantadora guardiana de palomas, en cuyos límpidos ojos azules se estampaban la salud, la alegría y la vida, así como la gravedad y sensatez venidas de las responsabilidades que temprano pesaron sobre sus jóvenes hombros, esa pequeña ama de casa modelo (y aún iletrada) tuvo sus horizontes interiores abiertos a la contemplación, conducentes a una hora de suprema magnificencia.

Con las Hijas de San Vicente.

Cierta vez, un sueño dejó a Catalina intrigada. En la iglesia de Fain-les-Moutiers, ella ve un viejo y desconocido sacerdote celebrando la Misa, cuya mirada la impresiona profundamente. Terminado el Santo Sacrificio, él hace una señal para que Catalina se aproxime.

Temerosa, ella se aleja, entretanto fascinada por aquella mirada. Aún en el sueño, sale a visitar a un pobre enfermo, y reencuentra al mismo sacerdote, que esta vez le dice: «Hija mía, tú ahora te escapas… pero un día serás feliz en venir hasta mí. Dios tiene designios para ti. No te olvides de eso». Al despertar, Catalina repasa en su mente aquel sueño, sin comprenderlo…

Algún tiempo después, ya con 18 años, ¡una inmensa sorpresa! Al entrar en el locutorio de un convento en Châtillon-sur-Seine, ella se depara con un cuadro en el cual está retratado precisamente aquel anciano de penetrante mirada: es San Vicente de Paul, Fundador de la congregación de las Hijas de la Caridad, que así confirma e indica la vocación religiosa de Catalina.

En efecto, a los 23 años, venciendo todos los intentos del padre para alejarla del camino que el Señor le trazara, Catalina abandona para siempre un mundo que no estaba a su nivel, y entra como postulante en aquel mismo convento de Chântillon-sur-Seine. Tres meses después, el 21 de abril de 1830, es aceptada en el noviciado de las Hijas de la Caridad, situado en la Rue du Bac, en Paris, donde toma el hábito en enero del año siguiente.

Primera aparición.

La primera tuvo lugar en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, fecha en que las Hijas de la Caridad celebran la fiesta de su santo Fundador. De todo cuanto entonces sucedió, dejó Catalina minuciosa descripción:

La Madre Marta nos hablara sobre la devoción a los santos, en particular sobre la devoción a la Santísima Virgen – lo que me dio deseos de verla – y me acosté con ese pensamiento: que en esta noche, yo vería a mi Buena Madre. Como nos habían distribuido un pedazo del roquete de lino de San Vicente, corté la mitad y la tragué, adormeciendo con el pensamiento de que San Vicente me daría la gracia de contemplar a la Santísima Virgen. En fin, a las once y media de la noche, oí a alguien llamarme:

– ¡Hermana Labouré! ¡Hermana Labouré!

Despertando, abrí la cortina y vi a un niño de cuatro a cinco años, vestido de blanco, que me dijo:

– ¡Levantaos de prisa y venid a la Capilla! La Santísima Virgen os espera.

Luego me vino el pensamiento de que las otras hermanas iban a oírme. Pero, el niño me dijo:

– Quedaos tranquila, son once y media; todas están profundamente dormidas. Venid, yo os espero.

Me vestí de prisa y me dirigí a lado del niño, que permaneció de pie sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Yo lo seguí. Siempre a mi izquierda, él lanzaba rayos de claridad por todos los lugares donde pasábamos, en los cuales los candeleros estaban encendidos, lo que me espantaba mucho. Sin embargo, mucho más sorprendida quedé al entrar en la capilla: luego que el niño tocó la puerta con la punta del dedo, ella se abrió. Y mi espanto fue todavía más completo cuando vi todas las velas y candelabros encendidos, lo que me recordaba la misa de media noche. Entre tanto, yo no veía a la Santísima Virgen.

El niño me condujo adentro del santuario, hasta el lado de la silla del director espiritual*. Allí me arrodillé, mientras el niño continuó de pie. Como el tiempo de espera me estaba pareciendo largo, miré hacia la galería para ver si las hermanas encargadas de la vigilia nocturna no pasaban por allí.

Por fin, llegó el momento. El niño me alertó, diciendo:

– ¡Es la Santísima Virgen! ¡Hela aquí!

En ese instante, Catalina escucha un ruido, como el ligero sonido de un vestido de seda, viniendo de lo alto de la galería. Levanta los ojos y ve a una señora con un traje color marfil, que se prosterna delante del altar y viene a sentarse en la silla del Padre Director.

La vidente estaba en la duda si aquella era Nuestra Señora. El niño, entonces, no más con timbre infantil, sino con voz de hombre y en tono autoritario, dijo:

– ¡Es la Santísima Virgen!

La Hermana Catalina recordaría después:

Di un salto junto a Ella, me arrodillé al pie del altar, con las manos apoyadas en las rodillas de Nuestra Señora… Allí se pasó el momento más dulce de mi vida. Me sería imposible exprimir todo lo que sentí.

Ella dijo como me debo conducir junto a mi director espiritual, como comportarme en mis sufrimientos venideros, mostrándome con la mano izquierda el pie del altar, donde yo debo venir a lanzarme y expandir mi corazón. Allá recibiré todas las consolaciones que necesito. Yo le pregunté lo que significaban todas las cosas que viera y Ella me explicó todo:

– Hija mía, Dios quiere encargarte una misión. Tendrás mucho que sufrir, sin embargo, has de soportar, pensando que lo harás para la gloria de Dios. Sabrás (discernir) lo que es de Dios. Serás atormentada, hasta por lo que dijeres a quien está encargado de dirigirte. Serás contrariada, pero tendrás la gracia. No temas. Decid todo con confianza y simplicidad. Serás inspirada en tus oraciones. El tiempo actual es muy ruin. Calamidades van a abatirse sobre Francia. El trono será derrumbado. El mundo entero se verá trastornado por males de todo tipo (la Santísima Virgen tenía un aire muy entristecido al decir eso). Pero vengan al pie de este altar: ahí las gracias serán derramadas sobre todas las personas, grandes y pequeñas, particularmente sobre aquellas que las pidan con confianza y fervor. El peligro será grande, sin embargo, no debes temer: Dios y San Vicente protegerán a esta Comunidad.

Segunda aparición.

Cuatro meses transcurrieron desde aquella prodigiosa noche en que Santa Catalina contemplara por la primera vez a la Santísima Virgen.

En la inocente alma de la religiosa crecían las añoranzas de aquel bendito encuentro y el deseo intenso de que le fuese concedido de nuevo el augusto favor de volver a ver a la Madre de Dios. Y así fue atendida.

Era 27 de noviembre de 1830, sábado. A las cinco y media de la tarde, las Hijas de la Caridad se encontraban reunidas en su capilla de la Rue du Bac para el acostumbrado período de meditación. Reinaba perfecto silencio en las hileras de las monjas y novicias. Como las demás, Catarina se mantenía en profundo recogimiento. Súbitamente…

Me pareció oír, del lado de la galería, un ruido como el sonido ligero de un vestido de seda. Habiendo mirado para ese lado, vi a la Santísima Virgen a la altura del cuadro de San José. De estatura media, su rostro era tan bello que me sería imposible decir su belleza.

La Santísima Virgen estaba de pie, trayendo un vestido de seda blanco-aurora, hecho según el modelo que se llama a la Vierge, mangas lisas, con un velo blanco que le cubría la cabeza y descendía de cada lado hasta abajo. Bajo el velo, vi los cabellos repartidos al medio, y por arriba un encaje de más o menos tres centímetros de altura, sin fruncido, esto es, apoyado ligeramente sobre los cabellos. El rostro bastante descubierto, los pies posados sobre una media esfera. En las manos, elevadas a la altura del estómago de manera muy natural, Ella traía una esfera de oro que representaba el globo terrestre. Sus ojos estaban vueltos hacia el Cielo… Su rostro era de una incomparable belleza. Yo no sabría describirlo…

De repente, percibí en sus dedos anillos revestidos de bellísimas piedras preciosas, cada una más linda que la otra, algunas mayores, otras menores, lanzando rayos para todos lados, cada cual más estupendo que el otro. De las piedras mayores partían los más magníficos fulgores, ampliándose a medida que descendían, lo que llenaba toda la parte inferior del lugar. Yo no veía los pies de Nuestra Señora.

En ese momento, cuando yo estaba contemplando a la Santísima Virgen, Ella bajó los ojos, fijándolos en mí. Y una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón, diciendo estas palabras:

– La esfera que ves representa al mundo entero, especialmente Francia… y cada persona en particular…

No se exprimir lo que sentí y lo que vi en ese instante: el esplendor y la cintilación de rayos tan maravillosos…

– Estos (rayos) son el símbolo de las gracias que Yo derramo sobre las personas que más piden – agregó Nuestra Señora, haciéndome comprender cuan agradable es rezar a Ella, cuanto Ella es generosa con sus devotos, cuantas gracias concede a las personas que las ruegan, y que alegría Ella siente al concederlas.

– Los anillos de los cuales no parten rayos (dirá después la Santísima Virgen), simbolizan las gracias que se olvidan de pedirme.

En ese momento se formó un cuadro en torno a Nuestra Señora, un poco oval, en lo alto del cual estaban las siguientes palabras: «Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos», escritas en letras de oro.

Una voz se hizo oír entonces, diciéndome:

– Haced acuñar una medalla conforme este modelo. Todos los que la usen, trayéndola al cuello, recibirán grandes gracias. Estas serán abundantes para aquellos que la usen con confianza…

En ese instante, el cuadro me pareció girar y vi el reverso de la medalla: en el centro, el monograma de la Santísima Virgen, compuesto por la letra «M» encimada por una cruz, la cual tenía una barra en su base. Abajo figuraban los Corazones de Jesús y de María, el primero coronado de espinas, y el otro, traspasado por una espada. Todo desapareció como algo que se extingue, y quedé repleta de buenos sentimientos, de alegría y de consolación.

Santa Catalina dirá, más tarde a su Director Espiritual haber visto las figuras del verso de la medalla contornadas por una guirnalda de doce estrellas. Tiempos después, pensando si algo más debía serles agregado, oyó durante la meditación una voz que decía:

– La M y los dos corazones son suficientes.

Tercera aparición.

Pasados algunos días, en diciembre de 1830, Nuestra Señora apareció por tercera y última vez a Santa Catalina. Como en la visión anterior, Ella vino en el período de meditación vespertina, haciéndose preceder por aquel característico ruido ligero de su vestido de seda. De allí a poco, la vidente contemplaba a la Reina del Universo, en su traje color de aurora, revestida de un velo blanco, asegurando nuevamente un globo de oro con una pequeña cruz arriba. Dos anillos adornados de piedras preciosas, con intensidades diversas, la misma luz, radiante como la del sol. Contó después Santa Catalina:

Es imposible expresar lo que sentí y comprendí en el momento en que la Santísima Virgen ofrecía el Globo a Nuestro Señor. Como estaba con la atención ocupada en contemplar a la Santísima Virgen, una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón: Estos rayos son símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene para las personas que las piden.

Estaba yo, llena de buenos sentimientos, cuando todo desapareció como algo que se apaga. Y quedé repleta de alegría y consolación…

El acuñar de las primeras medallas.

Se encerraba así el ciclo de las apariciones de la Santísima Virgen a Santa Catalina. Esta, entretanto, recibió un consolador mensaje: «Hija mía, de aquí en adelante no me verás más, sin embargo, oirás mi voz durante tus oraciones». Todo cuanto presenciara y le fuera transmitido, Santa Catalina relató a su director espiritual, el padre Aladel, que mucho dudó en darle crédito. Él consideraba soñadora, visionaria y alucinada a esa novicia que todo le confiaba e insistentemente imploraba:

– ¡Nuestra Señora quiere esto… Nuestra Señora está descontenta…es necesario acuñar la medalla!

La Medalla en tiempo de pandemia…

Dos años de tormento trascurrieron. Por fin, el padre Aladel resuelve consultar al Arzobispo de París, Mons. Quelen, que lo anima a llevar adelante ese santo emprendimiento. Solo entonces encomienda a la Casa Vachette las primeras veinte mil medallas. El cuñaje iba empezar, cuando una epidemia de cólera, venida de Rusia a través de Polonia, irrumpió en París el 26 de marzo de 1832, esparciendo la muerte y la calamidad. La devastación fue tal que, en un único día, se registraron 861 víctimas fatales, siendo que el total de óbitos aumentó a más de veinte mil.

Las descripciones de la época son aterradoras: el cuerpo de un hombre en perfectas condiciones de salud se reducía al estado de esqueleto en apenas cuatro o cinco horas. Casi en un piscar de ojos, jóvenes llenos de vida tomaban aspecto de viejos carcomidos, y luego después eran horripilantes cadáveres.

En los últimos días de mayo, cuando la epidemia pareció retroceder, se inició de hecho el cuñaje de las medallas. Entretanto, en la segunda quincena de junio, un nuevo brote de la tremenda enfermedad lanzaba una vez más el pánico entre el pueblo. Finalmente, la Casa Vachette entregó en el día 30 de ese mes las primeras 1500 medallas, que luego fueron distribuidas por las Hijas de la Caridad y abrieron un interminable cortejo de gracias y milagros.

05Nov/20

EN COMUNIÓN CON LA SANTA MADRE DE DIOS

EN COMUNIÓN CON LA SANTA MADRE DE DIOS

Catecismo de la Iglesia Católica

2673 En la oración, el Espíritu Santo nos une a la Persona del Hijo Único, en su humanidad glorificada. Por medio de ella y en ella, nuestra oración filial nos pone en comunión, en la Iglesia, con la Madre de Jesús (cf Hch 1, 14).

2674 Desde el sí dado por la fe en la Anunciación y mantenido sin vacilar al pie de la cruz, la maternidad de María se extiende desde entonces a los hermanos y a las hermanas de su Hijo, “que son peregrinos todavía y que están ante los peligros y las miserias” (LG 62). Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre es pura transparencia de Él: María “muestra el Camino” [Odighitria], es su Signo, según la iconografía tradicional de Oriente y Occidente.

2675 A partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios. En los innumerables himnos y antífonas que expresan esta oración, se alternan habitualmente dos movimientos: uno “engrandece” al Señor por las “maravillas” que ha hecho en su humilde esclava, y por medio de ella, en todos los seres humanos (cf Lc 1, 46-55); el segundo confía a la Madre de Jesús las súplicas y alabanzas de los hijos de Dios, ya que ella conoce ahora la humanidad que en ella ha sido desposada por el Hijo de Dios.

2676 Este doble movimiento de la oración a María ha encontrado una expresión privilegiada en la oración del Avemaría:

“Dios te salve, María (Alégrate, María)”. La salutación del ángel Gabriel abre la oración del Avemaría. Es Dios mismo quien por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava (cf Lc 1, 48) y a alegrarnos con el gozo que Dios encuentra en ella (cf So 3, 17).

“Llena de gracia, el Señor es contigo”: Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquel que es la fuente de toda gracia. “Alégrate […] Hija de Jerusalén […] el Señor está en medio de ti” (So 3, 14, 17a). María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21, 3). “Llena de gracia”, se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al mundo.

“Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Después del saludo del ángel, hacemos nuestro el de Isabel. “Llena […] del Espíritu Santo” (Lc 1, 41), Isabel es la primera en la larga serie de las generaciones que llaman bienaventurada a María (cf. Lc 1, 48): “Bienaventurada la que ha creído… ” (Lc 1, 45): María es “bendita [… ] entre todas las mujeres” porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor. Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las “naciones de la tierra” (Gn 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: Jesús, el fruto bendito de su vientre.

2677 “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros… ” Con Isabel, nos maravillamos y decimos: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 43). Porque nos da a Jesús su hijo, María es madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como oró por sí misma: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: “Hágase tu voluntad”.

“Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la “Madre de la Misericordia”, a la Toda Santa. Nos ponemos en sus manos “ahora”, en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, “la hora de nuestra muerte”. Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte en Cruz de su Hijo, y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra (cf Jn 19, 27) para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.

  2678 La piedad medieval de Occidente desarrolló la oración del Rosario, en sustitución popular de la Oración de las Horas. En Oriente, la forma litánica del Acáthistos y de la Paráclisis se ha conservado más cerca del oficio coral en las Iglesias bizantinas, mientras que las tradiciones armenia, copta y siríaca han preferido los himnos y los cánticos populares a la Madre de Dios. Pero en el Avemaría, los theotokía, los himnos de San Efrén o de San Gregorio de Narek, la tradición de la oración es fundamentalmente la misma.

2679 María es la orante perfecta, figura de la Iglesia. Cuando le rezamos, nos adherimos con ella al designio del Padre, que envía a su Hijo para salvar a todos los hombres. Como el discípulo amado, acogemos en nuestra intimidad (cf Jn 19, 27) a la Madre de Jesús, que se ha convertido en la Madre de todos los vivientes. Podemos orar con ella y orarle a ella. La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María. Y con ella está unida en la esperanza (cf LG 68-69).